domingo, 27 de diciembre de 2009

Para dar la buena noticia...


(Revista FAST)
Oh Dios, que has iluminado esta noche santa
con el nacimiento de Cristo, luz verdadera,
concédenos gozar en el cielo del esplendor de su gloria
a los que hemos experimentado
la claridad de su presencia en la tierra.
Por nuestro Señor Jesucristo
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios,
por los siglos de los siglos.

sábado, 26 de diciembre de 2009

viernes, 25 de diciembre de 2009

Venid a ver al Hijo de Dios



Ahora vengamos al misterio al glorioso del Nacimiento de nuestro Salvador. Porque sin duda, entre todos los pasos y misterios de su vida santísima, uno de los más dulces y más devotos y más llenos de maravillas y doctrinas es este de su glorioso Nacimiento. En este día, dice la Iglesia, los cielos están destilando gotas de miel por todo el mundo, y en este día nos amaneció el día de la Redención nueva, de la Reparación antigua y de la Felicidad eterna.

Salid, pues, ahora, hijas de Sión, dice la Esposa de los Cantares, y veréis al rey Salomón con la corona que lo coronó su madre en el día de su desposorio y en el día de la alegría de su corazón.

 ¡Oh, almas devotas y amadoras de Cristo!, ¡salid ahora con el espíritu de todos los cuidados y negocios del mundo y, recogidos en uno todos vuestros pensamientos y sentidos, poneos a contemplar al verdadero Salomón, pacificador de los cielos y de la tierra no con la corona que lo coronó su Padre cuando lo engendró eternalmente y le comunicó la gloria de su deidad, sino con la que le coronó su madre cuando lo parió temporalmente y lo vistió de nuestra humanidad!

Venid a ver al Hijo de Dios, no en el seno del Padre, sino en los brazos de la Madre; no entre los coros de los ángeles, sino entre unos viles animales, no sentado a la diestra de la Majestad en las alturas, sino reclinado en un pesebre de bestias; no tronando ni relampagueando en el cielo, sino llorando y temblando de frío en un portal.

Venid a celebrar este día de su desposorio, donde sale, ya del tálamo virginal casado con la naturaleza humana con tan estrecho vínculo de matrimonio, que ni en vida ni en muerte se haya de desatar. Este es el día de la alegría secreta de su corazón, cuando, llorando por defuera como niño pequeñito, se alegraba de dentro por nuestro remedio como verdadero Redentor.
Fr. Luis de Granada, "Vida de Cristo". Del nacimiento de Nuestro Señor.


jueves, 24 de diciembre de 2009

Nació Jesús, Dios eterno (25 de diciembre, Natividad del Señor)

Os anunciamos, hermanos, una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo;
escuchadla con corazón gozoso.

Habían pasado miles y miles de años
desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra
e hizo al hombre a su imagen y semejanza;
y miles y miles de años desde que cesó el diluvio
y el Altísimo hizo resplandecer el arco iris,
signo de alianza y de paz.

Cerca de dos mil años después de que Abrahán,
nuestro padre en la fe, dejó su patria;
1.250 años después de que los israelitas,
guiados por Moisés, salieran de Egipto;
mil años después de la unción de David como rey;
en el año 752 de la fundación de Roma;
en el año 42 del imperio de Octavio Augusto,
mientras sobre toda la tierra reinaba la paz,
hace unos 2.009 años,
en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel,
ocupado entonces por los romanos,
en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada,
de María virgen, esposa de José,
de la casa y familia de David,
nació Jesús,
Dios eterno, Hijo del eterno Padre y hombre verdadero
llamado Mesías y Cristo,
que es el Salvador que la humanidad esperaba.
Natividad del Señor
Isaías 52, 7-10
Sal 97
Hebreos 1, 1-6
Juan 1, 1-18

jueves, 17 de diciembre de 2009

Rasgos de María (20 de diciembre, IV Adviento)


La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.


María que ha llegado aprisa desde Nazaret se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.

María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Éste es el punto de partida de toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. « Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Ésa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no sólo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.


María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate...el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.


