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domingo, 11 de abril de 2021

Tiempo de Pascua desde Scala Coeli (7)

 

Cirio Pascual Iglesa Ntra. Sra. de la Esperanza - Córdoba
 

 

 “PASCUA es tocar las llagas de Jesús Resucitado 

y experimentar cómo sanan tus heridas”

 

-         Señor Jesús, dicen que has resucitado pero en mi mente bulle un tumulto de ideas oscuras, mezquinas que sólo me producen dolor, desasosiego, y que hieren sin cesar el respeto y la dignidad de mis hermanos.

-         Trae tu mano y acaricia las llagas de mi frente, ellas disiparán tu oscuridad y te permitirá verlo todo y a todos como yo lo veo.

-         Señor Jesús, dicen que estás vivo pero mis manos se resisten a cuidar y servir a los demás, a compartir mi pan y a trabajar por tu Reino.

-         Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, ellas te sostendrán en tu cansancio, te llenarán de generosidad y de entusiasmo, de caricias y detalles, de abrazos y esfuerzos.

-         Señor Jesús, dicen que caminas con nosotros y que sales a nuestro encuentro pero mis pies están cansados, sigo postrada en mi comodidad y lisiada en mi voluntad que se resiste a seguir tus pasos.

-         Mira mis manos y mis pies, soy yo en persona y te digo: levántate pues no te cree para que permanezcas postrada. Levántate, salgamos, porque tú en mí,  y yo en ti,  formamos una sola e indivisible persona y tenemos que proclamar la Buena Noticia.

-         Señor Jesús, dicen que has vencido a la muerte porque el amor es más fuerte que ella, pero mi corazón se ha endurecido y mis sentimientos no están evangelizados.

-         Trae tu mano y métela en mi costado, en mi corazón encontrarás el agua de la vida, el vino de la alegría, el bálsamo de la ternura, la misericordia y la paz. Deja que la herida de mi costado sane la dureza de tu corazón y no seas incrédula sino creyente.

-         Señor mío y Dios mío, verdaderamente has resucitado.

 

Sor Mª Montserrat Román OP

 

viernes, 2 de abril de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Viernes Santo

 


 

 

Los pasajes de la pasión son de tal intensidad que, por mucho que los hayamos leído, reflexionado o rezado, siempre nos sumergen en un silencio conmovedor.

No deja de impresionarnos la aceptación con la que el Señor, libremente, asume las consecuencias de una vida según la voluntad del Padre; también el modo en que se nos confronta acerca de la forma en que nos tratamos entre nosotros o en nuestra relación con Él.

Mirando fijamente al Dios de la cruz, a Jesús, tendremos que reconocer, también nosotros, las veces en las que actuamos igual que los diferentes personajes del texto: cuando le negamos, nos lavamos las manos, nos flagelamos mutuamente o le sustituimos por ideologías más gratificantes, por intereses más seguros.

El relato nos impulsa a profundizar en lo más íntimo de nuestro ser y contrastarnos acerca de nuestra fidelidad a Dios. Y el mejor modo de hacerlo es ante esta cruz, signo de la fidelidad y el amor de Dios a todos los hombres. Reconocer nuestros errores y omisiones es, además, admitir de nuevo, que sea Cristo quien cargue con la cruz de nuestra debilidad, para dejarnos redimir desde la raíz de nuestra falta de fe.

Esa cruz, a la que parece que ya nos hemos acostumbrado, la que hemos embellecido y dulcificado tanto que nos cuesta recordar lo que verdaderamente es. La cruz de Cristo es soledad, tortura, muerte, incomprensión, injusticia, burla, persecución… y es la misma cruz en la de tantas personas siguen padeciendo y muriendo hoy en muchos rincones del mundo… es el fruto de nuestro pecado, del egoísmo y la indolencia de los seres humanos.

En estos tiempos en los que la pandemia -además de suponer un nuevo dolor y una preocupación añadida- agrava las heridas que la humanidad ya tenía, los creyentes no podemos dejar de preguntarnos sobre la forma en que estamos respondiendo… ¿somos verdaderamente conscientes del inmenso sufrimiento que este virus está provocando en muchas familias? ¿o solo nos preocupamos por nosotros mismos, por los nuestros, por las privaciones y renuncias a las que estamos sometidos, por nuestras pérdidas?

