jueves, 25 de diciembre de 2025

NATIVIDAD DEL SEÑOR : LUZ DE ESPERANZA

 

Dios-con-nosotros

    Ya está Dios-con-nosotros, ha llegado la Navidad, la celebración del nacimiento del Salvador, el acontecimiento que llena de sentido y esperanza la vida de los creyentes.

    En Jesús, Dios se hace cercano, entra en la historia humana y se manifiesta como luz brillante que ilumina las sombras del mundo. Su llegada no ocurre en medio del poder o la grandeza, sino en la sencillez de un pesebre, recordándonos que la verdadera luz nace del amor y la humildad.

    Es Dios conmigo, sí, pero no solo conmigo, también contigo. Dios con nosotros, en plural. En ese niño recién nacido podemos ver todo el amor y toda la ternura, todos los buenos deseos que todas las personas compartimos, seamos como seamos. Podemos pensar de mil maneras, podemos sentir de muchas maneras distintas, podemos pertenecer a diferentes culturas, a distintas ideologías, ser creyentes o no creyentes. Pero en el fondo, en lo más profundo de nosotros, todas las personas compartimos los mismos anhelos y deseos, las mismas ilusiones, las mismas necesidades. En el fondo, todos queremos lo mismo, ser felices, vivir tranquilos, hacer felices a los que nos rodean. Todo el amor y ternura que nos despierta un niño recién nacido, son la expresión de los mejores deseos que todas las personas, seamos como seamos, compartimos. Y ese niño que está pasando frío, que está solo en medio de la noche, que pasa hambre, también es expresión de nuestros miedos y angustias, de nuestros sufrimentos, porque al final también todas las personas, seamos como seamos, todos al final sufrimos por lo mismo, compartimos la misma angustia, compartimos los mismos miedos. En ese niño nos podemos ver reflejados todas las personas. Ese niño que es el Dios con nosotros.

    Se trata de un mensaje de unidad, porque para eso viene ese niño, para salvarnos a todos, para liberarnos de las consecuencias de nuestros errores, de nuestras divisiones, de nuestros pecados.

    En un mundo marcado por la violencia, la indiferencia y la incertidumbre, la Navidad anuncia que no estamos solos. La luz de Cristo brilla con fuerza incluso en la noche más oscura, ofreciendo consuelo a los afligidos y fortaleza a quienes han perdido el rumbo.

    La esperanza que trae la Navidad no es pasajera ni superficial. Es una esperanza viva que invita a la reconciliación, al perdón y a la paz. Al contemplar al Niño Jesús, somos llamados a renovar nuestra fe y a abrir el corazón para que su luz transforme nuestras actitudes y acciones. Celebrar la Navidad significa permitir que el Salvador nazca en nuestra vida diaria, en nuestros hogares y en nuestras relaciones.

    Que esta Navidad sea un tiempo para redescubrir la alegría profunda que nace del encuentro con Jesús. Que su luz brillante nos guíe, renueve nuestra esperanza y nos impulse a ser reflejo de su amor en el mundo, llevando paz, justicia y fraternidad a todos.

!!! FELIZ NAVIDAD !!!



Oración

Señor Jesús, Salvador nuestro, en esta Navidad venimos a adorarte con un corazón agradecido. 

Tú eres la esperanza hecha carne, la luz brillante que ilumina el mundo actual marcado por la incertidumbre, el dolor y la falta de paz.

En tu nacimiento reconocemos el amor de Dios que no abandona a la humanidad, sino que camina con ella.

Nace hoy en nuestros corazones y renueva nuestra fe cansada.

Ilumina nuestras decisiones, fortalece a quienes sufren y consuela a quienes viven en soledad o miedo. 

Que tu luz disipe la oscuridad de la violencia, la indiferencia y la injusticia, y despierte en nosotros el deseo de construir un mundo más fraterno.

Haznos instrumentos de tu paz y testigos de tu esperanza.

Que, guiados por tu luz brillante, sepamos llevar tu amor a cada rincón del mundo actual.

Amén.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (y 26). NOCHEBUENA

 


Luz


    El fin del Adviento marca un momento de profunda alegría y recogimiento en la vida cristiana. Nos sitúa ante un momento clave de fe y reflexión, especialmente en los tiempos actuales que vivimos. Tras semanas de espera, de silencio interior y preparación del corazón, la venida de Jesús se presenta como esperanza viva y luz verdadera en medio de un mundo marcado por la incertidumbre, los conflictos, la soledad y el cansancio interior.

    El Adviento no ha sido, no es solo una cuenta regresiva hacia la Navidad, sino un camino espiritual que nos ha venido invitando a renovar la esperanza y a abrirnos al amor de Dios. Nos ha enseñado a detenernos, a mirar hacia dentro y a levantar la mirada con confianza.

    En estos días, hemos tenido y aún tenemos oportunidad de descubrir todas la cartas y mensajes de amor, de amor infinito, que continuamente Dios nos está dejando en los rincones que menos nos esperamos. Descubrir esos mensajes para descubrir que nos ama, que nos apoya; para descubrir esa presencia incondicional a mi lado, a nuestro lado, y poder así tener el corazón en paz. Porque ese niño nace cuando el mundo está en paz, cuando todo está en paz, cuando todo está como tiene que estar, es decir, cuando soy capaz, de verdad, de tomar conciencia de que Dios está en mí, de que Dios vive en mí, me cuida, me mima y nunca, nunca, me va a dejar. Hemos de ser capaces de hacerlo, y mucho mejor si lo hacemos todos juntos, en familia, en comunidad.

   Jesús llega como luz de esperanza que no deslumbra, sino que acompaña; una luz que no juzga, sino que sana. En los momentos actuales, donde muchas personas experimentan miedo por el futuro, dificultades económicas, guerras, divisiones y pérdida de sentido, la venida de Cristo nos recuerda que Dios no abandona a la humanidad, sino que entra en nuestra historia con humildad, naciendo en un pesebre, cercano a los pobres y a los sencillos. No llega con poder ni imposición, sino con humildad, cercano a quienes sufren, ofreciendo consuelo y esperanza. En Él, la oscuridad no tiene la última palabra, porque su luz transforma los corazones y renueva la vida.

