viernes, 4 de marzo de 2022

Modos de Orar de Santo Domingo (V)

 


 

 

QUINTO MODO DE ORAR DE SANTO DOMINGO DE GUZMAN

 

Algunas veces, cuando residía en el convento, el santo padre Domingo se colocaba de pie ante el altar, con todo el cuerpo erguido sobre sus pies sin apoyarse o arrimarse a nada y en ocasiones con las manos extendidas ante el pecho como si fuera un libro abierto. Se mantenía así derecho con toda reverencia y devoción, cual si estuviera leyendo delante de Dios. Se le notaba entonces por la boca que musitaba las palabras divinas y como que se las decía dulcemente a sí mismo. Le era muy familiar el proceder del Señor que narra Lucas, cuando Jesús entró en la sinagoga un sábado, según su costumbre, y se levantó para leer (Lc 4, 16). Y en el salmo se dice: Se levantó Finés y oró, y se detuvo la ruina (Sal 106, 30).

En algunas ocasiones, enlazaba las manos y las mantenía apretadas con fuerza ante sus ojos, recogiéndose sobre sí mismo, o las levantaba hasta los hombros, según hace el sacerdote cuando celebra la misa, como si quisiera fijar sus oídos en algo para percibir mejor lo que otro le dice. ¡Tendrías que haber visto su devoción mientras rezaba así, quieto y erguido! Le habrías tomado sin dudar por un profeta que, por momentos, hablaba con un ángel o con Dios, los escuchaba, o reflexionaba en silencio sobre lo que le había sido revelado. Incluso cuando iba de viaje, en cuanto podía se tomaba un tiempo a hurtadillas para rezar y, puesto en pie, al instante se elevaba con toda la mente al cielo. Pronto le podías oír pronunciar con suavidad y ternura algunas palabras extraídas de la medula y enjundia de la Sagrada Escritura, cual si las hubiese sacado de las fuentes del Salvador (Is 12, 3).

Con este ejemplo los frailes quedaban muy conmovidos por el aspecto de su padre y maestro, y los más devotos se veían impulsados a rezar con reverencia y sin interrupción, como los ojos de la esclava en las manos de su señora y como los ojos de los esclavos en las manos de sus señores (Sal 123, 2).

Y aquí se muestra.

 

En este modo nos encontramos a Domingo que ya ora erguido, ahora serán las manos las que se muevan mostrando diferentes actitudes.

La posición vertical nos  eleva y hace más visibles, por lo que solemos realizar así las acciones públicas y significativas (jurar un cargo, un discurso, etc.); igualmente, nos ponemos en pie para ofrecernos cuando se piden voluntarios o queremos mostrar que estamos presentes, pues es la posición que mejor expresa la disponibilidad, la atención, la prontitud… sabiéndonos hombres y mujeres nuevos, renovados en el amor de Dios, es desde esa disposición interior de ofrecimiento desde la que parte este modo de orar.

La narración nos habla entonces de la Palabra, el santo la recuerda mentalmente pero nosotros también podemos utilizar la Biblia en este momento, lo fundamental es acoger la Escritura. La primera posición de las manos, como si sostuvieran el libro, expresa además el deseo de recibirla, la petición a Dios de que seamos capaces de comprenderla, de saber descubrir toda  la riqueza que encierra  y poder reconocer e Cristo que se dirige a cada cual en ella.

El segundo paso, con las manos tapando los ojos para que la mirada se dirija a lo más profundo del interior o abiertas por encima de los hombros  como agudizando el sentido del oído, consiste en rezar para que podamos asimilar y realizar lo que la Palabra nos está diciendo, en cada momento,  en cada uno de nosotros  sobre nuestra vida en concreto.

Oramos así para repasar la forma en que la Escritura se hace realidad en mi vida o en mi entorno, encontrar lo que ésta me sugiere personalmente, qué me enseña, cuales son los desafíos que me ofrece y poder escuchar cual es la voluntad de Dios para mí, a qué me compromete cada día.

