Viviendo en oración desde Scala
Coeli la vigilia de la Natividad del Señor
Antífona
Hoy vais
a saber
que el Señor
vendrá y nos salvará,
y mañana
contemplaréis su gloria.
Oración
Señor y Dios
nuestro, que cada año nos alegras con la fiesta esperanzadora de nuestra
redención, concédenos que así como ahora acogemos, gozosos, a tu Hijo como
redentor, lo recibamos también confiados cuando venga como juez.
Reflexión
El otro día, cuando volvía a casa
de trabajar, me sorprendió por el camino una tormenta enorme que me hizo pasar
muy mal rato: el cielo se fundió en negro, el agua caía a mares sobre el
parabrisas y yo no veía nada de nada y, aunque ya me conozco la ruta como la
palma de mi mano, no sabía por dónde iba, cuándo llegaban las curvas, ni podía
distinguir los límites de la carretera. Pocas veces he pasado tanto miedo,
porque en este trayecto no hay un lugar donde parar y esperar que escampe, pero
me dije a mi mismo que solo eran tres kilómetros, que yendo despacito y
extremando las precauciones podría llegar a mi convento.
Mientras conducía, pensaba en
otros peligros, como que algún animal se me cruzara; chocar con otro conductor
que, como yo, viajase sin visibilidad; los imponentes rayos que caían
continuamente… un trayecto cotidiano que suelo recorrer automáticamente se
había convertido en algo completamente desconocido y amenazante.
Lo que el profeta Isaías nos
canta esta noche “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande;
habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló” me ha recordado
este episodio. El “viajecito” a su vez me ha ayudado a comprender mejor la
magnitud de estas palabras.
Tener que avanzar en la penumbra da
miedo, es inseguro, desalentador… vivir así nos hace sufrir y no nos lleva a
ningún sitio, de ahí la profunda alegría que se describe en el salmo 95, la que
nos despierta ese destello de amor, del mejor de los resplandores que viene a
pulverizar toda la negrura que nos oprime, que nos esclaviza y explota, la que
nos mata lentamente, desde fuera y desde dentro, de nosotros mismos.
Aquella noche tan mala, también
pensaba que, si la carretera fuese mejor, o mi coche menos viejo o que si
hubiese farolas… la cosa sería distinta; no
me creería “caminando en tinieblas” y es que, probablemente, lo peor es que
muchas veces no somos conscientes, no
nos damos cuenta de la oscuridad que nos rodea y, por tanto, no sentimos la necesidad de ser
salvados de nada, no comprendemos
cuánta falta nos hace la luz y la dejamos pasar: nuestras puertas se le quedan
cerradas y tiene que nacer en otro lugar.
Eso es lo que marca la diferencia
entre una “Noche Buena” y una noche mala: el saber que necesitamos ser rescatados de un sinfín de sombras,
ansiar una claridad que lo haga, descubrir
como aparece ante nosotros y ser capaces de acogerla.
Solo los pastores de Belén que
pasaban la noche al aire libre, los que eran conscientes de la tiniebla que los envolvía, pueden hallar al recién
nacido. Encontrarlo ahí, en el espacio marginal de la vida al que se le ha
desplazado y reconocerlo del modo más insospechado, en un niño débil y
pequeñito.
No sé si existe una imagen que
nos suscite mayor ternura, que despierte tanto nuestro instinto de protección,
como un recién nacido, que viene al mundo en medio de una cuadra y que pasa
frío, qué fascinante resulta pensar que la luz más brillante, que el que viene
a salvarnos, necesite tanto de nuestra acogida y cuidados. ¿Será que Jesús no
quiere dejarnos fuera a nosotros a pesar de los cerrojos que le ponemos a Él? ¿será
su forma de transmitirnos la falta que le hacemos?
De la misma manera en la que nos
resulta imposible reprimir la necesidad de arropar, acariciar y cuidar de un bebé
necesitado, es irresistible hacer lo mismo cuando descubrimos la luz del Señor.
Cuando advertimos, en el día a día y de verdad, el amor que nos tiene y que,
incansablemente y sin condiciones, se derrama sobre todos, que es tan inmenso
que llega a un milagro como el de la encarnación, entonces no nos queda otra
que caer de rodillas sobrecogidos y enternecidos, que adorar y recibirlo
completamente seducidos.
Una acogida y un mimo que, nos lo
dice San Pablo, se traducen en:
-
Renunciar a la impiedad, o tener más presente a
Dios en esta vida; dedicar más tiempo a conocerlo, escucharlo, celebrarlo; ir
aprendiendo a confiar en Él, pase lo que pase, a dejar que ese pequeño sea la
fuerza de nuestra fragilidad y que, realmente, pueda iluminarnos el camino.
-
No absolutizar las cosas mundanas, las de esta
vida que pasa, ni nuestras capacidades o éxitos como algo exclusivamente
personal, tampoco las situaciones de dolor o incomprensión, sino permitir que
su luz nos muestre las criaturas, únicas y perfectas, pero criaturas que somos
en realidad.
-
Llevar una vida sobria en el compartir, justa y
piadosa. Encontrarnos unos a otros y vernos con los ojos de Dios, por encima de
los prejuicios, las sospechas o la desconfianza para ser capaces de vivir la
fraternidad desde la justicia y la compasión.
Este es el misterio de esta noche
de salvación que celebramos hoy, pero que es el de todas las noches y todos los
días, el que después de tantos años, nosotros no hemos terminado de encajar…
Por eso me gusta especialmente la
escena final del Evangelio, la de los ángeles locos de alegría, la fiesta que
se monta en el cielo, porque ellos sí comprenden la infinita magnitud de lo que
está pasando y alaban a Dios por ello con el cantico esta noche nos recuerda la
calenda, el himno que enlaza con toda la historia de la humanidad y con la
nuestra propia, también con nuestro recorrido en el adviento, para recordarnos
que la nuestra-con-Dios, es historia de salvación.
¡Santa
navidad para todos!
Fr. Félix Hernández Mariano,
OP