viernes, 8 de abril de 2011

Demasiadas muertes (Quinto domingo de cuaresma, 10 de abril)

Demasiadas muertes, sí. Nos las dan a diario en televisión, y ni las más dolorosas nos impactan ya. Lo más que despiertan es lástima. Morbo, si acaso. Quizás para eso nos la muestran, para convencernos que está demasiado cerca. Muertes por terremoto y radiactividad. Muertes por guerras, sorpresa y misterio. Muertes por accidente de tráfico y violencia doméstica. Muerte por enfermedades trágicas. Muertes por locos que se cuelan donde la gente apuesta por la vida... La muerte- dicen ellos- siempre está pisándonos los talones.

¿Y si no fuera del todo cierto? ¿Y si quien estuviera de nuestra parte, acorralándonos por completo, fuera la vida? No vende decir ésto. ¡La vida es tan rutinaria e insulsa, tan poco comercial, tan inconsistente! Una "cultura de muerte" -pensada y programada, elegida o impuesta (¡por el bien de todos!), dulce, feliz, romántica, soberanamente libre- hace su agosto en tiempos de crisis. Y se gana adeptos. Todo da igual, nada importa, todo es relativo...

Pero cuando uno se para y piensa, cuando se deja al corazón hacerse preguntas y se le escucha latir, se da cuenta que la vida es un don inmerecido, maravilloso, aún por descubrir. Que la chispa de la vida se esconde con fuerza en todo lo humano y en sus fracasos, que nadie nunca puede morir del todo. Que lo humano no es morir, sino vivir, vivir siempre. Y que existe un Dios que vela con un interés supremo por la vida, por cada vida...

Mientras tanto, ahí andamos buscándonos sepulcros, escondiéndonos de la realidad. Habitando los sepulcros que otros, esos que gritan tanto, nos construyen a módico precio. Uno muere y se entierra cuando pierde la esperanza y cuando no lucha. Cuando mira solamente al suelo y nunca al horizonte. Cuando no ve hermanos, sino enemigos. Cuando dejó de construir y se dedicó a criticar. Cuando se cree que todo, que todos, le pertenecen.

No importa en qué tumbas te hayas metido (¿te lo has preguntado alguna vez?). No importa cuánto pese la losa que te cubre. Ni siquiera lo corrompido que estén tu corazón y tu futuro. Hay Alguien a tu puerta que sabe tu nombre y lo pronuncia. Que te pide que salgas fuera. Que te va a tomar de la mano y nunca te soltará. Que tiene vida en abundancia para regalarte. Apúntate a su resurrección. Apúntate a la Vida.
Quinto domingo de Cuaresma (A)
Ezequiel 37, 12-14
Salmo 129
Romanos 8, 8-11
Juan 11, 1-45
Homilía de dominicos.org
Homilías de José A. Pagola, también aquí

miércoles, 6 de abril de 2011

Via Crucis Africano

Los medios de comunicación nos están informando en los últimos meses acerca de la situación que se está viviendo en África. A finales de enero comenzó la presión mediática presentando los conflictos en busca de mejoras democráticas en los países del norte del continente. Muchos de esos conflictos continúan, aunque nadie nos diga ya nada de ellos. Otros, históricos, siguen en marcha. Algunos más se han recrudecido -de forma alarmante-  en las últimas semanas y días. Realmente, África está viviendo su particular y doloroso Via Crucis. Por ellos, con ellos, elevamos nuestra oración al Dios de la Paz.


Pincha en la imagen, o aquí, para ver el via crucis.
      (Pulsa Ctrl+F5 para verlo a pantalla completa)
Puedes encontrar más información de estos conflictos aquí.

martes, 5 de abril de 2011

Via Crucis de María: "seguir a Jesús en silencio"

 PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte
Era el viernes por la mañana cuando vi a mi hijo. Era la primera vez que lo veía desde que lo tomaron preso. Su destrozada y sangrante piel clavó una espada de profundo dolor en mi corazón y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Entonces, Pilatos, desde su tribunal de juez, preguntó al gentío por qué querían ejecutar a mi hijo. Todos a mi alrededor vociferaron: “ ¡Crucifícalo!”. Desee ardientemente pedirle que parara, pero yo sabía que esto tenía que suceder. Y, así, me quedé de pie, llorando en silencio.
Señor Jesús: me es muy difícil imaginar la angustia que tu Madre sintió al ver cómo te condenaban. Pero, ¿qué tal ahora cuando guardo rencor? “¡Crucifícalo!” ¿Cuándo juzgo a los otros? “¡Crucifícalo!” ¿No despierta esto lágrimas de angustia en los dos, en ti y en tu Madre? Perdóname, Jesús.