Domingo IV de Adviento, ciclo C
Miqueas 5, 1-4a
Sal 79
Hebreos 10, 5-10
Lucas 1, 39-45


José A. Pagola

lunes, 14 de diciembre de 2009

Por las vocaciones dominicanas...

Como recuerdo de su profesión Solemne, fr. Pepe nos regaló un marcapáginas, con la intención de que oremos por las vocaciones dominicanas. Que así sea. Que Dios llame a muchos hombres y mujeres a seguir a Cristo por las huellas de Domingo, como religiosos y religiosas, monjas contemplativas y laicos dominicos, en Familia.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Profesión Solemne en la Orden


El pasado sábado 12 de diciembre, en el convento de Santo Tomás de Sevilla, fr. Pepe Rafael González Reyes, dominico cordobés,  pronunció sus votos solemnes en las manos del Prior Provincial de Bética, fray Miguel de Burgos.

En la celebración estuvieron presentes los familiares y amigos de fray Pepe Rafael, un buen número de frailes (gran parte de los frailes jóvenes de todas las provincias dominicanas españolas) y un nutrido grupo de laicos dominicos del Movimiento Juvenil y de las Comunidades Juana de Aza. Desde Bélgica se acercaron a compartir este día con el profeso solemne dos frailes de las comunidades de Bruselas y Lovaina la Nueva, y una hermana dominica de Bruselas.


Presidió la eucaristía fr. Miguel de Burgos acompañado de fr. Alfonso Esponera, en calidad de Maestro de Estudiantes, y fr. Jesús Díaz Sariego, socio del Provincial de España, junto con fr. Carmelo Preciado, Maestro de Novicios, que dirigía la ceremonia.

En la homilía el provincial fray Miguel de Burgos exhortaba a fr. Pepe Rafael a ser un verdadero predicador de la gracia tal y como corresponde a un buen fraile de la Orden de Predicadores. Ser mensajero, no de condena, sino de salvación y misericordia que es la verdadera esencia de la Buena Nueva de Jesucristo.

Fr. Pepe Rafael pronunció después sus votos en las manos de su Provincial prometiendo obediencia hasta la muerte. En una emotiva acción de gracias, el neo profeso quiso agradecer a todas aquellas "palabras de Dios" que han sido importantes en su vida y en su proceso vocacional.

Tras la celebración, la siempre acogedora comunidad de santo Tomás invitó a los presentes a un vino español en el claustro del convento.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Repartir con el que no tiene (13 de diciembre, III Adviento)


La Palabra del Bautista desde el desierto tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión y al inicio de una vida más fiel a Dios despertó en muchos de ellos una pregunta concreta:¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que brota siempre en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.

El Bautista no les propone ritos religiosos ni tampoco normas ni preceptos. No se trata propiamente de hacer cosas ni de asumir deberes, sino de ser de otra manera, vivir de forma más humana, desplegar algo que está ya en nuestro corazón: el deseo de una vida más justa, digna y fraterna.

Lo más decisivo y realista es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista sabe resumirles su respuesta con una fórmula genial por su simplicidad y verdad:«El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida,haga lo mismo». Así de simple y claro.

¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes vivimos en un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de comida?

Y ¿qué podemos decir los cristianos ante esta llamada tan sencilla y tan humana? ¿No hemos de empezar a abrir los ojos de nuestro corazón para tomar conciencia más viva de esa insensibilidad y esclavitud que nos mantiene sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?


Mientras nosotros seguimos preocupados, y con razón, de muchos aspectos del momento actual del cristianismo, no nos damos cuenta de que vivimos "cautivos de una religión burguesa". El cristianismo, tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Al contrario, es ésta la que está desvirtuando lo mejor de la religión de Jesús, vaciando nuestro seguimiento a Cristo de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la compasión y la justicia.

