miércoles, 7 de abril de 2021

Tiempo de Pascua desde Scala Coeli (3)

 

Cirio Pascual Iglesia Santo Domingo de Guzmán - Oviedo

 

“PASCUA ES UN TIEMPO DE SOÑADORES”

 Los cristianos somos unos soñadores pero con los ojos abiertos. Nuestro principal sueño es llegar a vivir una vida donde todo lo malo, todo lo que nos hace sufrir desaparezca y solo exista lo bueno, lo bello, lo agradable y nuestra felicidad sea completa y para siempre.

Los cristianos nos diferenciamos de los no creyentes en que tenemos a Jesús como nuestro gran amigo, el que nos ha dicho: “a vosotros os llamo amigos”. Y nos ha convencido de que es Dios, que nos ama y que nos podemos fiar de lo todo lo que nos dice porque proclama siempre la verdad.

El domingo de resurrección es nuestro día, el día de “los soñadores”, el día de la resurrección de Jesús y el día de nuestra resurrección. Este domingo, al despertarnos y frotarnos los ojos por si acaso seguimos dormidos, vemos con total lucidez que nuestro gran sueño, el de vivir una vida de plena felicidad, se va a cumplir. Nos fiamos de nuestro gran amigo, Cristo Jesús, que nos ha dicho: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá para siempre”. 

Por eso, la Pascua de Resurrección es el tiempo de nuestra esperanza, esa esperanza que alienta y empapa también nuestros días y nuestras noches en nuestro caminar terreno. Es el tiempo de nuestros sueños, el tiempo de “los soñadores”.

 

Oración:

 “Apaga mis enojos, 

pues que ninguno basta a deshacellos,

veánte mis ojos,

pues eres lumbre dellos,

y solo para ti quiero tenellos”.

(San Juan de la Cruz. Cántico Espiritual)

                                                                                    

Fr. Manuel Santos, OP

 

 

 

martes, 6 de abril de 2021

Tiempo de Pascua desde Scala Coeli (2)

 

Cirio Pascual Iglesia Stmo. Cristo del Olivar - Madrid

 

  ¿LA PASCUA DE SIEMPRE O LA PASCUA DE JESÚS?

 

 “Mientras las mujeres corrían llenas de miedo a anunciar el mensaje a los discípulos, Jesús mismo les salió al encuentro y les dijo: ¡Estad alegres! Ellas se acercaron, le besaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo: No tengáis miedo, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán”. (Mt 28, 8-10)

 

Estrenamos tiempo pascual. Lo estrenamos, sí; aunque parezca que es el mismo traje que sacamos cada año del armario durante 50 días y nos hace rejuvenecer un poco… Cada Pascua es nueva, porque las circunstancias que vivimos son diferentes, y porque nosotros (hemos de reconocerlo) no somos los mismos. Y sobre todo, porque es nuevo Jesús Resucitado, y nos pide acercarnos de una forma diferente a Él para crecer y empaparnos de Vida, de la Vida Nueva que Él nos trae.

Las mujeres, tras ver el sepulcro vacío, corrieron a buscar a los discípulos. No era normal lo que había sucedido, pero que el cuerpo de Jesús hubiese desaparecido tenía posibles causas, que ellas iban conjugando en el camino. Manejaban el lenguaje de siempre, las posibilidades de siempre, para regresar a lo de antes en definitiva: volver a cerrar la tumba como si no hubiese pasado nada. Reconozcamos que nos gusta lo de siempre, lo que no se sale del guion y podemos controlar, aunque sea duro. Incluso en esta pandemia aspiramos solo a que las cosas sean como eran, como las podíamos controlar antes, con aquella “sana normalidad”…

Es en el camino donde el Resucitado se deja ver. No es en Jerusalén, en el templo o en las sinagogas, ni tan siquiera en la oración. En el camino la vida está en juego, en tránsito. ¡Es el espacio de lo provisional el sitio que acoge los mejores encuentros! En medio de las carreras, de las idas y venidas, de las luchas de la gente… Y su mensaje, a las mujeres y a nosotros mismos, tiene tres invitaciones:

1.     “Estad alegres”. ¿No será ese el sello más auténtico de los cristianos? ¿No nos está faltando una alegría profunda y auténtica, que brote de lo hondo y que nos convenza? ¿No tendremos auténticas razones para ser felices del todo y contagiar, sin necesidad de hacer nada, esa felicidad? No hay Pascua sin alegría…

2.     “No tengáis miedo”… En este tiempo de fragilidad, en el que nos hemos sentido más vulnerables que nunca, y hemos experimentado tantas pérdidas; cuando no tenemos imaginación para vislumbrar el futuro, y todo lo que conocíamos parece ir acabándose… Uno pierde el miedo cuando sabe que no está solo, que alguien va delante y le da la mano con fuerza… No hay Pascua con miedo: ¡es el tiempo de la confianza!