 ¿De qué modo lanzar una mirada amorosa a esta realidad que vaya más allá? ¿cómo ser testigos activos de la transformación a los pies de esta dura cruz?

La cruz del Señor es la de cada uno de nosotros, pero esa cruz que nos mata (tanto al que está colgado de ella como a los que hoy seguimos colocando los clavos) es paradójicamente la que nos salva también: la cruz de Cristo es, ante todo, Amor. Toda esa miseria e inhumanidad que tenemos en el corazón es asumida por nuestro Dios que, a pesar de nuestros innumerables fracasos, nos ama ¡lo hace con locura! y, desde luego, ese amor es infinitamente más grande y más fuerte que toda nuestra inmundicia junta.

Es un amor tan inmenso que transforma la cruz, haciendo de lo que es nuestra perdición, el árbol de la salvación. ¿Por qué? Porque ese Dios-con-nosotros, ese hombre que se desangra en la cruz, lo hace amándonos y no sólo eso, también entendiéndonos y justificándonos.

No nos salva la cruz en sí, no son los padecimientos ni el dolor, sino el infinito amor que hay clavado en ella.

En la cruz, Cristo no sólo nos muestra ese amor, sino que además nos enseña que ya no hay nada que pueda acabar con nosotros, que por intenso que sea el dolor, la injusticia, el vacío… todo, si lo asumimos desde el Amor, nos hace más vivos, más humanos, más de Dios.

De lo que debía ser una vergüenza de la humanidad, nosotros los cristianos, hemos hecho nuestro signo; la señal de que estamos presentes en cada gota de sangre que se derrama injustamente; en cada lágrima que brota de un niño hambriento; en todas las angustias de la humanidad… asumiéndolo todo desde el amor de Dios, tratando de llevar a todos su salvación. La celebración de hoy puede ayudarnos a grabar esa cruz en las entrañas y en nuestro corazón.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

jueves, 1 de abril de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Jueves Santo

 


 

La primera vez que vine a la que ahora es mi casa fue para participar en una pascua juvenil, tenía entonces 25 añitos y no sabía que aquella experiencia cambiaría mi vida, ¡fueron tantos los descubrimientos de aquellos días…!

Uno de ellos fue, precisamente, el empezar a comprender la belleza y la profundidad de este día, el Jueves Santo: estábamos todos reunidos y una de las hermanas dominicas que nos acompañaba preguntó a uno de los jóvenes si conocía la revolución francesa, este respondió que sí y explicó en que había consistido. Después preguntó por la revolución industrial a otro que, de nuevo, contestó afirmativamente y ofreció una breve explicación de la misma. Por último, me preguntó a mí:

-         Y tú, Félix, ¿conoces la revolución de la toalla?

¡Maldita sea! (pensé) me sabía perfectamente las otras, pero ¡¿esta?! No la había oído en mi vida, me tenía que tocar a mi esta “revolución de la toalla” ¿cómo no la había estudiado nunca?

Aquél día aprendí que la “revolución de la toalla” había sido la más importante de la historia y que en la actualidad se sigue desarrollando, porque lo que hoy celebramos es justamente eso: toda una revolución, la de la misión entera de Jesús, concentrada en una comida.

Una cena pascual, en la que se celebraba el paso de la esclavitud a la libertad, era el contexto ideal para que el Maestro significara con las palabras más hermosas y los signos más sorprendentes, la predicación de toda su vida, una vida en la que, a los ojos de la sociedad, todo era “al revés”: Últimos que son primeros, sufridos que son bienaventurados, el que pierde gana…

Y el Señor se hace siervo, se ciñe la toalla y nos lava los pies para mostrarnos que cuando el yo se empequeñece, el amor se ensancha y que eso es lo que nos hace verdaderamente grandes.

De forma paralela, su vida se rompe y se reparte a todos, manifestando que el amor de Dios no tiene límites, ni condiciones, que es mucho más grande de lo que jamás podremos imaginar.

Y nos invita a nosotros a hacer lo mismo, no sólo a participar de una celebración litúrgica sino a dejarnos partir, a entregarnos por completo los unos a los otros, a vivir “en plural” no buscando lo que yo quiero, necesito o me conviene sino lo que necesitamos, lo que nos conviene, lo que queremos…sabiendo que Él es el único alimento que necesitamos para hacerlo realidad.