Domingo, en definitiva, nos muestra ahora que la conversión, la vida nueva en la misericordia de Dios debe tener su cimiento en esa escucha atenta a su Palabra.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

 

 

 

 

 


viernes, 25 de febrero de 2022

Modos de Orar de Santo Domingo (IV)

 

 

CUARTO MODO DE ORAR DE SANTO DOMINGO DE GUZMAN

 

Después de esto, colocado delante del altar o en el capítulo, fijo el rostro frente al crucifijo, santo Domingo lo miraba con suma atención doblando las rodillas una y otra vez y hasta cien veces, y en ocasiones incluso desde que acababan las completas hasta la media noche. Se levantaba y se arrodillaba, como el apóstol Santiago y el leproso del evangelio, que de rodillas gritaba: Señor, si quieres, puedes limpiarme (Mc 1, 40); y como Esteban, postrado de hinojos en tierra y clamando con voz potente: Señor, no les tengas en cuenta este pecado (Hch 7, 59).

Al santo padre Domingo le invadía entonces una inmensa confianza en la misericordia de Dios, tanto para sí mismo como para todos los pecadores, y también en la protección de los frailes novicios, a los que enviaba de un lugar a otro para que predicasen a las almas.

En ocasiones no podía contener su voz, y los frailes le oían decir: A ti, Señor, estoy clamando, no me guardes silencio, porque si Tú no me escuchas seré como los que bajan a la fosa (Sal 28, 1), y otras expresiones semejantes de la divina Escritura. Pero, otras veces, hablaba en su corazón sin que fuera posible en absoluto percibir su voz (1 Sm 1, 13), y así se quedaba inmóvil de rodillas, con el ánimo absorto, durante bastante tiempo.

Algunas veces, su aspecto en este mismo modo parecía penetrar intelectualmente el cielo, y al instante se le veía inundado de gozo y secándose las lágrimas que le fluían. Se encendía en un inmenso deseo, como el sediento que se acerca a la fuente (Sir 26, 15) o el peregrino que está llegando a su patria. Y, recuperado y animado de nuevo, se movía con suma compostura y agilidad, poniéndose de pie y volviendo a arrodillarse.

Se había hecho tanto a arrodillarse, que incluso cuando andaba de viaje, en las posadas después de las fatigas de la jornada y hasta por los mismos caminos, mientras los demás dormían y descansaban, él tornaba a sus genuflexiones, como si se tratase de una afición personal o de un ministerio propio.

Con este ejemplo enseñaba a los frailes, más por lo que hacía que por lo que decía, de esta manera.

 

En esta cuarta forma de oración encontramos ya que, además de una postura determinada, el cuerpo comienza a moverse. El movimiento supone cambio y novedad; parte de un estado inicial para alcanzar una situación diferente.

En este caso podríamos decir que se trata de la plasmación o el resultado de la actitud de arrepentimiento que Domingo expresaba en el modo anterior, pues vemos como la narración nos indica que, es tras la penitencia arrodillada, cuando el santo comienza a levantarse y volverse a arrodillar.

Un movimiento que, además, es repetitivo pues se trata de que esa transformación no sea meramente postural sino que, desde el cuerpo vaya profundizando y alcance al corazón, la mente, el alma … todo nuestro ser. Es lógico pensar que, para poder conseguirlo, consistiera en un proceso sereno y pausado.

Desde la experiencia de la propia debilidad comprendemos que la conversión no es algo que podamos alcanzar por nosotros mismos, sino un don de Dios. Ante Cristo en la cruz, santo Domingo, en primer lugar, implora esa Gracia al Señor, para él y para los demás. Este modo de orar alberga, pues, una importante dimensión intercesora, una oración profunda por el bien de los hermanos, por aquellos a los que más amamos y también por las personas que sufren y desconocemos. Evidencia así que nuestro desarrollo en la fe no puede ser algo egoísta, que busque únicamente la salvación personal, sino que es un recorrido compartido que solo puede efectuarse desde la comunión universal.

Se trata de una plegaria cargada de esperanza y compromiso personal que le lleva a experimentar ese ascenso que supone el ponerse en pie, el “levántate y anda” del Evangelio, la restitución de la dignidad recibida del Padre… y así, erguido, podía contemplar la cercanía de Dios y llenarse de santa alegría.

Y cuando descubrimos y vivimos esa inmensa felicidad es cuando nos damos cuenta de que necesitamos, de que queremos más de Él. Comprendemos que la conversión no es un hecho puntual sino un dinamismo que ha de impregnar toda nuestra existencia, por eso Domingo volvía a reiniciar el proceso en la genuflexión.

El cuarto modo de orar nos invita a creernos de verdad que Dios puede renovar nuestra realidad, a tener la valentía de quererlo así, a levantarnos de los colchones que adormecen nuestra vida para poder dar la mano al otro y, juntos, contemplar que Él siempre está ahí, muy cerca, llenándonos de todo aquello que auténticamente necesitamos para ser felices.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Modos de Orar de Santo Domingo (III)

 


 

TERCER MODO DE ORAR DE SANTO DOMINGO DE GUZMAN

 

“Por esta razón, levantándose del suelo, se disciplinaba con una cadena de hierro, como ya se comentó anteriormente, mientras decía: Tu disciplina me corrigió hasta el fin (Sal 18, 36).

De aquí provino que en toda la Orden se estableciera que los frailes se disciplinen con varas de madera sobre la espalda desnuda todos los días de feria después de completas, recordando con veneración el ejemplo de santo Domingo, mientras recitan el Miserere mei Deus... o el De profundis..., por sus propias culpas y por las ajenas de aquellos de cuyas limosnas viven. Y nadie se debe excluir de este santo ejemplo, por muy inocente que se considere.”

 

Este modo de orar resulta extraño y difícil de comprender en el momento presente; además, la historicidad de que santo Domingo se disciplinara, es hoy discutida por algunos autores. Es necesario intentar el necesario salto cultural e histórico para rescatar el auténtico sentido de esta práctica que nos habla de conversión, esfuerzo, liberación, penitencia…

La consecuencia ineludible de los modos anteriores, de la toma de conciencia del propio pecado y de la misericordia divina recibida es el deseo de cambiar, de mejorar, de vivir cada día más cerca de Dios y de los hombres.

Las ilustraciones del momento nos muestran a Domingo arrodillado, una posición que, aunque ya no adoptamos en ninguna circunstancia en nuestras relaciones sociales, tiene un profundo sentido en el ámbito de la fe que, además, se enriquece al reservar dicha actitud solo para Dios: indica, ante todo, humildad ante la presencia del misterio, un reconocimiento de la propia pequeñez ante la grandeza de Dios. Por tanto, también representa admiración, sobrecogimiento y adoración ante la inmensidad de ese amor. Es una postura clásica para la oración personal o privada y para significar la propia penitencia.

Así, arrodillado, nuestro padre manifestaba esa voluntad de crecer en el Amor. Para poder hacer esto realidad el primer paso es, además de reconocer los errores y caídas del pasado, tratar de reparar los posibles daños que estos han podido causarnos a nosotros mismos o a los demás, aunque esto pueda suponer sacrificio o resultar doloroso. Estos conceptos no están muy de moda en una sociedad como la nuestra, que nos invita a tratar de eludirlos por todos los medios, sin embargo, son componentes esenciales del amor.

Después, es preciso también ser dueño de uno mismo, despojarse de todo aquello que nos esclaviza, el egoísmo, las apetencias o comodidades que nos impiden orientar nuestra vida en la dirección que verdaderamente deseamos, la que únicamente puede hacernos felices en el servicio y el amor. También esto cuesta, es exigente e incómodo.

Domingo de Guzmán expresa, de este modo, su decisión a asumir todo esto, cuanto sea necesario para amar más y mejor cada día.

Hoy podemos actualizar esta tercera forma de oración arrodillándonos también y, así pedir al Señor luz para entender, fuerza para liberarnos, creatividad para descubrir caminos de conversión y fe para recorrerlos.

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

 

viernes, 11 de febrero de 2022

Modos de Orar de Santo Domingo (II)


 

SEGUNDO MODO DE ORAR DE SANTO DOMINGO DE GUZMAN

 

“Con frecuencia oraba también el bienaventurado Domingo tendiéndose entero en tierra apoyado sobre la cara.

