PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte
Era el viernes por la mañana cuando vi a mi hijo. Era la primera vez que lo veía desde que lo tomaron preso. Su destrozada y sangrante piel clavó una espada de profundo dolor en mi corazón y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Entonces, Pilatos, desde su tribunal de juez, preguntó al gentío por qué querían ejecutar a mi hijo. Todos a mi alrededor vociferaron: “ ¡Crucifícalo!”. Desee ardientemente pedirle que parara, pero yo sabía que esto tenía que suceder. Y, así, me quedé de pie, llorando en silencio.
Señor Jesús: me es muy difícil imaginar la angustia que tu Madre sintió al ver cómo te condenaban. Pero, ¿qué tal ahora cuando guardo rencor? “¡Crucifícalo!” ¿Cuándo juzgo a los otros? “¡Crucifícalo!” ¿No despierta esto lágrimas de angustia en los dos, en ti y en tu Madre? Perdóname, Jesús.
SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús toma su cruz
Tomando un poco de nuevas fuerzas caminó junto con el gentío hasta la entrada de la plaza. Los soldados se burlaban a sus espaldas cuando la puerta se abrió con violencia y mi Hijo casi se caía. Dos hombres arrastraron una pesada cruz de madera y la echaron sobre sus espaldas. Después lo empujaron violentamente a la calle. Mi dolor al verlo fue insoportable. Hubiera querido quitarle la cruz y llevarla yo. Pero sabía que esto tenía que suceder y, así, caminé en silencio.
Señor Jesús, te suplico que perdones las muchas veces que he aumentado el peso de tu cruz cerrando los ojos ante el dolor y la soledad del prójimo. Perdóname por murmurar de los demás y por tratar siempre de buscar excusas para deshacerme de algunas personas que desearían una palabra mía. Ayúdame a ser como María, siempre buscando aligerar las cruces de los demás. Perdóname, Jesús.
TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
Seguía de cerca detrás de mi Hijo mientras –tambaleante- se dirigía al Calvario. Nada nunca me había herido tanto como verlo ahora en tanto dolor. Vi la cruz abriéndose camino en la carne de sus espaldas. Mi corazón desfalleció cuando lo vi caer de cara al suelo, con la cruz cayéndole de lleno en su espalda. Por un momento pensé que mi amado Hijo estaba muerto. En ese momento, todo mi cuerpo comenzó a temblar. Entonces, los soldados lo patearon. Él se levantó lentamente y comenzó de nuevo su camino, a pesar de que continuaron azotándolo. Hubiera querido protegerlo con mi propio cuerpo. Yo sabía que esto tenía que suceder y, así, caminé y lloré en silencio.
Señor, ¿cuántas veces te he visto caer y, a diferencia de María, te he dejado ahí sin importarme? ¿Cuántas veces he visto a otra gente cometer errores y me he burlado de ellos? ¿Cuántas veces me he sorprendido enfadándome porque alguien piensa diferente de mí? María te ofreció su apoyo durante toda tu pasión. Ayúdame a hacer lo mismo por ti ofreciendo apoyo a los demás. Señor, ten misericordia de mí.
CUARTA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre
Me abrí paso entre el gentío y caminé junto a mi Hijo. Lo llamé a gritos, se detuvo. Nuestros ojos se encontraron; los míos, llenos de lágrimas y angustia; los de Él, llenos de dolor y confusión. Me sentí desesperada, y entonces, sus ojos me dijeron “¡ánimo! ¡Todo esto servirá para algo!”. A medida que tambaleante caminaba, supe que tenía razón. Y, así, lo seguí y recé en silencio.
Señor Jesús, perdóname las muchas veces que nuestros ojos se encontraron y yo cambié mi mirada. Perdóname las veces que cuando las cosas no se hicieron a mi manera se lo hice saber a todos. Perdóname las veces que perdí la tranquilidad por pequeños inconvenientes o me desanimé y no puse atención a tus llamados a tener ánimo. Sí, Señor, nuestras miradas se han cruzado muchas veces pero sin fruto.
QUINTA ESTACIÓN: Simón de Cirene ayuda a Jesús a cargar su cruz
Yo debería ahora verme completamente desamparada al mirar a mi Hijo tratando de cargar su pesada cruz. Cada uno de sus pasos parecía ser el último. Sentí todos sus dolores en el corazón y desee ardientemente que todo llegara a su final. En ese momento noté un alboroto cerca de Jesús. De entre el gentío los soldados empujaron a un hombre que se resistía. Lo obligaron a tomar parte de la cruz para aligerar su peso a mi Hijo. El hombre preguntó a los soldados por qué tenía que suceder así. Yo sabía por qué y, así, lo seguí en silencio.
Señor Jesús, muchas veces me he negado a ayudarte. He sido un egoísta que muchas veces he puesto en duda tu palabra. No me dejes ser como Simón. Ayúdame a ser como tu madre, María, que siempre te siguió y obedeció en silencio.