   Preparar el camino al Señor significa dejar espacio para el perdón, la reconciliación y la solidaridad con quienes más lo necesitan. La esperanza cristiana no es pasiva, sino, más bien, muy activa: nos impulsa a vivir con fe, a confiar incluso en medio de las dificultades y a ser reflejo de la luz de Cristo para los demás.

   Al finalizar el Adviento, se nos invita a reconocer a Jesús en lo cotidiano: en la solidaridad, en el servicio, en la escucha atenta y en el compromiso por un mundo más justo. Su luz nos llama a no quedarnos indiferentes, sino a ser portadores de esperanza allí donde reina la oscuridad. Preparar su venida hoy significa abrir el corazón, reconciliarnos, sanar heridas y volver a confiar. La esperanza cristiana no ignora la realidad, sino que la transforma desde el amor.

    Jesús viene para recordarnos que incluso en los tiempos más difíciles, Dios camina con nosotros.

    Que el final de este Adviento nos ayude a acoger a Cristo con fe renovada y a vivir como reflejo de su luz en los momentos actuales que claman por esperanza.


Oración

Señor Jesús,
al llegar al final del Adviento nos acercamos a Ti con un corazón dispuesto y lleno de esperanza.

Durante este tiempo de espera nos has enseñado a confiar, a vigilar y a preparar el camino para tu venida.

Hoy te acogemos como luz verdadera que ilumina nuestras sombras y da sentido a nuestra vida.

En medio de las preocupaciones, del cansancio y de las dificultades del mundo actual, ven a nacer en nuestro interior.

Renueva nuestra fe, fortalece nuestra esperanza y enséñanos a amar con sencillez y humildad.

Que tu luz disipe el miedo, sane nuestras heridas y nos guíe por caminos de paz.

Haznos testigos de tu presencia, portadores de esperanza para quienes viven en tristeza o soledad.

Que al celebrar tu llegada sepamos reconocer tu rostro en los demás.

Amén.

martes, 23 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (25)

 




Mano de Dios


    El tiempo de Adviento nos invita a reconocer la mano silenciosa pero poderosa de Dios actuando en la historia. En el relato de Zacarías e Isabel, contemplamos cómo Dios prepara el camino de la salvación incluso cuando todo parece cerrado a la esperanza. Es un signo profundo de esta acción divina que no se impone con ruido, sino que transforma la vida desde dentro.

    Ambos eran ancianos y estériles, marcados por el peso de los años y por una promesa que parecía no cumplirse. Sin embargo, la mano de Dios no se rige por los límites humanos.

    Zacarías, sacerdote fiel, recibe en el templo un anuncio que lo descoloca: Isabel concebirá un hijo. Su duda lo deja en silencio, pero ese silencio se transforma en espacio de maduración interior. Dios obra incluso cuando la fe vacila. El silencio impuesto a Zacarías tras su incredulidad no es castigo, sino camino de conversión. En ese silencio, la mano de Dios trabaja su corazón, enseñándole a escuchar más que a hablar, a confiar más que a calcular.

    Isabel, por su parte, acoge la gracia con humildad y gratitud, reconociendo que el Señor ha mirado su pequeñez y ha quitado su vergüenza. En ella se manifiesta una fe confiada que sabe esperar.

    El nacimiento de Juan es signo de que Dios cumple sus promesas. Juan no es solo un niño esperado, sino el precursor, la voz que clamará en el desierto preparando el camino del Señor. Desde antes de nacer, su vida está marcada por una misión: señalar la llegada de la luz. Así, la mano de Dios actúa no solo dando vida, sino otorgando sentido y vocación.

    En Adviento, esta historia nos recuerda que Dios sigue actuando hoy. Aun en nuestras esterilidades, silencios y dudas, Él prepara algo nuevo. Como Zacarías e Isabel, estamos llamados a confiar, a esperar contra toda esperanza, incluso cuando todo parece imposible, a reconocer que la mano, el don, de Dios nunca deja de obrar, guiando la historia hacia el cumplimiento de su amor, y a creer que Él sigue preparando caminos nuevos para nuestra vida.


Oración

Señor Dios de la promesa y de la esperanza,
en este tiempo de Adviento nos acercamos a Ti con el corazón atento,
como Zacarías e Isabel, que supieron esperar aun en el silencio y la prueba.

Tú posaste tu mano poderosa sobre sus vidas
y transformaste la esterilidad en don,

la duda en alabanza,
y el tiempo de espera en cumplimiento de tu palabra.

Enséñanos a confiar cuando no vemos,
 a esperar con paciencia, a guardar silencio interior, 
a reconocer tu acción discreta pero poderosa,
y a creer que lo imposible se vuelve posible cuando Tú intervienes.

Que este Adviento renueve nuestra fe y prepare nuestro corazón
para acoger tu don más grande: Jesús,
luz que nace en la oscuridad y esperanza que no defrauda.

Amén.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (24)

 



Magnificat

    El Adviento es tiempo de espera activa y de esperanza encarnada. Es una espera habitada por la fe y sostenida por la esperanza,

    En este camino, el Magníficat de María ilumina profundamente la manera de vivir el Adviento en los tiempos actuales, marcados por la incertidumbre, el cansancio y la desigualdad.

    No es solo un canto del pasado, sino una proclamación viva de fe y esperanza que interpela nuestro presente.

    María canta cuando aún no ve cumplida la promesa. Lleva la vida en su seno, pero el mundo sigue igual: hay injusticia, pobreza y exclusión. Sin embargo, su Magníficat no nace de la evasión, sino de la confianza. Proclama que Dios derriba a los poderosos, levanta a los humildes y colma de bienes a los hambrientos. En un mundo como el presente de desigualdad, violencia e indiferencia, este canto se vuelve profundamente actual y provocador.

    El Adviento nos invita, como a María, a creer que Dios ya está actuando, aunque los signos sean pequeños y silenciosos. La esperanza cristiana no es ingenua: es una esperanza que se atreve a cantar en medio de la espera, que reconoce la fidelidad de Dios aun antes de ver los resultados.

    El Adviento nos invita a esperar como María: con una fe que reconoce a Dios presente incluso en lo minúsculo y lo oculto. Esperar hoy significa resistir al pesimismo, no acostumbrarse a la injusticia y seguir creyendo que la transformación es posible.

    Vivir el Adviento desde el Magníficat es asumir una esperanza comprometida. Es aprender a cantar la fidelidad de Dios antes de ver los resultados. Es dejar que Dios transforme nuestra mirada, nuestras prioridades y nuestras acciones, para que su justicia y su misericordia comiencen a hacerse visibles hoy, en nuestra realidad concreta.



Oración

Señor Dios fiel,
en este tiempo de Adviento
nos ponemos en actitud de espera confiada.
Enséñanos a esperar como María,
con una fe que escucha tu Palabra
y una esperanza que no se apaga.

Que el Magníficat resuene en nuestro corazón,
para reconocer tu acción en la historia
y creer que sigues levantando a los humildes,
sosteniendo a los pobres
y llenando de sentido nuestra vida.

Danos una espera activa,
capaz de transformar la impaciencia en confianza
y el miedo en compromiso.
Que, como María, sepamos cantar tu fidelidad
aun cuando la promesa parece lejana.

Haznos testigos de esperanza
en medio del mundo,
personas de fe que preparan tu venida
con gestos de amor, justicia y misericordia.

Amén.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (23)

 


Concebir

    El Adviento es tiempo de concebir esperanza. No solo de esperar pasivamente, sino de gestar en lo profundo del corazón una vida nueva que aún no se ve, pero ya transforma. En este camino, José y María se convierten en referentes esenciales para comprender cómo la fe se vive cuando el futuro no está asegurado.

    María concibe desde la fe. Su “hágase” no surge de la certeza, sino de la confianza. No conoce el rumbo completo, pero cree que Dios cumple sus promesas incluso cuando estas desbordan la lógica humana. En los tiempos actuales, marcados por la inseguridad, el cansancio y la desconfianza, la fe de María nos enseña a acoger la vida tal como viene, a no cerrarnos por miedo, y a creer que Dios sigue actuando en la historia.

    José concibe la fe de otra manera: en el silencio y en la obediencia. Su camino está lleno de dudas, pero decide confiar y cuidar. No habla mucho, pero actúa. En un mundo donde abundan las palabras y escasean los compromisos, José nos recuerda que la fe se demuestra en decisiones concretas: proteger al vulnerable, sostener al otro, permanecer fiel aun cuando no todo se entiende.

    Ambos, María y José, viven un Adviento radical: confían cuando el futuro parece incierto y el presente está lleno de preguntas. Hoy, como entonces, el mundo atraviesa crisis sociales, económicas y espirituales que nos hacen dudar. La prisa, el miedo y la fragmentación amenazan con apagar la esperanza. Sin embargo, el Adviento nos recuerda que Dios actúa en lo pequeño, en lo silencioso, en lo que apenas comienza a latir.

    Concebir esperanza hoy es un acto de valentía. Es creer que la justicia puede nacer en contextos de desigualdad, que la paz puede abrirse paso en medio de la violencia, que el amor sigue siendo posible en una cultura marcada por el descarte. José nos enseña la esperanza obediente, la que se traduce en cuidado concreto: proteger la vida, ofrecer refugio, caminar aun de noche. María nos muestra la esperanza disponible, la que dice “sí” aun con temor, la que confía en que Dios hace nuevas todas las cosas.

    El Adviento no es evasión de la realidad, es una forma profunda de habitarla con fe; no ignora la oscuridad de los tiempos actuales, la atraviesa con una luz humilde. Concebir esperanza es permitir que Dios nazca otra vez en nuestras decisiones cotidianas, en nuestra manera de mirar al otro, en nuestro compromiso con el bien común. Así, como José y María, nos convertimos en custodios de una promesa que no defrauda: que incluso hoy, incluso aquí, la vida puede renacer.


Oración

Señor Dios de la vida,
en este tiempo de Adviento venimos a Ti
con el corazón abierto y frágil.

Enséñanos a concebir esperanza
como José y María,
aun cuando los tiempos actuales
están marcados por la incertidumbre y el temor.

Danos la fe de María,
capaz de decir “sí” sin tener todas las respuestas,
de confiar en tu promesa
cuando el futuro parece oscuro.

Regálanos el silencio fiel de José,
su valentía para cuidar, proteger y caminar
aunque no comprenda del todo tu plan.

Que sepamos concebir en nuestro interior
gestos de amor, justicia y misericordia,
para que tu Hijo vuelva a nacer
en nuestras decisiones cotidianas.

Haznos custodios de la esperanza,
testigos de tu presencia hoy,
y sembradores de fe en medio del mundo.

Amén.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (22)

 



Hágase en mí


    El Adviento no es solo preparación para la Navidad, sino una oportunidad para reconocer que Dios sigue actuando en los tiempos humanos, también en los nuestros. Es un tiempo para detenernos y mirar la historia con ojos de fe.

    La Iglesia nos invita a preparar el corazón para la venida del Señor, y en ese camino aparece María como la mujer del “sí”, la que enseña a esperar confiando. Su palabra sencilla y profunda —“hágase en mí”— atraviesa los siglos y hoy se dirige también a nosotros.

    María no canta desde la comodidad, sino desde la confianza. Ella reconoce que Dios tiene poder para transformar la realidad y que su misericordia lo alcanza todo. Su canto habla de un Dios que colma de bienes a los hambrientos y que nunca se olvida de su promesa.

    El Adviento es ese espacio sagrado donde tú y yo aprendemos a escuchar. No se trata solo de contar los días hasta la Navidad, sino de permitir que Dios vuelva a nacer en lo cotidiano: en las decisiones pequeñas, en el perdón ofrecido, en la fidelidad silenciosa. Como María, estamos llamados a abrir la vida para que Dios actúe, aun cuando no entendamos del todo el camino.

    La esperanza cristiana no es ingenua. María conoce la incertidumbre, el riesgo, la incomprensión. Sin embargo, confía. Su fe no huye de la realidad, la transforma. En Adviento, su ejemplo nos recuerda que esperar es creer que Dios cumple sus promesas, incluso cuando todo parece oscuro. La esperanza se vuelve entonces una luz encendida en medio de la noche.

    El Magnificat brota como canto de quien ha confiado. María proclama que Dios mira la pequeñez, que derriba las injusticias y levanta a los humildes. Ese canto no es solo suyo: es también el nuestro cuando creemos que el amor es más fuerte que el miedo. En Adviento, el Magnificat nos enseña a mirar el mundo con los ojos de Dios y a comprometernos con su Reino.

