martes, 5 de abril de 2011

Via Crucis de María: "seguir a Jesús en silencio"

 PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte
Era el viernes por la mañana cuando vi a mi hijo. Era la primera vez que lo veía desde que lo tomaron preso. Su destrozada y sangrante piel clavó una espada de profundo dolor en mi corazón y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Entonces, Pilatos, desde su tribunal de juez, preguntó al gentío por qué querían ejecutar a mi hijo. Todos a mi alrededor vociferaron: “ ¡Crucifícalo!”. Desee ardientemente pedirle que parara, pero yo sabía que esto tenía que suceder. Y, así, me quedé de pie, llorando en silencio.
Señor Jesús: me es muy difícil imaginar la angustia que tu Madre sintió al ver cómo te condenaban. Pero, ¿qué tal ahora cuando guardo rencor? “¡Crucifícalo!” ¿Cuándo juzgo a los otros? “¡Crucifícalo!” ¿No despierta esto lágrimas de angustia en los dos, en ti y en tu Madre? Perdóname, Jesús.

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús toma su cruz
Tomando un poco de nuevas fuerzas caminó junto con el gentío hasta la entrada de la plaza. Los soldados se burlaban a sus espaldas cuando la puerta se abrió con violencia  y mi Hijo casi se caía. Dos hombres arrastraron una pesada cruz de madera y la echaron sobre sus espaldas. Después lo empujaron violentamente a la calle. Mi dolor al verlo fue insoportable. Hubiera querido quitarle la cruz y llevarla yo. Pero sabía que esto tenía que suceder y, así, caminé en silencio.
Señor Jesús, te suplico que perdones las muchas veces que he aumentado el peso de tu cruz cerrando los ojos ante el dolor y la soledad del prójimo. Perdóname por murmurar de los demás y por tratar siempre de buscar excusas  para deshacerme de algunas personas que desearían una palabra mía. Ayúdame a ser como María, siempre buscando aligerar las cruces de los demás. Perdóname, Jesús.

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
Seguía de cerca detrás de mi Hijo mientras –tambaleante- se dirigía al Calvario. Nada nunca me había herido tanto como verlo ahora en tanto dolor. Vi la cruz abriéndose camino en la carne de sus espaldas. Mi corazón desfalleció cuando lo vi caer de cara al suelo, con la cruz cayéndole de lleno en su espalda. Por un momento pensé que mi amado Hijo estaba muerto. En ese momento, todo mi cuerpo comenzó a temblar. Entonces, los soldados lo patearon. Él se levantó lentamente y comenzó de nuevo su camino, a pesar de que continuaron azotándolo. Hubiera querido protegerlo con mi propio cuerpo. Yo sabía que esto tenía que suceder y, así, caminé y lloré en silencio.
Señor, ¿cuántas veces te he visto caer y, a diferencia de María, te he dejado ahí sin importarme?  ¿Cuántas veces he visto a otra gente cometer errores y me he burlado de ellos? ¿Cuántas veces me he sorprendido enfadándome porque alguien piensa diferente de mí? María te ofreció su apoyo durante toda tu pasión. Ayúdame a hacer lo mismo por ti ofreciendo apoyo a los demás. Señor, ten misericordia de mí.

CUARTA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre
Me abrí paso entre el gentío y caminé junto a mi Hijo. Lo llamé a gritos, se detuvo. Nuestros ojos se encontraron; los míos, llenos de lágrimas y angustia; los de Él, llenos de dolor y confusión. Me sentí desesperada, y entonces, sus ojos me dijeron “¡ánimo! ¡Todo esto servirá para algo!”. A medida que tambaleante caminaba, supe que tenía razón. Y, así, lo seguí y recé en silencio.
Señor Jesús, perdóname las muchas veces que nuestros ojos se encontraron y yo cambié mi mirada. Perdóname las veces que cuando las cosas no se hicieron a mi manera se lo hice saber a todos. Perdóname las veces que perdí la tranquilidad por pequeños inconvenientes o me desanimé y no puse atención a tus llamados a tener ánimo. Sí, Señor, nuestras miradas se han cruzado muchas veces pero sin fruto.