Por eso, hemos de valorar y agradecer mucho más el esfuerzo de tantas personas que se rebelan contra este "cautiverio", comprometiéndose en gestos concretos de solidaridad y cultivando un estilo de vida más sencillo, austero y humano.
Domingo III de Adviento, ciclo C
Sofonías 3, 14-18a
Is 12
Filipenses 4, 4-7
Lucas 3, 10-18

José A. Pagola

jueves, 3 de diciembre de 2009

Te busco en tu desierto (6 de diciembre, II Adviento)


Cuando a veces nos paramos a pensar, nos sale con frecuencia la siguiente idea: ¡Qué rápido pasa la vida! Nos vamos poniendo metas a largo plazo que no solemos cumplir… Y nos vamos dando cuenta que los plazos han de ser cada vez más cortos. En el tiempo hemos vivido experiencias maravillosas. En el tiempo hemos vivido nuestras heridas, fracasos y dolores. Hay tiempos que se hacen largos, otros que se pasan volando…

Dios viene a habitar el tiempo. Esa es la Buena Noticia del Adviento. Fuera del tiempo no hay salvación. Y en lugar de vivirlo como algo que pasa, ha de llevarse como algo que se vive: Sólo tenemos la Historia (esta que tantas veces nos disgusta y pone los pelos de punta) para encontrarnos con el Señor de la Vida, el que dejó sus cielos y tomando carne y debilidad humana se vino a vivir a nuestro lado. Dios actúa en la Historia, en ella se revela y nos sale al encuentro.

El evangelista Lucas tiene un interés importante en demostrárnoslo. La encarnación de Dios, la vida de Jesús no se hace al margen del tiempo, de la Historia. Nos quejamos de los tiempos que vivimos, pero son infinitamente mejores que aquellos del s. I, en todos los sentidos. En ningún sitio está escrito que el tiempo histórico, el tiempo cristiano tenga que ser fácil…Dios está escondido en la Historia, en el pasado, presente y futuro. Encontrarlo, encarnarlo es nuestra principal y mejor tarea.

Pero no todo el tiempo es igual, dice Lc. Después de hacernos la situación de todos los poderes humanos (emperadores, reyes, virreyes, gobernadores, sumos sacerdotes), Lc nos sitúa la entrada de la Palabra en el desierto, allí donde el Bautista, personaje anónimo y sin poder alguno, promueve un bautismo de conversión.

Era conocido el desierto para Israel. Pasar por él siempre había resultado catastrófico: significaba irse, sin seguridades y en debilidad, bien a Egipto, bien a Babilonia; era tiempo de cautividad. En el desierto predicaron los grandes profetas de Israel: “Por aquí os marchasteis llorando, por aquí volveréis haciendo fiesta”. Es lo que dice Baruc en la primera lectura: No tengas miedo al desierto, a la dificultad, Jerusalén (nosotros): ahí Dios te va a hacer grande, te vestirá con sus galas, te cubrirá con su gloria, compartirá contigo justicia y paz. No hay tiempos difíciles que no tengan dentro promesas de vida de parte de Dios….

En el desierto vivían, gritaban, anunciaban misericordia, denunciaban injusticias, y en el desierto morían los profetas. En el desierto se gesta la venida del Señor. En una parcela determinada de la Historia. No en cualquier lugar. Allí donde hay expectativas de cambio; donde las cosas son difíciles, pero hay encerradas semillas de esperanza. Nos hubiera traicionado Dios si hubiese puesto su carne humana en el lugar del poder. Elige la debilidad humana.

¿Cuántas veces nos quejamos de lo difíciles que son los tiempos históricos que vivimos? A tantos niveles: social, económico, religioso, personal, ¡hasta de la educación de nuestros jóvenes nos quejamos! Dios está aquí, sigue poniendo su morada en esta Historia. No hay que tener miedo, está aquí. En nuestra historia personal llena de debilidades. Pero no lo esperemos en lo grandioso, en el poder y la fuerza. En todo desierto, en lo escondido, allí donde la gente lucha, se esfuerza por cambiar, allí donde se gestan movimientos personales, sociales, eclesiales de cambio, de conversión… Allí donde hay arquitectos de lo humano allanando caminos, levantando valles, enderezando, reconciliando… Por esos recovecos sigue Dios poniendo su Tienda para quedarse con nosotros.