Una cena sencilla pero irrepetible, que continúa siendo actual cada vez que conmemoramos aquellos momentos en cada Eucaristía que celebramos y cuyos efectos están más allá del tiempo y del espacio.

Cada vez que participamos de esta mesa, a pesar de las restricciones, los confinamientos y las distancias sociales, nos sentamos junto a todos y cada uno de nuestros hermanos repartidos por toda la tierra, porque es la Eucaristía la que construye comunidad y desde la comunidad cobra sentido la Eucaristía: en el asiento de al lado tenemos a la misionera que se juega la vida en un rincón olvidado del planeta; a un cristiano perseguido en oriente medio; al joven que se pregunta por su fe o a esa persona de la que nadie se acuerda ¡aún más! También están nuestros mayores o los amigos que se fueron, toda la iglesia celestial presente con nosotros.

Y presente, en el centro de todos, Cristo, el mismo Dios, que actúa en y sobre nosotros, codo a codo con cada uno, sosteniendo y nutriendo nuestra fraternidad. Participar de todo esto solo nos exige una cosa, el dejarnos amar. Todo lo demás vendrá después, porque cuando descubrimos lo preciosos que somos a los ojos de Dios; el precio que ha pagado por nuestra felicidad; que pase lo que pase Él, loco de amor, no nos deja de su mano… entonces, ya no podemos vivir de cualquier manera. Quien comprende esto no tirará la toalla ante las dificultades o el dolor, al contrario, se la ciñe a la cintura también, se arrodilla ante el hermano y hace de toda su existencia un servicio: se convierte en un revolucionario del amor.

El Jueves Santo es el punto de referencia para todos los que queremos vivir aprendiendo a amar más y mejor, para quienes estamos convencidos de que, solo este, es el camino de la felicidad y la plenitud humanas. Hoy celebramos la revolución de la toalla, la revolución del Amor.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP 
 

 

miércoles, 31 de marzo de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Miércoles Santo

  

Es curioso…

Curioso pero iluminador.

Ayer, martes santo, las lecturas de la Eucaristía nos situaban ante un Siervo de Yahveh, en el libro de Isaías, que se sentía hundido ante el aparente fracaso de su misión y el sinsentido de su vida y su tarea. Y en el evangelio, Jesús, “profundamente conmovido”, descubría a sus discípulos la traición y la cobardía con las que iban a pagar el amor de él por ellos. Era una ocasión propicia para afrontar también las ocasiones en que nuestra existencia o nuestra fe nos conducen a ese sentimiento tan duro, tan triste, tan desesperanzado como el sentimiento de ser un fracasado.

Hoy, miércoles santo, el tono es distinto. Nos sigue hablando el mismo Siervo de Yahveh en Isaías, que se encuentra amenazado, perseguido. Y Cristo, en el evangelio, quiere celebrar la pascua y denuncia a Judas su traición. Los mismos escenarios y situaciones que ayer, pero sin sentimiento de fracaso, sino de audacia, arrojo, seguridad en el triunfo final, serenidad ante la traición.

Los dos tonos nos reflejan: somos vulnerables ante la dificultad, las decepciones, los “silencios de Dios”, las respuestas negativas de los demás a nuestro cuidado y desvelo por ellos. Pero también, que somos fuertes, a veces más de lo que pensamos; que somos capaces de arrostrar dificultades, de gastar generosamente la vida; de luchar para que el mal y la muerte no tengan la última palabra; de sacar fuerzas de flaqueza en gestos, quizás pequeños e ignorados, pero que significan y desarrollan lo mejor de nosotros mismos.

¿Cuál es la clave para esa fortaleza en  la debilidad y la contradicción? El Siervo de Yahveh lo dice bien alto en Isaías:

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,

para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído,

para que escuche como los iniciados.

El Señor me ha abierto el oído y yo no me rebelado,

ni me he echado atrás.

En esta comunicación constante con el Señor a través de la oración que busca situarse en la perspectiva de Dios y colaborar diligentemente en su acción salvadora, el Siervo encuentra sentido vital y fortaleza:

                            “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,

                            la mejilla a los que mesaban mi barba.

                            No oculté el rostro a insultos y salivazos.

La comunicación entre Dios y el hombre, hecha de fe-confianza, esperanza activa e ilusionada y amor ferviente y disponible  es la palanca absolutamente necesaria para mover el mundo y adelantar el Reino. Creyendo, esperando y amando, el Siervo constata que:

                            Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido.

