martes, 19 de abril de 2011

"Amor, amor"


Nos hemos reunido aquí para contemplar la pasión del Señor Salvador. Y me siento perplejo entre si debemos alegrarnos o debemos entristecernos. Debemos alegrarnos por haber obtenido salvación tan grande, pero debemos entristecernos por una muerte tan cruel. Y caminando por ambas partes encontramos solamente amor, y todos gritarán: "amor, amor".

Nuestra predicación habrá de ser en parte ingeniosa y en parte sencilla, de todas formas todos la entenderán, especialmente los entendidos en amor; los no entendidos también ellos notarán la gran distancia que los separa del amor. No me detendré sobre el desarrollo de la pasión, pero todos me entenderéis. Estad atentos y adentrémonos en el amor.

Pensando en qué diría sobre la pasión del Señor, he aquí que vi una mujer hermosa, adornada ricamente y que estaba llorando. (Ct c. 3) Acercándome a ella le dije: ¿a quién buscas?, ¿por qué lloras? Respondió la esposa de Cristo y dijo: Busco al amado que me dé paz. Quiero a Aquel a quien amo. No lo quiero solamente a él, sino sobre todo quiero su amor; sólo esto deseo de él. Encontré a sus centinelas en la tierra, es decir, los pobres apóstoles y les pregunté: Vosotros, ¿a quién amáis? Ciertamente también nosotros amamos al amor. Mira, te presentaremos a Cristo crucificado, ése es nuestro verdadero amor. ¡Oh, sí, este crucificado es el amor! Lo es, sí. Entonces, lo retuve y le dije: ¿Eres tú el Amor? Respondió: Soy el hombre que ha probado la miseria. (Lm 3, 1) Oh, ¿por qué eres pobre? Porque el amor siempre es pobre. El amor lo olvida todo, menos la cosa amada. Yo era riquísimo y me he hecho pobre; lo tenía todo y parezco no tener nada. Quisiera, pues, que tú también olvides todas las cosas y quisiera hacerte amor mío y que fuésemos juntos un único amor.

Verdaderamente, Señor Jesús, tienes las cualidades del verdadero amante. Sin duda tu amor es verdadero. Miro tus manos, tus pies, tu cabeza, tu boca santa y todo tu cuerpo y veo que todo es amor. Pero, ¿acaso no puedes redimir la naturaleza humana sin sufrir tal pasión? Claro que sí, ya que todas mis acciones son de valor infinito; pero el amor no busca sólo eso sino cosas más elevadas. Por ello yo Hijo y eterna Verdad, debo hacerme ver ante vosotros como muerto. ¿Y no pudo realizarse de otro modo? En absoluto, sí, se podría, pero el mandato divino me ha cerrado la salida (Lm 3, 7) y tampoco el amor permitiría que las cosas hubieran sido de otra manera. El amor me ha cargado de cadenas, (Lm 3, 7) me encerró en la cárcel y allí estoy retenido. A otros les fue dado un sufrimiento moderado, pero a mí sobre toda medida.

María, ¿qué dices del amor de tu fruto amado? ¿No te asombra tanto amor? Oh, Virgen, ¿qué dices?. Mi amado es blanco por su divinidad y rubio por su humildad; (Ct 5, 10) sublime sobre todos los ángeles, pues él es amor. Sus palabras destilan la mirra fluida, (Ct 5, 13) es decir, la mortificación y la pasión; por eso, hijo, estoy complacida por lo que se refiere a la parte racional de mi ser.

Oh amor, ¿todavía no estás satisfecho de haber sido así condenado por los hombres? ¿No es suficiente todo lo que has sufrido? Fue colocada la cruz sobre sus hombros y camina entre dos ladrones, pero era el amor quien lo llevaba. La tradición dice que de este modo se encontró con la Virgen; y viendo con sus propios ojos la madre al Hijo y el Hijo a la madre se abrazaron y se dijeron: «Hijo, ¿qué es esto? » « Madre, es necesario que suceda así para la salvación de los hombres. »

Llegaron al monte. El amor no es perezoso y reza: Padre, mira, el amor me ha traído hasta aquí. Mira mi carne, mira el sacrificio. Taladra mis manos y mis pies; me ofrezco por todos los judíos y por todos, presentes y venideros. Terminada su oración es despojado de sus vestiduras. Extiende su mano y mira cómo la clavan, luego estiran la otra mano y estiran también los pies. Oh Señor Jesús, ¿qué es esto? Cielos, ángeles, María, ¿qué hacéis? ¡Mirad la cruz del Señor! ¡Mirad a nuestro Dios!

Mirad al amor, amadísimos hermanos. Oh amor divino, te contemplo sin quien te consuele. Eres objeto de irrisión; todos se burlan de ti, y en cambio, tú, Jesús, dueño de ti, dices: Perdónalos. Tú dices: Tengo sed, y te dan a beber ajenjo. A esto me condujo mi amor. Acuérdate, alma mía, de mi miseria. (Lm 3, 1) Éste es tu Rey y tu Dios. Te encomiendo, Señor, este pueblo. El amor de tus entrañas perdone, Señor, a este tu pueblo. Amén.


De los Sermones sobre Ezequiel, de fray Jerónimo Savonarola,O.P.