viernes, 12 de marzo de 2010

Via Crucis IV: Yo soy el camino verdadero

El que no tome su cruz y me siga no es digno de Mí. El que quiera guardarse su vida, la perderá, y el que pierda su vida por Mí, la encontrará, y entonces... ¿de qué te servirá ganar el mundo entero si te pierdes tú? Yo soy el camino verdadero y viviente.
La pasión no ha terminado. Dios se hizo hombre. Jesús se identificó con los necesitados, y éstos, de muy variadas maneras, siguen siendo crucificados también hoy. Hay que elegir. Del lado de las víctimas o del de los verdugos. Sólo si se salva el otro te salvas tú. Es la prueba de tu fe, porque... ¿cómo puedes decir que le sigues si le crucificas?

PRIMERA ESTACIÓN: Condenado a muerte por todos
Pilato les dijo otra vez: y, ¿qué hago con el que llamáis Rey de los judíos? La gente volvió a gritar: ¡Crucifícale! Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y les entregó a Jesús, después le azotarlo, para que lo crucificaran.
Un inocente condenado por todos... y por nadie. Como tantos otros que sin gritos ni procesos conseguimos que sean condenados. Y nuestra responsabilidad se diluye en la masa: «La culpa es de la sociedad», de las estructuras, del sistema... Esto debería cambiar. Pero yo, no sólo no trabajo porque cambie sino que me beneficio a río revuelto. Y la pregunta que nos condena sale espontánea: ¿Señor, cuándo te vimos necesitado y no te socorrimos?

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús carga con la cruz
Después que se hubieron mofado de Él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron sus vestidos y se lo llevaron a crucificar.
Él, con nuestro peso encima, y nosotros, colocando cruces en los hombros ajenos. El poder, el dinero y la ilustración de los de arriba descansan sobre los hombros impotentes, pobres y analfabetos de los de abajo. El que no ama con hechos a sus hermanos no es de Dios. Y la pregunta salta otra vez: ¿Soy cristiano o ateo?


TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Parezco un gusano más que un hombre. Todos se me ríen y menean la cabeza diciendo: Se encomendó a Dios, ¡pues que le libre si puede!
Hasta de las consecuencias de nuestra injusticia culpamos a Dios. «¡Siempre habrá pobres y ricos!... ¡No podemos ser todos iguales!» Vosotros, los que buscáis a Dios en las nubes, nunca veréis su cara. Vosotros, los que buscáis a Dios en las nubes, no le veis cuando pasa.

CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre
Él lo había dicho: «¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Nosotros, hermanos de Jesús... pero, ¿dónde está la voluntad del Padre cumplida? La voluntad del Padre es que viváis según la verdad, como Cristo vivió. ¿Estamos llenos de sentimientos fraternales o de sentimentalismo? Cada día tengo miedo de que Él haya muerto inútilmente, porque no vivimos como Él vivió, porque hemos traicionado su mensaje.

QUINTA ESTACIÓN: El Cirineo ayuda a Jesús
Cuando le llevaban a crucificar echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevase detrás…Llevad unos las cargas de los otros cumpliendo así las orientaciones de Cristo.
¡Bastante tengo con lo mío!, contestamos. Ya antes lo había dicho Caín: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

SEXTA ESTACIÓN: Verónica limpia el rostro de Jesús
Vuestras faltas os apartaron de vuestro Dios y vuestros pecados ocultaron su rostro. Porque, vuestras manos son violentas, vuestros labios mienten y sólo pensáis en hacer males sin respetar la honradez ni la justicia.
Hemos manchado el rostro de Dios. Algo peor que negarlo. Lo hemos disfrazado evitando que se le reconozca como el Dios de los pobres. El camino de la verdad es difamado por nuestra culpa. Los de la Iglesia, curas y seglares, ¿de veras que presentamos el rostro del Dios auténtico?

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez
De verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo; pero si muere da mucho fruto.
Bienaventurados los hombres que callan y sólo en sus obras nos dan su opinión. Bienaventurados los hombres inquietos que nunca se venden a una situación.  Bienaventurados los hombres sencillos ajenos al ruido de la ostentación.

