sábado, 30 de enero de 2010

Sin venganza (31 de enero)

Sucede en los últimos tiempos. En las relaciones sociales, pero también en las más personales. Antes era cosa de los violentos; ahora nos la traen a diario los medios de comunicación. Nuestros niños y adolescentes se están educando con montones de escenas de agresividad, a diario. No nos extrañe que a nosotros se nos escapen, de vez en cuando, sentimientos de ira o reacciones de violencia. O incluso, deseos escondidos de venganza.

Pero Dios no es así. En Él se respira el amor auténtico. Y en nosotros, sus discípulos, se debería reflejar que sólo el amor salva al hombre. El amor que "disculpa, cree, espera, aguanta... sin límites". El amor, para el que toda conversión es siempre insuficiente. Ese que es nuestra meta, a la vez que la fuente de nuestras mayores alegrías. El odio destroza; el amor cura todas las heridas, libera, engrandece, diviniza los límites humanos.

Como a Jeremías, también a nosotros se nos llama a ser profetas. No aduladores de palabras agradables, sino mensajeros de un amor especial que escuece a las heridas abiertas del odio y la sospecha. Que cuestiona a quienes hieren y odian. Jesús era profeta. Cuando puso en tela de juicio "la ira de Dios", su amor reducido sólo a los buenos, fue perseguido. Quizás porque el amor, a lo grande, hace daño a los de corazón pequeño. ¿Será así el nuestro?

Sólo amar se nos pide. Hacerlo en verdad. No hay mayor símbolo que ese. Ni mejor sacramento. Ni bandera tan clara que defina lo que es de Dios y de sus discípulos. Y llevar este bálsamo a tantas personas y tantos lugares, todo un reto para nosotros hoy. ¿Habrá quien levante esta voz más fuerte aún que los medios de comunicación, los violentos y agresivos de todos los tiempos? Así, sin hacer mucho ruido, en tantos gestos anónimos, invisibles, Dios sigue llegando a nuestra tierra. ¿Lo estamos reconociendo? ¿Lo estamos adelantando?
Domingo IV del Tiempo Ordinario (C)
Jeremías 1, 4-5. 17-19
Sal 70
1 Corintios 12, 31-13, 13
Lucas 4, 21-30