viernes, 19 de marzo de 2010

Via Crucis V: Buscando la verdad

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús en Getsemaní (Mc 14,32-42)
La situación del Hombre difícil y extrema: profundo desconcierto, angustia, «me muero de tristeza», una previsión no deseada «aparta de mí este cáliz». Los que han visto su gloria, dormidos. El conocimiento del hombre clarividente: «El espíritu es fuerte, pero la carne es débil». ¿En quién confiar ciegamente? Es la situación en la que todos los seres humanos nos encontramos alguna vez. La soledad. La noche. La oscuridad.
La acción de Jesús: la oración de Jesús: llamar-reconocer, “abba”, «todo es posible para ti»; pedir «aparta de mi este cáliz»; confianza incondicionada «no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». ¿Dónde encontrar fuerzas para pasar el trago? (¡Y cuántos tragos tenemos que pasar!) ¿En los míos?: dormidos, «no conseguían tener los ojos abiertos». Se apartó de nuevo y oró... Y otra vez. ¡Qué profunda soledad! ¡Qué situación de angustia! Pero la acción tiene su fruto. La decisión está tomada. Afrontar la voluntad del Padre. Lo que hay que hacer, ¡hacedlo! Y el Espíritu empuja a Jesús: «¡Levantaos, vamos!».
Padre, necesitamos ser sensibles a los momentos de angustia y tristeza, danos sabiduría para descubrir tu voluntad, haznos insistentes en la oración, ayúdanos a aceptar tu voluntad, y que tu Espíritu nos inunde de fortaleza para afrontarla.

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús es entregado por Judas y arrestado (Mc 14,43-50)
La mayoría ante la minoría. La multitud ante los once. Algo bonito de la amistad (beso) es el cauce para la traición. ¡Cuántas veces algo bueno oculta la maldad! (el mal bajo capa de bien). Un reconocimiento de Judas «¡Rabbí!». Una reacción violenta ante algo que no se acepta, que no se quiere. Y de nuevo, un paso más si cabe en la soledad de Jesús. «Todos lo abandonaron y huyeron».
Y Jesús, sereno, viendo venir, con la paz del Espíritu. Desenmascarando la mentira, razonando, desnudando la incoherencia. «A diario me teníais en el templo enseñando y no me prendisteis.» Y dando testimonio de aceptar la voluntad de Dios «que se cumpla la Escritura». No aceptar por resignación, sino aceptar por ser voluntad del Padre. Quizás la traición sea el acto por el que el hombre desconfiará de todos los hombres. Pero Dios sigue confiando en el Hombre.
Padre, Tú que conoces nuestra debilidad, no permitas que nuestra conducta haga que los hombres desconfíen de ti. Haznos permanecer fieles en cumplir tu voluntad. Ayúdanos a soportar las traiciones y engaños. Danos capacidad para descubrir el mal oculto tras una falsa máscara bonita y fuerza para denunciarla.


TERCERA ESTACIÓN: Jesús es condenado por el sanedrín (Mc 14,53-65)
El Hombre ante la autoridad. Una nueva farsa de justicia. Todos de acuerdo «buscaban un testimonio contra Jesús». Un juicio con sentencia previa. ¿Quién defiende al acusado? ¿Quién habla en favor del reo? La opinión ya está formada antes de comenzar. (Han funcionado a la perfección los creadores de opinión, desde el poder, por supuesto.) ¡Cuántas opiniones nos formamos sin conocer! ¡Qué fácil dejarnos llevar por los creadores de opinión! También estamos en el «sanedrín». Van a bastar dos palabras «Yo soy» y un golpe de efecto teatral para que «sin excepción» se pronuncie la sentencia. Culpable por blasfemo: muerte. Y se repite el dicho «Del árbol caído, todos hacen leña». El condenado parece que ya no puede ser considerado ni como hombre, con su dignidad de ser humano: «se pusieron a escupirle», «le daban golpes», «los guardias le reciben a bofetadas». Jesús con la elocuencia del silencio. ¿Para qué hablar si no hay quien quiere escuchar? ¿Por qué participar en la farsa? Pero Jesús se mantiene fiel a su identidad: «Yo soy». Conoce las consecuencias.
Padre, ayúdanos a no juzgar lo que no conocemos. A no condenar. A callar a tiempo. A salvar en cualquier caso la dignidad de todo ser humano. Que el Espíritu nos haga ser testigos de nuestra identidad de hijos.
 
