jueves, 31 de mayo de 2012

La mirada de Isabel


Apenas se oyó el sonido leve de sus sandalias sobre la grava de mi patio, el niño que llevo en las entrañas se estremeció dentro de mí.

 -¡Shalom, Isabel!, había dicho ella, y su voz me llenó de una alegría desconocida en la que se desbordaba toda la energía del Espíritu.

Nos abrazamos en silencio y fue entonces cuando tuve el presentimiento de que no éramos sólo tres, ella, mi hijo y yo, quienes nos fundíamos en el abrazo. Cuando nos separamos,  puso sus manos sobre mi vientre y me miró riendo al sentir los pies del niño que se movían con impaciencia dentro.


No sentamos  a la sombra del limonero y le hablé largamente de los difíciles años de mi esterilidad, tejidos de desolación y de oscura vergüenza. Le conté que, lo mismo que Raquel, también yo había deseado mil veces decirle a Zacarías : "Dame hijos o me muero" (Gen 30,1), aunque sabía que, lo mismo que Isaac por Rebeca, también él rezaba por mí para que Poderoso retirase mi afrenta.  Había pasado infinitas noches desahogando  mi corazón ante el al Señor como Ana, la madre de Samuel, suplicándole que remediara mi humillación (1Sm 1,10-16). Y a pesar de que conocía la historia de Sara,  también sonreí con incredulidad cuando Zacarías volvió mudo del santuario y trató de hacerme entender que nuestra oración había sido escuchada…No fui capaz de creerlo hasta que tuve la certeza de que en mi seno se había alumbrado la vida: el Señor se había acordado de mí lo mismo que de nuestras madres, y me había visitado con el don de la fecundidad. Por eso necesité esconderme muchos meses: tenía que dar tiempo a mi corazón para agradecer en el silencio y la soledad que el Señor me había desatado el sayal de luto para revestirme de fiesta.

Cuando terminé mi relato  comenzó a hablar ella y pude asomarme al brocal del pozo que escondía su misterio. Al escucharla, mis ojos deslumbrados sólo conseguían ver su rostro reflejado en el agua: contemplé la imagen resplandeciente de la llena de gracia y reconocí a la verdadera hija de Sión convocada a la alegría, a la elegida para ser el orgullo de nuestro pueblo. La alabanza me nació de dentro: "¡Bendita seas entre todas las mujeres, bendito el fruto de tu vientre…! Dichosa tú que te has fiado de Dios como nuestro padre Abraham…" ,

Recibió mis palabras como acoge el agua clara de un arroyo el rayo de luz que ilumina su fondo. Volvió a hablar y me di cuenta de que deseaba hacerme ver a través de ella el rostro de Otro.

"No te pares en mí, Isabel; es a él a quien tenemos que  dirigir la bendición, al que se ha inclinado a mirar a la más pequeña de sus hijos, y en mí ha visto a todos los que como yo  no poseen ni pueden nada y se apoyan solamente en él. Porque cuando alguien confía en su amor, él hace cosas grandes y lo sienta a su mesa,  mientras que a los que se creen algo, los aleja de su presencia. Yo sólo era una tierra vacía y pobre pero él ha pronunciado sobre mí su palabra y, como en la primera mañana de la creación, ha hecho brillar la luz de un nombre nuevo, el  del hijo que está creciendo dentro de mí.  Dios se ha acercado tanto que nos pertenece como la semilla a la tierra que la ha hecho germinar. Yo sólo podía decir: "Aquí estoy, hágase…" y dejar atrás cualquier inquietud. No sé cómo va a suceder todo esto, pero estoy al amparo de su sombra y mis ojos están puestos en él, como los de una esclava en las manos de su señora…(Sal 123,2)

Nos quedamos en silencio hasta que sentí que acariciaba mis manos ásperas y rugosas y repetía: - "Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora"... Anda, Isabel,  dime dónde guardas el cántaro y no te muevas tú, que yo me voy a  traer el agua para lavar la ropa.

Ya salía con el cántaro cuando se volvió hacia mí  y dijo:  - "Aún no te he dicho el nombre de mi hijo: se va a llamar Jesús…"

El nombre se quedó suspendido en el sosiego de la tarde y, mientras la miraba alejarse cantando, supe que ella era ahora el Arca de la Alianza. Recordé a Zacarías ofreciendo el incienso en el templo y pensé que el santuario del Santo de Israel era ahora la muchacha que, con un cántaro al hombro, iba dejando a su paso un rastro de silencio y una algarabía de pájaros en  los cipreses que bordean el camino hacia la fuente.