domingo, 9 de octubre de 2011

La sencillez del Rosario


Puede parecer curioso que una oración tan sencilla como el Rosario se asocie particularmente con los dominicos. Raramente se piensa en los dominicos como personas sencillas. Tenemos fama de escribir obras extensas y complejas de Teología. Sin embargo se nos pide mantener el Rosario. Es nuestra "santa herencia". Hay una larga tradición iconográfica de Nuestra Señora dando el Rosario a Santo Domingo. 

Pero, ¿por qué esta sencilla oración es tan querida para los dominicos? Quizás porque en el corazón de nuestra tradición teológica persiste una aspiración a la sencillez. Santo Tomás de Aquino decía que no podemos comprender a Dios porque Dios es esencialmente sencillo. Su sencillez supera todas nuestras concepciones. Estudiamos, afrontamos problemas teológicos, ponemos a prueba nuestros espíritus, con el fin de acercar el misterio de quien es total sencillez. Debemos ir más allá de la complejidad para llegar a la sencillez.


Hay una falsa sencillez de la que nosotros hemos de deshacernos. Es la simplificación de los que siempre tienen fácil respuesta a todo, que saben todo de antemano. Son, o bien demasiado perezosos, o bien incapaces de pensar. Y ahí está la verdadera sencillez, la del corazón, la sencillez de las miradas claras. Ahí no podemos llegar sino lentamente, con la gracia de Dios, acercándonos a tientas a la deslumbrante sencillez de Dios. El Rosario es sencillo, en efecto, muy sencillo. Pero se trata de una sencillez sabia y profunda, a la cual aspiramos, y en la cual encontramos la paz.

Se dice que, llegando a viejo, San Juan Evangelista llegó a ser totalmente sencillo. Que le gustaba jugar con una paloma y todo lo que decía a quienes venían a verle era: "Amaos los unos los otros".

Ni tú ni yo nos sentiríamos satisfechos con esta respuesta. Nadie nos creería. Sólo alguien como San Juan, que escribió lo más rico y lo más complejo de los Evangelios, puede llegar a la verdadera sencillez de la sabiduría y no decir más que: "Amaos los unos a los otros". De la misma manera, sólo un Santo Tomás de Aquino, después de haber escrito su gran Suma Teológica, puede decir que todo lo que escribió es "como paja". Sí, el Rosario es muy sencillo. Quizás es una invitación a descubrir esta sencillez profunda de la verdadera sabiduría. Se decía del P. Lagrange, uno de los fundadores de los estudios bíblicos modernos, que hacía tres cosas cada día: estudiar la Biblia, leer el periódico y rezar el Rosario.