CUARTA ESTACIÓN: Jesús es negado por Pedro (Mc 14,66-72)
La «piedra» de Pedro. Señalado y acusado... ¡Por una mujer! Y Pedro niega, y hasta parece que convence. La mujer que ni puede ser testigo válido en un juicio, dice verdad. No siempre el fuerte tiene ni la razón ni la verdad. También nosotros, muchas veces, negamos conocer a Jesús, quizás no con la palabra, pero sí con la vida. Jesús, que ni siquiera está presente, con sus palabras en la mente de Pedro y su vida coherente compartida con él, provoca y transforma. La «piedra» se deshace en ternura. «Pedro recordó... y se echó a llorar».
Padre, ayúdanos a encontrar la verdad en los sencillos, a los que a veces ni siquiera tenemos en cuenta ni escuchamos. Que aprendamos a reconocer nuestras negaciones y a sentirlas con profundidad desde nuestro ser.

QUINTA ESTACIÓN: Jesús es juzgado por Pilato (Mc 15, 1-15)
Si el juicio que condena a Jesús es una farsa bajo la acusación del blasfemo (acusación religiosa), ante la autoridad que tiene potestad para ejecutar la sentencia, se le acusa de proclamarse rey de los judíos. Y la manipulación cuando los poderes quieren cargarse a alguien, continúa. Pilato no sabe más que las intenciones de los sacerdotes: «se lo habían entregado por envidia»; pero tampoco quiere saber más. Se deja llevar por los acusadores, por la multitud... quiere seguir en la poltrona. No busca la verdad, ni la justicia, quiere sólo mantenerse al margen (que no puede, ya que tiene la autoridad) y «satisfacer a la multitud». No siempre las multitudes y/o las mayorías han tenido la verdad y la razón. Pero sin embargo, seguimos dejándonos llevar por las encuestas, las mayorías, la «opinión pública», y sentenciamos. Cuesta ir contracorriente.
Jesús, el condenado, sigue parco en palabras. Ante el interrogatorio de Pilato: ¿Tú eres el rey de los judíos?, contesta: «Tú lo estás diciendo». Sigue asumiendo su identidad. No se defiende, no pide clemencia, no suplica. No se lo pone fácil a Pilato. Cada uno debe asumir la responsabilidad de su autoridad (y todos la tenemos). Y «Pilato... lo entregó para que lo crucificaran». ¿Qué pudo sentir Jesús después de vivir abriendo los ojos a los ciegos, devolviendo el oído a los sordos, curando a enfermos, limpiando leprosos, expulsando demonios, liberando oprimidos... cuando escuchó a la multitud a la que había servido y amado gritar: ¡Crucifícalo! Solo. Abandonado. Negado. Repudiado.
Padre, que nuestra guía sea la búsqueda de la verdad y la justicia. No permitas que nos dejemos llevar por la multitud manipulada, ni que permanezcamos indiferentes ante la injusticia. Que tu Espíritu nos haga ser críticos y nos dé fuerzas para desarrollar con responsabilidad, honestidad y profesionalidad nuestro trabajo, nuestra autoridad.

SEXTA ESTACIÓN: Jesús es flagelado y coronado de espinas (Mc 14,32-42)
La situación del hombre que es apaleado, golpeado, insultado, ultrajado. Los soldados ocupantes de Israel hacen una representación de pleitesía ante el «rey de los judíos», con todos los detalles, corona incluida. Parodia insultante, para humillar más si cabe a Jesús. Esta escena que hiere cualquier sensibilidad humana, la seguimos encontrando hoy en nuestro mundo, y tenemos ejemplos en nuestro siglo. Torturas. Violencia. Vejaciones,... Bosnia, Latinoamérica, suburbios, África, Oriente próximo... y muchas veces de forma institucionalizada. Y vamos descubriendo que es frecuente. ¿Estamos perdiendo la sensibilidad, la compasión? Jesús padece en su propio ser el salvajismo del hombre, vive esa situación en la que el ser humano es rebajado hasta ser casi una caricatura humana con el solo deseo de que termine.
Padre, Tú que conoces por tu Hijo las situaciones extremas de sufrimiento y dolor, ultraje y humillación de tantos hombres y mujeres, te pedimos que nunca nos aprovechemos del débil, que no nos ensañemos con la caña quebrada, que evitemos, denunciemos y combatamos cualquier trato vejatorio a nuestros semejantes y si algún día nos toca padecerlo, que tengamos la fuerza de tu Espíritu para vivirlo con la entereza de Jesús.

