miércoles, 7 de octubre de 2020

María Santísima del Rosario

 


«Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios».

En la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, Madre de Dios y Madre nuestra, y buscamos refugio bajo tu protección.

Oh Virgen María, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos en esta pandemia de coronavirus, y consuela a los que se encuentran confundidos y lloran por la pérdida de sus seres queridos, a veces sepultados de un modo que hiere el alma. Sostén a aquellos que están angustiados porque, para evitar el contagio, no pueden estar cerca de las personas enfermas. Infunde confianza a quienes viven en el temor de un futuro incierto y de las consecuencias en la economía y en el trabajo.

Madre de Dios y Madre nuestra, implora al Padre de misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar un horizonte de esperanza y de paz. Como en Caná, intercede ante tu Divino Hijo, pidiéndole que consuele a las familias de los enfermos y de las víctimas, y que abra sus corazones a la esperanza.

(Francisco)

lunes, 1 de junio de 2020

María, Madre de la Iglesia


Bienaventurada Virgen María, “Madre de la Iglesia”

El año 2018 el Papa Francisco decretaba que el lunes después de Pentecostés se celebre la Fiesta de María, Madre de la Iglesia. Y lo explicaba así: La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (Gal 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y a la vez Madre de la Iglesia. Por eso, es necesario hacer memoria de la bienaventurada Virgen María, como Madre de la Iglesia, a quien Cristo encomendó sus discípulos para que, perseverando en la oración al Espíritu Santo, cooperen en el anuncio del Evangelio.
La reflexión y la Oración en esta Fiesta, nos ayuda a incrementar el sentido materno de la Iglesia,  en los Pastores, en los Religiosos y en los Fieles, para mejorar la  genuina espiritualidad mariana. En Fátima, el 13 de mayo de 2018,  Francisco decía con pasión: Queridos peregrinos, ¡tenemos una Madre, tenemos una Madre! Aferrándonos a ella como hijos, vivamos, de la esperanza que se apoya en Jesús, porque los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida,  gracias a uno sólo, Jesucristo. Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad- nuestra humanidad- que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre.
Al terminar el mes de mayo, en el que hemos ido  profundizando en la vida y misión de María, en la Predicación del Evangelio y en la construcción de la Iglesia, queremos acoger el fruto del trabajo espiritual de este mes. ¡María es Madre!. Pero ¿qué alcance puede tener esto en nuestra fe y en nuestra misión?.  La Iglesia, los Papas, especialmente después del Concilio Vaticano II, ha permitido que la relación con María haya ido madurando en comprensión de su presencia en el misterio de Cristo y de la Iglesia, con su Maternidad espiritual. En concreto, Pablo VI y Juan Pablo II, y ahora el Papa Francisco,  han profundizado en este misterio de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés (Hch 1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia, peregrina en el tiempo. Pablo VI afirmó en la clausura de la tercera sesión del Vaticano II que es imposible comprender el misterio de la Iglesia en su esencia más profunda, que es la unión íntima de los hombres con Cristo, sin María, porque ella es la que mejor realizó en si misma a esa comunión.
Este título de María Madre de la Iglesia, habla de una presencia activa, una acción positiva de María sobre la Iglesia tanto en su creación como en su conservación.
a) En su creación. Al aceptar la palabra del ángel y dar a luz a Cristo, estaba alumbrando los comienzos de la Iglesia. María, aceptando con el corazón inmaculado la Palabra, mereció engendrarla en su seno virginal y al dar a luz al creador, fomentó los comienzos de la Iglesia. Si la Iglesia tiene de alguna manera su origen en la Encarnación, María con su Sí, coopera activamente en su nacimiento.
b) En su conservación. La presencia de María junto a la cruz ha de ser comprendida desde el Sí de la anunciación. María en la Anunciación se compromete, en la penumbra de la fe, con una llamada misteriosa de Dios. Todos los actos de su vida son el desarrollo de ese sí en una peregrinación de la fe.
c) En cuanto a nosotros, la Maternidad de María, garantiza el cuidado y providencia que Dios quiere tener sobre cada uno de sus hijos. Asunta a los cielos, María no sólo no ha dejado esta misión maternal, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros de ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada (LG 62). Por eso, se ha llegado a darle el nombre de Omnipotencia suplicante. Por su condición de Madre de Dios,  ora por los hermanos de su Hijo, que también son sus hijos.
“Esperamos que la celebración de este día,  y ya cada lunes después de Pentecostés, recuerde a todos los discípulos de Cristo que, si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres realidades: la Cruz, la Hostia, ofrenda de Cristo en el Banquete eucarístico y la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos. Tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar, fecundar, santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia Jesucristo.
Fr. José Antonio Segovia, OP



