viernes, 18 de marzo de 2011

Una montaña alta (Segundo domingo de cuaresma, 20 de marzo)

Vamos demasiado deprisa. Por más que queramos hacer planes de sosiego y planifiquemos momentos de descanso… seguimos corriendo y paramos lo imprescindible. Buscamos el trabajo, los quehaceres cotidianos con la única recompensa de que nos “transfiguren” un poco. Nos prolongamos en lo que hacemos, vamos dejando nuestras marcas en las personas que encontramos, en las experiencias que vivimos. Queremos llegar a todo como si fuésemos salvadores, para que la firma, el sello de nuestra vida quede por allí marcado: “yo estuve aquí”. Buscando brillo  eterno, a veces ni siquiera chispas somos capaces de despertar en otros… ¿Realmente vale tanto lo que hacemos, tienen valor de trascendencia y profundidad nuestros actos?

Y con frecuencia nos entra la desazón del fracaso. Y para no preocuparnos volvemos a nuestra rutina como si no supiésemos hacer otra cosa más que correr y correr buscando lo eterno.

Pero lo eterno está en lo cotidiano. Cerca de ti, en ti mismo hay una montaña, “una tierra que te mostraré”, un lugar elevado donde rehacerte, una patria prometida en la que reubicar nuestro adentro. Buscamos brillar sin habernos dejado quemar primero, sin haber conocido siquiera la luz. Hay una experiencia vital que probar, sin escapar del mundo ni pegar portazo a la realidad.

Deja que la luz entre en ti. Permite que tus espacios grises adquieran el color que viene cuando Otro pronuncia tu nombre. No es que des mucho, compulsivamente. Es que recibas mucho humildemente. Que escuches, que mires, que te dejes. Que olvides tu agenda y tus labores, aunque sigas haciéndolas como sabes. Que renuncies a ser héroe de cartón o de titular. Deja que Alguien pronuncie tu nombre, como nadie jamás lo ha hecho, como sólo Él sabe hacerlo. Deja que tu vida cotidiana quede transfigurada. Deja que Alguien te diga tu verdad: “mi amado”, “mi predilecto”.

¿Qué cómo se hace? Queriendo. Buscando la llave del monte interior que está en tu adentro. Parando. Respirando. Sintiendo un latir mayor que el tuyo. Mirando por encima de lo corto y ridículo. Observando. Contemplando cuánta belleza aún sin descubrir escondes. Confiando. Adorando desde la admiración. Agradeciendo… Pero no hagas tiendas, no conquistes ni poseas lo que no te pertenece. No manches la tierra limpia que tiene a Otro como dueño. Compartes gratuitamente la “vida inmortal” que es Cristo y sólo necesitas gozarla. Empieza.

Segundo domingo de Cuaresma (A)
Génesis 12, 1-4a
Salmo 32
2 Timoteo 1, 8b-10
Mateo 17, 1-9
Homilía de dominicos.org
Homilía de José A. Pagola