jueves, 28 de abril de 2011

Tomás

¡Qué torpe fui al dudar de mis amigos! ¡Aún me arrepiento de aquello! Ellos me insistían: “Tomás, lo hemos visto, ha estado con nosotros, viene lleno de heridas, pero ha vencido a la muerte, ya no tiene dolor”. “Ingenuos”, pensaba yo. Si Él hubiese resucitado habría venido a buscarme. O mejor aún: si tal vez tenía reparo en hacerlo, me hubiera dejado señales, pistas… ¡Qué va! ¿Sabéis qué pistas tenía? Un dolor enorme, incapaz de caberme en el cuerpo...

Verlo allí, clavado a lo lejos, en la cruz monstruosa, me impactó. Ya no podía cerrar los ojos sin verlo a Él retorcerse de dolor… Pensaba mucho en mis heridas. ¡Qué desgraciado me sentía! En aquellas horas sin su presencia empecé a repasar mi vida. ¡Cuánto dolor! Mi infancia, mi juventud, mis traiciones, mis dolores, mis frustraciones, mis desengaños… ¡Es como si yo mismo estuviese allí crucificado con Él! ¡Tan roto me sentía!

Por eso no les creí… ¿Resucitado? ¿Vivo? ¡Si yo estaba más muerto que Él! No sabían darme pruebas. Por un momento pensé que estaban bebidos, o que era pura sugestión… Me reía por dentro tristemente, por no llorar de tristeza...

Hasta que Él volvió a buscarme. Entonces, cuando lo ví, cuando estuve con Él cara a cara, ya no me dolía nada. No me salían las palabras. Ví su cara sonriente, su cabellera más morena aún… Y por un momento me pareció verme a mi reflejado en Él… Se me  hundieron las manos, y caí de rodillas, como quien levanta a un moribundo… Pero Él estaba vivo. Vivo y joven. Casi más vivo que yo. “Señor mío y Dios mío”; ¡fue lo que dejaron escapar mis labios de toda la pasión escondida en el corazón...

Hoy ya no me duele nada. Desde aquel día desaparecieron mis miedos y mis heridas. Hoy yo, el incrédulo Tomás, estoy vivo, tan vivo como Él.