domingo, 4 de abril de 2010

Velar en la noche (4 de abril, Pascua del Señor)

Era una noche como la nuestra. Todos los ruidos del mundo se habían acallado. Los poderosos, los grandes de aquel momento dormían. Dormían los sacerdotes judíos, felices de tener un problema menos; dichosos de seguir manteniendo su poder sin rivales. Dormía Herodes, contento de seguir alardeando de sí mismo. Dormía Pilato, con sus manos limpias de tantas sangres inocentes. Dormían quienes horas antes habían gritado en las calles y plazas. El mundo dormía.

No han cambiado los tiempos. En esta noche muchos siguen durmiendo. Los gobernantes de esta tierra, con sus conciencias tranquilas (no les pesan muertes, hambres, violencias, guerras, malos tratos, atentados contra los Derechos Humanos…). Duermen. Duermen jueces, y políticos. Duermen los ideólogos, creadores de opinión. Duermen los grandes señores que tienen sus fortunas invertidas en quién sabe qué empresa…

Pero había gente que no podía dormir entonces. Quienes no se resignaban a que la injusticia tuviese la última palabra. No dormían los pequeños y pobres, ¡no tenían dónde! No dormían los contados soñadores de Israel. Y unos hombres y mujeres, centinelas de aquella madrugada, velaban. Adelantaban el día. Salieron de mañana, luchando contra la noche.

¡Cómo se repiten las cosas! Aquí estamos. Son horas de dormir quizás; pero no queremos hacerlo.Lo nuestro es velar, velar como vela la madre, el vigilante, el conductor. Velar porque no nos conformamos con que la noche tenga poder, con que los dueños de la noche se hagan dueños del mundo.

Había alguien más que velaba. Lo hacía desde siglos. Dios vigilaba. Y actuaba. Venía de camino. Había ido a los infiernos por su Hijo. Y lo traía nuevo, más joven, más grande, más libre. ¡Todo un Dios, como Él! Venía, y traía el final de todas las noches, la esperanza para tantos caídos, la fuerza para abatidos, el hálito para moribundos… Dios venía, y traía a Jesucristo.

Es la Pascua, hermanos. Y necesitamos recordarlo, celebrarlo, decírnoslo. Decirlo fuerte, creérnoslo. ¡Dios tiene la última palabra en la Historia! Ni los grandes, ni los tiranos, ni los faraones que esclavizan. Dios, nuestro Padre, el que nos saca de nuestros países de Egipto y nos contagia la vida, mayúscula.

Ahora que es de noche, escuchad, prestad atención. El Dios del silencio, el invisible, sigue haciendo resonar trompetas de liberación en los confines de la tierra. Sigue empujándonos a vivir, a hacerlo sin frenos ni cortapisas. A ser grandes y libres como él nos pensó cuando nos apretó contra su pecho.

El cielo vuelve a estar estrellado. Pasaron las nubes oscuras de tantos días. Se abre la vida. Es posible la esperanza. Hay sentido. Hay futuro. El futuro es de los pequeños. Ningún telediario lo dirá mañana; pero lo sabemos nosotros, porque así lo vivimos, en primera persona. Porque lo hemos, visto, porque lo sentimos, hoy nos sentimos nuevos. Porque Dios mismo, el siempre vivo, nos corre por las venas…

Hoy empieza la vida, amigos. Hoy nacemos de nuevo al mundo nuevo de los nuevos, de lo nuevo. Es Jesús quien lo ha hecho. Somos suyos, y para siempre. Nadie nos puede apartar…
Misa del Día de Pascua
Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43
Sal 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9