    Así, el Adviento se convierte en un diálogo vivo entre María, tú y yo. Ella nos toma de la mano y nos conduce al misterio. Y nosotros, aprendiendo de su fe, podemos repetir con ella: “Aquí estoy, Señor… hágase en mí”.



Oración

Señor Dios,
en este tiempo de Adviento venimos ante Ti con un corazón que espera.
Como María, queremos escuchar tu Palabra y acogerla con confianza,
aun cuando no comprendamos del todo tus caminos.

Enséñanos a decir “sí” cada día,
a abrir nuestra vida para que Tú actúes en ella.
Que el Magnificat de María sea también nuestra oración:
un canto de gratitud, de esperanza y de justicia.

Mira nuestra pequeñez, Señor,
y haz en nosotros obras grandes.
Levanta a quienes están cansados,
consuela a los que sufren
y fortalece nuestra fe en medio de la espera.

Que en Adviento aprendamos a confiar,
a creer que tu promesa se cumple
y que tu amor transforma la historia.

Con María, te decimos hoy:
aquí estamos, Señor.
Que se haga tu voluntad en nosotros.

Amén.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (21)




 
Perseverancia

    El tiempo de Adviento nos invita a vivir la espera con un corazón atento y perseverante. No se trata de una espera pasiva, sino de una actitud profunda de confianza en Dios, incluso cuando sus promesas parecen tardar en cumplirse.

    En este camino, la historia de Zacarías e Isabel se convierte en una luz que orienta nuestra esperanza. No dejaron de orar ni de cumplir su misión cotidiana. Su perseverancia no fue ruidosa ni espectacular, sino humilde y constante.

    En nuestros tiempos también experimentamos silencios de Dios: oraciones que parecen no ser escuchadas, proyectos que no dan fruto, situaciones personales y sociales que generan desaliento. El Adviento nos recuerda, a través de Zacarías e Isabel, que Dios actúa incluso cuando no lo percibimos. La esperanza cristiana no es ingenua, sino firme, porque se apoya en la fidelidad de Dios y no solo en los resultados inmediatos.

    Hoy, como ayer, el Adviento nos llama a perseverar, a no abandonar la fe ni la confianza. Dios sigue viniendo a nuestra historia. La espera, vivida con esperanza, sigue siendo fecunda. Esperar no significa resignarse, sino confiar activamente en que Dios actúa incluso cuando no lo percibimos. Dios transforma la espera en fecundidad y el silencio en alabanza. En este tiempo santo, renovemos nuestra esperanza, seguros de que el Señor viene y su promesa nunca falla.

    La espera, vivida con esperanza, sigue siendo fecunda.


Oración

Señor Dios, en este tiempo de Adviento 
enséñanos a perseverar como Zacarías e Isabel. 

Cuando la espera se haga larga y el silencio pese en el corazón, 
fortalece nuestra fe y renueva nuestra esperanza. 

Danos un espíritu fiel, capaz de confiar incluso sin ver, 
y un corazón abierto a tus promesas. 

Que nuestra esperanza no se quede solo en nosotros, 
sino que se transforme en ayuda concreta para los demás, 
especialmente para quienes sufren, esperan o se sienten solos.

Que sepamos esperar con paciencia, servir con amor 
y reconocer tu presencia en nuestra vida. 

Amén.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (20)

 



José

    El Adviento es un tiempo de preparación, esperanza y renovación interior. Dentro de esta espera luminosa, la figura de San José adquiere una profundidad especial. Él, hombre silencioso y justo, recibe el anuncio del nacimiento de Jesús de una manera inesperada, en un momento de confusión y desconcierto. Sin embargo, su respuesta marca un camino de fe para todos los creyentes.

    Cuando el ángel le comunica que el hijo que María espera es obra del Espíritu Santo, José podría haberse cerrado en el miedo o la duda. Pero el Adviento nos lo muestra como un hombre de esperanza: alguien capaz de escuchar a Dios aun en la incertidumbre.

    Su respuesta es un ejemplo de obediencia, valentía y profunda confianza. José no pronuncia discursos; su fe se expresa en acciones concretas. Acompaña a María, y con discreción y amor protege cada uno de los pasos de la Sagrada Familia.

    El anuncio del nacimiento de Jesús no solo transforma la vida de José; ilumina también la nuestra. En su historia descubrimos que la esperanza no es un simple deseo, sino un acto de fe que se sostiene incluso cuando las circunstancias parecen difíciles. José nos enseña que esperar en Dios es caminar confiados, sabiendo que Él guía nuestros pasos y hace nuevas todas las cosas.

   En este Adviento, contemplar a José nos invita a preparar nuestro corazón con humildad, serenidad y entrega. Su silencio habla de una fe madura; su obediencia, de un amor profundo. Que, siguiendo su ejemplo, podamos abrirnos al misterio del Dios que viene, permitiendo que la esperanza renazca en nosotros con la fuerza y la ternura del Niño de Belén.




Oración

Señor Dios de la esperanza,
en este tiempo de Adviento te damos gracias por el ejemplo fiel y silencioso de San José.
Él acogió con corazón humilde el anuncio del nacimiento de Jesús, aun sin comprenderlo todo,
y confió plenamente en tu Palabra.

Padre bueno,
concédenos un espíritu atento como el de José,
capaz de escuchar tu voz en medio de nuestras dudas y temores.
Que su valentía para decir “sí” nos inspire a abrir el corazón
al misterio de tu amor que viene a salvarnos.

Jesús, Luz que naces para iluminar al mundo,
fortalece nuestra esperanza y renueva nuestra fe.
Quédate con nosotros y haz que este Adviento sea un camino
de paz, silencio interior y confianza.

Amén.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (19)

 




Cumplimiento promesa

    La genealogía de Jesús en el Evangelio de Mateo es mucho más que una lista de nombres antiguos: es una confesión de fe. En ella, la Iglesia reconoce que Dios actúa en la historia concreta, a través de personas reales, con sus luces y sombras, para cumplir su promesa de salvación. Esta genealogía revela que Jesús no aparece de manera aislada, sino inserto en una larga línea de creyentes, pecadores, reyes, extranjeros y gente común. Así, se subraya que Dios no se limita a lo perfecto, sino que transforma la fragilidad humana en lugar de manifestación de su fidelidad.