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús toma su cruz
Tomando un poco de nuevas fuerzas caminó junto con el gentío hasta la entrada de la plaza. Los soldados se burlaban a sus espaldas cuando la puerta se abrió con violencia  y mi Hijo casi se caía. Dos hombres arrastraron una pesada cruz de madera y la echaron sobre sus espaldas. Después lo empujaron violentamente a la calle. Mi dolor al verlo fue insoportable. Hubiera querido quitarle la cruz y llevarla yo. Pero sabía que esto tenía que suceder y, así, caminé en silencio.
Señor Jesús, te suplico que perdones las muchas veces que he aumentado el peso de tu cruz cerrando los ojos ante el dolor y la soledad del prójimo. Perdóname por murmurar de los demás y por tratar siempre de buscar excusas  para deshacerme de algunas personas que desearían una palabra mía. Ayúdame a ser como María, siempre buscando aligerar las cruces de los demás. Perdóname, Jesús.

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
Seguía de cerca detrás de mi Hijo mientras –tambaleante- se dirigía al Calvario. Nada nunca me había herido tanto como verlo ahora en tanto dolor. Vi la cruz abriéndose camino en la carne de sus espaldas. Mi corazón desfalleció cuando lo vi caer de cara al suelo, con la cruz cayéndole de lleno en su espalda. Por un momento pensé que mi amado Hijo estaba muerto. En ese momento, todo mi cuerpo comenzó a temblar. Entonces, los soldados lo patearon. Él se levantó lentamente y comenzó de nuevo su camino, a pesar de que continuaron azotándolo. Hubiera querido protegerlo con mi propio cuerpo. Yo sabía que esto tenía que suceder y, así, caminé y lloré en silencio.
Señor, ¿cuántas veces te he visto caer y, a diferencia de María, te he dejado ahí sin importarme?  ¿Cuántas veces he visto a otra gente cometer errores y me he burlado de ellos? ¿Cuántas veces me he sorprendido enfadándome porque alguien piensa diferente de mí? María te ofreció su apoyo durante toda tu pasión. Ayúdame a hacer lo mismo por ti ofreciendo apoyo a los demás. Señor, ten misericordia de mí.

CUARTA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre
Me abrí paso entre el gentío y caminé junto a mi Hijo. Lo llamé a gritos, se detuvo. Nuestros ojos se encontraron; los míos, llenos de lágrimas y angustia; los de Él, llenos de dolor y confusión. Me sentí desesperada, y entonces, sus ojos me dijeron “¡ánimo! ¡Todo esto servirá para algo!”. A medida que tambaleante caminaba, supe que tenía razón. Y, así, lo seguí y recé en silencio.
Señor Jesús, perdóname las muchas veces que nuestros ojos se encontraron y yo cambié mi mirada. Perdóname las veces que cuando las cosas no se hicieron a mi manera se lo hice saber a todos. Perdóname las veces que perdí la tranquilidad por pequeños inconvenientes o me desanimé y no puse atención a tus llamados a tener ánimo. Sí, Señor, nuestras miradas se han cruzado muchas veces pero sin fruto.

QUINTA ESTACIÓN: Simón de Cirene ayuda a Jesús a cargar su cruz
Yo debería ahora verme completamente desamparada al mirar a mi Hijo tratando de cargar su pesada cruz. Cada uno de sus pasos parecía ser el último. Sentí todos sus dolores en el corazón y desee ardientemente que todo llegara a su final. En ese momento noté un alboroto cerca de Jesús. De entre el gentío los soldados empujaron a un hombre que se resistía. Lo obligaron a tomar parte de la cruz para aligerar su peso a mi Hijo. El hombre preguntó a los soldados por qué tenía que suceder así. Yo sabía por qué y, así, lo seguí en silencio.
Señor Jesús, muchas veces me he negado a ayudarte. He sido un egoísta que muchas veces he puesto en duda tu palabra. No me dejes ser como Simón. Ayúdame a ser como tu madre, María, que siempre te siguió y obedeció en silencio.

