jueves, 13 de octubre de 2011

El Rosario y el silencio


Con frecuencia concebimos la oración como el esfuerzo hecho para hablar a Dios. La oración parece, a veces, una lucha por alcanzar a un dios distante. ¿Se trata solo de que nos oiga Él? Esta sencilla oración nos recuerda que no es así. No somos nosotros quienes rompemos el silencio. Cuando nosotros hablamos, es una respuesta a las palabras recibidas. Entramos en una conversación que no ha sido iniciada por nosotros. El ángel proclama la Palabra de Dios. Y esto crea un espacio en el que nosotros podemos hablar por turnos: "Santa María, Madre de Dios".

Nuestra vida sufre con frecuencia a causa del silencio. Está el silencio del cielo que parece, a veces, estar cerrado. Está el silencio que parece separarnos a los unos de los otros. Pero la Palabra de Dios llega a nosotros por la buena predicación y rompe las grandes barreras. Estamos liberados de nuestro mutismo, capaces otra vez de recibir la Palabra. Sentimos llegar la Palabra, las palabras destinadas a Dios y las palabras que nos dirigimos unos a otros.



Quizá podamos ir más lejos. El Maestro Eckhart dijo: "Nosotros no rezamos. Nosotros somos rezados". Nuestras propias palabras son la resonancia, la prolongación de la Palabra que nos ha sido dirigida. En nuestras oraciones es Dios quien reza en nosotros, bendice, glorifica en nosotros. Como escribía San Pablo, cuando gritamos: "Abba, Padre, el Espíritu en persona se une a nuestro espíritu para testimoniar que somos hijos de Dios..." Los saludos del ángel y de Isabel a María se continúan en las palabras que nosotros le dirigimos, la segunda mitad de la oración fue eco de la primera. El ángel dijo: "Dios te salve, María, llena de gracia"; en nuestros labios esto llega a ser el mismo saludo: "Santa María", dijo Isabel, "bendito el fruto de tu vientre", y nosotros decimos: "Madre de Dios". Nosotros somos alcanzados por la Palabra de Dios. Así en nuestra oración, es Dios quien habla en nosotros. Somos enrolados en el diálogo que es la vida de la Trinidad.

También quisiera mirar esta sencilla oración del "Avemaría", como una pequeña homilía modelo. Ella proclama la Buena Nueva. Y como todas las buenas homilías hace bien. No se contenta con darnos información. Ofrece una Palabra de Dios, una palabra que hace eco en nuestras propias palabras, una palabra que va más allá de nuestro silencio y nos da voz.