jueves, 14 de enero de 2010

El signo de la alegría (17 de enero)

Pasadas las fiestas navideñas, la liturgia pone ante nosotros a Jesús, rodeado de sus discípulos, y acompañado también de su madre en el contexto de una fiesta de bodas. Todo en el texto de san Juan parece tener un doble significado. La alegría de novios y comensales se ve frustrada al quedarse sin vino. Tanto que ni el agua almacenada para el culto religioso puede volver a traerla. Pero Jesús estaba allí. Y estaba su madre, tal vez en otro plano incapaz de comprender el lenguaje profundo de su Hijo. “No tienen vino”, “haced lo que Él os diga”. Y continuó la fiesta, pero de otra manera, mucho mejor: la fiesta profunda de las bodas que Dios hace con Israel para siempre, que quiere realizar con cada uno de nosotros.


Dios nos ha invitado a una fiesta. Vivir con Él es encontrar sentido a las cosas que nos pasan, es derrochar alegría y entusiasmo, es contagiar “la chispa”, el gozo que de él recibimos. Muchas veces damos por supuesto que en las fiestas hay alegría, pero tantas veces esa alegría es falsa, quizás un papel que hay que hacer, no un sentimiento que desborda. Y por dentro no hay vino que anime, ni que cure las heridas y tristezas del alma. Y sí mucho dolor, demasiada ley, tanto rigorismo…

Con Jesús hay una alegría que no se acaba. Y ser discípulo suyo es convertirse a su fiesta. Una fe de amargura, condena, división, cumplimiento o superficialidad no es más que una tinaja de agua que ni sacia ni alegra a nadie. Hoy no vale ser cristiano de agua (inoloros, incoloros, inocuos, insípidos…); hay que hacerse cristiano “de vino”, para trasmitir alegría, comprometerse en serio, practicar desde el corazón, disfrutar de la fe, formarse, profetizar…

Con este pasaje, san Juan comienza el libro “de los signos”. Porque para él, Jesús no hace “milagros”, meras curaciones espectaculares y puntuales. Realiza signos, acciones de mucho calado, que trasmiten más de lo que aparentan, y que apuntan a la llegada real y cercana del Reino. Dios ya está entre nosotros, su fiesta ha empezado, y debemos decidir si vamos a participar en ella. El cristiano de este tiempo ha de ser una persona de “signos”, reales, visibles, de los que acercan el Reino. El cristiano de este tiempo sólo puede ser una persona de alegría.

Domingo II del Tiempo Ordinario (C)
Isaías 62, 1-5
Sal 95
1 Corintios 12, 4-11
Juan 2, 1-11