domingo, 1 de mayo de 2011

“Señor mío y Dios mío”

“Señor mío y Dios mío”
Jn 20, 19-31
“Mío”, y de nadie más. Otros habían visto al Maestro resucitado. Todos, prácticamente. Excepto Tomás. Pero Aquel hombre, lleno de vida, que venía de la muerte completamente joven, totalmente vivo, “se dejó ver” al hombre incrédulo, como si en él se nos estuviese mostrando a todos los débiles de todos los tiempos. Venía herido. ¡Qué bien conoce Dios las heridas! Como si las hubiese experimentado todas, hasta las nuestras… ¡Qué bien puede hablarnos cuando nosotros también estamos, a veces, tan heridos! Cuando Tomás le tocó, cuando lo notó tan humano como él (transfigurando todo lo humano), lo hizo “suyo”. “Mío”. ¿De qué Dios hablo tantas veces? ¿Del que me contaron, del que leí, del que intuyo que está? ¿De una idea racional, una intuición afectiva, una certeza intelectual? Que Él se vaya haciendo “señor tuyo y Dios tuyo”.