Se compungía en su corazón y se reprendía a sí mismo repitiendo, a veces tan alto que se le podía oír, el texto evangélico: Dios, sé propicio a mí, pecador (Lc 18, 13). Recordaba con piedad y modestia las palabras de David: Yo soy el que pequé y obré con iniquidad (2 R 24, 17). Y lloraba y gemía con fuerza. Y continuaba: No soy digno de ver el alto cielo por la multitud de mis iniquidades, pues provoqué tu ira y obré mal ante ti (Oración de Manasés 10-12). Y del salmo que dice: Señor, lo hemos oído con nuestros oídos..., repetía con insistencia y devoción: Porque nuestra alma está humillada hasta el polvo, nuestro vientre se ha pegado a la tierra (Sal 44, 26). Y también: Mi alma está pegada al suelo, dame vida según tu palabra (Sal 119, 25).

Cuando quería enseñar a los frailes con qué reverencia debían orar, les decía:

- Los piadosos reyes Magos encontraron al entrar en la casa al niño con María, su madre y, postrados, lo adoraron (Mt 2, 11). Nosotros tenemos la seguridad de encontrar al Hombre Dios con María, su esclava. Venid, adorémosle y postrémonos ante Dios,lloremos ante el Señor que nos hizo (Sal 95, 6).

Y exhortaba a los jóvenes con estos términos:

- Si no podéis llorar vuestros pecados, que acaso no tengáis, son muchos los pecadores a los que cabe ordenar hacia la misericordia y la caridad. Por ellos gimieron los profetas y los apóstoles; por ellos lloró amargamente Jesús al verlos (Lc 19, 41), y el santo David lloraba de igual modo diciendo: “Vi a los prevaricadores y me consumía” (Sal 119, 158).”

 

Los dominicos adoptamos esta posición corporal en muchos momentos, pero lo hacemos, particularmente, en los momentos más importantes de nuestra vida. Debo confesar que es un modo de orar que siempre me ha emocionado mucho porque me hace sentir intensamente la misericordia de Dios.

Tumbarse boca bajo en el suelo, extender los brazos sobre la tierra, sentir el frío y la dureza del pavimento por todo tu cuerpo, supone el abajamiento total del cuerpo, es desnudar el alma… confesar todos los errores cometidos, el amor que no damos, nuestra condición pecadora y, a la vez, experimentar el constante abrazo de Dios, su perdón, su consuelo, su amor sin condiciones. Saberse inmensamente querido y aceptado, a pesar de todo, hacía llorar a Santo Domingo, a mí también, a cualquiera que descubra esa hermosísima experiencia.

Así, tendidos en el suelo, todos estamos a la misma altura, podemos reconocernos unos a otros. El que admite que se ha tropezado, sabe lo que duele el golpe y puede comprender, sin juzgar, las caídas del otro y su sufrimiento. Solo quien es consciente de la propia necesidad de misericordia puede solidarizarse, darla a los demás; Cuando nos encontramos perdonados y aceptados por Dios, resulta más sencillo perdonar y acoger al de al lado.

Así, “tirado” en la tierra, Domingo de Guzmán pedía y experimentaba la misericordia, así nos enseñaba también a nosotros a pedirla y a darla.

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

 

 

 

 

 

 

viernes, 4 de febrero de 2022

Modos de Orar de Santo Domingo (I)

 


 

 PRIMER MODO DE ORAR DE SANTO DOMINGO DE GUZMAN

  

“En el primero se inclinaba ante el altar, como si Cristo, en él representado, estuviera allí real y personalmente, y no sólo de manera simbólica. Según está escrito: La oración del que se humilla traspasará las nubes (Si 35, 21). Algunas veces recordaba a los frailes las palabras de Judit: Siempre te fue grata la súplica de los humildes y de los pacíficos (Jdt 9, 16). Por la humildad obtuvieron lo que pedían la cananea (Mt 15, 21-28) y el hijo pródigo (Lc 15, 18-24). Y también: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8, 8). Humilla más, Señor, mi espíritu, pues ante ti, Señor, me he humillado en todo momento (Sal 108, 107).

Y así el santo padre, puesto en pie, inclinaba con humildad la cabeza y el cuerpo ante Cristo, su cabeza, considerando su condición de siervo y la preeminencia de Cristo, y se entregada entero a reverenciarlo.