3.     “Id a Galilea”, al lugar donde todo empezó, allí donde prendió la chispa de la fe sin darnos cuenta. Es en el espacio de la vida diaria con todas sus rutinas donde se nos llama a estar y a reconocer. Porque la vida diaria está habitada por la presencia silenciosa del Resucitado que empuja a vivir mejor, y solo pide que miremos diferente hasta encontrarlo del todo. No hay Pascua más allá de la vida cotidiana y ordinaria.

 Es Pascua, no la de siempre sino la del Resucitado, que viene deseoso de contagiarnos vida y novedad, y que nos pide solamente estar abiertos a su presencia. ¡Feliz Pascua y Feliz Vida!

 Fr.  Fco. Javier Garzón, OP

 

 

lunes, 5 de abril de 2021

Tiempo de Pascua desde Scala Coeli (1)


Cirio Pascual Iglesia Santo Domingo de Scala Coeli - Córdoba


ESCALA COELI: Lugar de Encuentros con el Resucitado

 

PASCUA es un tiempo de Encuentro.

ESCALA COELI, quiere ser  la hoguera de donde prendemos Luz y Fuego, que se convierte en Cirio, para cada uno de nuestros lugares vitales.

LA LUZ DE CRISTO quiere llegar a todos los rincones de nuestro corazón, llevar el calor de la vida a la frialdad interior, llevar vitalidad a la rigidez, confianza al miedo.

 

Oración:

Señor Resucitado, déjanos prender en ti la Luz de la Vida Nueva de Dios, y permitir que otros la prendan de nosotros. Como vivimos en la bendición del Cirio, al grito de “Luz de Cristo”, nos disponemos a ofrecer nuestra fe resucitada a cuantos lo necesitan y siguen buscando. Aleluya. Amén.

                                                                                    

Fr. José Antonio Segovia, OP






viernes, 2 de abril de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Viernes Santo

 


 

 

Los pasajes de la pasión son de tal intensidad que, por mucho que los hayamos leído, reflexionado o rezado, siempre nos sumergen en un silencio conmovedor.

No deja de impresionarnos la aceptación con la que el Señor, libremente, asume las consecuencias de una vida según la voluntad del Padre; también el modo en que se nos confronta acerca de la forma en que nos tratamos entre nosotros o en nuestra relación con Él.

Mirando fijamente al Dios de la cruz, a Jesús, tendremos que reconocer, también nosotros, las veces en las que actuamos igual que los diferentes personajes del texto: cuando le negamos, nos lavamos las manos, nos flagelamos mutuamente o le sustituimos por ideologías más gratificantes, por intereses más seguros.

El relato nos impulsa a profundizar en lo más íntimo de nuestro ser y contrastarnos acerca de nuestra fidelidad a Dios. Y el mejor modo de hacerlo es ante esta cruz, signo de la fidelidad y el amor de Dios a todos los hombres. Reconocer nuestros errores y omisiones es, además, admitir de nuevo, que sea Cristo quien cargue con la cruz de nuestra debilidad, para dejarnos redimir desde la raíz de nuestra falta de fe.

Esa cruz, a la que parece que ya nos hemos acostumbrado, la que hemos embellecido y dulcificado tanto que nos cuesta recordar lo que verdaderamente es. La cruz de Cristo es soledad, tortura, muerte, incomprensión, injusticia, burla, persecución… y es la misma cruz en la de tantas personas siguen padeciendo y muriendo hoy en muchos rincones del mundo… es el fruto de nuestro pecado, del egoísmo y la indolencia de los seres humanos.

En estos tiempos en los que la pandemia -además de suponer un nuevo dolor y una preocupación añadida- agrava las heridas que la humanidad ya tenía, los creyentes no podemos dejar de preguntarnos sobre la forma en que estamos respondiendo… ¿somos verdaderamente conscientes del inmenso sufrimiento que este virus está provocando en muchas familias? ¿o solo nos preocupamos por nosotros mismos, por los nuestros, por las privaciones y renuncias a las que estamos sometidos, por nuestras pérdidas?

 ¿De qué modo lanzar una mirada amorosa a esta realidad que vaya más allá? ¿cómo ser testigos activos de la transformación a los pies de esta dura cruz?

La cruz del Señor es la de cada uno de nosotros, pero esa cruz que nos mata (tanto al que está colgado de ella como a los que hoy seguimos colocando los clavos) es paradójicamente la que nos salva también: la cruz de Cristo es, ante todo, Amor. Toda esa miseria e inhumanidad que tenemos en el corazón es asumida por nuestro Dios que, a pesar de nuestros innumerables fracasos, nos ama ¡lo hace con locura! y, desde luego, ese amor es infinitamente más grande y más fuerte que toda nuestra inmundicia junta.

