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martes, 16 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (37)




Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-NOVEDAD-



        La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?.

        El Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión.


Francisco
Homilía 19 Mayo 2013

lunes, 15 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (36)

 




Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-TESTIMONIO-


        Jesús anuncia la venida del Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que “procede del Padre” (Jn 15, 26) y que será enviado por el Padre a los Apóstoles y a la Iglesia “en el nombre” de Cristo, en virtud de la redención llevada a cabo en el sacrificio de la cruz, según el eterno designio de salvación. Por la fuerza de este sacrificio también el Hijo “envía” el Espíritu, anunciando que su venida se efectuará como consecuencia y casi al precio de su propia partida (cf. Jn 16, 17). Hay, por tanto, un vínculo establecido por el mismo Jesús, entre su muerte ―resurrección― ascensión y la efusión del Espíritu Santo, entre Pascua y Pentecostés.

        El texto del discurso de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta también que Él llama al Espíritu Santo el “Paráclito”: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). De forma análoga, también leemos en otros textos: “... el Paráclito, el Espíritu Santo” (cf. Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 16, 7). En vez de “Paráclito” muchas traducciones emplean la palabra “Consolador”; ésta es aceptable, aunque es necesario recurrir al original griego “Parakletos” para captar plenamente el sentido de lo que Jesús dice del Espíritu Santo.

        “Parakletos” literalmente significa: “aquel que es invocado” (de para-kaléin, “llamar en ayuda”); y, por tanto, “el defensor”, “el abogado”, además de “el mediador”, que realiza la función de intercesor (“intercessor”). Es en este sentido de “Abogado - Defensor”, el que ahora nos interesa, sin ignorar que algunos Padres de la Iglesia usan “Parakletos” en el sentido de “Consolador”, especialmente en relación a la acción del Espíritu Santo en lo referente a la Iglesia. Por ahora fijamos nuestra atención y desarrollamos el aspecto del Espíritu Santo como Parakletos-Abogado-Defensor. Este término nos permite captar también la estrecha afinidad entre la acción de Cristo y la del Espíritu Santo, como resulta de un ulterior análisis del texto de Juan.

        Cuando Jesús en el Cenáculo, la vigilia de su pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo, se expresa de la siguiente manera: “El Padre os dará otro Paráclito”. Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito, y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo casi su prolongación.

        Jesucristo, efectivamente, era el “defensor” y continúa siéndolo. El mismo Juan lo dirá en su Primera Carta: “Si alguno peca, tenemos a uno que abogue (Parakletos) ante el Padre: a Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2, 1).

        El abogado (defensor) es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a los pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu Santo es llamado “el Paráclito”, porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

        La acción del Espíritu Santo es “dar testimonio”. Es una acción interior, “inmanente”, que se desarrolla en el corazón de los discípulos, los cuales, después, dan testimonio de Cristo al exterior. Mediante aquella presencia y aquella acción inmanente, se manifiesta y avanza en el mundo el “trascendente” poder de la verdad de Cristo, que es el Verbo-Verdad y Sabiduría. De Él deriva a los Apóstoles, mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio según su promesa: “Yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios” (Lc 21, 15). Esto viene sucediendo ya desde el caso del primer mártir, Esteban, del que el autor de los Hechos de los Apóstoles escribe que estaba “lleno del Espíritu Santo” (Hch 6, 5), de modo que los adversarios “no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (Hch 6, 10). También en los siglos sucesivos los adversarios de la fe cristiana han continuado ensañándose contra los anunciadores del Evangelio, apagando a veces su voz en la sangre, sin llegar, sin embargo, a sofocar la Verdad de la que eran portadores: ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo con la fuerza del Espíritu Santo.


S. Juan Pablo II
Audiencia General, 24 de mayo de 1989

domingo, 14 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (35)

 



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-SIN MIEDO-



        Jesús, antes de subir al Padre, se preocupa por nosotros, “no os voy a dejar huérfanos, no os voy a dejar solos”. Esta sería la primera idea que podríamos destacar de este evangelio: que no se nos olvide que Jesús no nos dejará nunca, que jamás estaremos solos, que nunca nos podremos sentir dejados de la mano de Dios, que Él siempre está con nosotros; por mucho que nosotros podamos “meter la pata”, por mucho que nosotros nos alejemos, queriendo o sin querer; incluso en el pecado, Dios está especialmente con nosotros, porque es cuando más lo necesitamos. Y si sabemos, no se nos olvida y tenemos presente que el Señor no nos abandona, entonces no debemos de tener miedo de nada, o mejor dicho, no podemos dejar que el miedo nos anule, porque tener miedo es humano, lo nuevo, lo desconocido, el peligro nos asusta, pero no podemos dejar que el miedo se apodere de nosotros, nos bloquee, porque sabemos que estando Dios está con nosotros nada podrá destruirnos, porque contamos con esa vida conquistada por Jesucristo que se nos regala por pura gracia, por la gracia de Dios.

        Saber que siempre estamos acompañados y no tener miedo. Porque vendrán momentos buenos en la vida, momentos de alegría, que podremos compartir en fraternidad, todo lo bueno que tiene esta vida; y vendrán momentos malos, de sufrimiento de los que nadie pueda escapar de ello, pero ya lo decía la segunda lectura, si del sufrimiento no vamos a escapar, qué es mejor sufrir en la cruz porque estamos haciendo el bien, apostando por la justicia, por la fraternidad, apostando por Dios, o sufrir de todas maneras porque nos hemos acercado al mal, alejado de Dios, porque no tenemos donde sujetarnos?

        Saber que siempre está con nosotros y no tener miedo, porque el miedo es el principal enemigo de la fe.


Fr. Félix Hernández, OP.
Homilía Sto. Domingo Scala Coeli 14 Mayo 2023

sábado, 13 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (34)


 



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-MUNDO-



        Jesús muchas veces, y especialmente en su despedida con los apóstoles, habla del mundo (cf. Jn 15,18-21). Y aquí dice: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros» (v. 18). Claramente habla del odio que el mundo ha tenido contra Jesús y tendrá contra nosotros. Y en la oración que hace en la mesa con los discípulos durante la Cena, le pide al Padre que no los retire del mundo, sino que los defienda del espíritu del mundo (cf. Jn 17,15).