                   Por eso ofrecí el rostro como pedernal y sé que no quedaré avergonzado.

                            Tengo cerca a mi abogado ¿Quién pleiteará contra mí?

 

En el relato evangélico de hoy, Jesús sabe que Judas lo ha traicionado y que eso, no por castigo de Dios, sino como consecuencia lógica del mal que pudre el corazón del hombre, va a ser la destrucción de su discípulo. Un discípulo al que se niega llamarlo “traidor”, ni a reducirlo a su pecado: es, ante todo y sobre todo aquel “que ha mojado en la misma fuente que yo”, modo de indicar una profunda comunión de vida, ilusiones, proyectos. Judas le “hará” traición, pero Judas “es” su compañero entrañable. Por eso, cuando se encuentran es Getsemaní a la hora de su prendimiento, Cristo lo recibe con la única expresión posible, la que le sale del corazón: “AMIGO ¿a qué vienes?”

Jesús también ha “sabido decir al abatido una palabra de aliento”.

Con esa fuerza perdonadora, tan divina y tan humanizante, Jesús arrostra su propia muerte en beneficio, como toda su vida y su resurrección, de todos nosotros.

Nosotros, que a veces somos Judas, pero que tenemos que ser siempre como Jesús.

 

P. Francisco J. Rodríguez Fassio, OP


martes, 30 de marzo de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Martes Santo

 

“Mientras yo pensaba: “En vano me ha cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”  Is, 49,4

“En vano…”

La sensación más dura y más deprimente es la sensación de fracaso. Aunque nos requiera mucho valor, decisión, trabajo y paciencia una tarea o un proyecto, si estamos seguros de su resultado positivo, de su éxito, la ilusión, la esperanza, el fruto nos mantienen vivos, activos, entusiastas.

Pero…

El fracaso es otra cosa. Nos hunde en la miseria, no vemos el futuro y nos sentimos ridículos, objeto fácil de las burlas de los demás o de los reproches incluso de uno mismo: “¿quién te creías, iluso?”.

Junto al fracaso, la traición de aquellos por los que se ha trabajado, entregado tiempo, vida, amor, cuidado. Comprobar dolorosamente que todo ha caído en el vacío, y que no te puedes fiar ni siquiera de las promesas de fidelidad de Pedro (“daré mi vida por ti”, Jn 13,37), porque nacen más de la vanidad y competencia con los demás, a los que se considera más cobardes que él (“aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré” (Mt 26, 33), que de una humilde y valerosa fidelidad.

Las lecturas de la Eucaristía de este Martes Santo nos quieren introducir a un ámbito íntimo y sagrado: los sentimientos mismos de Jesús en los días de su última semana. Lo indica el evangelista Juan: “Jesús, profundamente conmovido, dijo: os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. “Profundamente  conmovido” (Jn 13, 21) El cuarto evangelio, no relata la agonía de Jesús en Getsemaní, pero señala ahora, dentro de la última Cena la tremenda angustia de su corazón. No teme simplemente por su vida, como a veces tenemos la tentación de pensar reduciendo su miedo y temblor en el huerto a una simple reacción del instinto de conservación de su vida individual ante la tortura y la muerte. No; lo que conmueve y angustia a Jesús, en último término, es el fracaso. Fracaso de su misión, tan amorosa y profundamente asumida, de “reunir a los hijos de Dios dispersos” (Lc 13, 34), para que en la común unión con él, con el Padre y entre ellos (Jn 17, 20-26), tengan vida y la tengan en abundancia y para siempre ya desde ahora (Jn 3, 13-21). Al verse en esta última semana, donde todos y todo se conjuran para acabar con él y con su misión, Cristo se preguntaría como el Siervo de Yahveh: “en vano…”

Leonardo da Vinci comprendió esta tremenda situación de Jesús. Cuando pinta su Última Cena para el refectorio de los dominicos de Milán, no se fija en la comida (acorde con estar pintada en el comedor de los frailes), ni en la Eucaristía (la comida espiritual), sino en el momento en que Cristo, con una inmensa expresión de tristeza, con los brazos abiertos y caídos en una impotencia ante las traiciones y cobardías de sus discípulos (fruto de sus decisiones libres), comunica su conmoción (sentimiento) y la razón de ella: que sus amigos están optando por ser traidores y cobardes. El pintor ha sabido, como nadie antes o después, expresar las distintas reacciones de los apóstoles ante esta declaración: sorpresa, miedo, indignación, interrogarse unos a otros, levantarse de la mesa en un impulso. Y en el centro, solo, sereno pero terriblemente triste, el Señor. Triste, conmovido, herido, pero no derrotado, ni desesperado: Jesús opta por seguir entregándose, por entregarse más y más. Como dice  Fr. Timothy Radcliffe: “en un gesto eucarístico de loca libertad”. Hasta el fin.