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús habla a las mujeres de JerusalénSeguían al cortejo de Jesús muchas personas y entre ellas muchas mujeres que lloraban y se lamentaban. Jesús se volvió y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí sino por vosotras y por vuestros hijos, porque si esto hacen con el leño verde, con el seco, ¿qué no harán?
El leño seco. El más fácil de partir y quemar: ancianos, enfermos crónicos, niños, minusválidos, subnormales, alcohólicos... Hace falta algo más que lamentaciones y programas políticos a largo plazo. Ante tanto humano sufrimiento, según tus posibilidades, empléate no sólo en aliviar el sufrimiento sin tardanza, sino en destruir sus causas. Empléate no sólo en destruir sus causas, sino en aliviar el sufrimiento sin tardanza.

NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez
Son muchos los que me quieren matar, pero yo sufro por Ti. Que al verme no se desanime ninguno de los que en Ti esperan, Señor.
Que no se desanime nadie. Si fallara por alguien, que no sea por ti ni por mí. ¿No ves que es grave?, ¿no ves que es grave lo que aquí se juega? No faltes, por lo tanto, a nuestra cita y pon tu corazón siempre a la puerta, por si acude cualquiera a recogerlo... (que alguna vez será; ten la certeza). Y no te canses nunca, no te canses. Entréganos el pan y tu promesa... que aunque el insomnio a veces es muy largo, la mañana que salva siempre llega.

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras
Los soldados tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, pero la túnica la sortearon.
Y como colofón de otras rapiñas, incluso cuando nos decidimos a tender la mano, despojamos al hombre de su vestido. Le quitamos lo que le hace sentirse acogido, presentable, respetado y cómodo entre los demás. Paternalismos, desprecios caritativos, tiernas corazonadas y buenas ocurrencias. Pero aquellas palabras siguen resonando: Lo que hagáis al último de mis hermanos, a Mí me lo hacéis.

UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es crucificado
En el lugar llamado Gólgota, es decir, lugar de la Calavera, le dieron a beber vino mezclado con hiel y, gustándolo, no quiso beberlo. Y Jesús decía: ¡Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen! Y le crucificaron a Él y a otros dos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
No sabemos lo que hacemos crucificándolos. A la hora de pasar cuentas, ¿quién se atreverá a mirarles a los ojos?... Y serán ellos los que tendrán que sacar la cara por nosotros, y de nuevo serán nuestra salvación.

DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Hacia las tres de la tarde Jesús dijo: Se terminó todo. Padre, en tus manos pongo mi vida. Y dando un grito expiró.
El trascendental momento de la muerte de Cristo casi lo hemos convertido en ceremonias. Él había repetido muchas veces que le gustaba más la solidaridad que el culto. Y nosotros pretendemos verlo en la eucaristía sin haberlo visto «bajo las especies» de los hermanos que sufren.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz
Al atardecer, vino José de Arimatea y se atrevió a pedirle a Pilato el cuerpo de Jesús, y lo descolgó y lo puso en una sábana que había comprado. Era viernes y víspera de Pascua.
¡Hay que bajar del suplicio a tantos! La tarea es grande y difícil. Es mucha la obscuridad y pequeña nuestra luz, pero todas las llamas unidas harán el milagro.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es sepultado
Envolvieron a Jesús en la sábana con perfumes, como es costumbre entre los judíos. Había un huerto en el lugar donde fue crucificado, y en el huerto una sepultura sin estrenar. Pusieron allí a Jesús, y taparon la entrada con una losa.
Lo sepultamos, lo amortajamos en imágenes de madera. Le hemos echado encima tierra de complicadas teologías. Pero Él vive. Nos sigue inquietando, nos sigue reprochando y animando. Sigue estando con nosotros y en nosotros. Llevamos un tesoro en vasos de barro.

DECIMOQUINTA ESTACIÓN: Jesús resucita al tercer día
Después que se pasó el sábado de pascua, fueron de madrugada al sepulcro, pero un joven con túnica blanca les dijo: Jesús Nazareno, el crucificado, resucitó, no está aquí.
Y nosotros, a pesar de nuestras maldades, creemos en Jesús resucitado, el que ha hecho posible lo imposible: la nueva creación del mundo y de los hombres. Creemos que la muerte no puede llevarse vida alguna que viva más allá del egoísmo. Creemos que Cristo venció y nosotros venceremos, y por eso, anunciamos su muerte y proclamamos su Resurrección.¡Ven, Señor Jesús!

Eucaristía, Editorial Verbo Divino