Domingo II de Adviento, ciclo C
Baruc 5, 1-9
Sal 125
Filipenses 1, 4-6. 8-11
Lucas 3, 1-6

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ponte en pie, no tengas miedo (29 de noviembre, I Adviento)


Comenzamos un nuevo año litúrgico con el primer domingo de adviento. Siempre resulta una aventura interesante comenzar, darnos y dar una nueva oportunidad a todas las cosas. Por encima de lo vivido, victorias y derrotas… ¡comenzamos de nuevo! Pero comenzamos con los pies en el suelo, en la tierra. En esta tierra imperfecta que Dios mismo tocó con su carne y humanidad. Nos asustan las crisis que no se terminan, en la economía y en la vida. Nos dan miedo los poderes del este mundo, tan arbitrarios y traicioneros. Nos hace temblar el futuro y a veces hasta el presente. Cerramos los ojos ante los graves problemas de nuestro mundo, esos que parecen no tener solución. Escuchamos estremecidos las voces que desde tantos lugares nos hablan de desastre, calamidad, degradación de lo humano. Miramos de reojo a un Dios que se nos llega a antojar juez y castigador…

Adviento es tiempo de esperanza. Pero si sacamos la radiografía de nuestra vida nos sale que estamos encorvados; que se nos dobló la espalda de mirar al suelo, que cargamos muchos pesos invisibles, que nos hemos hecho demasiado serviles ante la realidad injusta. Sí, estamos encorvados. Y hasta el corazón se nos queja. Y la mirada se nos ha vuelto muy corta. Y poca vista tenemos si no es para ver más que el suelo y sus desastres.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a “levantar la cabeza”, levantar el ánimo, el corazón, a mirar a Aquel que se pone a nuestro nivel y estatura. Viene Dios y nos mira cara a cara. ¿Seremos capaces de mantener fija en él nuestra mirada siquiera en estas cuatro semanas? ¡Ponte en pie, levanta la cabeza, vuelve a vivir, no tengas miedo; todo vuelve a empezar, creo para ti nuevas oportunidades, todo empieza de nuevo…!

Somos demasiado apocalípticos nosotros. En tiempo de Jesús, una corriente (incluido san Pablo) esperaba el fin inminente de la Historia, catastrofista además. Todo se aliaba contra el hombre para destruirlo. Y no ha cambiado mucho el panorama aunque hayan pasado los siglos: ¡cuántos intereses tiene el miedo! ¡Cuántos señores se sirven de él para hacerse poderosos! En muchos medios se sigue hablando del fin del mundo: ¿será el 2012? ¿Será la explosión de un gran meteorito? Tenemos una cierta atracción hacia el miedo, porque lo podemos controlar, porque nos da seguridades. No, dice Jesús: vosotros no tengáis miedo. De tanto mirar para abajo os habéis convertido en asustadizos, no tenéis horizonte. Vosotros nunca tengáis miedo, tened confianza, levantaos. Nunca creáis en un Dios al que se puede temer, no es el Dios de Jesucristo, el Padre Bueno que acoge y anima. No tengáis miedo, ni ahora, ni nunca, ni ante cualquier situación.

Pero tampoco os embotéis demasiado. Puede ser que os suceda lo contrario, que os ceguéis en el presente: el dinero, el vicio, la bebida, los agobios. No os empobrezcáis poniendo vuestro ser ni al servicio del miedo, ni al servicio de intereses tan simples, tan poco humanos, incapaces de haceros felices. Ni en ellos, ni en el miedo: Mirad cara a cara, de amigo a amigo, a Jesucristo que viene, que está, que nos levanta de nuestros miedos e intereses más rastreros. Vosotros seguid esperando, seguid confiando, estad despiertos… Levantaos, alzad la cabeza, estad despiertos… Mirad cara a cara a vuestro Dios. Y no temáis porque es de los vuestros, y de tan humano conoce todas nuestras heridas. Y no juguéis a ser señores de nada, falsos señores de falsos sueños. La Vida, la Esperanza auténtica que anhelamos nosotros y toda la humanidad no está sino en Jesucristo, ese mismo que desea mirarnos cara a cara para darnos la vida que nos falta, el consuelo, la fuerza que necesitamos. Para sanar nuestra raíz y curar nuestro pasado; para construir con cimientos de vida nuestro futuro. Es el Señor, y está deseando mirarte cara a cara…

Domingo I de Adviento, ciclo C
Jeremías 33, 14-16
Salmo 24
1 Tesalonicenses 3, 12-4,2
Lucas 21, 25-28. 34-36