Y sin embargo….

“Mientras yo pensaba. “En vano…. En realidad, mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios”( Is 49, 4).

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él…” (Jn 13,31).

El Siervo de Yahveh de Isaías, en medio de su sensación de fracaso, descubrió que el fracaso no existe. Que hay Alguien que le ha sostenido desde el seno de mi madre, que le sigue sosteniendo, que le ha dado una misión y le ha capacitado para ella. Que su triunfo y el de su tarea está asegurado y, encima, más allá de sus expectativas o de sus cálculos: “Es poco que seas mi Siervo y restablezcas las tribus de Jacob… Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Jesús ve también ahora, que precisamente “este” ahora, no es un fracaso, sino una glorificación: va a hacer resplandecer y realizar el amor del Padre a los humanos hasta el final (“tanto ha amado Dios al mundo, que le entregó a su Hijo para que todo el que crea en él tenga vida” (Jn 3, 16), el suyo por todos (“como el padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor“ (Jn 15, 9), y cómo en esa disponibilidad al plan de Dios sobre el mundo hasta las últimas consecuencia, nos muestra nuestro propio camino de salvación, de humanización, de superación del mal y de la muerte.

Los especialistas en Biblia nos indican que el misterioso Siervo de Yahveh de Isaías es tanto un personaje histórico como la personificación del Israel fiel a través de la historia, anunciador de la fidelidad de Dios en todo el mundo: pueblo testigo. El nuevo y definitivo Siervo de Yahveh que realiza y proclama la salvación a todos y a cada uno, ahora y siempre, es Cristo cabeza  con nosotros, sus miembros: vid y sarmientos (Jn 15, 1-17) indisolublemente unidos en la vida y en la misión.

En estos días de Semana Santa, dentro de un año de pandemia, donde nos hemos sentido tantas veces fracasados (en parar la enfermedad, en la crisis económica, en acompañar a los seres queridos fallecidos, en superar estados depresivos o conductas insolidarias, etc.), es bueno repetirse con Isaías y Cristo: “Y sin embargo, mi suerte está garantizada por el Señor”. Agradecer la entrega del Señor. No ser  traidores como Judas, ni fanfarrones como Pedro. Acompañar a Jesús en amistad entrañable y compromiso solidario y cantar con el salmo responsorial de la liturgia de hoy:

          “Al Señor me acojo:

          No quede yo derrotado para siempre…

Mi peña y mi alcázar eres tú…

Mi boca contará tu auxilio,

y todo el día tu salvación.”  (Sal. 70).

 

 

P. Francisco J. Rodríguez Fassio, OP











lunes, 29 de marzo de 2021

SEMAN A SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Lunes Santo

 

 

LA PASION ORANTE DE JESUS, EN SU PASCUA. 

 Heb 5,6; Lc 22,43ss

 

En su Pasión, Jesús se hace Maestro de Oración. Esta semana la puedo vivir como Iglesia orante, y aprender de El  a unirme a Dios y a los que sufren.

1. Jesús vive en Oración su Pasión, como “comunión y lucha”  divina.

Para Jesús, orar no significó sólo hacerse uno con Dios, sino que fue también un luchar con Dios. Así aparece el camino de Getsemaní al Gólgota: “Padre, si quieres, aleja de mí esta copa de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42), “Padre, ¿Por qué me has abandonado?.” (Mt 27, 54). Lo llama Padre, pero también se queja y expresa su dolor. La Carta a los Hebreos lo ha expresado así: “En los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer”

Que la oración sea comunión con Dios, lo asumimos. Pero ¿cómo puede ser la oración lucha con Dios?. En la medida en que también lo es contra el sufrimiento. En el Huerto de los Olivos Jesús lucha con Dios, para que lo libere de tomar su cáliz, y esos sentimientos los hace oración. La queja, la acusación o el reproche son también un lenguaje de oración. Al expresarle estos sentimientos y dirigirse con ellos a Dios en su desamparo, puede transformar su desesperación en confianza. Pero conforme  admitía en la oración su dolor y su temor, su actitud fue cambiando. Y así, se dirigió sereno hacia la Pasión. Orando, Jesús intentaba vencer su propio miedo, como nosotros, pero se enfrentó a él. ¿Podría  yo ahora hacer oración de algún sentimiento adverso?.