    Es una proclamación teológica que muestra cómo Dios cumple fielmente sus promesas a lo largo de la historia y cómo ese cumplimiento llega a su plenitud en Jesucristo. En su Evangelio, Mateo afirma que Jesús es “hijo de David, hijo de Abraham”, dos figuras clave de la historia de la salvación. Con ello, declara desde el comienzo que en Jesús se concretan las promesas hechas tanto a Abraham —una descendencia que sería bendición para todos los pueblos— como a David —un reino estable y eterno.

    La forma de presentar la genealogía de Jesús quiere mostrar que la historia avanza hacia un punto culminante: el nacimiento del Mesías. En el Adviento, la Iglesia contempla esta genealogía como una invitación a reconocer la fidelidad de Dios a lo largo del tiempo. Cada nombre es un eslabón en la cadena de la promesa que culmina en Jesús. Así, el Adviento no se trata solo de esperar una fecha, sino de descubrir que Dios cumple su palabra lentamente, a través de procesos, generaciones y vidas concretas. Mirar la genealogía es aprender a leer nuestra propia historia a la luz de esa fidelidad: Dios sigue actuando, también hoy, en lo pequeño, lo inesperado y lo imperfecto. Prepararnos para la Navidad es abrir nuestro corazón para que la promesa cumplida en Jesús siga transformando nuestra vida y el mundo.


Oración

Señor Dios de la historia,
que conduces los pasos de tu pueblo
y cumples con ternura tus promesas,
te damos gracias por la genealogía de tu Hijo Jesús,
en la que reconocemos tu fidelidad a lo largo de los siglos.

Hoy, en este tiempo de Adviento,
queremos contemplar esa historia sagrada
como el camino que preparó la llegada de tu Salvador.

Haz, Señor, que al mirar la genealogía de Jesús
aprendamos a descubrir tu presencia también en nuestra vida:
en nuestras esperas, nuestras luchas, nuestras familias
y en todo lo que aún necesita ser sanado y renovado.
Que entendamos que tú sigues obrando,
como lo hiciste en cada generación,
con paciencia, misericordia y amor.

Te pedimos que nuestra esperanza se fortalezca,
que nuestros corazones se abran a tu luz
y que este Adviento nos encuentre vigilantes,
dispuestos a acoger a Cristo
que viene a cumplir, una vez más,
tu promesa de salvación.

Amén.

martes, 16 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (18)

 



Sinceridad o Hipocresía


    El Adviento es un tiempo de espera, pero también de verdad. Y ante esa verdad, cada creyente debe preguntarse con honestidad: ¿vivo esta espera con sinceridad o con hipocresía? No se trata de un juicio externo, sino de una invitación a examinar la profundidad de nuestra fe.

    Hablar de la venida de Jesús es fácil; lo difícil es creer de verdad en ella y dejar que transforme nuestra vida.

    La hipocresía aparece cuando decimos esperar a Cristo, pero no permitimos que Él transforme nuestra vida. Cuando proclamamos esperanza mientras nos aferramos al egoísmo, cuando hablamos de amor mientras guardamos rencores, cuando encendemos velas sin encender el corazón. Es fácil adoptar gestos religiosos, pero muy distinto es dejar que la Palabra nos cambie desde dentro.

    Jesús denunció fuertemente esa actitud porque impide que el Reino florezca en nosotros.

    Creer en la venida de Jesús no es solo aceptar una doctrina: es una decisión diaria. Es abrir espacios de conversión, reconocer nuestras fragilidades y dejar que Dios haga nuevas todas las cosas. El Adviento nos recuerda que Cristo no viene solo al mundo de hace dos mil años; viene ahora, a nuestra historia concreta, a nuestras luchas, a nuestras relaciones, a nuestro modo de vivir.

    Superar la hipocresía requiere humildad. Significa reconocer que a veces aparentamos más fe de la que realmente vivimos. El Adviento, sin embargo, no nos condena; nos despierta. Nos recuerda que la sinceridad ante Dios es un camino que todos podemos recorrer. Creer de verdad en la venida de Jesús implica abrir espacio para la conversión, revisar nuestras actitudes, reconciliarnos con el hermano y dejarnos tocar por la gracia. La sinceridad no significa perfección, sino transparencia: reconocer lo que somos y permitir que Cristo actúe.

    Dios no busca perfección exterior, sino un corazón sincero que quiera cambiar.

    Si de verdad creemos en la venida de Jesús, entonces permitamos que su luz revele nuestras sombras y que su amor transforme lo que aún no está alineado con el Evangelio. Abramos el corazón sin máscaras. Jesús viene para sanar, para renovar y para dar una esperanza que no engaña.

    Este tiempo nos invita a elegir: ¿máscaras o verdad? ¿Apariencia o conversión? ¿Rito vacío o encuentro real? Jesús viene a un corazón humilde, no a uno perfecto. Que este Adviento nos ayude a dejar atrás la hipocresía y abrazar la sinceridad de una fe que se expresa en obras, en amor y en esperanza renovada. Que sea un tiempo de verdad, de autenticidad y de fe viva.


Oración

Señor Jesús,
en este tiempo de Adviento,
quiero abrir mi corazón a tu venida con sinceridad.

Tú conoces mis luces y mis sombras,
mis deseos de seguirte
y también mis incoherencias.
Líbrame, Señor, de toda hipocresía,
de vivir una fe de apariencias,
de palabras sin obras
y de gestos vacíos que no nacen del amor.

Enséñame a esperar tu llegada
con un corazón auténtico, humilde y vigilante.
Arranca de mí el egoísmo, la indiferencia
y todo lo que me aleja de Ti.
Regálame un espíritu de verdad,
que mis acciones reflejen lo que proclamo
y que mi vida sea un espacio donde Tú puedas nacer.

Hazme sensible al hermano que sufre,
misericordioso con quien se equivoca
y generoso con quienes más necesitan tu consuelo.
Que tu luz ilumine mis intenciones
y que tu paz transforme mis pensamientos y mis actos.