        Creo que podemos preguntarnos: ¿cuál es el espíritu del mundo? ¿Qué es esta mundanidad, capaz de odiar, de destruir a Jesús y sus discípulos, es más, de corromperlos y corromper a la Iglesia? Nos hará bien reflexionar sobre cómo es el espíritu del mundo, qué es. Es una propuesta de vida, la mundanidad. Hay quien piensa que la mundanidad es ir de fiesta, vivir haciendo fiestas... No, no. La mundanidad puede ser esto, pero fundamentalmente no es esto.

        La mundanidad es una cultura; es una cultura de lo efímero, una cultura de la apariencia, del maquillaje, una cultura de “hoy sí, mañana no, mañana sí y hoy no”. Tiene valores superficiales. Una cultura que no conoce la fidelidad, porque cambia según las circunstancias, lo negocia todo. Esta es la cultura mundana, la cultura de la mundanidad. Y Jesús insiste en defendernos de esto y reza para que el Padre nos defienda de esta cultura de la mundanidad. Es una cultura de usar y tirar, según la conveniencia. Es una cultura sin lealtad, no tiene raíces. Pero es una forma de vida, un modo de vivir también de muchos que se llaman cristianos. Son cristianos pero son mundanos.

        Cuando se dice de los mártires que son asesinados por odio a la fe, sí, realmente para algunos el odio era por un problema teológico; pero no eran la mayoría. En la mayoría [de los casos] es la mundanidad que odia la fe y los mata, como lo hizo con Jesús.

        Es curioso: la mundanidad, alguien me puede decir: “Pero padre, esto es una superficialidad de vida...”. ¡No nos engañemos! ¡La mundanidad no es superficial en absoluto! Tiene raíces profundas, raíces profundas. Es como camaleónica, cambia, va y viene según las circunstancias, pero la sustancia es la misma: una propuesta de vida que entra en todas partes, incluso en la Iglesia. Mundanidad, hermenéutica mundana, maquillaje, se maquilla todo para que sea así.

        El apóstol Juan en su primera Carta trata el tema del mundo, dice: «Es la victoria que venció al mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4). La única: la fe en Jesucristo, muerto y resucitado. Y eso no significa ser fanático. Esto no significa descuidar el diálogo con todas las personas, no, pero con la convicción de fe, a partir del escándalo de la Cruz, de la necedad de Cristo y también de la victoria de Cristo. “Esta es nuestra victoria”, dice Juan, “nuestra fe”.



Francisco.
Homilía 16 Mayo 2020

viernes, 12 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (33)


 


Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección


-AMISTAD-


        Del Evangelio quisiera extraer dos pequeñas observaciones. El Señor nos dirige estas admirables palabras: «No os llamo ya siervos..., sino que os he llamado amigos» (Jn 15, 15). Muchas veces nos sentimos ? y es la verdad? sólo siervos inútiles (cf. Lc 17, 10). Y, sin embargo, el Señor nos llama amigos, nos hace amigos suyos, nos da su amistad. El Señor define la amistad de dos modos. No existen secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha del Padre; nos da toda su confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado, que llega hasta la locura de la cruz. Confía en nosotros, nos da el poder de hablar con su yo: «Este es mi cuerpo...», «yo te absuelvo...». Nos encomienda su cuerpo, la Iglesia. Encomienda a nuestras mentes débiles, a nuestras manos débiles, su verdad, el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio de Dios que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único» (cf. Jn 3, 16). Nos ha hecho amigos suyos, y nosotros, ¿cómo respondemos?

        El segundo modo como Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. «Idem velle, idem nolle», era también para los romanos la definición de amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del padrenuestro: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». En la hora de Getsemaní Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conforme y unida a la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, precisamente poniendo nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: «No como quiero yo, sino como quieres tú» (Mt 21, 39). En esta comunión de voluntades se realiza nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Jesús. Cuanto más amamos a Jesús, cuanto más lo conocemos, tanto más crece nuestra verdadera libertad, crece la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!

        El otro aspecto del Evangelio al que quería aludir es el discurso de Jesús sobre dar fruto: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Aparece aquí el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he destinado para que vayáis... Debemos estar impulsados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios se nos ha dado para que llegue también a los demás. Hemos recibido la fe para transmitirla a los demás; somos sacerdotes para servir a los demás. Y debemos dar un fruto que permanezca. Todos los hombres quieren dejar una huella que permanezca. Pero ¿qué permanece? El dinero, no. Tampoco los edificios; los libros, tampoco. Después de cierto tiempo, más o menos largo, todas estas cosas desaparecen. Lo único que permanece eternamente es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. Por tanto, el fruto que permanece es todo lo que hemos sembrado en las almas humanas: el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Así pues, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a dar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios.


Benedicto XVI.
Homilía Misa "Pro Eligendo Pontifice". 18 Abril 2005

jueves, 11 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (32)


 



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-PERMANECER-



        Encarnándose, Cristo mismo ha venido a este mundo para ser nuestro fundamento. En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en sarmientos buenos que dan vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida. Lo importante es que “permanezcamos” en la vid, en Cristo. En este breve pasaje, el evangelista usa la palabra “permanecer” una docena de veces. Este “permanecer-en-Cristo” caracteriza todo el discurso. En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad se ha vuelto tan frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: “Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), sí, las tinieblas nos rodean”; el Señor resucitado nos ofrece en este tiempo un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría, allí hay siempre perdón y nuevo comienzo, transformación entrando en su amor.

        Permanecer en Cristo significa, como ya hemos visto, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Juntos resistimos a las tempestades y ofrecemos protección unos a otros. Nosotros no creemos solos, creemos con toda la Iglesia de todo lugar y de todo tiempo, con la Iglesia que está en el cielo y en la tierra.

        La Iglesia como mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos nos une a Cristo, la verdadera vid. La Iglesia, en cuanto “plenitud y el complemento del Redentor” —como la llamaba Pío XII— (Mystici corporis, AAS 35 [1943] p. 230: “plenitudo et complementum Redemptoris”) es para nosotros prenda de la vida divina y mediadora de los frutos de los que habla la parábola de la vid. Así, la Iglesia es el don más bello de Dios. Por eso san Agustín podía decir: “Cada uno posee el Espíritu Santo en la medida en que uno ama a la Iglesia” (In Ioan. Ev. Tract. 32, 8 [PL 35, 1646]). Con la Iglesia y en la Iglesia podemos anunciar a todos los hombres que Cristo es la fuente de la vida, que Él está presente, que Él es la gran realidad que buscamos y anhelamos. Él se entrega a sí mismo y así nos da a Dios, la felicidad, el amor. Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, muerto, artificial, lo que al final es desechado, sino que quiere lo que es fecundo y vivo, la vida en abundancia, y Él nos da la vida en abundancia.



