miércoles, 23 de marzo de 2011

Soneto a Cristo Crucificado



No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Atribuido desde antiguo a muchos autores –Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier o Lope de Vega- cobra peso la hipótesis que lo hace salir del corazón y la pluma de San Juan de Ávila)