PERDONAD Y SERÉIS PERDONADOS
El perdón es una de las virtudes más sublimes que puede ejercer el ser humano. En el Evangelio de Mateo (6,14), Jesús nos recuerda: "Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial". Este llamado nos invita a vivir la misericordia con los demás, tal como Dios la tiene con nosotros.
El perdón no es un simple acto de olvidar, sino una decisión consciente de liberarnos del resentimiento y permitir la reconciliación. Perdonar no significa justificar el mal que nos han hecho ni ignorar el dolor causado, sino trascenderlo. Cuando perdonamos, sanamos nuestro corazón y rompemos las cadenas del rencor que nos atan.
Un ejemplo conmovedor del poder del perdón es el testimonio de Immaculée Ilibagiza, una mujer que sobrevivió al genocidio de Ruanda. Perdió a casi toda su familia en la masacre, pero encontró en su fe la fuerza para perdonar a los asesinos. A pesar del dolor, decidió liberarse del odio y abrazar el amor de Dios. Su historia nos muestra que el perdón transforma y da paz, incluso en circunstancias extremas.
También encontramos inspiración en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15,11-32). Este joven, después de malgastar su herencia en una vida desordenada, vuelve arrepentido a su padre. En lugar de reproches, recibe un abrazo lleno de amor. Así es el perdón de Dios: incondicional, generoso y restaurador. Si Dios nos perdona de esta manera, ¿cómo no habríamos de perdonar nosotros a quienes nos han ofendido?
Una historia que ilustra la grandeza del perdón es la de un anciano y su hijo. Durante años, el hijo vivió resentido con su padre por un error del pasado. Un día, el anciano, sabiendo que su muerte se acercaba, le escribió una carta pidiendo perdón y expresando su amor. El hijo, conmovido, comprendió que el rencor solo le había robado la paz. Corrió a ver a su padre y, entre lágrimas,se reconciliaron. El perdón les devolvió la alegría perdida.
Perdonar es un acto de valentía y amor. Nos asemeja a Dios y nos hace libres. Guardar rencor es como cargar una pesada piedra que nos impide avanzar. Cuando soltamos esa carga, experimentamos la verdadera paz. Recordemos siempre que, al perdonar a los demás, abrimos nuestro corazón para recibir la misericordia infinita de Dios.
Fr. Roberto Okón Pocó, OP
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comparte con nosotros...