miércoles, 31 de marzo de 2010

Permanecer

(Tríptico para Semana Santa)
Jueves Santo
Van pasando lentamente los años. La incertidumbre ante el porvenir nos apesadumbra. La costumbre nos incita a la rutina. Nos desmoraliza el no ver resultados en nosotros mismos, en los demás, en nuestro mundo… Pero, nos sorprende, como cumbre de todas las comidas de Jesús, un momento inédito. Él nos invita y nos conduce a la sala del encuentro. Y allí nos preguntamos: ¿Cuál es mi sitio? ¿Adónde nos lleva tanta actividad, tanto estrés, tantas fuerzas empleadas, baldías?

Nos conduce al reposo de sus palabras, de su amor, que es su misma Persona: “Venid conmigo a solas y descansad”. Es el momento de la intimidad, de la absoluta confianza, de la apertura del corazón.

En su presencia se vislumbra más claramente nuestra fragilidad. Y por eso, necesitamos alimentar la amistad, encender los ánimos, saciar la sed con el vino del encuentro. Sólo el amor fraterno nos libera de tantos engaños como nos rodean, pues sólo el amor es digno de fe. En su Rostro contemplamos todos los rostros de la comunidad. Escuchándole, sentimos que nuestro corazón se transforma y es entonces cuando nos revela nuestra más profunda intimidad.

Y cuando nos lava los pies, descubrimos que es más fácil dar algo de lo que nos sobra que dejarse querer, dejarse abrazar, vivir en cada momento la gratitud por el regalo que nos ofrece el día a día. Y entendemos que tenemos que descentrarnos para entrar en nosotros mismos y en el misterio de la vida. Sólo entonces le descubrimos, le reconocemos y le gustamos al partir el pan, en la cena “que nos recrea y enamora”. Cuando nos dejamos lavar y renovar por Él, en el abrazo que recibimos y ofrecemos, gratuito, cálido, amoroso.

Viernes Santo
El amor se desliza a tientas entre la oscuridad que nos rodea, en el propio corazón. Sembrar con lágrimas amargas sin esperar la cosecha. Recoger, a veces, donde no sembramos. Es el misterio de la entrega sin esperar respuesta, desde la gratuidad.

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(Miguel A. Mesa)