domingo, 11 de abril de 2010

Un Dios herido

Los cielos nos espantan: están demasiado serenos;
en todo el universo no hay lugar para nosotros.
Nos duelen nuestras heridas, ¿dónde hallaremos el bálsamo?
Señor Jesús, por tus llagas pedimos misericordia.
Si, estando cerradas nuestras puertas, te acercas a nosotros,
no has de hacer sino mostrar las manos, ese costado tuyo.
Hoy día sabemos lo que son las heridas, no temas;
muéstranos tus llagas, conocemos tu contraseña.
Los otros dioses eran fuertes; pero tú eres débil.
Cabalgaban, mas tú tropezaste en un trono;
pero a nuestras heridas, sólo las heridas de Dios pueden hablarles,
y no hay dios alguno que tenga heridas, ninguno más que tú.

(E. Shillito, “Cristo de las Llagas”)