Es un amor tan inmenso que transforma la cruz, haciendo de lo que es nuestra perdición, el árbol de la salvación. ¿Por qué? Porque ese Dios-con-nosotros, ese hombre que se desangra en la cruz, lo hace amándonos y no sólo eso, también entendiéndonos y justificándonos.

No nos salva la cruz en sí, no son los padecimientos ni el dolor, sino el infinito amor que hay clavado en ella.

En la cruz, Cristo no sólo nos muestra ese amor, sino que además nos enseña que ya no hay nada que pueda acabar con nosotros, que por intenso que sea el dolor, la injusticia, el vacío… todo, si lo asumimos desde el Amor, nos hace más vivos, más humanos, más de Dios.

De lo que debía ser una vergüenza de la humanidad, nosotros los cristianos, hemos hecho nuestro signo; la señal de que estamos presentes en cada gota de sangre que se derrama injustamente; en cada lágrima que brota de un niño hambriento; en todas las angustias de la humanidad… asumiéndolo todo desde el amor de Dios, tratando de llevar a todos su salvación. La celebración de hoy puede ayudarnos a grabar esa cruz en las entrañas y en nuestro corazón.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP

jueves, 1 de abril de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Jueves Santo

 


 

La primera vez que vine a la que ahora es mi casa fue para participar en una pascua juvenil, tenía entonces 25 añitos y no sabía que aquella experiencia cambiaría mi vida, ¡fueron tantos los descubrimientos de aquellos días…!

Uno de ellos fue, precisamente, el empezar a comprender la belleza y la profundidad de este día, el Jueves Santo: estábamos todos reunidos y una de las hermanas dominicas que nos acompañaba preguntó a uno de los jóvenes si conocía la revolución francesa, este respondió que sí y explicó en que había consistido. Después preguntó por la revolución industrial a otro que, de nuevo, contestó afirmativamente y ofreció una breve explicación de la misma. Por último, me preguntó a mí:

-         Y tú, Félix, ¿conoces la revolución de la toalla?

¡Maldita sea! (pensé) me sabía perfectamente las otras, pero ¡¿esta?! No la había oído en mi vida, me tenía que tocar a mi esta “revolución de la toalla” ¿cómo no la había estudiado nunca?

Aquél día aprendí que la “revolución de la toalla” había sido la más importante de la historia y que en la actualidad se sigue desarrollando, porque lo que hoy celebramos es justamente eso: toda una revolución, la de la misión entera de Jesús, concentrada en una comida.

Una cena pascual, en la que se celebraba el paso de la esclavitud a la libertad, era el contexto ideal para que el Maestro significara con las palabras más hermosas y los signos más sorprendentes, la predicación de toda su vida, una vida en la que, a los ojos de la sociedad, todo era “al revés”: Últimos que son primeros, sufridos que son bienaventurados, el que pierde gana…

Y el Señor se hace siervo, se ciñe la toalla y nos lava los pies para mostrarnos que cuando el yo se empequeñece, el amor se ensancha y que eso es lo que nos hace verdaderamente grandes.

De forma paralela, su vida se rompe y se reparte a todos, manifestando que el amor de Dios no tiene límites, ni condiciones, que es mucho más grande de lo que jamás podremos imaginar.

Y nos invita a nosotros a hacer lo mismo, no sólo a participar de una celebración litúrgica sino a dejarnos partir, a entregarnos por completo los unos a los otros, a vivir “en plural” no buscando lo que yo quiero, necesito o me conviene sino lo que necesitamos, lo que nos conviene, lo que queremos…sabiendo que Él es el único alimento que necesitamos para hacerlo realidad.

Una cena sencilla pero irrepetible, que continúa siendo actual cada vez que conmemoramos aquellos momentos en cada Eucaristía que celebramos y cuyos efectos están más allá del tiempo y del espacio.

Cada vez que participamos de esta mesa, a pesar de las restricciones, los confinamientos y las distancias sociales, nos sentamos junto a todos y cada uno de nuestros hermanos repartidos por toda la tierra, porque es la Eucaristía la que construye comunidad y desde la comunidad cobra sentido la Eucaristía: en el asiento de al lado tenemos a la misionera que se juega la vida en un rincón olvidado del planeta; a un cristiano perseguido en oriente medio; al joven que se pregunta por su fe o a esa persona de la que nadie se acuerda ¡aún más! También están nuestros mayores o los amigos que se fueron, toda la iglesia celestial presente con nosotros.

