«Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de
Dios».
En la dramática situación actual, llena de
sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, Madre de
Dios y Madre nuestra, y buscamos refugio bajo tu protección.
Oh Virgen María, vuelve a nosotros tus ojos
misericordiosos en esta pandemia de coronavirus, y consuela a los que se
encuentran confundidos y lloran por la pérdida de sus seres queridos, a veces
sepultados de un modo que hiere el alma. Sostén a aquellos que están
angustiados porque, para evitar el contagio, no pueden estar cerca de las
personas enfermas. Infunde confianza a quienes viven en el temor de un futuro
incierto y de las consecuencias en la economía y en el trabajo.
Madre de Dios y Madre nuestra, implora al Padre de
misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar un
horizonte de esperanza y de paz. Como en Caná, intercede ante tu Divino Hijo,
pidiéndole que consuele a las familias de los enfermos y de las víctimas, y que
abra sus corazones a la esperanza.
Bienaventurada
Virgen María, “Madre de la Iglesia”
El año 2018 el Papa Francisco decretaba que el lunes
después de Pentecostés se celebre la Fiesta de María, Madre de la
Iglesia. Y lo explicaba así: La gozosa veneración otorgada a la Madre de
Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el
misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de
aquella Mujer (Gal 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y a la
vez Madre de la Iglesia. Por eso, es necesario hacer memoria de la
bienaventurada Virgen María, como Madre de la Iglesia, a quien Cristo encomendó
sus discípulos para que, perseverando en la oración al Espíritu Santo, cooperen
en el anuncio del Evangelio.
La reflexión y la Oración en esta Fiesta, nos
ayuda a incrementar el sentido materno de la Iglesia, en los Pastores, en los Religiosos y en
los Fieles,para mejorar la
genuina espiritualidad mariana. En Fátima, el 13 de mayo de 2018, Francisco decía con pasión: Queridos
peregrinos, ¡tenemos una Madre, tenemos una Madre! Aferrándonos a ella como
hijos, vivamos, de la esperanza que se apoya en Jesús, porque los que reciben a
raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida, gracias a uno sólo, Jesucristo. Cuando Jesús
subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad- nuestra humanidad-
que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Como un
ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la
derecha del Padre.
Al terminar el mes de mayo, en el que hemos
ido profundizando en la vida y misión de
María, en la Predicación del Evangelio y en la construcción de la Iglesia,
queremos acoger el fruto del trabajo espiritual de este mes. ¡María es
Madre!. Pero ¿qué alcance puede tener esto en nuestra fe y en nuestra
misión?. La Iglesia, los Papas,
especialmente después del Concilio Vaticano II, ha permitido que la relación
con María haya ido madurando en comprensión de su presencia en el misterio de
Cristo y de la Iglesia, con su Maternidad espiritual. En concreto, Pablo VI y
Juan Pablo II, y ahora el Papa Francisco,
han profundizado en este misterio de María, que desde la espera del
Espíritu en Pentecostés (Hch 1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente
de la Iglesia, peregrina en el tiempo. Pablo VI afirmó en la clausura de la
tercera sesión del Vaticano II que es imposible comprender el misterio de la
Iglesia en su esencia más profunda, que es la unión íntima de los hombres con
Cristo, sin María, porque ella es la que mejor realizó en si misma a esa
comunión.
Este título de María Madre de la Iglesia,
habla de una presencia activa, una acción positiva de María sobre la Iglesia
tanto en su creación como en su conservación.
a) En su creación. Al aceptar la palabra
del ángel y dar a luz a Cristo, estaba alumbrando los comienzos de la Iglesia.
María, aceptando con el corazón inmaculado la Palabra, mereció engendrarla en
su seno virginal y al dar a luz al creador, fomentó los comienzos de la
Iglesia. Si la Iglesia tiene de alguna manera su origen en la Encarnación,
María con su Sí, coopera activamente en su nacimiento.
b) En su conservación. La presencia de
María junto a la cruz ha de ser comprendida desde el Sí de la anunciación. María
en la Anunciación se compromete, en la penumbra de la fe, con una llamada
misteriosa de Dios. Todos los actos de su vida son el desarrollo de ese sí en
una peregrinación de la fe.
c) En cuanto a nosotros, la Maternidad de
María, garantiza el cuidado y providencia que Dios quiere tener sobre cada uno
de sus hijos. Asunta a los cielos, María no sólo no ha dejado esta misión
maternal, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones
de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su
Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros de ansiedad hasta que sean
conducidos a la patria bienaventurada (LG 62). Por eso, se ha llegado a
darle el nombre de Omnipotencia suplicante. Por su condición de Madre de
Dios, ora por los hermanos de su Hijo,
que también son sus hijos.
