Somos hombres de labios impuros, decimos nosotros también, como el profeta. Somos unos pescadores fracasados, recordamos con los del lago de Galilea. Somos personas con poca fe y menos esperanza, como los creyentes de Corinto… Muchas veces nos definimos así, con todo lo que nos falta. Nos frustra interiormente pensar que no podemos ser perfectos.
Quizás a veces es la excusa perfecta para evitar el compromiso: “yo es que, así, no puedo…”. Otras, es el dolor de encontrarnos cara a cara con nuestros propios límites: “¡horror, no puedo ir más lejos!”. Y nos pasamos la vida cargando con lastres de impotencia y amargura. Yo soy lo que no puedo ser, lo que nunca podré hacer… ¡Cuánto remordimiento hay en nuestra tarjeta de presentación!
Quizás lo más propio del cristiano no sea realizar grandes obras. Ni decir palabras bellas con labios bellos. No se nos pide una fe de gigantes, ni dar respuestas exactas a grandes preguntas. Sólo reconocer que somos preferidos así como somos. Que en nuestros límites hay salidas. Que por la gracia de Dios somos algo más que personas débiles. Que el Maestro viene con nosotros. Que Él nos ama. Que vamos en su nombre.
Domingo V del Tiempo Ordinario (C)
Isaías 6, 1-2a. 3-8
Sal 137
1Corintios 15, 1-11
Lucas 5, 1 -11
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