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús carga con la cruz (Jn 16-17)
Si no era bastante la humillación sufrida en el palacio por los soldados romanos, además: cargar con la cruz y comenzar el camino hacia el Gólgota, pasando por delante de los vecinos de Jerusalén. Jesús no se lo pone difícil, ha aceptado el camino que ha trazado el Padre, y él mismo carga con la cruz. No se rebela, no se niega, sino que acepta y asume que ese es el camino. Él mismo da la vida. Él mismo ofrece su vida.
Padre, que seamos capaces de descubrir, aceptar y asumir nuestra cruz, que no queramos retener nuestra vida, sino ofrecerla, darla, entregarla.

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz (Mc 15,21)
El Hombre ha llegado a la extenuación. Necesita ayuda. Un campesino pasa por ahí y se encuentra con lo que no quiere «lo forzaron a cargar con su cruz». No tiene que ser agradable volver del trabajo cansado y que le obliguen a arrastrar el peso de un instrumento que supone la muerte de un hombre. El consuelo de Simón de Cirene es seguir a Jesús con la cruz, pensando que su sufrimiento sería mayor. ¿Cómo se puede pensar en el cansancio de uno mismo ante las cruces mortales que soportan otros hombres?
Jesús es aliviado en el peso, y sigue su camino al Gólgota. No quiere o no puede llevar la cruz, es igual, el caso es que necesita ayuda del hombre para caminar con la cruz. Consuela ver a alguien aunque sea forzado, que lleva la cruz de alguien más débil.
Padre, que estemos más dispuestos que Simón a llevar las cruces más pesadas de nuestros hermanos más débiles. Y que nuestro orgullo no nos impida dejar cargas en otras manos más fuertes que las nuestras en nuestro camino de la cruz.

NOVENA ESTACIÓN: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén (Lc 23, 27-31)
En el camino al Calvario «una gran muchedumbre del pueblo» provoca las pocas palabras de Jesús. Y precisamente a estas mujeres conmovidas por lo que están viendo (quizás no toda la multitud estaba de acuerdo con la sentencia) y que al parecer es la única expresión de ternura y sensibilidad ante tal crueldad, Jesús les reprocha su llanto hacia él. «No lloréis por mí: llorad por vosotras y vuestros hijos», les dice Jesús. Él sabe en quién confía, pero le preocupa Jerusalén, ya que si al árbol verde que da fruto le pegan fuego, ¿de dónde nacerá la vida? Jesús sigue dándose. El camino de la cruz: una entrega continua. En el cansancio, una palabra, no por él, sino por los demás.
Padre, que nuestro llanto sea profundo, sentido. Que nos lamentemos no por lo que vemos, sino por el significado de lo que vemos. Haz que incluso en nuestro cansancio saquemos fuerzas para decir palabras que den vida para otros y denuncien injusticias.

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es crucificado (Mc 15, 22-28)
«Y Dios se rebajó a hombre, y hombre en la cruz.» Jesús es clavado en la cruz. Es un despojo absoluto. Hasta las ropas se las repartieron. ¿Qué le queda? No le queda nada, como a tantos pobres de la historia crucificados cada día. Sin poder moverse. Casi sin poder hablar. Sin nada. «Y Dios se rebajó... en la cruz.» Sólo desde el amor, que no desde la razón, lo entenderemos. Contemplemos a Dios en la cruz, pasando por uno de tantos.
Padre, nos cuesta reconocerte en el despojo total, nosotros que anhelamos vanidades. Danos sabiduría, entendimiento para reconocer en todos los crucificados con los que nos encontramos, a ti, Creador de la vida y del amor, y aceptar así nuestra cruz como camino de donación, de entrega, de amor.

UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús promete su reino al buen ladrón (Lc 23, 39-43)
En el sufrimiento de la cruz, Jesús no está solo. Dos malhechores le acompañan, siguen su misma suerte. Como a muchos hombres cuando nos toca el sufrimiento, tenemos a alguien a nuestro lado. ¡Qué tragedia encontrarse uno solo ante la muerte! ¡Ni Jesús! Dos reacciones distintas ante el encuentro con Jesús. Uno desde la clave egoísta: «sálvate a ti, y a nosotros», el que no acepta su realidad y quiere evadirse. Otro desde la clave de Dios «¿No tienes siquiera temor de Dios?; éste no ha hecho nada malo»; el que viene de Dios no hace el mal y se identifica por sus obras. Y ante la cercanía del mismo destino, y crucificado, se produce el encuentro donde el malhechor se pone en manos de Jesús, confiándose a él: «Acuérdate de mí cuando vengas como rey». El misterio de la libertad humana ante Dios.
Jesús está presente en medio del diálogo. Ni una pizca de resentimiento, ni de condenación, ni de evasión. La provocación de uno se queda sin respuesta. Pero el otro obtiene palabras de salvación: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Jesús se sigue dando.
Padre, que seamos capaces de llevar palabras de salvación aun en los momentos extremos. Que no nos encerremos en nuestro dolor y seamos capaces de compartir el dolor de nuestros hermanos y transformarlo en esperanza de salvación. Que ningún ser humano se encuentre solo ante la muerte.

DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús crucificado. La madre y el discípulo (Jn 19,25-27)
El crucificado también está acompañado por su madre y la hermana de su madre. ¡Una madre viendo ejecutar a su hijo, y además sin causa justa! Si algo terrible es que los padres entierren a los hijos, es imposible captar el sentimiento de María. A la mujer que sufre por el hijo la seguimos encontrando y admirando hoy, en las asociaciones de madres de hijos: víctimas de la droga, desaparecidos, encarcelados, perseguidos por la paz y la justicia.
Jesús ve a «la madre» acompañada del «discípulo predilecto» y se sigue dando: «Mujer, mira a tu hijo»; «Mira a tu madre». Las enseñanzas del maestro continúan viviendo en el discípulo, que tiene un pasado, unas raíces. Es el comienzo de una nueva relación: «desde aquella hora la acogió el discípulo en su casa». El discípulo, el seguidor de Jesús tiene una madre. Ella vive ya no en lo antiguo, sino en la casa de los seguidores de Jesús.
Padre, haz sentirnos Iglesia, sentirnos consolados y reconfortados por una Madre que tu Hijo nos dio. Que estemos cerca de todas las madres que sufren por sus hijos como el discípulo preferido.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz (Lc 23, 44-49)
Del mediodía hasta media tarde en tinieblas. Un mundo sin luz. «La cortina del santuario se rasgó», el templo ya no sirve, Dios está en la cruz. El pagano, un centurión romano reacciona y alaba a Dios: «Realmente este hombre era justo». Las multitudes van volviendo a la ciudad «dándose golps en el pecho»: no han tenido nada, no hay un reconocimiento, igual que cuando volvemos a casa lamentándonos después de haber visto una desgracia. Todo sigue igual. Los conocidos y las mujeres, a distancia y perplejos. No terminan de entender lo que ha pasado, ha sido muy rápido y demasiado fuerte.
Y Jesús sigue dándose, lo que ha recibido del Padre lo devuelve al Padre para que sea después derramado por él mismo a los hombre «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Todo había terminado, todo estaba hecho, todo se había consumado. «Y dicho esto, expiró.»
Padre, que nos encontremos con la satisfacción de haber hecho lo que teníamos que hacer. Queremos reconocerte en la cruz de tantos hombres de nuestro tiempo. Permítenos asociarnos al centurión y alabarte siempre.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es depositado en el sepulcro (Jn 19,38-42)
José de Arimatea, discípulo clandestino de Jesús, y Nicodemo, fariseo y jefe de los judíos, son los protagonistas de esta escena. José ruega a Pilato poder retirar el cuerpo de Jesús colgado de la cruz. Nicodemo lleva los aromas. El poder ha terminado su función. Jesús está muerto. Estos dos hombres no son funcionarios, nadie les impone la obligación de dar sepultura ¿De dónde sacan fuerzas para sepultar a un hombre que ha pasado por todo el camino de la cruz?; el crucificado no merece ser tratado tan deshumanizadamente. Es sepultado al rito judío, atando el cuerpo de Jesús con lienzos, el hombre sujeto a la muerte, sin salida, sin escape. Jesús, inmóvil, inerte, silencio, descanso, ¿todo ha terminado?, ¿hay ataduras capaces de sujetar al Amor, a la Vida?
Padre, que seamos auténticos discípulos de Jesús, que no nos paralice el miedo a la violencia del poder, ni el miedo a la muerte. Jesús en la cruz no es una víctima, sino nuestro Salvador. Que el vía crucis sea una fuente presente y permanente de fuerza y de vida para todos nosotros.

JOSÉ ÁNGEL FUERTES «Daban» nº 21-25, 1994
Imágenes de Sieger Köder