“Esperamos que la celebración de este día, y ya cada lunes después de Pentecostés,
recuerde a todos los discípulos de Cristo que, si queremos crecer y llenarnos
del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres realidades: la
Cruz, la Hostia, ofrenda de Cristo en el Banquete eucarístico y la Virgen
oferente, Madre del Redentor y de los redimidos. Tres misterios que Dios ha
dado al mundo para ordenar, fecundar, santificar nuestra vida interior y para
conducirnos hacia Jesucristo.
Fr. José Antonio Segovia, OP
Oración a María,
madre de la Iglesia
y madre de nuestra fe
¡Madre,
ayuda nuestra fe!
Abre
nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva
en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando
en su promesa.
Ayúdanos
a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos
a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de
tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra
en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos
que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos
a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y
que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día
sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.
“Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya,
porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo
enviaré” (Jn 16, 7).
¿Cómo resonarían estas palabras de Jesús en el
corazón de María? También ella, como los apóstoles sentiría tristeza por la
desaparición de la vista y el contacto físico de su Hijo. Pero como madre
amorosa y creyente fiel, se situaría en la confianza, en ese “os conviene”.
Todo sería para el bien.
¿Qué aportó el Espíritu Santo, derramado de una
manera nueva en Pentecostés a quien ya estaba tanto tiempo llena de su gracia y
bajo su sombra (Lc 1, 28.35)? Podemos intuirlo si repasamos los efectos
principales de esa efusión pentecostal en la Iglesia primitiva, de la cual ella
es madre y parte integrante.
En primer lugar, la revelación plena de ese plan
de Dios en beneficio de todos los hombres, previsto desde toda la eternidad,
pero realizado ahora por Cristo (Ef 3, 4-9). María ha participado ardientemente
de las esperanzas de su pueblo y de toda la humanidad, su necesidad imperiosa
de que Yahweh cumpla sus promesas, como cantó en el Magníficat (Lc 1, 50-55); se ha puesto en manos del Señor,
siempre disponible (Lc 1, 38), elegida, como dirá Pablo de sí mismo: “a mí, el
más insignificante de los creyentes, se me ha concedido la gracia de anunciar a
las naciones la insondable riqueza de Cristo y cómo se cumple este misterioso plan escondido desde
el principio en Dios, creador de todas las cosas” (Ef 3, 8-9). “Misterio
escondido” ¡cómo lo sabe María! Ella ha tenido que vivirlo en la oscuridad de
lo cotidiano, en las preguntas suscitadas por la fe “¿Cómo será esto?” (Lc 1,
34); sin entender los modos y las maneras de Dios: “Hijo ¿por qué nos has
tratado así?” (Lc 2, 48); a través de la horrible experiencia de la cruz…Ahora,
a la luz de Espíritu del Resucitado que nos enseña todo, comprende, como los
discípulos de Emaús, que estos modos y maneras eran precisos y necesarios (Lc
24, 26).
En segundo lugar, el Espíritu Santo hace presente
y eficaz a Cristo en la vida de cada creyente. Ya no se está “con” Cristo, como
era acompañado antes de su muerte y resurrección. Ahora, gracias al Espíritu,
estamos “en” Cristo; en una relación más profunda y más íntima que la que tiene
cada uno consigo mismo. “Ser en Cristo” no es algo pasajero o accidental. Es
constitutivo de nuestro ser. Un autor llega a afirmar que el cristiano, por así
decir, no se compone de alma y cuerpo, sino de alma, cuerpo y Cristo. Si quiere
ser auténtico y honesto consigo mismo tiene que pensarse y sentirse desde ahí.
María, que fue la única que pudo decir que Cristo “era” y crecía “en” ella,
durante nueve meses, pudo comprender de modo especial, qué suponía el ser y
crecer “en” Cristo.
El que es de Cristo, debe vivir como vivió él (1Jn
2,6). Este “vivir” supone hacer de las bienaventuranzas el criterio y las
actitudes de nuestro obrar. María, que recibió la primera bienaventuranza que
se narra en el Evangelio, de los labios de Isabel (Lc 1, 45), había hecho de la
fe su programa de vida. Ahora, bajo el Espíritu, va creciendo de fe en fe (Ef,
3, 17-19).