Benedicto XVI.
Homilía 22 Septiembre 2011

miércoles, 10 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (31)

 


Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección




-TESTIGOS-



        En todas las apariciones de Jesús resucitado hay un envío misionero: “id y anunciad”. Para cumplir su misión evangelizadora y ser testigos del resucitado, los apóstoles recibieron al Espíritu Santo, que les transformó el corazón y les cambió la vida.

        Y fue esta nueva vida en el Espíritu (Hech 5,32) la que les envió como testigos de Jesús resucitado a anunciar la Buena Noticia, el Evangelio. La fuerza del Espíritu en ellos les daba el ímpetu a sus palabras y el poder testimoniante a sus vidas.

        Ese mismo Espíritu de vida nueva en Jesús resucitado es el que hace posible que la Iglesia continúe viva, siendo testigo de Jesús en un mundo hostil, a pesar de las persecuciones y martirios.

        San Pablo nos dice: “El Espíritu de Dios vive en vosotros”. Jesús resucitado vive en cada cristiano, y su Espíritu nos envía a ser testigos (Gal 5,16-25).



Pablo Olmedo CMF.
Córdoba

martes, 9 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (30)


 



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-PAZ-



        La paz que nos dona Jesús es «una paz real» porque está enraizada en la cruz, capaz de pasar a través de las muchas tribulaciones cotidianas de la vida, entre sufrimientos y enfermedades. Tal y como decía san Agustín: «La vida del cristiano es un camino entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (De Civitate Dei XVIII, 51).

        Jesús regala la paz. El Señor comienza a despedirse de los suyos precisamente con este regalo, con el don de la paz. En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles (14, 19-28), se cuenta el viaje que Pablo y Bernabé hicieron desde Antioquía y escuchamos las cosas que sufrieron. Pablo y Bernabé, de hecho, predicaban en Listra; pero –nos dicen los Hechos– «vinieron de Iconio algunos que persuadieron a la multitud que lo que predicada Pablo no era verdad». Y la multitud enseguida fue «por otro lado: lapidaron a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole por muerto».

        Pero, ¿esta es la paz que da Jesús? ¿O Pablo no había recibido la paz?. Los Hechos cuentan después que Pablo “se levantó y, rodeado de los discípulos entró en la ciudad, porque no estaba muerto, y continuó anunciando el Evangelio”. Había hecho un número considerable de discípulos y antes de irse ordenó sacerdotes, presbíteros, para que cuidara de esa gente». Así Pablo seguía trabajando. Y frente a todo esto repetía: «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios»

        Por tanto, es una paz en medio de las tribulaciones. Y por esta razón «cuando Jesús da este regalo y dice a sus discípulos: “os dejo la paz, mi paz os doy”, añade: “no os la doy como la da el mundo, yo os la doy a vosotros”». La paz que nos ofrece el mundo es una paz sin tribulaciones: nos ofrece una paz artificial, una paz que más que paz es tranquilidad. Sería como decir: «por favor, no molestar: yo quiero estar tranquilo».

        Se podría decir que el mundo nos ofrece una paz que mira solamente a las propias cosas, a las propias seguridades, que no falte nada. El mundo nos enseña el camino de la paz con anestesia. Y el mundo nos anestesia para no ver otra realidad de la vida: la cruz. Por este motivo Pablo dice que se debe entrar en el reino del cielo en el camino, con muchas tribulaciones. Pero, ¿se puede tener paz en la tribulación?. Por nuestra parte, no; porque nosotros no somos capaces de hacer una paz que sea tranquilidad, una paz psicológica, una paz hecha por nosotros, porque las tribulaciones existen: hay quien tiene un dolor, una enfermedad, una muerte.

        En cambio, la paz que da Jesús es un regalo: es un don del Espíritu Santo. Y esta paz va en medio de las tribulaciones y va hacia adelante: no es una especie de estoicismo, como el que hace el faquir. Es, exactamente, otra cosa, es un don que nos hace seguir adelante. Tanto que Jesús, después de haber dicho esto, se fue al Monte de los Olivos porque les dijo: “ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo». Y diciendo estas palabras, se fue a sufrir la tentación: él ofrece todo a la voluntad del Padre y sufre, pero no falta la consolación de Dios. Se lee efectivamente en el Evangelio: «Se le apareció del cielo un ángel para consolarle».

        He aquí, entonces, que la paz de Dios es una paz real, que va en la realidad de la vida, que no niega la vida. Porque la vida es así: hay sufrimiento, hay enfermos, hay muchas cosas feas, hay guerras, pero esa paz de dentro, que es un regalo, no se pierde, sino que se sigue adelante llevando la cruz y el sufrimiento. Con la conciencia de que una paz sin cruz no es la paz de Jesús: es una paz que se puede comprar. Quizás podemos fabricarla nosotros, pero no es duradera: termina.

        Cuando yo me enfado y pierdo la paz, cuando mi corazón se preocupa, es porque no estoy abierto a la paz de Jesús; porque no soy capaz de llevar la vida tal como viene, con las cruces y los dolores que llegan: porque no soy capaz de pedir: “Señor, dame tu paz”». Y esta, es una bonita gracia para pedir hoy, escuchando este pasaje de Jesús y esa palabra de Pablo: “debemos entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones”». Os invito a pedir la gracia de la paz, de no perder esa paz interior. Que el Señor nos haga entender bien cómo es esta paz que Él nos regala con el Espíritu Santo.

Francisco.
Homilía 16 Mayo 2017

 

lunes, 8 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (29)


 


Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-MORADA-



        Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa (cf. Jn 14, 26; 16, 13), los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que él no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, como dice san Agustín, Amante, Amado y Amor.

        En este mundo nadie puede ver a Dios, pero él mismo se dio a conocer de modo que, con el apóstol san Juan, podemos afirmar: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16), "hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él" (Deus caritas est, 1; cf. 1 Jn 4, 16). Quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los discípulos: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23).

        Todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar "amor". Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llega a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad. Entre las diversas analogías del misterio inefable de Dios uno y trino que los creyentes pueden vislumbrar, quisiera citar la de la familia, la cual está llamada a ser una comunidad de amor y de vida, en la que la diversidad debe contribuir a formar una "parábola de comunión".

        Obra maestra de la santísima Trinidad, entre todas las criaturas, es la Virgen María: en su corazón humilde y lleno de fe Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo unigénito se hizo hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que, con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.



Benedicto XVI.
Angelus 11 Junio 2006

domingo, 7 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (28)

 




Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-CAMINO-



        Resuena la palabra de Cristo que, hoy como ayer, sigue diciéndonos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Su voz es siempre actual, porque El vive resucitado y presente entre nosotros. Sus palabras nos infunden luz y esperanza para seguir el camino de la vida. En efecto, Dios nuestro Padre, por medio de su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo, “ movido de amor, habla a los hombres como a amigos ” (Dei Verbum, 2).

       La liturgia de este tiempo pascual nos introduce frecuentemente en el Cenáculo donde Jesús, la víspera de su pasión y muerte, tuvo su último coloquio con los Apóstoles. En el contexto de este coloquio encontramos una pregunta del Apóstol Felipe que es, al mismo tiempo, una oración: - “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14,8.).

        Esta pregunta y plegaria del Apóstol nos sirven como de clave para conocer lo que en aquellos momentos estaban pensando los Apóstoles.

        La respuesta de Jesús elimina toda duda y les abre el camino para descubrir su misterio y su mensaje: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).

        Cristo es la revelación personal de Dios. No solamente nos habla de Dios, su Padre, sino que se nos presenta como la revelación plena del Padre. Jesús es Hijo de Dios, el Verbo o palabra viva y personal del Padre, hecha carne por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María.

        Jesucristo, como Hijo de Dios y Redentor nuestro, es el Camino que nos conduce al Padre, para introducirnos y hacernos partícipes del mismo misterio de Dios Amor, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sólo a partir de este misterio de Amor podremos comprender el misterio del hombre nuestro hermano.

        El camino por el cual Cristo nos conduce al Padre pasa a través de todo lo que El mismo hace y dice. Es decir, pasa por el evangelio, que es su palabra viva y siempre actual. Pasa principalmente a través de todo lo que Cristo es: nuestra Pascua, nuestro “paso ” de la Cruz a la Resurrección, nuestro paso a la Verdad y a la Vida, que es el mismo Dios. “ Nadie va al Padre sino por mí ”(Jn 14,6).

        Aquí y ahora, como hace veinte siglos, Jesucristo sigue diciendo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Queridos hermanos y hermanas, el Señor es el único camino que nos conduce a la verdadera vida, a la felicidad eterna, a la verdad inmutable. Nuestras aspiraciones a un mundo mejor, donde reine la justicia y la paz, sólo encontrarán su realización plena en Cristo resucitado, porque El es “la clave, el centro y el fin de toda la historia humana” (Gaudium et spes, 10). La construcción de un mundo donde reine el amor y la concordia comienza en cada corazón humano, cuando en él se hacen vida los criterios, la escala de valores y las actitudes evangélicas del Señor.

        Como nos enseña el Concilio Vaticano II, sólo “Cristo..., manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 22).

        Nuestros deseos de bienestar y felicidad sólo serán satisfechos de verdad cuando las personas, las familias y la sociedad entera vivan según el mandamiento del amor. La persona, la familia y la sociedad no serán plenamente humanas si limitan sus aspiraciones a sólo poseer, consumir y disfrutar, pues, “el hombre..., no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes, 24).

        Como afirma el Concilio Vaticano II, los cristianos queremos ser constructores de “un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia” (Gaudium et spes, 55).



s. Juan Pablo II.
Homilía 13 Mayo 1990

sábado, 6 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (27)



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección




-CONOCER-



        En el corazón de todo hombre y mujer, resuena continuamente la invitación del Señor: «Busquen mi rostro» (Sal 27,8). Al mismo tiempo, tenemos que confrontarnos siempre con nuestra pobre condición de pecadores. Es lo que leemos, por ejemplo, en el Libro de los Salmos: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón» (Sal 24,3-4). Pero no tengamos miedo ni nos desanimemos: en la Biblia y en la historia de cada uno de nosotros vemos que Dios siempre da el primer paso. Él es quien nos purifica para que seamos dignos de estar en su presencia.

        El profeta Isaías, cuando recibió la llamada del Señor para que hablase en su nombre, se asustó: «¡Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!» (Is 6,5). Pero el Señor lo purificó por medio de un ángel que le tocó la boca y le dijo: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado» (v. 7). En el Nuevo Testamento, cuando Jesús llamó a sus primeros discípulos en el lago de Genesaret y realizó el prodigio de la pesca milagrosa, Simón Pedro se echó a sus pies diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5,8). La respuesta no se hizo esperar: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (v. 10). Y cuando uno de los discípulos de Jesús le preguntó: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», el Maestro respondió: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,8-9).

        La invitación del Señor a encontrarse con Él se dirige a cada uno de ustedes, en cualquier lugar o situación en que se encuentre. Basta «tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él » (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 3). Todos somos pecadores, necesitados de ser purificados por el Señor. Pero basta dar un pequeño paso hacia Jesús para descubrir que Él nos espera siempre con los brazos abiertos, sobre todo en el Sacramento de la Reconciliación, ocasión privilegiada para encontrar la misericordia divina que purifica y recrea nuestros corazones.

        Sí, queridos jóvenes, el Señor quiere encontrarse con nosotros, quiere dejarnos “ver” su rostro. Me preguntarán: “Pero, ¿cómo?”. También Santa Teresa de Ávila, que nació hace ahora precisamente 500 años en España, desde pequeña decía a sus padres: «Quiero ver a Dios». Después descubrió el camino de la oración, que describió como «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Libro de la vida, 8, 5). Por eso, les pregunto: ¿rezan? ¿saben que pueden hablar con Jesús, con el Padre, con el Espíritu Santo, como se habla con un amigo? Y no un amigo cualquiera, sino el mejor amigo, el amigo de más confianza. Prueben a hacerlo, con sencillez. Descubrirán lo que un campesino de Ars decía a su santo Cura: Cuando estoy rezando ante el Sagrario, «yo le miro y Él me mira» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2715).

