jueves, 3 de diciembre de 2009

Te busco en tu desierto (6 de diciembre, II Adviento)


Cuando a veces nos paramos a pensar, nos sale con frecuencia la siguiente idea: ¡Qué rápido pasa la vida! Nos vamos poniendo metas a largo plazo que no solemos cumplir… Y nos vamos dando cuenta que los plazos han de ser cada vez más cortos. En el tiempo hemos vivido experiencias maravillosas. En el tiempo hemos vivido nuestras heridas, fracasos y dolores. Hay tiempos que se hacen largos, otros que se pasan volando…

Dios viene a habitar el tiempo. Esa es la Buena Noticia del Adviento. Fuera del tiempo no hay salvación. Y en lugar de vivirlo como algo que pasa, ha de llevarse como algo que se vive: Sólo tenemos la Historia (esta que tantas veces nos disgusta y pone los pelos de punta) para encontrarnos con el Señor de la Vida, el que dejó sus cielos y tomando carne y debilidad humana se vino a vivir a nuestro lado. Dios actúa en la Historia, en ella se revela y nos sale al encuentro.

El evangelista Lucas tiene un interés importante en demostrárnoslo. La encarnación de Dios, la vida de Jesús no se hace al margen del tiempo, de la Historia. Nos quejamos de los tiempos que vivimos, pero son infinitamente mejores que aquellos del s. I, en todos los sentidos. En ningún sitio está escrito que el tiempo histórico, el tiempo cristiano tenga que ser fácil…Dios está escondido en la Historia, en el pasado, presente y futuro. Encontrarlo, encarnarlo es nuestra principal y mejor tarea.

Pero no todo el tiempo es igual, dice Lc. Después de hacernos la situación de todos los poderes humanos (emperadores, reyes, virreyes, gobernadores, sumos sacerdotes), Lc nos sitúa la entrada de la Palabra en el desierto, allí donde el Bautista, personaje anónimo y sin poder alguno, promueve un bautismo de conversión.

Era conocido el desierto para Israel. Pasar por él siempre había resultado catastrófico: significaba irse, sin seguridades y en debilidad, bien a Egipto, bien a Babilonia; era tiempo de cautividad. En el desierto predicaron los grandes profetas de Israel: “Por aquí os marchasteis llorando, por aquí volveréis haciendo fiesta”. Es lo que dice Baruc en la primera lectura: No tengas miedo al desierto, a la dificultad, Jerusalén (nosotros): ahí Dios te va a hacer grande, te vestirá con sus galas, te cubrirá con su gloria, compartirá contigo justicia y paz. No hay tiempos difíciles que no tengan dentro promesas de vida de parte de Dios….

En el desierto vivían, gritaban, anunciaban misericordia, denunciaban injusticias, y en el desierto morían los profetas. En el desierto se gesta la venida del Señor. En una parcela determinada de la Historia. No en cualquier lugar. Allí donde hay expectativas de cambio; donde las cosas son difíciles, pero hay encerradas semillas de esperanza. Nos hubiera traicionado Dios si hubiese puesto su carne humana en el lugar del poder. Elige la debilidad humana.

¿Cuántas veces nos quejamos de lo difíciles que son los tiempos históricos que vivimos? A tantos niveles: social, económico, religioso, personal, ¡hasta de la educación de nuestros jóvenes nos quejamos! Dios está aquí, sigue poniendo su morada en esta Historia. No hay que tener miedo, está aquí. En nuestra historia personal llena de debilidades. Pero no lo esperemos en lo grandioso, en el poder y la fuerza. En todo desierto, en lo escondido, allí donde la gente lucha, se esfuerza por cambiar, allí donde se gestan movimientos personales, sociales, eclesiales de cambio, de conversión… Allí donde hay arquitectos de lo humano allanando caminos, levantando valles, enderezando, reconciliando… Por esos recovecos sigue Dios poniendo su Tienda para quedarse con nosotros.

Domingo II de Adviento, ciclo C
Baruc 5, 1-9
Sal 125
Filipenses 1, 4-6. 8-11
Lucas 3, 1-6