viernes, 29 de abril de 2011

Magdalena

¡Que despistada estuve aquella mañana! Luego las mujeres se reían de mi… ¿De verdad lo confundiste con el jardinero? Debía de ser el sueño del madrugón… o más bien la ausencia interior, esa que mi hizo no ver, ni sentir… Mi vida estaba encerrada en un sepulcro, bajo una piedra que se abrió, para dejarme aún un vacío más grande...

Era como si hubiese vuelto a morir. Le tenía pánico a las tumbas. ¡Había estado muerta en vida tantos años! ¡Tantos espíritus inmundos! Tantas soledades, tanto silencio, tanto desprecio, tanta muerte, tanta muerte… No sé cómo tuve fuerzas para llevar mi perfume aquella mañana. El amor lo mueve todo. Él me había cambiado la vida por entero. Me había hecho persona, me devolvió la dignidad, la capacidad de amar, de sentir, de saberme viva… Mi vida estaba en los caminos, siguiéndole, cuidándole como si fuera yo su madre...

¡Qué tiempo tan feliz aquel! Sus palabras resuenan en mi adentro todavía. Su ternura para con la gente, su sonrisa se siguen proyectando en mis retinas… Pero aquellos días prefiero no recordarlos. Estaba totalmente rota. Volví a la misma sepultura en la que había estado encerrada tantos años...
Hasta que pronunció mi nombre. ¡Aún me emociono al recordarlo! ¡Qué boba! ¡Como si nunca lo hubiera escuchado! Pero era como si me nombrar de nuevo, como si me creara desde el principio… María, María, María… No sé qué pasó después… Lloré mucho, como aquel día en casa de Simón… Pronunció mi nombre, y entonces ya fui otra. Me fui extenuada después a buscarlos a ellos. ¡Y echaron a correr! ¿Cómo me verían?

Perdonad que no sepa expresarme… Sólo sé que me volvió a llamar, que le ví, que estuve con Él. Que su llamada y su sonrisa siguen en mi adentro como una huella imborrable… ¿Acaso no le oyes tú? ¿Acaso no escuchas cómo pronuncia tu nombre?