        También les invito a encontrarse con el Señor leyendo frecuentemente la Sagrada Escritura. Si no están acostumbrados todavía, comiencen por los Evangelios. Lean cada día un pasaje. Dejen que la Palabra de Dios hable a sus corazones, que sea luz para sus pasos (cf. Sal 119,105). Descubran que se puede “ver” a Dios también en el rostro de los hermanos, especialmente de los más olvidados: los pobres, los hambrientos, los sedientos, los extranjeros, los encarcelados (cf. Mt 25,31-46). ¿Han tenido alguna experiencia? Queridos jóvenes, para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario reconocerse pobre con los pobres. Un corazón puro es necesariamente también un corazón despojado, que sabe abajarse y compartir la vida con los más necesitados.

        El encuentro con Dios en la oración, mediante la lectura de la Biblia y en la vida fraterna les ayudará a conocer mejor al Señor y a ustedes mismos. Como les sucedió a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), la voz de Jesús hará arder su corazón y les abrirá los ojos para reconocer su presencia en la historia personal de cada uno de ustedes, descubriendo así el proyecto de amor que tiene para sus vidas.

Francisco.
XXX Jornada Mundial de la Juventud, 31 Enero 2015.

viernes, 5 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (26)


 


Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-CONSUELO-



        Esta conversación entre Jesús y los discípulos tiene lugar de nuevo alrededor de la mesa, durante la Cena (cf. Jn 14,1-6). Jesús está triste y todos están tristes: Jesús había dicho que uno de ellos lo traicionaría (cf. Jn 13,21) y todos perciben que algo malo va a suceder. Jesús comienza a consolar a los suyos: porque uno de las tareas, “de los trabajos” del Señor es consolar. El Señor consuela a sus discípulos y aquí vemos cuál es la forma de consolar de Jesús. Nosotros tenemos muchas formas de consolar, desde las más auténticas, las más cercanas a las más formales, como esos telegramas de pésame: “Profundamente afligido por...”. No consuela a nadie, es una simulación, es el consuelo formal. Pero, ¿cómo consuela el Señor? Es importante saber esto, para que también nosotros, cuando en nuestra vida tengamos que pasar momentos de tristeza, aprendamos a percibir cuál es el verdadero consuelo del Señor.

        Y en este pasaje del Evangelio vemos que el Señor siempre consuela en la cercanía, con la verdad y en la esperanza. Estas son las tres huellas del consuelo del Señor.

        En la cercanía, nunca lejos: “estoy aquí”. Esa hermosa palabra: “estoy aquí”. “Estoy aquí contigo”. Y muchas veces en silencio. Pero sabemos que él está aquí. Él siempre está aquí. Esa cercanía que es el estilo de Dios, también en la Encarnación, para acercarse a nosotros. El Señor consuela en la cercanía. Y no usa palabras vacías, por el contrario, prefiere el silencio. La fuerza de la cercanía, de la presencia. Habla poco. Pero está cerca.

        La segunda huella de la cercanía de Jesús, del modo de consolar a Jesús, es la verdad: Jesús es veraz. No dice cosas formales que son mentiras: “No, no te preocupes, todo pasará, no sucederá nada, pasará, lo malo pasa...”. No. Dice la verdad. No esconde la verdad. Porque en este pasaje él mismo dice: “Yo soy la verdad” (cf. Jn 14,6). Y la verdad es: “Me voy”, es decir: “Moriré” (cf. vv. 2-3). Estamos ante la muerte. Es la verdad. Y él lo dice simplemente y también suavemente, sin lastimar. Pero estamos ante la muerte. No esconde la verdad.

        Y esta es la tercera huella: Jesús consuela en la esperanza. Sí, es un mal momento, pero «no se turbe vuestro corazón. [...] Creed también en mí» (v. 1). Os digo una cosa —así dice Jesús—, «en la casa de mi Padre hay muchas moradas. [...] Voy a prepararos un lugar» (v. 2). Él va primero a abrir las puertas, las puertas de ese lugar por el que pasaremos todos, así lo espero. «Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (v. 3). El Señor regresa cada vez que alguno de nosotros está en camino de abandonar este mundo. “Volveré y os tomaré conmigo”: la esperanza. Él vendrá y nos tomará de la mano y nos llevará. No dice: “No, no sufriréis, no es nada...”. No. Dice la verdad: “Estoy cerca de vosotros. Esta es la verdad: es un mal momento, de peligro, de muerte. Pero no dejéis que vuestro corazón se turbe, permaneced en esa paz, esa paz que es la base de todo consuelo, porque volveré y os llevaré de la mano a donde esté”.

        No es fácil dejarse consolar por el Señor. Muchas veces, en los malos tiempos, nos enojamos con el Señor y no dejamos que venga y nos hable así, con esta dulzura, con esta cercanía, con esta mansedumbre, con esta verdad y con esta esperanza.

        Pidamos la gracia de aprender a dejarnos consolar por el Señor. El consuelo del Señor es verdadero, no engaña. No es anestesia, no. Está cerca, es veraz y nos abre las puertas de la esperanza.



Francisco.
Homilía 8 Mayo 2020

jueves, 4 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (25)

 




Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-MISION-



        La vocación de la Iglesia es estar presente en el corazón del mundo, anunciando la Buena Noticia del amor de Dios a los pobres, la libertad a los esclavizados y la alegría de la resurrección de Jesús a los tristes.

    Llama la atención que Jesús tenía y sigue teniendo más admiradores que seguidores comprometidos. Es más fácil alabarlo que comprometerse con la causa de Jesús en su radical entrega a los más débiles y excluidos.

    La misión de la Iglesia es la de Jesús. No es una opción política, un sistema económico o una organización social.

    Nuestra misión es acercar a las personas a la experiencia del amor de Dios, que transforma la vida y capacita para amar y para construir, juntos, una sociedad más humana y fraterna. La coherencia entre mensaje y vida es necesaria para garantizar la credibilidad de nuestro anuncio, de nuestra vida.

    Y el cristiano será cristiano y la Iglesia será la Iglesia de Cristo en la medida en que prolongue su entrega comprometida en el mundo, haciendo que el hombre sea más auténticamente hombre y la vida más auténticamente vida.



Pablo Olmedo, CMF
Córdoba

miércoles, 3 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (24)





Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-PADRE-



        El Nuevo Testamento puso fin a la invisibilidad del Padre. Dios mostró su rostro, como confirma la respuesta de Jesús al apóstol Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, nos libró de la esclavitud del pecado para darnos la libertad de los hijos de Dios, y nos dio a conocer el rostro de Dios, que es amor: Dios se puede ver, es visible en Cristo. Santa Teresa de Ávila escribe que no hay que «apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio, que es la sacratísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo» (Castillo interior, 7, 6: Obras Completas, EDE, Madrid 1984, p. 947). Por tanto sólo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a él, los discípulos, entre quienes estamos también nosotros, pueden continuar su acción permanente en la historia: «En verdad, en verdad os digo —dice el Señor—: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago» (Jn 14, 12).

        La fe en Jesús conlleva seguirlo cada día, en las sencillas acciones que componen nuestra jornada. «Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de “ver”» (Jesús de Nazaret II, Madrid 2011, p. 321). San Agustín afirma que «era necesario que Jesús dijese: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), porque una vez conocido el camino faltaba por conocer la meta» (Tractatus in Ioh., 69, 2: ccl 36, 500), y la meta es el Padre. Para los cristianos, para cada uno de nosotros, por tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida. Hagamos nuestra la invitación de san Buenaventura: «Abre, por tanto, los ojos, tiende el oído espiritual, abre tus labios y dispón tu corazón, para que en todas las criaturas puedas ver, escuchar, alabar, amar, venerar, glorificar y honrar a tu Dios» (Itinerarium mentis in Deum, I, 15).

        Queridos amigos, el compromiso de anunciar a Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), constituye la tarea principal de la Iglesia. Invoquemos a la Virgen María para que asista siempre a los pastores y a cuantos en los diversos ministerios anuncian el alegre mensaje de salvación, para que la Palabra de Dios se difunda y el número de los discípulos se multiplique (cf. Hch 6, 7).



Benedicto XVI.
Regina Coeli 22 Mayo 2011.

martes, 2 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (23)



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-SEGURIDAD-



        El evangelio de hoy nos ofrece algunas expresiones pronunciadas por Jesús durante la fiesta de la dedicación del templo de Jerusalén, que se celebraba a finales de diciembre. Él se encontraba precisamente en la zona del templo, y quizás aquel espacio sagrado cercado le sugiere la imagen del rebaño y del pastor. Jesús se presenta como «el buen pastor» y dice: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (vv. 27-28). Estas palabras nos ayudan a comprender que nadie puede decirse seguidor de Jesús si no escucha su voz. Y este «escuchar» no hay que entenderlo de una manera superficial, sino comprometedora, al punto que vuelve posible un verdadero conocimiento recíproco, del cual pueden surgir un seguimiento generoso, expresada en las palabras «y ellas me siguen» (v.27). Se trata de un escuchar no solamente con el oído, sino ¡una escucha del corazón!

        Por lo tanto, la imagen del pastor y de las ovejas indica la estrecha relación que Jesús quiere establecer con cada uno de nosotros. Él es nuestra guía, nuestro maestro, nuestro amigo, nuestro modelo, pero sobre todo es nuestro salvador. De hecho la frase sucesiva del pasaje evangélico afirma: «Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (v. 28). ¿Quién puede hablar así? Solamente Jesús, porque la «mano» de Jesús es una sola cosa con la «mano» del Padre, y el Padre es «más grande que todos» (v. 29).

    Estas palabras nos comunican un sentido de absoluta seguridad y de inmensa ternura. Nuestra vida está totalmente segura en las manos de Jesús y del Padre, que son una sola cosa: un único amor, una única misericordia, reveladas de una vez y para siempre en el sacrificio de la cruz. Para salvar a las ovejas perdidas que somos todos nosotros, el Pastor se hizo cordero y se dejó inmolar para tomar sobre sí y quitar el pecado del mundo. De esta manera Él nos ha dado la vida, pero la vida en abundancia De esta manera Él nos ha dado la vida, pero ¡la vida en abundancia! (cf. Jn 10, 10). Este misterio se renueva, en una humildad siempre sorprendente, en la mesa eucarística. Es allí que las ovejas se reúnen para nutrirse; es allí que se vuelven una sola cosa, entre ellas y con el Buen Pastor.

        Por esto no tenemos más miedo: nuestra vida ya se ha salvado de la perdición. Nada ni nadie podrá arrancarnos de las manos de Jesús, porque nada ni nadie puede vencer su amor. ¡El amor de Jesús es invencible! El maligno, el gran enemigo de Dios y de sus criaturas, intenta de muchas maneras arrebatarnos la vida eterna. Pero el maligno no puede nada si nosotros no le abrimos las puertas de nuestra alma, siguiendo sus halagos engañosos.

        La Virgen María ha escuchado y seguido dócilmente la voz del Buen Pastor. Que Ella nos ayude a acoger con alegría la invitación de Jesús a convertirnos en sus discípulos y a vivir siempre en la certeza de estar en las manos paternas de Dios.


Francisco.
Regina Coeli 17 Abril 2016.

lunes, 1 de mayo de 2023

PASCUA 2023 (22)

 




Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección


-VALENTIA-


    “Los apóstoles salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre de Jesús”. La Pascua nos invita a la Parresía, a la valentía, a salir de nuestra zona de confort y lanzarnos hacia lo que Dios nos va mostrando. No nos lo va a decir todo de una vez, sino que en cada momento, pone en nuestra boca y corazón las palabras necesarias para anunciarle sólo a Él. 

    Valentía para arrostrar cualquier dificultad, cualquier cruz, cualquier sufrimiento e incomprensión porque hemos experimentado a Jesucristo vivo y presente en medio de nuestras vidas y nuestra comunidad. “No tenemos oro ni plata, lo que tenemos es lo que damos, a Jesucristo vivo”.


Sor Inmaculada de la Cruz
Córdoba

domingo, 30 de abril de 2023

PASCUA 2023 (21)


 



Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-VOCACION-



        Jesús es y quiere ser nuestro Pastor. Jesús llama a cada una de sus ovejas por su nombre, porque las conoce. Él sabe perfectamente cómo somos, sabe de nuestros fracasos, de nuestras equivocaciones, pero también sabe todo lo bueno que podemos llegar a ser, conoce todo el amor que podemos llegar a ofrecer. Y nos conoce, incluso mejor que nosotros mismos.

        ¿Somos capaces de oir en nuestra vida esa voz de Jesús que nos llama, que nos busca, que nos dice quiénes somos, que nos dice lo grandes e importantes que somos cada uno de nosotros, lo mucho que nos ama y que nos necesita?