Señor, que este Adviento
sea un camino de conversión sincera,
un tiempo para encontrarte de verdad,
sin máscaras ni reservas.
Que mi fe no sea solo costumbre,
sino un encuentro vivo contigo
que renueve mi esperanza cada día.

Ven, Señor Jesús,
y haz de mi corazón un lugar sencillo y honesto
donde tu amor pueda habitar.
Amén.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (17)

 


Coherencia


    Como ya hemos repetido en días pasados, el Adviento marca el inicio de un nuevo año en la Iglesia y abre un período de preparación espiritual para la celebración del nacimiento de Jesucristo en la Navidad. Sin embargo, no se limita únicamente a una cuenta regresiva hacia una fiesta, sino que representa una experiencia de espera llena de sentido, marcada por la esperanza, la conversión y la reflexión.

    Jesús enseñó a sus discípulos la importancia de estar siempre preparados, vigilantes y atentos a la acción de Dios en la historia. El Adviento nos invita a adoptar esta misma actitud: a no dejarnos llevar por la indiferencia o la rutina, sino a abrir el corazón a la venida del Señor. Esa espera se vive como una oportunidad para revisar la vida, fortalecer la fe y renovar el compromiso con el Evangelio.

    Además, anunció el Reino de Dios como un Reino de amor, justicia, perdón y misericordia, ofreciendo esperanza especialmente a los más pobres, a los enfermos, a los excluidos y a los pecadores. Jesús mostró, con sus palabras y con sus acciones, que Dios no abandona a su pueblo y que siempre existe la posibilidad de un nuevo comienzo. El Adviento expresa precisamente esa esperanza: la certeza de que Dios cumple sus promesas y que la luz puede vencer la oscuridad.

    El Adviento también pone de relieve valores esenciales en la vida y en la enseñanza de Jesús, como la humildad, la sencillez y el servicio. El hecho de que el Hijo de Dios haya elegido nacer en un pesebre, en una familia sencilla, muestra que Dios se manifiesta en la pequeñez y en la sencillez, y no en el poder ni en el lujo. Jesús enseñó que los más grandes en el Reino de los Cielos son aquellos que sirven, los que se hacen pequeños y los que viven con humildad. En coherencia con este mensaje, el tiempo de Adviento invita a los cristianos a vivir con mayor sobriedad, a compartir con los necesitados, a practicar la generosidad y a alejarse del consumismo excesivo que muchas veces caracteriza la preparación de la Navidad. De este modo, la esperanza cristiana se traduce en acciones concretas de amor y solidaridad.

    En conclusión, el Adviento es tiempo para fijarnos más detenidamente en las enseñanzas de Jesús, especialmente en su dimensión de esperanza. A través de la espera vigilante, la conversión sincera, la humildad, el servicio y la solidaridad, nos preparamos para recibir a Cristo en la Navidad y, al mismo tiempo, para vivir cada día según su mensaje. El Adviento, por tanto, no es solo una tradición, sino un camino espiritual que fortalece la fe, renueva la esperanza y motiva a los cristianos a construir un mundo más humano y más cercano al Reino de Dios anunciado por Jesús.

    Nuestro actuar tiene que guardar una total coherencia con Sus enseñanzas.



Oración


Señor Jesús,

En este tiempo de Adviento venimos ante Ti con un corazón abierto, lleno de deseo y de esperanza. Tú eres la luz que viene al mundo, la promesa cumplida del Padre, y la semilla de un Reino nuevo de amor, justicia y paz.

Enséñanos a esperar con una esperanza activa, con fe sincera y con un corazón vigilante.

Danos la gracia de no vivir este tiempo solo como una preparación exterior, sino como un camino de conversión interior. Que cada día sea una oportunidad para cambiar, para perdonar y para comenzar de nuevo.

Señor, que nuestras palabras, gestos y acciones reflejen tu amor; que podamos ver tu rostro en el hermano que sufre, en el que tiene hambre, en el que está solo, y que no cerremos el corazón ante su necesidad.

Enséñanos a valorar la sencillez, a compartir lo que tenemos y a buscar lo que de verdad importa: tu presencia en nuestra vida.

Danos un corazón despierto, capaz de reconocer las señales de tu amor cada día. Fortalece nuestra fe cuando haya dudas, renueva nuestra esperanza cuando el cansancio se presente y aviva en nosotros el fuego de la caridad.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (16)

 



Alegría

    “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino” (cf. Mal 3,1). Esta promesa antigua, pronunciada por el profeta Malaquías, resuena con fuerza en el tiempo de Adviento. Es mucho más que una frase del pasado: es una clave para comprender lo que Dios sigue haciendo hoy en la historia humana y en la vida de cada persona. Dios no llega de improviso ni con violencia, sino que, con paciencia y ternura, envía un mensajero que prepara el corazón, despierta la conciencia y abre el camino a la esperanza.

    En el Nuevo Testamento, la Iglesia reconoce en Juan el Bautista el cumplimiento de esta promesa. Él es el mensajero que precede al Mesías, la voz que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”. Su figura se levanta en medio del Adviento como una llamada urgente y, al mismo tiempo, como una invitación llena de esperanza. Juan no anuncia castigo, sino conversión; no anuncia miedo, sino cercanía; no anuncia un final, sino un comienzo.

    Hablar de Adviento es hablar de esperanza, pero también de alegría. Una alegría que no nace del consumismo ni de las fiestas superficiales, sino de la certeza de que Dios viene a nuestro encuentro. La alegría cristiana no es ignorar los problemas del mundo, ni cerrar los ojos ante el sufrimiento. Es, más bien, una confianza profunda en que Dios está actuando incluso en medio de la oscuridad. Juan el Bautista encarna esta alegría austera, sobria, firme. No se deja deslumbrar por el poder ni por las apariencias, porque sabe que lo verdaderamente importante está a punto de llegar: el mismo Dios que se hace cercano y camina con su pueblo.

    Esperamos a una Persona viva, a Jesucristo, que quiere nacer nuevamente en nuestro corazón y en nuestro mundo. Juan el Bautista nos ayuda a comprender cómo debe ser esta espera: con humildad, con sinceridad, con valentía para reconocer lo que debe cambiar en nuestra vida.

    Juan no se presenta como el protagonista. De hecho, su grandeza está precisamente en no querer ocupar el lugar que no le corresponde. Él entiende que su misión es señalar, no ser señalado; es preparar, no ocupar; es iluminar el camino, no convertirse en la meta.    