5 de abril, San Vicente Ferrer

Nace en Valencia en 1350 y con diecisiete años entra en la Orden de Predicadores en su ciudad, viviendo con gran disciplina la vida religiosa, dejando de ello un claro testimonio en su tratado titulado « Sobre la vida espiritual», con una perfecta teología del apostolado y de deseo ardiente de perfección.


Primero se dedicó a la enseñanza de la filosofía y teología, materias de las que publicó algunos tratados. Su pureza, su carácter franco y jovial y su amor por la austeridad lo habían preparado para una gran misión apostólica, que ya entre los años 1380-1390, lo vio ocupado en numerosas misiones a él encomendadas por el cardenal legado Pedro de Luna y por el rey Juan I de Aragón.

Ya en este período se dedicó a la predicación, en los primeros tiempos al lado del Papa en Aviñón y luego en el sur de Francia y en el norte de Italia. Finalmente el año 1399 se dedicó del todo al ministerio de la predicación itinerante, como «legado de parte de Cristo» ya que, como él mismo testifica en carta al antipapa Benedicto XIII, había recibido del mismo Cristo este encargo.

Combatió con enorme esfuerzo la situación de división de la Iglesia en el cisma de Occidente, dejando finalmente al antipapa, de parte del cual estuvo de buena fe por un tiempo.

Fue el más popular y eficaz predicador de su tiempo, que electrizaba las masas y que afirmaba su predicación con estrepitosos milagros. Su acción apostólica se extendió desde Granada, entonces sarracena, por toda España, hasta Suiza, Holanda e Inglaterra dejando en todas partes una profunda impresión, renovando espiritualmente enteras regiones y llevando por todas partes la paz y la unidad.

Murió en Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419 y allí se venera su cuerpo. Fue canonizado por Calixto III, el 29 de junio de 1455. La devoción a san Vicente a causa de su poder taumatúrgico es todavía vivísima en Europa y en América. Fue contemporáneo de santa Catalina de Siena y San Álvaro de Córdoba.


Para saber más de San Vicente, pinchar aquí.

lunes, 4 de abril de 2011

Segundo Domingo de Triduo

El Santuario de Santo Domingo de Scala Coeli acogió el pasado 3 de abril la celebración del segundo domingo de Triduo, en honor al Santísimo Cristo de San Álvaro, dentro de los actos organizados por su Hermandad y la Comunidad de dominicos.

En este segundo día la Eucaristía fue presidida por fr. Fco. Javier Garzón Garzón op, del mismo Convento. La lluvia que cayó durante todo el día en nuestra ciudad no impidió que el templo se llenara de fieles y devotos del Cristo, que año tras año, se reúnen para expresar su veneración y cariño a la centenaria imagen del Crucificado que San Álvaro encontrase, en forma de mendigo, en el borde del camino.

La Eucaristía fue concelebrada por el P. Consiliario, Fr. Mariano del Prado, y por los miembros de la comunidad. Los cantos corrieron a cargo del “Coro Reencuentro”. En el trascurso de la celebración recibieron la medalla, que les hace miembros de la Hermandad, tres personas de la misma familia, y de distintas generaciones: abuela, hijo y nieto.

Como viene siendo habitual, a la celebración religiosa siguió la fiesta y convivencia en la explanada del santuario, y el almuerzo en la Casa Hermandad, amenizados por el huevo duro, la copa de vino, y la buena compañía.
(Pinchar en la imagen para ver un resumen de la Homilía)


domingo, 3 de abril de 2011

Tu perdón sin límites


Querido Señor:

Tu discípulo Pedro quiso saber quién te traicionaría.
Señalaste a Judas, pero un poco más tarde le señalaste a él.
Judas te traicionó, Pedro te negó.
Judas se ahorcó, Pedro se convirtió en el apóstol
al cual hiciste primero de todos.

Señor, dame fe, fe en tu misericordia infinita,
en tu perdón sin límites, en tu bondad insondable.

No permitas que me tiente el pensamiento
de que mis pecados son demasiado grandes para ser perdonados,
demasiado abominables como para que los toque tu misericordia.

No permitas que huya de ti.
Concédeme volver a ti una y otra vez
y pedirte que seas mi Señor,
mi pastor, mi fortaleza y mi refugio.
Acógeme bajo tu protección, Señor,
y permíteme experimentar
que no me rechazarás mientras te siga pidiendo tu perdón.

