jueves, 27 de octubre de 2011

Rosario y repetición


He intentado dar sucintamente algunas razones por las cuales el Rosario es ciertamente una devoción profundamente dominicana. El "Avemaría" contiene todas las características de una homilía perfecta y, además, breve. Y el Rosario en su conjunto está marcado por el tema del caminar, el nuestro y el de la comunidad. Todo esto concuerda muy bien con la vida de la Orden de predicadores itinerantes. Hubiera podido insistir sobre otros aspectos, como los fundamentos bíblicos de los misterios, pues se da ahí una meditación prolongada de la palabra de Dios en las Escrituras. Pero ya he hablado suficiente.

Debo, no obstante, responder a una última objeción. He querido evocar la riqueza teológica del Rosario. El hecho es, sin embargo, que al rezar el Rosario raramente se piensa en lo que es. En realidad no pensamos en la naturaleza de la predicación, o en la historia humana y su nexo con la historia de la salvación. Hacemos un gran vacío en nuestro espíritu. Nos sucederá, incluso, a veces, que nos preguntemos por qué, pues, repetimos sin cesar las mismas palabras sin pensar en ellas. Desde el principio de nuestra tradición, nuestros hermanos y hermanas han amado esta repetición. Se afirma que nuestro hermano Romeo, muerto en 1261, recitaba mil Avemarías al día.

Numerosas religiones llevan la marca de esta tradición de la repetición de palabras sagradas. El domingo pasado, preguntándome qué iba a decir del Rosario, oí en la BBC una ceremonia budista que consiste aparentemente en una perpetua repetición de palabras sagradas. Se ha recordado con frecuencia que el Rosario es bastante parecido a esas antiguas oraciones orientales y que la constante repetición de las mismas palabras pueden realizar en nuestro corazón una lenta, pero profunda transformación. Como esto es bien sabido por todos, no insisto en ello.


Se podría subrayar que esta repetición no es necesariamente el signo de una falta de imaginación. Un puro placer, un placer exuberante, puede hacernos repetir las palabras. Cuando amamos, sabemos bien que nunca basta con decir una sola vez "te amo". Queremos decirlo una y otra vez, esperando, también, que la otra persona deseará oírlo una y otra vez.

C.K. Chesterton explicaba que la repetición es una característica de la vitalidad de los niños que les gusta que se les cuenten las mismas historias, con las mismas palabras, una y otra vez, y esto no por falta de imaginación o aburrimiento, sino por la alegría de vivir. Escribía Chesterton: "Porque los niños desbordan de vitalidad, es por lo que son espontáneos y libres de espíritu, por lo que quieren que las cosas se repitan y no cambien. Piden siempre el "otra vez" y la persona mayor vuelve a comenzar una y otra vez, hasta el final del agotamiento ya que las personas mayores no son lo suficientemente fuertes como para alegrarse en la monotonía. Tal vez Dios sea suficientemente fuerte para alegrarse en la monotonía. Tal vez Él diga todas las mañana al sol: "Ve otra vez" y todas las tardes a la luna: "Ve otra vez". No es forzosamente una absoluta necesidad el que todas las margaritas sean semejantes; quizá Dios cree cada margarita por separado, pero no se cansa nunca de hacerlas así.

Quizá Dios tenga un eterno apetito de infancia ya que si nosotros hemos pecado y hemos crecido, nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición en la naturaleza no es tal vez una simple repetición, sino, como ocurre en el teatro, "un cierzo donde el cielo llamaría al pájaro que ha puesto". Más sobre la repetición. Es verdad que rezando el Rosario no se piensa siempre en Dios: Se puede continuar durante horas sin el menor pensamiento. Pero uno está sencillamente ahí y dice sus oraciones. Y esto también puede ser bueno. Cuando recitamos el Rosario, celebramos que el señor está verdaderamente con nosotros. Estamos en su presencia. Repetimos las palabras del ángel: "El Señor está contigo". Es una oración de la presencia de Dios. Y si estamos en grupo, tenemos que pensar en los otros. Como escribió Fr. Simon Tugwell, OP.: "Yo no pienso en mi amigo cuando está a mi lado; estoy muy bien junto a él disfrutando de su presencia. Cuando está ausente es cuando yo empiezo a pensar en él. El hecho de pensar en Dios nos empuja muy cómodamente a tratarlo como si El estuviera ausente. Sin embargo El no está ausente".

No tratemos, pues, de pensar en Dios mientras rezamos el Rosario. Al contrario, saboreemos las palabras del ángel dirigidas a cada uno de nosotros: "El Señor está contigo". Nosotros repetimos continuamente las mismas palabras con la exuberancia vital e inagotable de los hijos de Dios que se alegran de la Buena Nueva.


La imagen pertenece a Allan Dorian Clark, realizada para conmemorar el Año Jubilar aniversario de la Coronación de la Virgen del Rosario de Granada