QUINTA ESTACIÓN: Simón de Cirene ayuda a Jesús a cargar su cruz
Yo debería ahora verme completamente desamparada al mirar a mi Hijo tratando de cargar su pesada cruz. Cada uno de sus pasos parecía ser el último. Sentí todos sus dolores en el corazón y desee ardientemente que todo llegara a su final. En ese momento noté un alboroto cerca de Jesús. De entre el gentío los soldados empujaron a un hombre que se resistía. Lo obligaron a tomar parte de la cruz para aligerar su peso a mi Hijo. El hombre preguntó a los soldados por qué tenía que suceder así. Yo sabía por qué y, así, lo seguí en silencio.
Señor Jesús, muchas veces me he negado a ayudarte. He sido un egoísta que muchas veces he puesto en duda tu palabra. No me dejes ser como Simón. Ayúdame a ser como tu madre, María, que siempre te siguió y obedeció en silencio.

SEXTA ESTACIÓN: Verónica limpia el rostro de Jesús
A medida que seguía de cerca a Jesús, una mujer empujó a un lado a los soldados. Se quitó el velo y comenzó a limpiar el rostro sudoroso y ensangrentado de mi Hijo. Los soldados la apartaron inmediatamente. El rostro de aquella mujer parecía decir: “¿por qué le hacen esto?”. Yo lo sabía. Y así, caminé en la fe, en silencio.
Señor, esta mujer te dio lo mejor que tenía y yo, por el contrario, más bien he deseado recibir que dar. Diariamente se me han presentado muchas oportunidades para darte algo dando a los demás y las he dejado pasar. Salvador mío, nunca me dejes preguntar de nuevo por qué, sino ayúdame a darte todo lo que tengo.

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez
De nuevo, mi Hijo cae y de nuevo, mi dolor era abrumador de sólo pensar que podía morir. Comencé a caminar hacia él pero los soldados lo impidieron. Él se levantó y tambaleó lentamente hacia adelante. Viendo a mi hijo caer y levantarse de nuevo y seguir, mi angustia era más amarga. Y así, sabiendo que esto tenía que suceder, caminé en silencio.
Señor, de todas las gentes. María fue tu más fiel seguidora, no deteniéndose nunca a pesar del dolor que sintió por ti. Muchas veces me he apartado de ti por mis pecados y he inducido a otros a apartarse de ti. Te pido que tengas misericordia de mí.

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén
Iba caminando unos pasos atrás de Jesús cuando vi que se detuvo. Algunas mujeres estaban ahí llorando por él y compadeciéndose de mi Hijo. Jesús les dijo que no derramaran lágrimas por él. Ellas tuvieron la oportunidad de aceptarlo como Mesías. Como muchos otros, también ellas lo rechazaron. Les dijo que más bien derramaran lágrimas por ellas mismas, lágrimas que las llevaran a la conversión. Ellas no veían la relación entre esto y el camino de mi Hijo a la muerte. Yo sí. Y así, caminé y lo seguí en silencio.
Salvador mío. Muchas veces he actuado como estas mujeres viendo siempre las faltas de los demás y compadeciéndome de ellos. Y muy rara vez he visto mi propia maldad y pedido tu perdón. Señor, tú me has dado una lección en estas mujeres. Perdóname, Señor, por mi ceguera.

NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez
Con esta caída de Jesús comenzó la agonía para mí. No solamente cayó de nuevo en el suelo pedregoso, sino que estaba ya por llegar a la cima de la crucifixión. Los soldados le gritaron y lo maltrataron, casi hasta arrastrarlo en sus últimos pasos. Imaginando cuál sería la siguiente injuria que le harían, se me destrozó el corazón. Yo sabía que esto tenía que suceder, y así subí al monte detrás de Él, en silencio.
Jesús, reconozco que muchas veces he tendido mi mano para ayudar a la gente, pero cuando esto me trae inconvenientes o me causa sufrimiento, los dejo, poniendo pretextos. Ayúdame, Señor, a ser como María, tu Madre, y nunca retirar el apoyo de mi mano a quienes lo necesiten.

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras
Con mi Hijo finalmente aligerado del peso de la cruz, pensé que podría tener oportunidad de descansar. Pero los soldados comenzaron luego a arrancarle las ropas de su piel llena de sangre coagulada. El ver a mi Hijo en tanto dolor me fue insoportable. Y, así, sabiendo que todo esto tenía que suceder,  me quedé de pie, llorando en silencio.
Señor, a mi manera yo también te he desnudado. He despojado a otros de su buena fama con murmuraciones sin sentido y despojé de su dignidad a seres humanos con mis prejuicios.  Jesús, Te he ofendido de muchas maneras a través de las ofensas hechas a otros. Ayúdame a verte en todas las gentes.

