jueves, 7 de enero de 2010

Carta del Bautista (10 de enero, Bautismo de Jesús)

Queridos amigos:

Me decido a escribiros en estos días finales de la Navidad. Parece que ya os habéis acostumbrado a ese acontecimiento de la Encarnación y os cansa hasta recordarlo... Permitidme que os hable de mí. ¡A mi sí me gusta revivir ese misterio del Dios hecho hombre! ¡Me costó tanto comprenderlo! Quizás como a vosotros, auque creáis a veces que no es tan difícil...
De entrada, me niego a definirme (según el criterio de algunos) como el último profeta. Cada día veo con más alegría a los hombres y mujeres que en vuestra tierra, diariamente, levantan su voz denunciando la injusticia, anunciando la salvación como palabra definitiva de parte de Dios. Sé que no les resulta fácil y cómodo, y muchos de ellos son callados violentamente e incluso aniquilados. ¡Dichosos ellos, porque están compartiendo la suerte de Cristo, el Gran Profeta! ¡Dichosos porque en verdad han comprendido el misterio del Dios hecho hombre, y se han identificado con su causa!


Como buen judío, conocí y estudié muy bien a los profetas de mi pueblo. Sus hazañas, sus gritos, su valentía me cautivaron. Sabía perfectamente la Historia de Israel. Una Historia abocada a engendrar a un mesías rey, todopoderoso, que nos libraría de la opresión política y de la secularización progresiva que andábamos viviendo, que nos haría luz sin igual entre todas las naciones. ¡Esa era la esperanza de todos! Las necesidades de las gentes, sus lamentos esperanzados, el testimonio constante de los profetas, la certeza de que Dios quería salvar a su pueblo y de que esa salvación estaba al llegar, me animaron a salir de mi casa y a entregarme, como hicieron tantos, a anunciar la victoria de Yahvé sobre todos los poderes.


La llegada del mesías era inminente. Lo sentía; ¡me lo anunciaba la tierra! Y como un buen judío, celoso por la causa de Dios, me puse a proclamarlo. Lo esperaba con ansia. Así como siempre nos lo habíamos imaginado, como nuestros padres nos enseñaron: guerrero, poderoso, fuerte, juez sabio capaz de destruir a los malos y de iniciar un nuevo mundo con todos los que lo estábamos esperando.

Pero aquel día en que me puse, como siempre, a bautizar en el Jordán, invitando a mis hermanos a unirse a esta causa, Dios me cambió la vida. Y hasta el propio Dios me cambió por completo. Aún no entiendo por qué se acercó Jesús y se puso en aquella fila, como uno más. ¡El corazón me decía que era distinto! Era tan decidido como yo, o más. Pero era valiente, y no tenía miedo. Se atrevió a poner en duda nuestra religión y nuestro templo. Pero lo que más me fascinó era que se dirigiera a Dios como a su padre. Que se sintiera como un niño pequeño necesitado del amor paterno. Se paseaba rodeado de pobres y de gente impura. Los llamaba dichosos, preferidos de Dios. Sí, aquel tipo me desconcertó. Intuía que no podía bautizarlo, que su lucha no era la nuestra, que tal vez la suya era más pura, más auténtica. Por un momento me sentí un idiota a su lado. Pero él me insistía en que lo hiciera.

Me cambió todo, sí. En un momento. Se me cayeron todos mis esquemas mesiánicos. ¿Y si fuera él? No, no podía ser. Yahvé nos salvaría con poder, con “dignidad real” como anunciaron nuestros profetas. Pero, ¿y si todos ellos estuvieran equivocados? ¿Y si nosotros estuviéramos equivocados? No creáis que lo vi todo claro. Siempre lo dudé, casi hasta el momento de mi muerte. Hube de mandar a mis discípulos a preguntarle a él mismo para asegurarme. Y era en sus obras, en su actitud, donde estaba la respuesta. ¡Cuánto me costó comprenderlo!

Cuando aquel hombre se metió en el agua me pareció que hasta los cielos estallaban, que el mundo entero desbordaba de luz. Hasta sentí a Dios, aquel a quien él llamaba “padre”, que hablaba en su favor. Sí, él era su hijo, su querido, en quien había puesto su vista amorosa, a quien había destinado a salvar, pero de modo distinto a como esperábamos todos.

Me sentí ridículo. ¡Yo, anunciando la conversión, y era precisamente el que más la necesitaba! Dios me sorprendió salvando por caminos distintos a los establecidos, por cauces diferentes a los que nosotros habíamos preparado. No, hermanos, Dios se nos escapa, no lo podemos manipular. Nos desborda, nos sorprende llegando por los lugares más insospechados. Y fue antes, pero es también ahora. ¿No lo sentís? ¿No lo veis encarnado de mil formas nuevas?

Me costó mucho hacerme a la idea, comprender su mensaje, desprenderme de aquello que yo tenía tan aprendido y asimilado. Más de lo que os podéis imaginar. ¡Cuántas noches de tienebla, cuantos momentos de angustia, cuánta ambigüedad que no supe distinguir! Que Dios se hace humano, que asume nuestra impureza e indignidad, que la santifica. Que salva como pobre y entre los pobres... ¡Siempre me pareció un escándalo! Que no es un dios lejano y diferente, sino que es uno de los nuestros, con nuestras propias aspiraciones...


Me gusta recordar con frecuencia aquel momento. Aún me sigue sorprendiendo un Dios humano, de los nuestros... No creáis que es fácil. Asumirlo, sentirlo, creerlo de verdad... es muy duro. Exige una buena dosis de humildad, de prescindir de los propios proyectos y aspiraciones, de lo aprendido y sabido. Exige una conversión constante, pues nunca lo asumimos del todo. Exige una disponibilidad total.

Os he compartido, hermanos, el momento más importante de mi vida: el paso de Jesús por mi existencia, transformando y renovando por completo. Me gustaría escuchar vuestra historia. Seguro que es parecida. ¿Os atreveríais a recordarla y a contármela?

Con cariño, Juan Bautista.

Javier Garzón                                                              Bautismo del Señor
Isaías 42, 1-4. 6-7
Sal 28
Hechos de los apóstoles 10,34-38
Lucas 3,15-16.21-22