Y presente, en el centro de todos, Cristo, el mismo Dios, que actúa en y sobre nosotros, codo a codo con cada uno, sosteniendo y nutriendo nuestra fraternidad. Participar de todo esto solo nos exige una cosa, el dejarnos amar. Todo lo demás vendrá después, porque cuando descubrimos lo preciosos que somos a los ojos de Dios; el precio que ha pagado por nuestra felicidad; que pase lo que pase Él, loco de amor, no nos deja de su mano… entonces, ya no podemos vivir de cualquier manera. Quien comprende esto no tirará la toalla ante las dificultades o el dolor, al contrario, se la ciñe a la cintura también, se arrodilla ante el hermano y hace de toda su existencia un servicio: se convierte en un revolucionario del amor.

El Jueves Santo es el punto de referencia para todos los que queremos vivir aprendiendo a amar más y mejor, para quienes estamos convencidos de que, solo este, es el camino de la felicidad y la plenitud humanas. Hoy celebramos la revolución de la toalla, la revolución del Amor.

 

Fr. Félix Hernández Mariano, OP 
 

 

miércoles, 31 de marzo de 2021

SEMANA SANTA Y PASCUA EN PANDEMIA: Miércoles Santo

  

Es curioso…

Curioso pero iluminador.

Ayer, martes santo, las lecturas de la Eucaristía nos situaban ante un Siervo de Yahveh, en el libro de Isaías, que se sentía hundido ante el aparente fracaso de su misión y el sinsentido de su vida y su tarea. Y en el evangelio, Jesús, “profundamente conmovido”, descubría a sus discípulos la traición y la cobardía con las que iban a pagar el amor de él por ellos. Era una ocasión propicia para afrontar también las ocasiones en que nuestra existencia o nuestra fe nos conducen a ese sentimiento tan duro, tan triste, tan desesperanzado como el sentimiento de ser un fracasado.

Hoy, miércoles santo, el tono es distinto. Nos sigue hablando el mismo Siervo de Yahveh en Isaías, que se encuentra amenazado, perseguido. Y Cristo, en el evangelio, quiere celebrar la pascua y denuncia a Judas su traición. Los mismos escenarios y situaciones que ayer, pero sin sentimiento de fracaso, sino de audacia, arrojo, seguridad en el triunfo final, serenidad ante la traición.

Los dos tonos nos reflejan: somos vulnerables ante la dificultad, las decepciones, los “silencios de Dios”, las respuestas negativas de los demás a nuestro cuidado y desvelo por ellos. Pero también, que somos fuertes, a veces más de lo que pensamos; que somos capaces de arrostrar dificultades, de gastar generosamente la vida; de luchar para que el mal y la muerte no tengan la última palabra; de sacar fuerzas de flaqueza en gestos, quizás pequeños e ignorados, pero que significan y desarrollan lo mejor de nosotros mismos.

¿Cuál es la clave para esa fortaleza en  la debilidad y la contradicción? El Siervo de Yahveh lo dice bien alto en Isaías:

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,

para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído,

para que escuche como los iniciados.

El Señor me ha abierto el oído y yo no me rebelado,

ni me he echado atrás.

En esta comunicación constante con el Señor a través de la oración que busca situarse en la perspectiva de Dios y colaborar diligentemente en su acción salvadora, el Siervo encuentra sentido vital y fortaleza:

                            “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,

                            la mejilla a los que mesaban mi barba.

                            No oculté el rostro a insultos y salivazos.

La comunicación entre Dios y el hombre, hecha de fe-confianza, esperanza activa e ilusionada y amor ferviente y disponible  es la palanca absolutamente necesaria para mover el mundo y adelantar el Reino. Creyendo, esperando y amando, el Siervo constata que:

                            Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido.

                   Por eso ofrecí el rostro como pedernal y sé que no quedaré avergonzado.

                            Tengo cerca a mi abogado ¿Quién pleiteará contra mí?

 

En el relato evangélico de hoy, Jesús sabe que Judas lo ha traicionado y que eso, no por castigo de Dios, sino como consecuencia lógica del mal que pudre el corazón del hombre, va a ser la destrucción de su discípulo. Un discípulo al que se niega llamarlo “traidor”, ni a reducirlo a su pecado: es, ante todo y sobre todo aquel “que ha mojado en la misma fuente que yo”, modo de indicar una profunda comunión de vida, ilusiones, proyectos. Judas le “hará” traición, pero Judas “es” su compañero entrañable. Por eso, cuando se encuentran es Getsemaní a la hora de su prendimiento, Cristo lo recibe con la única expresión posible, la que le sale del corazón: “AMIGO ¿a qué vienes?”

Jesús también ha “sabido decir al abatido una palabra de aliento”.

Con esa fuerza perdonadora, tan divina y tan humanizante, Jesús arrostra su propia muerte en beneficio, como toda su vida y su resurrección, de todos nosotros.

Nosotros, que a veces somos Judas, pero que tenemos que ser siempre como Jesús.

 

P. Francisco J. Rodríguez Fassio, OP