martes, 26 de abril de 2011

Pedro

Soy Pedro, Cefas me llaman otros. Seguro que me conoces. ¡Qué bien escogió mi nombre el Maestro! “Te llamarás piedra, pues eres tan cabezota como una de ellas”. Me han pedido que te cuente cómo lo ví, qué sentí en mi adentro… ¡Imposible decírtelo con palabras! Sabrás que yo le había negado, que nunca tuve claro que Él fuera el Mesías.  Que lo rechacé delante de todos, y que nunca creí que pudiera llevar esa herida mortal en mi adentro… Yo fui quien negó a su mejor amigo...

Pero el primer día de la semana fue especial. ¡No sabía que pudiese correr tanto! Las palabras de las mujeres me dejaron inquieto… “Bobadas”, pensé. Pero fui corriendo. Y en aquella cueva vacía donde horas antes le habíamos dejado, ya era diferente. ¡Es que se me dejó ver dentro de mí! ¡En esa cueva, más oscura incluso que aquella que tenía dentro de mí! ¡En mi corazón traidor! Y noté cómo volvió a pronunciar mi nombre, y volví a vibrar como aquella noche en el lago...

Luego se precipitaron los acontecimientos. Lo vimos en casa, y se rompieron nuestros miedos. Entró y nos rompió todas las puertas… Era Él, parecía que no podía vivir sin nosotros. Pero hubo un momento excepcional. Verdaderamente me rompió el alma. Que si lo quería, me preguntó. Y yo salí enseguida: “Maestro, parece mentira que no me conozcas”. E insistió, e insistió… Entonces algo se quebró en mi adentro y lo abracé, y lloré como aquella mañana en el pretorio… “Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. ¡Y notaba como pronunciaba Él esa misma frase en sus labios sonrientes que acunaban lágrimas!

Yo le ví, sí. Y soy otro. Y ya no he sabido vivir sin verlo...