Quizá mis dudas acerca de tu perdón
son un pecado mayor que los pecados que considero
demasiado grandes para ser perdonados.
Quizá me considero demasiado importante, demasiado grande,
cuando pienso que ya no puedo ser abrazado por ti.

Señor, mírame,
acepta mi oración como aceptaste la oración de Pedro,
y no permitas que huya de ti en la noche, como hizo Judas.



Del libro “Oraciones desde la abadía. Una súplica de misericordia” de Henri J. Nouwen

viernes, 1 de abril de 2011

Cuaresma con Fr. Luis de Granada (IV)

Hacíais maravillas, y decían que erais hechicero; lanzabais los demonios, y decían que erais endemoniado; reprendíais los vicios, y os tenían por alborotador de pueblos; recibíais a los pecadores, y os tenían por uno de ellos, comíais con los publicanos por sanarlos, y os tenían por comedor y bebedor de vinos; predicabais con espíritu y fervor maravilloso, y decían que erais sandio.


Vos hacíais como quien erais y ellos hacían como quien eran. Por eso no os indignabais, prudentísimo Señor; antes mucho más os compadecíais de ellos, porque sabías muy bien cuanta sea la ceguedad del mundo.

(Tomado de dominicos.org)

Cuaresma IV: Ceguera

¿Estamos ciegos? (Cuarto domingo de cuaresma, 3 de abril)

¿Quién es más ciego? ¿El que no ve, o el que decide no ver?  ¡Cuántas personas desearían contemplar todo lo bueno que estamos viendo nosotros, y cuántos otros se esconden, o cierran los ojos, o miran para otro lado, o se inventan un mundo ficticio, o simplemente deciden ver una sola parte de la realidad! "Lo esencial es invisible a los ojos" aprendimos de un piloto francés que proponía otro modo de acercarse a la realidad, desde la mirada del corazón... "Los hombres miran las apariencias, pero Dios mira el corazón", nos enseñó  Samuel el profeta cuando decidía buscar al rey mejor para Israel.

Aprendimos a ver, a relacionarnos con la realidad, por medio de otros. Nos explicaron los nombres de las cosas, y nos enseñaron a identificarlas. Y después, mucho después, también aprendimos -sumisos- a valorar como otros, a juzgar como ellos, a gritar sus consignas, y a cruzarnos de brazos, impotentes. El sentido de la comunicación, la acogida, la apertura y la relación se nos convirtió en el motor de justificación de todo fracaso. Aquel que debía remover todo nuestro ser se hizo una ventana fría, con cristales opacos o empañados. Que hacía todo paisaje aséptico y lejano.

Hay más vida de la que decimos ver. Una realidad mayor, más profunda, más exigente. Sólo hay que querer verla, desacostumbrar nuestra vista a lo confuso que controlo. Mirar con finura y sensibilidad. Quitarnos la lente de lo científico, de lo objetivo, de lo interesado. Ponernos la mirada contemplativa del anciano. La vista inocente del niño que todo lo escruta, inocente. Los ojos tiernos de una madre y de un amante enamorado. ¡Mira de otra manera! A tí mismo, a los tuyos, a los ajenos, al mundo. ¡Dios quiere sorprender tu mirada!

Y date tiempo para reconocer, para descubrir y admirarte. Contempla sin poseer ni juzgar. Olvídate del miedo con que te enseñaron a parcializar y acotar tu entorno. Siempre hay más. No tengas miedo, tampoco tengas prisa. Lleva tiempo reconocer que alguien a tu lado es más que "un hombre", "un profeta", o "Jesús". Hay un Dios escondido en tu adentro que necesita ser reconocido. Y que, admirado tras descubrirle, tomes partido por Él: "Creo, Señor". Hay un Dios nuevo cerca de tí, en todos los que te rodean. Hay un Dios que te llama en los pequeños, y que se te regala en cada contecimiento. Y en tu rutina, y en el devenir del mundo, y en tanta belleza oculta... ¿Te atreves a mirarlo?  
Cuarto domingo de Cuaresma (A)
1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a
Salmo 22
Efesios 5, 8-14
Juan 9, 1-41
Homilía de dominicos.org
Homilía de José A. Pagola

jueves, 31 de marzo de 2011

Con la vida entera

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son estas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.
SÁNDOR MÁRAI, El último encuentro