DECIMOPRIMERA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la cruz
Al tiempo que arrojaban a Jesús sobre la cruz, voluntariamente dejó que lo clavaran. Cuando agujeraron sus manos y sus pies sentí el dolor en mi corazón. Después levantaron la cruz. Ahí estaba mi Hijo, al que tanto amaba, siendo despreciado a medida que luchaba hasta los últimos momentos de su vida terrena. Yo sabía que todo esto tenía que suceder, y, así, permanecí de pie y oré en silencio.
Señor, cuánto dolor soportaste por mí. Y cuánto dolor tu madre sufrió viendo a su único Hijo morir por amor a mí. A pesar de todo, ambos, Tú y tu Madre, estáis dispuestos a perdonarme. Ayúdame, Señor, a apartarme de mi maldad.

DECIMOSEGUNDA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
¿Qué sufrimiento puede haber más doloroso para una madre que ver morir a su hijo enfrente de sus ojos? Yo, que traje al mundo al Salvador y que lo vi crecer, estuve de pie, impotente, bajo la cruz al tiempo que inclinaba su cabeza y moría. Su angustia terrena había terminado pero la mía era más terrible que nunca. Pero, esto tenía que suceder y lo había aceptado. Y, así, permanecí de pie y sufrí en silencio.
Jesús mío, ten misericordia de mí por lo que mis pecados te han hecho y a los demás. Te doy gracias por tu gran acto de amor. Tú dijiste que el verdadero amor es dar la vida por los amigos. Permíteme ser siempre tu amigo.  Enséñame a vivir mi vida para los demás y a no defraudarte otra vez.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz
El gentío se fue, el alboroto se terminó. Yo me quedé de pie silenciosamente con uno de los amigos de Jesús y miré el cuerpo muerto de nuestro Salvador, mi Hijo. En ese momento, dos hombres bajaron el cuerpo de la cruz y lo depositaron en mis manos. Un profundo dolor se apoderó de mi ser. Pero, al mismo tiempo sentí una profunda alegría. La vida había terminado cruelmente para mi Hijo,  pero esa misma muerte trajo la vida para todos nosotros.  Yo sabía que todo esto tenía que suceder, y, así, oré en silencio.
Señor, tu pasión terminó. Todavía, tu pasión continúa cada vez que peco contra ti. He cooperado con mi parte a tu crucifixión y ahora, Salvador mío, imploro tu perdón con todo mi corazón. Ayúdame a vivir una vida digna de ti y de tu Madre.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es sepultado
Llevamos el cuerpo de Jesús a una tumba y yo misma lo coloqué ahí,  llorando en silencio, alegrándome en silencio. Eché una mirada más a mi amado Hijo y, después, salí. Cerraron la tumba y antes de que me fuera, pensé: Yo sabía que todo esto tenía que suceder... que tenía que suceder por ti… y que tenía que esperar con fe, en silencio.
Sí, Señor mío, esto tenía que suceder por el amor que me tienes y no por otra razón. Lo único que te pido es que viva una vida buena. Nunca dijiste que una vida así fuera fácil. Quiero dejar atrás el pecado y vivir solamente para ti en mis hermanas y hermanos.

DECIMOQUINTA ESTACIÓN: Jesús resucita de entre los muertos
No podía estar más que agradecida por el sacrificio de mi Hijo por nosotros. Sin embargo, que vaciedad sentí tratando de vivir sin Él, a quien amaba tanto. Pero, solamente dos días más tarde esta vaciedad se llenó más allá de lo creíble.  El había resucitado. Nuestro Salvador abrió las puertas de la nueva vida. Esta es la manera como tenía que suceder porque su amor inmortal por ti no podía detenerse ante nada.  Ahora me alegraría para siempre y no en silencio.
Salvador mío, ¡gracias! Gracias por tan interminable amor que me ayuda a levantarme de mi propia maldad. Intentaré otra vez vivir una vida mejor. Ayúdame a recordar siempre tu amor.  María, Madre de nuestro Salvador resucitado, enséñame a ser como tú, y en mi amor a los demás devolverle su amor.
(Gracias, Inmaculada...)