El Espíritu del Resucitado reparte los carismas
“para la construcción del cuerpo de Cristo” (Ef 4, 12), La Virgen había
recibido en la cruz, el encargo de ser madre de la Iglesia, representada en Juan
(Jn). Ahora recibe el Espíritu cuando se halla reunida con los apóstoles, algunas
mujeres y los parientes de Jesús, en el Cenáculo (Hch 1, 13-14). Es como el
seno materno que, igual que en la anunciación, recibiendo al Espíritu, le hace
madre amorosa y cuidadosa de una nueva humanidad. Y como los dones de Dios son
irrevocables, ella sigue ejerciendo ese carisma en su existencia glorificada
después de su asunción.
Fr. Francisco J. Rodríguez Fassio, OP
Autor: Félix Hernández, OP
MISTERIOS GLORIOSOS
Primer
misterio: La Resurrección del Señor
“El ángel
habló a las mujeres: vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el
crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho… Id aprisa y decir a
sus discípulos: ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros
a Galilea”. (Mt. 28, 5).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Segundo Misterio: La Ascensión
a los cielos
“Después de
hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos
se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes.” (Mc. 16, 19-20)
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Tercer
Misterio: La venida del Espíritu Santo
“Cuando el
Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis
fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta
los confines del mundo”. (Hch.1, 8)
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Cuarto
Misterio: La Asunción de María
“Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la
Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida
terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. (Pío XII).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Quinto
Misterio: La Coronación de Nuestra Señora
“Apareció
una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por
pedestal, coronada con doce
estrellas”.(Ap. 12, 1).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Oración a María
El Señor ha estado grande, a Jesús resucitó.
Con María, sus hermanos entendieron qué pasó.
Como el viento que da vida, el Espíritu sopló,
y aquella fe incierta en firmeza se cambió.
Gloria al Señor, es nuestra esperanza,
y con María se hace vida su Palabra.
Gloria al Señor, porque en el silencio guardó
la fe sencilla y grande con amor.
Pues sus ojos se abrieron y también su corazón,
la tristeza fue alegría, fue su gozo el dolor.
Esperando con María se llenaron del Señor,
porque Dios está presente si está limpio el corazón.
Nuestro tiempo
es tiempo nuevo, cada vez que sale el sol,
y escuchamos su
Palabra, fuerza viva de su amor.
Que disipa las tinieblas y aleja del temor.
Se hacen fuertes nuestras manos con la Madre del Señor.
Libro sobre María:
“ESPOSA DEL ESPIRITU SANTO”
Autor:JosemaríaMonforte
Editorial: EUNSA
María en la música:
"PENTECOSTES: dones y frutos del Espíritu Santo". Ixcis
María,
mujer de relación interpersonal: La Visitación de María a su prima Santa Isabel
El 31 de mayo de 1999, la Visitación de la Virgen
María, entré en el Monasterio de la Santa Cruz en Vitoria-Gasteiz. Allí, las
dominicas contemplativas me acogieron con gran alegría, pues era una posible
vocación… De eso hace veintiún años, y aquí sigo.
Elegí una fecha clave para un SÍ importante: Ella,
María, no podía faltar en ese momento tan señalado de mi vida.
Precisamente, en este año, ese día cae en la
Solemnidad de Pentecostés, pero conviene recordar que la Virgen también estuvo
en Pentecostés (de eso no hay duda).
En este texto de Lc 1, 39-59, María nos deja
boquiabiertos: la sencilla, la humilde, la que parece que no dice nada, nos
hace un gran regalo, una oración incomparable a nuestro Padre Dios, el
Magníficat.
Si en algún momento de nuestras vidas sufrimos un
shock superior a nuestras fuerzas, en este canto de María encontramos un
remedio eficaz.
Hace unos años, en medio de una crisis muy fuerte,
cuando creía que no sería capaz de levantar cabeza, ante una situación acaecida
por mi debilidad, que en palabras de San Pablo es como un aguijón que no puedes
arrancar, un sacerdote me invitó, después de confesar mi pecado, a hincar mi
rodilla y rezar con el Magníficat. De pronto, sentí un alivio en mi interior.
Ella estaba ahí, rompiendo la soledad que se había instalado en mi corazón,
pues participaba de mi sufrimiento.
En estos tiempos, parece que todos andamos
pendientes del whatsapp, a ver quién nos dice algo, huyendo de estar solos. Nos
olvidamos de que nuestra Madre siempre está esperando que la llamemos; quizás,
si se entera de lo que nos pasa, correrá presurosa, como lo hizo para
visitar a su prima Isabel. ¿Os es que, acaso, infravaloramos a nuestras madres?
