Que sepamos dirigir nuestra vida,
como la Virgen María,
en la contemplación y fidelidad
a los diversos misterios de la vida de Cristo,
que dan sentido a nuestro vivir
en el gozo, en el dolor y en la esperanza de la gloria.
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Virgen del Rosario - Scala Coeli (Córdoba) |
Evangelio, Virgen María y Santo Domingo: El Rosario
Como nos
recuerda el P. Ricardo Cuadrado Tapia, O.P., en su libro “Celebraciones vivas
del Rosario”, todas las cosas creadas están llamadas a perfeccionarse por
evolución o desarrollo. Y también el Rosario. El cual comenzó siendo una
semilla o embrión, pero estaba llamado a crecer y a desarrollarse hasta llegar
a ser la más excelente de las devociones marianas.
Santo Domingo,
inspirado por la Madre de Dios, comenzó a recitar muchas veces el Ave María,
unida a la meditación y contemplación de los misterios principales de la vida
de Cristo y de su madre. Con esta devoción y práctica mariana, Santo Domingo
intentaba alabar y proclamar las grandezas de María, como Madre de Cristo,
doctrina y realidad que negaban los Albigenses.
Este recitar
Avemarías, contemplando al mismo tiempo los misterios de Jesús, fue pronto
imitado con gran difusión por frailes y monjas de la Familia Dominicana. Solían
recitar el Avemaría 50 veces o múltiplos de este número, acompañado de genuflexiones
y meditación de los misterios de Jesús: era un arrodillarse, rezar el Avemaría
y meditar en la vida del Señor.

La Orden de
Predicadores, junto con toda la Iglesia, celebramos en esta fiesta de Nuestra
Señora, la Virgen del Rosario, las maravillas obradas por Dios a favor de los
hombres, en la contemplación devota de los misterios de la vida, pasión, muerte
y resurrección de nuestro Salvador Jesucristo, con María, su Madre y Madre
nuestra.
La Virgen María
es para nosotros ejemplo de contemplación de los misterios de Cristo y de
docilidad a la propia misión. Como nos dice también el Papa Francisco, en la
“Evangelii gaudium”, ella también es la misionera que se acerca a nosotros para
acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno.
Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros y
derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios.
Al pie de la
cruz, Jesús nos lleva a María, porque no quiere que caminemos sin una madre, y
el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio.