“Conversión”: esa es la gran palabra de la cuaresma, que empieza a resonar ya en nosotros como el cincel sobre el mármol, dispuesta a sacar lo mejor que nos habita. Ni es tiempo de tristezas, ni menos de fantasía. Es tiempo de ser realista. De volver con todas las fuerzas al amor primero, de formar en nuestro adentro la imagen del Señor Glorioso.
“Es tiempo de centrarnos en Dios”. El Espíritu Santo condujo a Jesús a su vida ordinaria, natural, normal. O sea, al desierto. Y allí permaneció cuarenta días, siempre. Y no estuvo solo, por más que sus fuerzas interiores le hicieran pensar otra cosa. Por más difícil que se le hiciera la respuesta. Estaba Dios. Porque en lo ordinario siempre está Dios. Y por más que nuestros centros vitales -el ser, hacer y tener- sean poderosos, tiren de nosotros y quieran esclavizarnos… en el desierto de la vida cotidiana no vamos solos. Desde nuestra libertad Dios nos llama a crecer respondiendo. No hay que tener miedo a uno mismo, a los continuos tirones del alma, o a las dictaduras de la propia sensibilidad. Se trata de volver al centro, ese que no me distrae ni me engaña, ese que me llena y me hace grande. Porque, ¿quién me hace grande? ¿Con quien crezco y me humanizo? ¿A quién merece la pena darle el corazón?
“Es tiempo de ser coherentes”. Porque quizás nuestros labios pronuncien hermosas palabras, y tal vez convenzamos sin querer. Pero quizás nuestro corazón lleva otro ritmo, late a otra onda. Es el momento oportuno de acortar la distancia entre lo que digo y lo que pienso, de ajustar el ritmo entre mi cabeza y mi corazón; mis palabras, mis actos, mis opciones vitales… ¿Concuerdan? ¿Me definen? ¿O me traicionan y me delatan como mentiroso?
Conversión. Que esa palabra nos cale y nos empuje, se convierta en el mejor motor para conducirnos hacia la Pascua.
Primer Domingo de Cuaresma (C)
Deuteronomio 26, 4-10
Sal 90
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13
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