Ya cansa escuchar hablar del Rosario como una
oración de papagayos, una oración trasnochada o de monjas (“monjitas”, como
dicen algunos). Pues sí, somos unas papagayas contemplativas (¡está de moda ser
animalista!). Lo somos porque nos sentimos agradecidas, bendecidas, alegres,
necesitadas de la intercesión de nuestra Madre.
Para algunas personas, el hecho de que María
engendrara a su Hijo por obra del Espíritu Santo no es muy creíble. Yo, con
respeto, me acerco a todos ellos y les pregunto: “¿Acaso es creíble que un
virus, invisible, “el tal COVID-19”, nos haya llevado a esta situación límite e
incluso que haya otros muchos que ya ni siquiera pueden contarlo? Hay muchos
más misterios de lo que pensamos a nuestro alrededor.
Demos gracias a Dios por haber creado a esta
criatura tan como nosotros y a la cual nos podemos parecer pues no ha firmado
ningún copyright.
Precisamente hoy, al rezar los misterios gozosos,
ELLA ES NUESTRO MAGNIFICAT, “NUESTRA ALABANZA PLENA A DIOS”, NUESTRA MADRE.
Sor Carmela Fernández Salmerón, OP
MISTERIOS GOZOSOS
Primer
misterio: La Encarnación del Hijo de Dios
“Alégrate,
María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás
a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.” (Lc. 1, 20. 30-31).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Segundo Misterio: La Visitación
de María a Isabel
“María se
puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel.”(Lc. 1, 39-40).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Tercer
Misterio: El Nacimiento de Jesús
“Mientras
estaban en Belén, le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su Hijo
primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían
sitio en la posada.” (Lc. 2, y 7).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Cuarto
Misterio: La Presentación de Jesús en el Templo
“Los padres
de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo
con lo escrito en la ley del Señor. Simeón lo tomó en brazos y dijo: “Ahora,
Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos
han visto a tu Salvador”. (Lc. 2, 22-40).
Padrenuestro,
10 avemarías, Gloria.
Quinto
Misterio:El Niño Jesús perdido y hallado en el templo
“Los padres
de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús
cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, y cuando terminó,
se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus
padres”. (Lc 2, 41-43).
He seguido con sumo interés cuanto se ha dicho en
el blog durante este mes de Mayo, mes de María. Interesantísimas comunicaciones
sobre la predicación de la Virgen María, lo que ha significado y sigue
significando para la Orden y sobre todo como modelo de predicación.
Hace unos días recibí un mensaje de Pilar Moreno,
de Sevilla, que me decía que “cualquiera de los títulos que dedicamos a María
en la letanía del Rosario, sirven para dirigirnos a ella en cualquier
circunstancia”. Se refería a un lienzo del siglo XVII que se encuentra en este
convento de Santo Domingo de Scala Coeli, de estilo barroco, que tiene nombre:
la Virgen de la Antigua, advocación extendida por muchísimos lugares de la
geografía española y por América. El lienzo es copia del existente en la
Catedral de Sevilla. Se representa a la Virgen con el niño en el brazo
izquierdo y una rosa en la mano derecha: “Rosa Mística”, nos dice la tradición.
Con esta
expresión también ella quiso predicar con este símbolo de la rosa, con su total
entrega y generosidad, esparciendo fragancia también entre las espinas, tanto
en Nazaret, en Belén, en Judea, en Egipto, como en Jerusalén y el Monte
Calvario. Ella supo mejor que nadie, lo que posteriormente la Orden Dominicana
se pondría como lema para una verdadera predicación: “Contemplar y lo
contemplado darlo a los demás”
La grandeza
de María radica en su humildad. Ella no tuvo lo más llamativo, lo que más nos
gusta a los humanos, sobresalir. Pero sí poseyó lo más importante: Creer,
esperar, amar, respetar, convivir y comprender. ¿No será todo esto que vivió
María lo que la sociedad de hoy necesita, incluso en la situación de esta
pandemia? En vez de tanto activismo por tener y tanta soberbia para ser más. Y
qué raquítico es nuestro afán de inquietud por ser.
Por otra parte, María nos está también predicando
hoy que, en nuestra vida de cada día, lo divino lo podemos transformar en
humano, y lo humano, en divino. ¿O es que no estamos haciendo algo divino
cuando practicamos la solidaridad, la hospitalidad, la convivencia, la
tolerancia, la honradez, la humildad y la comprensión, como lo hizo ella?
