martes, 27 de diciembre de 2011

Navidad con Santo Tomás: "Deseo de la Encarnación de Cristo"

El sacramento de la divina Encarnación fue deseado por los santos Patriarcas. Así se lee en Ageo (2, 8): Vendrá, el deseado de todas las gentes. Y San Agustín: "Sabían los santos Patriarcas antiguos que Cristo había de venir, y todos los que vivían piadosamente decían: ¡Oh, si ese nacimiento se cumpliese mientras vivo! ¡Oh, si viese con mis propios ojos lo que creo según las Santas Escrituras!"

Se pueden dar tres causas de ese ardiente deseo:

1ª) La miseria desbordante que sufrían. Por lo cual se dice en el Salmo (17, 7-8): En mi tribulación invoqué al Señor... y oyó desde su templo santo mi voz; esto debe entenderse, según la Glosa, de la humanidad de Cristo que había de venir, y en cuya encarnación alcanzarnos el efecto de la oración. Y en el Éxodo (4, 18): Te ruego, Señor, que envíes al que has de enviar. Mira la aflicción de tu pueblo; como has dicho, ven y líbranos. De donde se advierte que la aflicción y liberación del pueblo israelita fueron figura de la aflicción y liberación de todo el género humano.

2ª) La abundancia de la paz interna y externa que sobreabundaron en su venida. De ahí lo que se lee en el Salmo (71, 7): En los días de Él nacerá justicia, y abundancia de paz. Esto es, según la Glosa: Habrá paz hasta que, destruida la muerte, no exista ya la luna, es decir, la mortalidad de la carne. Y en el Cantar de los Cantares (1, 1): Béseme con el beso de su boca; pues el beso es señal de paz. La esposa pide la Encarnación del Hijo de Dios, que es como un anticipo de nuestra unión con Dios, en la cual consiste la paz de nuestro corazón.

3ª) La alegría interior que probaron de antemano, como se lee en Baruc (4, 36): Mira, Jerusalén, hacia el Oriente, y mira el regocijo que te viene de Dios. Los santos Patriarcas gustaron de antemano esa alegría por la visión de la fe, como dice San Juan (8, 56): Abrahán, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y se gozó. Y añade la Glosa: Conoció el día de mi encarnación. Y añade San Agustín: "¿Cuál no sería el gozo del corazón del que vio al Verbo Eterno, resplandor brillante del Padre en las mentes piadosas y Dios que permanecía junto al Padre, venir un día en carne humana, sin abandonar el seno del Padre?" Y San Bernardo: "¿A quién de nosotros dará tanto gozo la manifestación de esta gracia, como dio a los antiguos la sola promesa de ella?"

(De Christi Humanitate)