jueves, 22 de abril de 2010

El Pastor y las ovejas (25 de abril)

Tan acostumbrados estamos a los títulos solemnes para definir a Jesús, que cuando tenemos que llamarle “pastor”, “buen pastor”, nos perdemos. No nos gusta ser ovejas, menos en una cultura urbana y además democrática como la nuestra. ¡Qué tiempos aquellos en que las ovejitas mansas obedecían a los pastores caprichosos! Lo cierto es que hemos soportado y (tal vez, en distintos ámbitos) quizás nos toque estar soportando autoridades déspotas, poco humanas, con demasiados defectos, que nos manipulan y decepcionan, que llegan a poner en crisis nuestro pensamiento y hasta nuestra identidad. E incluso es posible que ciertas “masas” (ovejas o rebaños, en el lenguaje del evangelio) nos confundan con sus actitudes sumisas o demasiado revolucionarias, con unos gritos o silencios con los que no nos identificamos.

Por eso es bueno recordar que Jesús es un pastor bueno, único, humano. Y la relación que mantiene con los suyos es tan especial que no anula ni hace daño: humaniza. Una oveja no es nada cuando le falta el pastor. Se pierde, su vida corre peligro. Necesita saberse conducida, acompañada, ayudada cuando llega el parto o la enfermedad. El pastor no la atosiga, simplemente está, acompaña, va delante. Se sabe su nombre (el de cada una, por increíble que parezca), y hasta debe conocer sus inquietudes. No hay entre ellos relación de autoritarismo, ni siquiera de subordinación. Simplemente se necesitan, son el uno para la otra. No pueden existir pastores tiranos, porque acaban con el rebaño. Pero tampoco ovejas independientes que hagan su vida de espaldas al rebaño o al pastor.

En el evangelio, las ovejas escuchan y siguen al Pastor; éste, a su vez, los conoce y les da seguridad y vida eterna. Jesús es la “oveja preferida” de Dios, su Pastor. Y Él es el “pastor preferido” para nosotros, sus ovejas. No hay otro Pastor mejor. Los pastores humanos son frágiles y limitados. Sin Él estamos abandonados. Nos perdemos cuando caminamos al margen de Él. Por eso es bueno que no perdamos el norte de nuestra vida. Por eso es bueno que recemos por nuestros pastores, siempre débiles. Y también que reforcemos nuestra identidad desde esta relación con Él que saca lo mejor de nosotros.

Cuarto Domingo de Pascua (C)
“Domingo del Buen Pastor”
Hechos de los apóstoles 13, 14. 43-52
Sal 99
Apocalipsis 7, 9. 14b-17
Juan 10, 27-30