        Esa voz podemos escucharla desde la oración, desde la liturgia, desde la celebración de los sacramentos, en la profundización y conocimiento de la Palabra, de la Escritura. También podemos escuchar esa voz en los demás, en la familia, en los hijos, en los padres, en la pareja, en los amigos. Igualmente podemos escuchar esa voz en las situaciones del mundo, en el sufrimiento, en los más débiles, en los que sufren. Una voz que nos va a estar llamando por nuestro nombre y siempre nos va a estar diciendo lo mismo: te quiero sin condiciones, te quiero y te necesito.

        Ser capaces de tratar de descubrir esa voz de Dios que no se cansa de enviarla desde todos los rincones y maneras. Pero esos mensajes no sólo son para oírlos, sino también para escucharlos, poder seguirlos. Si la oveja del rebaño se empeña en ir donde ella quiere, donde le apetece, y no sigue a su pastor, la oveja se acaba perdiendo. Escuchar esa voz, ese mensaje de amor de Jesús, para que esa voz sea la única que guie nuestra vida; que no sea mi voz, mi egoísmo, mi seguridad, mis apetencias o afectos, sino sólo la voz de Jesús, nuestro Buen Pastor.

        Hoy es el día para orar por las vocaciones, las religiosas, las sacerdotales –ambas muy necesarias en esta época-, pero hablamos de las de todos, porque en la Iglesia todos tenemos una vocación, y todas y cada una importantísima. La sacerdotal, la religiosa y la laical, todas ellas igual de fundamentales, porque Jesús nos llama a cada uno de un modo diferente, Jesús nos necesita a todos. Debemos preguntarnos, ¿para qué me necesita Jesús, a qué estoy consagrado en mi vida, dónde y cómo quiere Jesús que yo esté aquí y ahora? Eso es lo que deberíamos de plantearnos a lo largo de nuestra vida, porque la vocación no se resuelve en un momento concreto, sino que se plantea en el inicio de cada día. Es en ese cada día y en cada nueva situación que se nos presenta cuando le debemos preguntar a Jesús, cuál es mi vocación, cuál es la forma, ese sí que le decimos a Jesús, en cada momento, qué puedo yo ofrecerle a Jesús, qué necesita Él de mí, lo que tengo, lo que soy, para Él y para los demás. No sólo en situaciones de dolor, dependencia, enfermedad, debilidad, sino también cuál debe ser mi respuesta en momentos positivos, productivos, de fortaleza. Con él todo lo que vivo, todo lo que tengo y lo que soy, debo ponerlo al servicio de mi buen pastor, porque no sólo debo pensar egoístamente en mi situación de felicidad y plenitud, sino también en las de mis hermanos.

        Jesús también nos dice en el Evangelio que quien entra por la puerta es el pastor. Y también nos dice que Él es la puerta, que “quien entre por mí se salvará”. Por tanto, no solo estoy llamado a ser oveja del rebaño de Cristo, sino también pastor de los demás, de los que Dios ha puesto bajo mi guía, mi cuidado. Ello supone una gran responsabilidad, pero también una gran confianza de Dios en nosotros. También se nos recuerda que todos nosotros como Iglesia somos Cristo en este siglo XXI, que Él vive en nosotros. Recordar esto nos puede ser de gran ayuda para el desarrollo de cuál sea nuestra vocación en los momentos más complicados: Soy Cristo, hoy y ahora; tengo responsabilidad sobre la persona que tengo al lado; puedo actuar igual que Él actuaba.

        Jesús se presenta como pastor, alguien que cuida, que acompaña, que guía. Que seamos capaces de crecer en la mansedumbre de las ovejas, de construir cada día más rebaño entre nosotros, de fortalecer los vínculos que tenemos en el amor; que la voz de nuestro buen pastor sea la que nos guíe en nuestro camino.



Oído en la homilía del este Domingo del Buen Pastor
en la Eucaristía presidida por Fr. Félix Hernández
en Santo Domingo de Scala Coeli - Córdoba

sábado, 29 de abril de 2023

PASCUA 2023 (20)




Palabras para celebrar juntos la Pascua de Resurrección



-SENCILLEZ Y DETERMINACIÓN-



        Durante la misa de apertura del Segundo Sínodo para Europa, el Papa proclamó a Santa Catalina de Siena copatrona de Europa, junto a Santa Teresa Benedicta de la Cruz y Santa Brígida de Suecia.

            La Europa de Catalina, como nuestro mundo de hoy, estuvo marcada por la violencia y por un futuro incierto: el Papado había huido a Aviñón, desgarrando la Iglesia y dividiendo países, ciudades y Órdenes religiosas, incluida la nuestra; las ciudades habían quedado diezmadas por la peste bubónica, conocida como la Peste Negra, había un declive de vitalidad en la Iglesia y una pérdida de identidad, así como una crisis en la vida religiosa. Catalina se negó a resignarse ante este sufrimiento y esta división. En palabras del Papa Juan Pablo II, entró “con paso firme y palabras ardientes en el corazón de los problemas eclesiales y sociales de su época”. Se dirigió a los gobernantes políticos y religiosos, personalmente o por cartas, y les señaló claramente sus fallos y cuál era su deber como cristianos. No tuvo reparo en decir incluso al Papa que debían tener valentía y regresar a Roma. Visitó cárceles, cuidó de los pobres y de los enfermos. La devoraba la urgencia de llevar a todos el amor y la misericordia de Dios.

            Sobre todo Catalina luchó por la paz. Estaba convencida de que “ni con espada ni con guerras ni con crueldad” se podía lograr el bien, sino “con la paz y la humilde y continua oración”. Pero nunca sacrificó la verdad o la justicia por una paz fácil o a bajo precio. Recordó a los soberanos de Bolonia que buscar la paz sin la justicia era como poner bálsamo en una llaga que debería ser cauterizada. Sabía que ser pacificador significaba seguir los pasos de Cristo, que hizo la paz entre Dios y la humanidad. Por esta razón, el pacificador debe a menudo compartir el mismo destino de Cristo y sufrir el rechazo. El pacificador es “otro Cristo crucificado”.

