viernes, 19 de febrero de 2010

Viacrucis I: La Palabra se hizo cruz

«Si llamáis Padre al que sin acepción de personas juzga a cada cual según sus obras, vivid con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir, según la tradición de vuestros padres, no con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, que murió una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Puesto que Cristo padeció en la carne, amaos también del mismo pensamiento de que quien padeció en la carne ha roto con el pecado para vivir el resto del tiempo no en codicias humanas, sino en la voluntad de Dios. Teniendo, pues, un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de recibir misericordia y hallar gracia para el tiempo oportuno» (1 P 1,17; 3,18; 3,1 s; Hb 4,14-16).

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús condenado a muerte
«Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa, cuando era arrancado de la tierra de los vivientes y muerto por las iniquidades de su pueblo» (Is 53,7s).


SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús con la cruz a cuestas
«Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» (Is 53,6 s).

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez bajo la cruz
«¡Oh, Dios nuestro! Le has despojado de su majestad y has echado por tierra su trono.»
Dice Jesús: «Acuérdate, oh Yavé, del oprobio de tus siervos y de cómo llevo yo en mi seno las afrentas de muchos pueblos» (Sal 89,45-51).

CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre
«Simeón los bendijo y dijo a María su madre: "Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones"» (Lc 2,36s).

QUINTA ESTACIÓN: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros -dice San Pablo- y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia, es decir, que unidos por la fe y la caridad colaboramos con Cristo mediante el ministerio apostólico, la oración y el sacrificio en la aplicación de su gracia capital a las almas» (Col 1,24).

SEXTA ESTACIÓN: La Verónica limpia el rostro de Jesús
«La mujer fuerte, ¿quién la hallará? Se ciñe de fortaleza y esfuerza sus brazos. Muchas hijas han hecho proezas, pero tú a todas sobrepasas, porque en Cristo no hay parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, no hay en Él belleza que agrade: ante Él se vuelve el rostro, ante el más hermoso de los hijos de los hombres» (Pr 31.10.17.29; Is 53.25; Sal 45.3).

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez bajo la cruz
«Si somos hijos de Dios, también herederos de Dios, coherederos de Cristo, siempre que con Él padezcamos para ser con Él glorificados. Que nadie se inquiete -dice San Pablo- por las tribulaciones, pues por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios y para eso estamos. Los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rom 8,17-18; 1 Tes 3,4; Hch 14,22).

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús consuela a las piadosas mujeres de Jerusalén
«Así que estuvo cerca, al ver la ciudad lloró sobre ella, diciendo: "¡Si al menos en este día conocieras lo que es para tu paz!... No dejarán en ti piedra sobre piedra por no haber conocido el tiempo de tu visitación". Vuelto a ellas dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Si esto se hace con el leño verde, con el seco, ¿qué será?" » (Lc 19,41 44; 23,28-31).

NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez bajo la cruz
«Se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres: Y en la condición de hombre se humilló, hecho obedien te hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,7-11).

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús despojado de sus vestiduras y abrevado con hiel
«Diéronme a comer hiel y en sed me dieron a beber vinagre. Como por la desobediencia de uno muchos fueron hechos pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán hechos justos» (Sal 68,22; Rom 5,19).

UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es puesto en la cruz
«Dispuesto estaba entre los impíos su sepultura y fue en la muerte igualado a los malhechores, a pesar de no haber en Él maldad ni haber mentira en su boca. Pero plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo pacificando por la sangre de su Cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (Sal 53,9; Col 1,19s).

DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Dice Jesús: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Lejos estás de mis súplicas, de las palabras de mi boca. Seco está como un tejón mi paladar, mi lengua está pegada a las fauces y me has echado al polvo de la muerte».
Responde el Padre: «Destruiré ante Él a sus enemigos y quebrantaré a los que le aborrecen; le daré por parte suya muchedumbres...; por haberse entregado a la muerte y haber sido contado entre los pecadores». «Así probó Dios su amor hacia nosotros: en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvados de la ira» (Sal 22.216; 89,24; Is 53,12; Rom 5,9).

DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús en los brazos de su Madre
«Le envolvió con los pañales» del sudario «y le acostó en el pesebre» del sepulcro. Como en Belén, «María guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón» (Lc 2,7-19).

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es puesto en el sepulcro
«No queremos, hermanos -nos dice San Pablo-, que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos para que no os aflijáis como los que carecen de esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a los que se durmieron en Él» (1 Tes 4,14).

Epílogo
«Si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él. Porque muriendo, murió al pecado una vez para siempre; pero viviendo, vive para Dios. Así, pues, haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos en Cristo Jesús» (Rom 6, 8-1 1).