    En una cultura que nos invita a sobresalir, a competir, a ser vistos y reconocidos, Juan el Bautista nos ofrece un camino completamente distinto: el camino de la gratuidad y de la humildad. Él anuncia sin buscar recompensa, corrige sin condenar, invita sin imponer. Su vida es testimonio de que se puede ser feliz sirviendo a un propósito más grande que uno mismo. Esa es la auténtica alegría del Adviento: sabernos parte del plan de Dios, incluso en nuestra pequeñez.

    “Preparen el camino del Señor”. Estas palabras no han perdido fuerza con el paso de los siglos. Siguen siendo una llamada actual. ¿Qué significa hoy preparar el camino? Significa abrir espacios de justicia donde hay desigualdad, de perdón donde hay rencor, de luz donde hay oscuridad. Significa revisar nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestras decisiones. Significa, en definitiva, convertirnos. La conversión no es solo cambiar algunas acciones; es cambiar la dirección del corazón. Es volver a mirar hacia Dios y confiar nuevamente en su promesa.

    La esperanza cristiana, que se manifiesta con especial intensidad en el Adviento, no es ingenua. No niega el dolor del mundo. Pero lo mira desde la certeza de que Dios tiene la última palabra. Juan el Bautista, incluso sabiendo que su camino lo llevaría al sufrimiento y a la muerte, no dejó de anunciar la verdad. Él confió hasta el final en aquel a quien preparaba el camino. Y esa confianza se transforma en modelo para nosotros: creer incluso cuando no entendemos todo, esperar incluso cuando parece que nada cambia.

    El mensaje que Juan nos deja en el Adviento es claro: Dios ya está cerca. Aunque no siempre lo sintamos, Él viene. Viene en la Palabra, en la Eucaristía, en el hermano que sufre, en la alegría sencilla, en la paz que nace del perdón. Viene para salvar, no para condenar; viene para sanar, no para herir; viene para reconciliar, no para dividir.

    El Adviento, entonces, se convierte en una escuela de esperanza. Y esa esperanza se traduce en alegría. No una alegría pasajera, sino una alegría que brota de lo profundo del alma. La alegría de saberse amado por Dios, esperado por Dios, buscado por Dios. La alegría de saber que nuestra historia, con sus luces y sombras, tiene sentido en sus manos.


Oración

Señor Dios,
tú no abandonas a tu pueblo en la oscuridad,
sino que, lleno de amor y fidelidad,
envías siempre un mensajero delante de Ti
para preparar tu camino en los corazones.

Hoy, en este tiempo santo de Adviento,
reconocemos en Juan el Bautista a ese mensajero
que gritó en el desierto con valentía y esperanza,
anunciando que la luz ya estaba cerca,
que la promesa comenzaba a cumplirse,
que el Reino de Dios estaba a las puertas.

Juan no trajo riquezas ni seguridades humanas,
no buscó honores ni reconocimiento;
trajo una sola cosa: la verdad que libera
y la alegría de quien sabe que Tú vienes.

Su voz fue llamada a despertar conciencias,
a derribar la soberbia,
a enderezar los caminos torcidos del corazón,
para que el Mesías pudiera entrar sin barreras,
sin muros, sin orgullos que lo rechazaran.

Señor Jesús, hoy te pido:
regálame la alegría del Adviento,
no una alegría superficial que pasa,
sino la alegría profunda de quien confía,
de quien espera,
de quien sabe que Tú cumples tus promesas.

Haz de mi vida un camino abierto para Ti.
Que mis palabras lleven esperanza,
que mis gestos preparen tu llegada,
que mi mirada anuncie tu amor.

Amén.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (15)

 


Gratuidad

    El Adviento es un tiempo de espera que toca lo más profundo del corazón humano. No se trata solo de contar los días que faltan para la Navidad o de preparar adornos y celebraciones, sino de disponer el alma para un encuentro que transforma la vida. En este tiempo resuena con fuerza la figura de Juan el Bautista, un hombre que encarna como pocos el sentido auténtico del Adviento: preparar el camino del Señor, señalar su presencia y, cuando llega el momento, hacerse a un lado para que Él crezca.

    Juan el Bautista aparece como una voz valiente en medio del desierto. No grita para llamar la atención sobre sí mismo, sino para dirigir la mirada hacia Otro. Su misión no consiste en ocupar el centro, sino en despejarlo.

    Hacerse a un lado es un acto de humildad, pero también de libertad y de amor. Significa reconocer que no somos el centro del mundo ni de la historia, y que hay Alguien más grande que viene a traer la luz verdadera.

    En una sociedad que constantemente invita a destacar, a acumular reconocimiento, a hablar más alto que los demás y a imponer la propia voluntad, la actitud de Juan resulta contracultural. Él no busca aplausos, no persigue fama, no se aferra a su influencia. Sabe que su misión es preparatoria, que su palabra es transitoria y que su papel es desaparecer cuando la Luz verdadera se manifieste. Este gesto de hacerse a un lado revela una profunda gratuidad interior. Juan sirve sin esperar recompensa, da su vida sin buscar beneficios personales. Todo en él es entrega, disponibilidad y verdad.

    Cuando Juan invita al pueblo a la conversión, lo hace no para obtener algo a cambio, sino para preparar los corazones a recibir ese don inmenso que es Cristo. Su vida es un reflejo de la gratuidad de Dios: entrega sin condiciones, servicio sin cálculo, misión sin deseo de recompensa.

    El Adviento, iluminado por la figura de Juan el Bautista, se convierte así en un tiempo de purificación interior. Preparar el camino del Señor significa desocupar el trono del propio ego para que Dios pueda ocuparlo. Significa renunciar a la soberbia, a la búsqueda constante de reconocimiento, al deseo de tener siempre la razón. Hacerse a un lado no es desaparecer sin valor, sino reconocer el verdadero lugar en el plan de Dios. Es comprender que nuestra grandeza está precisamente en servir, en amar, en colaborar humildemente en una obra que nos trasciende.