En estos momentos que estamos viviendo parece que
no hay muchos motivos para vivir
esperanzados, nos viene bien mirarnos en María, cuya vida ha sido dinamizada
por la alegría y la esperanza.
Ella mira el pasado, la historia de Israel, y no
se fija en las dificultades por las que pasó, ni en los muchos pecados con los
que se alejaron de Dios. La esperanza no tiene su fundamento en el pueblo
caminante. Lo que María contempla en la historia del pueblo es la huella que
Dios ha dejado en él. Ha estado presente en cada momento a través de su
misericordia y de su auxilio, como nos dejó dicho en su cántico del Magníficat:
“Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… Auxilia a
Israel su siervo, como lo había prometido a nuestros padres”
Es preciso que nosotros aprendamos a mirar la vida
como María, para que seamos capaces de ver el paso de Dios por ella. De ese
modo se convertirá en historia de salvación, donde lo bueno que nos haya
ocurrido y los momentos negativos que hayamos vivido, son integrados y
asumidos.
Por otro lado, la esperanza en el futuro puede más
en María que el realismo del presente. Ella se encontraba en una situación
compleja con un embarazo difícil de explicar. Pero no teme, porque se sabe
acogida de la mano de Dios.
Fr.
Mariano del Prado del Prado, OP
MISTERIOS DOLOROSOS
Primer misterio: La oración en Getsemaní
“Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque
tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se
acercó a los discípulos y les dijo: Ya podéis dormir y descansar.” (Mt 26, 43-45).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Segundo Misterio: La Flagelación de Jesús
“Pilato dijo a los judíos: ¿Queréis que os suelte al
rey de los judíos? Volvieron a gritar: A ese no, a Barrabás. El tal Barrabás
era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.” (Jn. 18, 39-40 y 19,1).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Tercer Misterio: La coronación de espinas
“Los soldados desnudaron a Jesús y le pusieron un
manto de color púrpura y trenzando una
corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la
mano derecha. Y doblando ante Él la rodilla, se burlaron de Él diciendo:
¡Salve, rey de los judíos!.”(Mt. 27, 28-29).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Cuarto Misterio: Jesús con la Cruz a cuestas
“El mensaje de la cruz
es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están
en vías de salvación –para nosotros- es fuerza de Dios”.(1Cor. 1, 18).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Quinto Misterio: La crucifixión y muerte de Jesús
“Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que
tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al
discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y
desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. (Lc.23, 34 y 43).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Oración a María
Oh Virgen
gloriosa y bendita.
Madre de
Dios y Madre de la iglesia,
bendita en
tus misterios y tus glorias,
y bendita en
tu poder intercesor sobre los hombres.
Con esquema
de rosas te predicó Santo Domingo,
en ese ramo
fresco del Rosario.
Y hoy en
esta primavera de mayo y de jardines,
te
aclamamos, rendidos...
Madre de
Dios, enséñanos a Dios, tú que le diste nuestra figura,
enséñanos la
iglesia, tú que fuiste su primera verdad,
enséñanos la
dignidad del ser humano, tú, Inmaculada,
la dignidad
del hombre hecho a tu imagen,
la del
varón, tú que engendraste al Nuevo Adán, el primogénito,
la dignidad
de la mujer, tú Nueva Eva, respetada y querida por José,
Enséñanos
cómo tratar al emigrante, tú que huiste a Egipto,
cómo ser
dignos y ser pobres,
tú que
cantaste la suerte del pobre en el Magnificat,
cómo querer
al enfermo y al anciano,
cómo esperar
la muerte y cómo tratar los miedos y terrores,
cómo
preparar el destino de mi alma y de mi cuerpo,
tú que
tienes cuerpo y alma en estado glorioso...
En este mayo
pujante de vida y de promesas,
tú, belleza
incorruptible, flor de flores,
enséñanos a
ser de Dios para ser nuestros,
a creer,
amar, esperar, para ser enteramente humanos,
a ser
cristianos, comunitaria, eclesialmente,
a ser
ciudadanos despiertos, serviciales...
Y en este
mundo que es único y de todos,
enséñanos la
paz, don de Dios, cosecha de evangelio,
lección de
ángeles, herencia de hijos, triunfo de hermanos,
¡Oh Virgen
gloriosa y bendita!
Miguel Iribertegui Eraso, O.P.
Libro sobre María:
“LA BELLEZA DE MARÍA. Ensayo de teología estética”