        Nuestro propio mundo está lacerado por la violencia: violencia étnica o tribal en África y en los Balcanes; amenaza de una guerra nuclear; violencia en nuestras ciudades y familias. Catalina nos invita a tener el coraje de ser pacificadores, aunque esto conlleve que nosotros mismos tengamos que sufrir persecución y rechazo. La paz, para Catalina, significaba por encima de todo la paz en la Iglesia, la curación del Gran Cisma. Y, al mismo tiempo, percibimos su intenso amor por la Iglesia, que para ella no era “otra cosa que el mismo Cristo”, junto a su coraje y libertad.

        Amó tanto a la Iglesia que no dudó en denunciar los fallos de los clérigos y obispos en su búsqueda de riqueza y posición social, y le exigió que fuera el misterio de Cristo en el mundo, la servidora humilde de todos. Incluso se atrevió a decir a Dios lo que tenía que hacer, cuando rogó: Te apremio, pues, puesto que Tú sabes, puedes y quieres, que tengas misericordia del mundo, y envíes el calor de la caridad con la paz y unión a la santa Iglesia. No quiero que tardes más” La Iglesia de nuestro tiempo sufre también divisiones, causadas por incomprensiones, intolerancia y una pérdida del “calor de la caridad y la paz”.

        Hoy el amor por la Iglesia se entiende a veces como un silencio falto de sentido crítico. ¡No se debe “agitar la barca”! Pero Catalina nunca pudo permanecer en silencio. Escribió a un importante prelado: “No os quedéis más en silencio. Gritad con cien mil lenguas. Veo que el mundo está perdido por callar. La esposa de Cristo está descolorida, ha perdido el color”. Que Santa Catalina nos enseñe su amor profundo al Cuerpo de Cristo, y su sabiduría y coraje para decir con verdad y abiertamente palabras que unen en lugar de dividir, que iluminan en vez de oscurecer, y que curan en lugar de herir.

        Las relaciones de Catalina con sus amigos, y en especial con sus hermanos y hermanas dominicas, estuvieron marcadas por la misma combinación de amor y audacia de hablar. Ella consideraba a cada amigo como un don de Dios, que debía amarse “muy cercanamente, con un amor particular”. Creía que la amistad mutua era una oportunidad “para engendrarse mutuamente en la presencia dulce de Dios”, y una proclamación de “la gloria y alabanza del nombre de Dios en el prójimo”.

                                                                                                                          Pero este amor no le impidió hablar con toda franqueza a sus amigos, y decir a sus hermanos exactamente lo que debían hacer, incluso a su querido Raimundo de Capua, que llegó a ser Maestro de la Orden el año de su muerte. No puede haber amor sin verdad, ni verdad sin amor. Así rezaba por sus amigos: “Dios eterno, te pido con singular solicitud por todos los que me has dado para que los ame con singular amor. Que sean plenamente iluminados con tu luz y que se quite de ellos toda imperfección, para que en verdad puedan trabajar en tu jardín, donde Tú los has destinado”.

            Si la Familia Dominicana tiene que ser, en palabras de Catalina, “amplia toda gozosa y perfumada, jardín agradabilísimo”, debemos aprender su capacidad de amistad recíproca junto con la plena verdad. Nuestra amistad como hombres y mujeres, religiosos y laicos, es un gran don para la Orden y para la Iglesia, pero a veces está marcada por heridas de las que apenas nos atrevemos a hablar. Para trabajar juntos como predicadores del evangelio, tenemos que hablarnos mutuamente con la franqueza y confianza de Catalina, para que “en la verdad puedan trabajar en tu jardín”. Catalina fue una mujer apasionada, con profundos deseos: la unión con Dios, la difusión del evangelio y el bien de toda la familia humana. El deseo ensancha nuestros corazones. Ella dijo a Dios: “Tú haces grande el corazón, no estrecho, tan grande que tiene cabida para todos en su caridad amorosa”. Y Dios dijo a Catalina: “Yo que soy Dios infinito, quiero ser servido por vosotros con cosa infinita, e infinito no tenéis más que el afecto y el deseo de vuestro espíritu”.

        ¿Cómo podemos crecer como hombres y mujeres tocados por la pasión de Catalina por Dios? ¿Cómo podemos liberarnos de la pequeñez de corazón y de la complacencia en las pequeñas satisfacciones? Quizá descubriendo, como hizo Catalina, que Dios está presente en el fondo mismo de nuestro ser. La pasión por Dios no es algo a lo que se cobra gusto, como la afición al fútbol. Está en la esencia de mi ser esperando a que se descubra. Nuestro mundo está marcado por un hambre profunda de identidad.

            Para mucha gente de hoy la pregunta es: ¿Quién soy yo?. Esta fue la pregunta de Catalina. La búsqueda contemporánea del conocimiento de uno mismo es, con frecuencia, una preocupación narcisista, una concentración introvertida en el propio bienestar y realización. Pero para Catalina, “cuando al fin me veo como soy, no descubro una pequeña brizna de mi yo egoísta y solitario”. En lo que Catalina llamaba “la celda del conocimiento de sí” yo me descubro amado en mi propio existir. Ella se describió como “concentrada en la celda interior para conocer mejor en sí la bondad de Dios”. Si me atrevo a hacer este viaje hacia el conocimiento de mí mismo, entonces descubriré que pequeño, imperfecto y limitado soy, pero veré también que soy profundamente amado y valorado. Dios dijo a Catalina: “Con providencia te creé, y al contemplarla en mí mismo, me enamoré de la belleza de mi criatura”. Por eso Catalina nos ofrece una respuesta liberadora a la búsqueda contemporánea de la identidad. Nos lleva más allá de una falsa identidad basada en la posición o en la riqueza o en el poder. Porque en la entraña de nuestro ser está Dios, cuyo amor nos mantiene en el ser. Este es el lugar de la oración contemplativa, donde uno se encuentra con Dios que se complace en amar y en perdonar, y cuya propia bondad saboreamos. Aquí descubrimos el secreto de la paz de Catalina y de su dinamismo, de su confianza y de su humildad. Esto es lo que hizo de esta jovencita, con poca educación formal, una gran predicadora. Esto es lo que le dio la libertad de hablar y de escuchar. Esto es lo que le dio la valentía para afrontar los grandes problemas de su tiempo sumergiéndose en ellos. Con la ayuda de sus plegarias nosotros podemos hacer lo mismo. Vuestro hermano en Santo Domingo.

Fr. Timothy Radcliffe, OP
Maestro de la Orden de Predicadores
 Abril 2000