Enseñaba a los frailes que hicieran otro tanto siempre que pasaran ante el crucifijo, de modo que Cristo, que se rebajó por nuestra causa hasta el extremo, nos viera a nosotros inclinados ante su majestad. Y les mandaba además que reverenciaran de esta manera a la Trinidad, cuando se recitara solemne el Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Este modo, tal como se describe en la figura, con una inclinación profunda, era el comienzo de su devoción.”

 

El punto de partida no podía ser más que la humildad, el reconocimiento de la propia pequeñez ante la inmensidad del amor de Dios y de la necesidad de crecer permanentemente en esta convicción.

Santo Domingo parte de una posición erguida. El ponernos en pie, uno de los rasgos que distingue al ser humano del resto de los animales, es un símbolo de nuestra dignidad y libertad como hijos e hijas de Dios que utilizamos en la vida cotidiana para expresar también disponibilidad, atención, prontitud… Al comenzar a orar hemos de hacerlo tomando conciencia de que cada uno de nosotros es un milagro del Señor, de lo importantes que somos para Él. Acercarnos, pues, con la confianza y la intimidad de quien se encuentra con quien mejor le conoce, con aquel que le ama sin condiciones, tal y como es. Pero es fundamental saber, igualmente, que ese encuentro orante va a ser exigente, va a desinstalarte, supondrá un cambio en tu vida.

A continuación, el santo de Caleruega, se inclina ante la cruz. El cuerpo se mueve hacia el suelo, hacia el barro que somos, admitiendo que se es solo una criatura, que nuestro paso por esta tierra es fugaz, que sabemos o comprendemos muy poco de todo… que, de ninguna manera estamos a la altura de tanto Amor. La persona capaz de vivir conforme a esa, su verdad, es la que experimenta la humildad verdadera: la que te lleva a ver al hermano sin superioridad ni paternalismos sino como compañero necesario en el viaje; la que te permite reconocer y disfrutar tus valores o aciertos, pero no únicamente como un mérito propio sino como don divino; la que orienta tu existir hacia el servicio, al cumplimiento de la vocación que se te ha regalado y no solo para ti mismo.

En la humildad hay admiración, gratitud, alegría, confianza, fortaleza, entrega…amor. Domingo sabe que experimentar esto es pura Gracia, por eso nos enseña a empezar desde ahí nuestra oración: dando gracias por la humildad y rogando para que crezcamos más y más en ella.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

 

viernes, 28 de enero de 2022

Modos de Orar de Santo Domingo [Introducción]

 


 LOS MODOS DE ORAR DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Es de sobra conocido el hecho de que la actividad apostólica de Santo Domingo estaba sólidamente cimentada en su vida de oración.  En la naturaleza mientras viajaba, en la necesidad o el sufrimiento de las personas, en las celebraciones… en cualquier lugar y circunstancia nuestro padre era capaz de contemplar el rostro de Dios, pero esta experiencia se intensificaba en la intimidad, de un modo especial ante la cruz del Señor.

La cruz, para todos los cristianos, ha sido siempre el símbolo de la Redención universal y constituye un elemento esencial de la fe cristiana. En la primera carta a los Corintios, san Pablo resume todo el Evangelio como la predicación de la cruz. En ella encontramos la confirmación de la infinita misericordia divina y también de su triunfo sobre el mal y el pecado. Domingo de Guzmán supo saborear intensamente este misterio, confiar en él y amarlo profundamente.

Ese amor de santo Domingo a la cruz supone un deseo de identificación con Jesucristo, un hacer suyos sus padecimientos por toda la humanidad, el inmenso amor redentor que está clavado en el madero, un camino de fidelidad evangélica y, por tanto, una perspectiva diferente desde la que ver el mundo y la propia vida.

Ante el Señor sufriente de la cruz, entre lágrimas, el santo se reencontraba también con el rostro de las personas que padecían por cualquier causa. Ante el Amor más grande que se entrega para quitar el pecado del mundo, él se descubría envuelto en la Gracia de Dios y urgido a comunicar esa Gracia y compasión sin fin a la humanidad. Experimentaba intensamente la misericordia que Dios le regalaba y la que él sentía por la humanidad doliente.

No se trata únicamente una cuestión de justicia social o de dignidad humana, sino que tenía un profundo sentido religioso: presentaba, ante todo, el dolor humano ante Dios y, desde la contemplación se sabía enviado y actuaba.