 

2. ¿Qué papel jugó la oración en  momentos de lucha?. ¡El de un ángel!

- El amparo y la seguridad entrañable que le proporcionó el ángel de la oración durante toda la vida, no abandonó a Jesús a la hora de la  prueba.

- Con ese ángel de la Oración aprendió Jesús quién era Dios y qué tenía que pedirle. Orando, Jesús aprendió a luchar contra el dolor y a ponerse a disposición de Dios, a entregarse a su voluntad. Orando aprendió  a escuchar la voluntad de Dios y a seguirla con libertad. 

- Orar no significa que sea fácil convivir con el dolor. Por eso el aspecto de lucha por defender su vida, porque Jesús era un hombre que amaba su vida y le costaba emprender el camino hacia la muerte. Pero necesitó la oración para expresarse en su dolor, y así recibir el consuelo de  un ángel que le da fuerza para seguir adelante. No le quita el sufrimiento pero le da fuerzas para afrontarlo. ¿Puede ser la oración de este dia para mi, un ángel de consuelo, fortaleza y ánimo?

 

3. ¿Y nuestros ángeles? Lo que esperamos de los otros en los momentos de prueba,  Dios nos lo da en la oración.

En Getsemaní Jesús busca y cuenta con la comunidad de sus discípulos: ”Velad y orad para no caer en tentación”.

Como ser humano sufriente, recurre a la intimidad como bálsamo. Jesús lleva con él a los tres discípulos más importantes, para que le apoyen en su agónica oración. Pero le dejan solo y se duermen. ( Mc 14,32-42).. El sueño tan humano de los discípulos, es el símbolo de los cristianos que giran sólo alrededor de sí mismos o de sus propios problemas, en lugar de abrirse y  reconocer el sufrimiento de los otros.

Y en Getsemaní, también se da la traición y la infidelidad. Jesús experimenta cómo uno de sus discípulos de más confianza, le traiciona con un beso de amistad (Mc14,45). Es fácil imaginar la profunda herida que Jesús siente con ese beso. Y es que un beso no sólo puede ser expresión de amor, sino también de traición. Quien ha sido traicionado en alguna ocasión por un amigo y ve el destino de Jesús, puede experimentar justamente la comunión con Jesús, el traicionado, en su más profunda herida.

¿Qué es lo que más le duele a Jesús?. ¿El miedo al dolor físico?, ¿El abandono de los suyos?. ¿La traición de un amigo?.¿O el silencio de Dios?.. Todo, pero cada cosa en su lugar. En su miedo y angustia Jesús se refugia en Dios y en la soledad de la oración tiene que andar solo por el camino de la debilidad para, en la debilidad del amor, vencer al poder del mal.

 

4. De esta manera, se convierte Jesús en prototipo de orante y creyente.

“Orad para que podáis hacer frente a la prueba”. Sólo con la oración puede Jesús superar su propia tentación. Y sólo la oración puede fortalecer a los discípulos en los muchos combates que les esperan.

“Orar es luchar con Dios”. Sin la oración, somos abandonados a nuestros miedos sin esperanza alguna. La tentación nos da fuerza para superar las tentaciones y los combates de nuestra vida. Y nunca estamos solos en nuestra oración. Dios nos enviará también su ángel para que esté junto a nosotros y nos renueve las fuerzas en nuestro camino.

Jesús es ejemplo de creyente con esa oración “Hágase tu voluntad” ( Mt 26,42). En la pasión cumple El mismo lo que había enseñado a sus discípulos: se entrega a la voluntad del Padre. Obedece como hijo su voluntad, y a pesar del miedo que le sume en una profunda tristeza, se sobrepone y se entrega a ella confiando en que ése es el camino de la salvación para  El y para todos los hombres. ¿Qué alcance viene teniendo la Oración en mi vida y muerte de cada día?                       

 

P. José A. Segovia, OP