sábado, 30 de agosto de 2014

Semblanza espiritual de DOMINGO DE GUZMAN


Había en él algo mucho más resplandeciente y grandioso que los milagros. Era tan limpio en su conducta y estaba impulsado por tal ímpetu de fervor divino que, sin ningún género de duda, quedaba patente que era un vaso de honor y de gracia, un vaso adornado con todo género de piedras preciosas.

Había en él una igualdad de ánimo muy constante, a no ser que se conmoviera por la compasión y la misericordia. Y como el corazón alegre alegra el semblante, el sereno equilibrio del hombre interior aparecía hacia afuera en la manifestación de su bondad y la placidez de su rostro.

Mantenía tal firmeza de ánimo en las cosas que comprendía razonablemente que debían llevarse a cabo en conformidad con la voluntad de Dios, que rara vez o nunca accedió a cambiar una decisión, tomada tras madura deliberación. El testimonio de su buena conciencia, como queda dicho, resplandecía siempre en la serena placidez de su semblante, sin que palideciera la luz de su rostro. Por todo esto se atraía sin dificultad el amor de todos. Apenas lo veían se introducía sin dificultad en su corazón.

Dondequiera que se encontrara, en camino con los compañeros, en alguna casa con el hospedero y demás familia, entre los magnates, príncipes y prelados, afluían siempre a sus labios conversaciones constructivas y abundaba en ejemplos con los que inclinaba el ánimo de los oyentes al amor de Cristo y al desprecio del mundo. De palabra y de obra se mostraba por todas partes como un hombre evangélico.

Durante el día, nadie más comunicativo con los frailes o compañeros, nadie más agradable. En las horas nocturnas nadie más perseverante en las vigilias y oraciones por todos los modos. Por la noche se detenía en el llanto, y por la mañana le inundaba la alegría. Entregaba el día a sus prójimos, la noche a Dios, convencido como estaba de que el Señor ha enviado durante el día su misericordia, y de noche su cántico. Lloraba muy abundantemente y con mucha frecuencia, y las lágrimas fueron para él su pan de día y de noche. Por el día, sobre todo, cuando celebraba con frecuencia o diariamente la Misa solemne. De noche, cuando velaba más que nadie en infatigables vigilias.”

                                                                                       (Beato Jordán de Sajonia)

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