La vivencia de Santo Domingo era de tal magnitud que no podía ser contenida en un ámbito interior, sino que, necesariamente, era experimentada y expresada con la totalidad del ser, también con su dimensión corporal.

Así nos lo transmiten quienes lo conocieron directamente, también los testigos de su proceso de canonización, una actividad que se recoge en los modos de orar de Santo Domingo, de autor desconocido (c. 1260-1288)

“Con todo, queremos añadir aquí algo sobre la manera de orar, muy frecuentada por el bienaventurado Domingo, según la cual el alma ejercita los miembros del cuerpo para dirigirse con más intensidad a Dios y, al ponerlo en movimiento, es movida por él hasta entrar unas veces en éxtasis, como Pablo (2Cor 12, 2); otras en agonía, como el Salvador (Lc 22, 43); otras en arrobamiento, como el profeta David (Sal 31, 23). Consta que hubo santos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que oraron así algunas veces.

(…) Tal forma de orar incita a la devoción, alternadamente del alma al cuerpo y del cuerpo al alma. En el caso de santo Domingo, lo llevaba a derramar vehementes lágrimas y encendía el fervor de su buena voluntad de tal modo, que la mente no podía impedir que los miembros del cuerpo delatasen su devoción con señales exteriores. Y, por la misma fuerza de la mente en oración, a veces prorrumpía en peticiones, súplicas y acciones de gracias.

Se trata, además, de una práctica que, desde el punto de vista antropológico, podríamos calificar de visionaria pues rompe con el dualismo que, en la época, se establecía entre cuerpo y alma. En sus modos de orar, Santo Domingo experimenta la bondad de la corporeidad como una dimensión necesaria e imprescindible en su espiritualidad, nos transmite una visión holística del ser humano en la que toda nuestra realidad participa de la relación con Dios.

En las sucesivas publicaciones iremos recorriendo, uno a uno, esos modos de orar que el beato Posadas explicaba diciendo que “cada movimiento era una lengua que hablaba de lo que rebosa el corazón” de Santo Domingo. Lo haremos con la intención de que, por un lado, nos permitan ir profundizando en el mejor conocimiento de nuestro fundador y, por otra parte, confiando en que su ejemplo nos descubrirá nuevas posibilidades que enriquezcan nuestra propia vida de oración.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

 

lunes, 10 de enero de 2022

Clausura 800 aniversario "Dies Natalis" de Santo Domingo y promesas temporales

 

 

La Iglesia del Monasterio de Santa María de Gracia fue el digno lugar donde la familia dominicana en Córdoba se reunió el pasado día 6, para celebrar la clausura del año jubilar dominicano con motivo del 800 aniversario del “dies natalis” de Santo Domingo de Guzmán.

En este encuentro estuvieron presentes miembros del Convento de los padres dominicos de Scala Coeli, las hermanas dominicas contemplativas  de dicho Monasterio, y una muy nutrida representación de la Fraternidad laical de Santo Domingo de Scala Coeli y P. Posadas, los cuales también estuvieron acompañados de familiares y amigos que quisieron asistir a este acto. Al frente de cada una de las ramas asistieron fr. José Antonio Segovia, op, superior de Scala Coeli, sor Ana María Martos, op, madre federal de la Federación de Ntra. Señora del Rosario, y Cristóbal Arellano, op, Presidente de la Fraternidad laical.

 


 

  El acto consistió en una solemne Celebración Eucarística que contó con el acompañamiento músico-vocal de las hermanas dominicas, la cuales contribuyeron a hacer aún más especial y digna esta conmemoración dominicana.

 

Asimismo, dentro de la celebración se desarrolló el acto de otorgamiento de promesas temporales del hermano, miembro de la Fraternidad, Antonio Palacios, el cual estuvo acompañado por su familia. Dichas promesas fueron prestadas ante el Presidente de la Fraternidad y el Asistente Religioso, en representación del Maestro de la Orden de Predicadores.


Un emotivo encuentro en el que la familia dominicana en Córdoba tuvo una nueva oportunidad de compartir junta la alegría por el recuerdo a Nuestro Padre Santo Domingo, y acoger a un nuevo miembro que se compromete a seguir los pasos y el carisma dominicano para sí y para darlo a conocer en predicación y en acción.