    Esta actitud abre la puerta a la esperanza. La esperanza nace cuando dejamos de apoyarnos únicamente en nuestras propias fuerzas y comenzamos a confiar en la acción de Dios. Juan sabe que él no es el Salvador. Y, justamente por eso, espera con alegría la llegada de quien sí lo es. Su esperanza no está en sí mismo, sino en Cristo. Vive con la certeza de que viene uno más fuerte, más grande, más lleno del Espíritu, y esa certeza lo llen  a de sentido.

    En el mundo actual, muchas personas viven cargadas de angustia porque creen que todo depende de ellas: su éxito, su futuro, su felicidad, la solución de los problemas del mundo. Esta carga resulta demasiado pesada. La figura de Juan el Bautista nos recuerda que no estamos llamados a salvar al mundo, sino a preparar el corazón para que Dios lo salve. Y eso es profundamente liberador. Nos quita un peso de encima y nos abre a una esperanza más grande que nosotros mismos.

    Juan el Bautista también nos muestra que hacerse a un lado no significa volverse pasivo o indiferente. Él es activo, valiente, comprometido. Denuncia la injusticia, llama a la conversión, promueve un cambio real de vida. Pero lo hace siempre desde la conciencia de que él es solo un instrumento. Su protagonismo es paradójico: brilla en la medida en que señala a Otro.

    Esa es la verdadera gratuidad: actuar con toda el alma, pero sin apropiarse de los frutos; trabajar con pasión, pero sin adueñarse del resultado; amar con intensidad, pero sin buscar reconocimiento. Este tipo de gratuidad es fuente de verdadera esperanza, porque libera de la frustración y permite confiar en que Dios actúa más allá de lo que se ve.

    Durante el Adviento, estamos llamados a vivir gestos concretos que expresen esta actitud de Juan: ofrecer ayuda sin esperar nada, escuchar a alguien sin querer cambiarlo, perdonar sin pedir explicaciones, dar tiempo sin mirar el reloj, amar sin condiciones. Cada uno de estos gestos es una manera de “hacerse a un lado” para que Dios se manifieste en el amor compartido.

    En este Adviento, la figura de Juan el Bautista nos invita a un ejercicio profundo de humildad y de esperanza. Nos llama a revisar nuestras motivaciones, nuestros deseos de protagonismo, nuestras búsquedas egoístas de reconocimiento. Y nos propone un camino distinto: el camino de la gratuidad, del servicio silencioso, de la espera confiada.


Oración

Señor Dios,

en este tiempo de Adviento quiero aprender
a preparar tu camino como lo hizo Juan el Bautista:
con un corazón humilde, libre y disponible.

Enséñame a hacerme a un lado
para que Tú seas el centro de mi vida.
Arranca de mí el deseo de protagonismo,
la necesidad de aplauso y de recompensa,
y lléname de la alegría sencilla
de servir por amor, sin esperar nada a cambio.

Como Juan en el desierto,
quiero ser voz que anuncia tu luz,
sin buscar mi propia gloria,
sin adueñarme de tus obras,
sin importar que no me vean,
si Tú estás presente.

Que cada gesto de mi vida
prepare tu llegada al mundo.
Que cada acto sencillo
sea un espacio abierto a tu gracia.

Amén.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Adviento 2025: Hacia la Luz de la Esperanza, en comunidad. (14)



Tristeza


    El Adviento es un tiempo de espera, pero también un tiempo de despertar. La Iglesia nos invita a preparar el corazón para recibir a Jesús con la misma frescura, inocencia y esperanza que un niño. Sin embargo, en medio de esta invitación, el papa Francisco ha advertido muchas veces sobre un riesgo espiritual que afecta a muchos creyentes: ser cristianos tristes, cristianos sin alegría, cristianos que viven la fe como un peso en lugar de un regalo.

    El Adviento nos confronta precisamente con esa realidad. ¿Cómo preparar la venida de Jesús si el corazón está apagado? ¿Cómo anunciar al Emmanuel—Dios con nosotros—si vivimos como si Él no estuviera?

    El papa Francisco insiste en que la tristeza interior, cuando no es fruto del dolor o la prueba, sino del desánimo espiritual, puede convertirse en un obstáculo para la fe. Es la tristeza del alma que ha perdido la capacidad de maravillarse, de agradecer, de esperar.

    El Adviento nos invita, entonces, a mirar la tristeza de los cristianos como la falta de esperanza. Jesús viene para devolvernos lo que hemos ido dejando: la alegría sencilla, la mirada limpia, el corazón capaz de soñar. Un cristiano que vive el Adviento con espíritu de niño, con asombro y humildad, se convierte en signo vivo de la presencia de Dios.

    Recuperar la alegría no significa ignorar los problemas. El papa lo dice con claridad: la verdadera alegría no es superficial, no es entretenimiento pasajero, sino una certeza interior: Dios viene, Dios está, Dios acompaña. Y quien cree esto, aun en medio de lágrimas, sostiene una luz.

    Para vivir un Adviento auténtico, necesitamos dejarnos tocar por esa luz. Necesitamos dejar que el Evangelio nos sorprenda de nuevo, que la Palabra despierte nuestras preguntas y nuestras ganas de vivir el bien.

    En este Adviento, pidamos la gracia de no ser cristianos tristes, sino creyentes llenos de esperanza. Que el Niño que viene nos enseñe a sonreír nuevamente, a vivir con alma de niño y corazón de discípulo. Que su venida renueve en nosotros la alegría verdadera: aquella que nadie puede quitarnos.



Oración

Señor Jesús,
en este Adviento quiero abrir mi corazón a tu venida,
a tu luz que disipa toda tristeza y toda oscuridad.

Te pido, Jesús, que en este tiempo nos devuelvas
la llama de la esperanza que nace de tu presencia.
Que no vivamos la fe como un peso,
sino como un encuentro que renueva y transforma.

En este camino que estamos recorriendo en el Jubileo de la Esperanza,
derrama sobre nosotros la gracia de creer nuevamente
que Tú haces nuevas todas las cosas.
Que tu venida despierte lo que está dormido,
sane lo que está herido
y encienda lo que se ha apagado dentro de nosotros.
Que cada día de Adviento sea un paso hacia la alegría verdadera,
esa que nadie puede quitarnos porque está anclada en Ti.

Ven, Señor Jesús.
Despierta nuestra esperanza,
ilumina nuestra tristeza,
y haz de nosotros testigos alegres de tu venida.
Amén.