viernes, 18 de mayo de 2012

María VIII: Mujer de oración


8. María orante
(Lc 2, 19 y Hch 1, 13-14)

Contemplamos la escena

* María orante. Esta es la escena-icono que contemplamos. María con su hijo Jesús. Esta es la actitud principal de María: la de orante. María fue la primera discípula de Jesús, la que nos enseña a nosotros a orar, escuchar la palabra y ponerla en práctica.


* En este icono ponemos nuestra mirada en María, con sus brazos abiertos a Dios. Nos indica la disponibilidad y la apertura ante el mismo Dios. Ella, siempre, supo acoger la Palabra de Dios y ponerla en practica, llevarla a la vida cotidiana.

* También, María, nos presenta a Jesús. Ella guardaba todas las cosas en su corazón. En ese corazón guarda a lo que más ama: a su Hijo Jesús y nos lo muestra.

* Ambos tienen los brazos abiertos para acoger a todas las personas que entran en oración con ellos. Incluso, Jesús, nos bendice con sus mano derecha. Sus dedos están en la posición de bendición. Él nos bendice en la oración, nos renueva, nos fortalece, nos cambia la vida.

* De todo esto María participa y está presente. Ella, por medio de la oración, nos acompaña y nos lleva a su Hijo. Es la puerta de acceso a Dios. Y, María, nos indica, que lo fundamental está en el corazón. Allí se guarda lo esencial.


Escuchamos la escena:
 Lc 2, 19
María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.
 Hch 1, 13-14
Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.


Reflexión
“Los pastores pertenecían al grupo de los humildes y en su alegría intuía ya María cómo entendería a Jesús más tarde el pueblo sencillo. María pensaba todo esto, le daba vueltas en su corazón, almacenaba lo que veían sus ojos y oían sus oídos como quien amontona un tesoro. Los pastores habían regresado ya a Belén y contaban a la gente lo que habían  visto y todos “se maravillaban” (Lc  2,  18)  […]  Sólo María “conservaba estas cosas en  su  corazón” (Lc  2, 19) dice Lucas, como citando la fuente de sus informaciones. Sólo María entendería esta noche, hermosa más que la alborada. Esta noche en la que el Sol eterno parecía eclipsarse en la carne de un bebé, para mostrarse más plenamente: como puro amor. Esta noche en la que el fulgurante Yahvé. de la zarza ardiendo se identificó en el regazo de una Virgen.
Pero el mundo estaba demasiado ocupado en pudrirse para descubrir tanta alegría”.
(J. L. Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, 139)


Oramos la escena:
Virgen María, Madre nuestra,
tú que escuchas la palabra
de tu Hijo Jesús
y supiste guardarla en tu corazón;
tú que creíste en Él
y lo amaste sin medida,
enséñanos a escuchar
y acoger su Palabra para que,
como tú, aprendamos
a estar disponibles
para realizar su plan
sobre nosotros. Amén.