Oración a María,
madre de la Iglesia y madre de nuestra fe

¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

 Francisco.









domingo, 31 de mayo de 2020

María en Pentecostés

María en Pentecostés
       
“Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7).
¿Cómo resonarían estas palabras de Jesús en el corazón de María? También ella, como los apóstoles sentiría tristeza por la desaparición de la vista y el contacto físico de su Hijo. Pero como madre amorosa y creyente fiel, se situaría en la confianza, en ese “os conviene”. Todo sería para el bien.
¿Qué aportó el Espíritu Santo, derramado de una manera nueva en Pentecostés a quien ya estaba tanto tiempo llena de su gracia y bajo su sombra (Lc 1, 28.35)? Podemos intuirlo si repasamos los efectos principales de esa efusión pentecostal en la Iglesia primitiva, de la cual ella es madre y parte integrante.
En primer lugar, la revelación plena de ese plan de Dios en beneficio de todos los hombres, previsto desde toda la eternidad, pero realizado ahora por Cristo (Ef 3, 4-9). María ha participado ardientemente de las esperanzas de su pueblo y de toda la humanidad, su necesidad imperiosa de que Yahweh cumpla sus promesas, como cantó en el Magníficat (Lc  1, 50-55); se ha puesto en manos del Señor, siempre disponible (Lc 1, 38), elegida, como dirá Pablo de sí mismo: “a mí, el más insignificante de los creyentes, se me ha concedido la gracia de anunciar a las naciones la insondable riqueza de Cristo y cómo se  cumple este misterioso plan escondido desde el principio en Dios, creador de todas las cosas” (Ef 3, 8-9). “Misterio escondido” ¡cómo lo sabe María! Ella ha tenido que vivirlo en la oscuridad de lo cotidiano, en las preguntas suscitadas por la fe “¿Cómo será esto?” (Lc 1, 34); sin entender los modos y las maneras de Dios: “Hijo ¿por qué nos has tratado así?” (Lc 2, 48); a través de la horrible experiencia de la cruz…Ahora, a la luz de Espíritu del Resucitado que nos enseña todo, comprende, como los discípulos de Emaús, que estos modos y maneras eran precisos y necesarios (Lc 24, 26).
En segundo lugar, el Espíritu Santo hace presente y eficaz a Cristo en la vida de cada creyente. Ya no se está “con” Cristo, como era acompañado antes de su muerte y resurrección. Ahora, gracias al Espíritu, estamos “en” Cristo; en una relación más profunda y más íntima que la que tiene cada uno consigo mismo. “Ser en Cristo” no es algo pasajero o accidental. Es constitutivo de nuestro ser. Un autor llega a afirmar que el cristiano, por así decir, no se compone de alma y cuerpo, sino de alma, cuerpo y Cristo. Si quiere ser auténtico y honesto consigo mismo tiene que pensarse y sentirse desde ahí. María, que fue la única que pudo decir que Cristo “era” y crecía “en” ella, durante nueve meses, pudo comprender de modo especial, qué suponía el ser y crecer “en” Cristo.
El que es de Cristo, debe vivir como vivió él (1Jn 2,6). Este “vivir” supone hacer de las bienaventuranzas el criterio y las actitudes de nuestro obrar. María, que recibió la primera bienaventuranza que se narra en el Evangelio, de los labios de Isabel (Lc 1, 45), había hecho de la fe su programa de vida. Ahora, bajo el Espíritu, va creciendo de fe en fe (Ef, 3, 17-19).
El Espíritu del Resucitado reparte los carismas “para la construcción del cuerpo de Cristo” (Ef 4, 12), La Virgen había recibido en la cruz, el encargo de ser madre de la Iglesia, representada en Juan (Jn). Ahora recibe el Espíritu cuando se halla reunida con los apóstoles, algunas mujeres y los parientes de Jesús, en el Cenáculo (Hch 1, 13-14). Es como el seno materno que, igual que en la anunciación, recibiendo al Espíritu, le hace madre amorosa y cuidadosa de una nueva humanidad. Y como los dones de Dios son irrevocables, ella sigue ejerciendo ese carisma en su existencia glorificada después de su asunción.

Fr. Francisco J. Rodríguez Fassio, OP


Autor: Félix Hernández, OP


MISTERIOS GLORIOSOS

Primer misterio: La Resurrección del Señor
“El ángel habló a las mujeres: vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho… Id aprisa y decir a sus discípulos: ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea”. (Mt. 28, 5).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
 Segundo Misterio: La Ascensión a los cielos
“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes.” (Mc. 16, 19-20)
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Tercer Misterio: La venida del Espíritu Santo
“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”. (Hch.1, 8)
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
 Cuarto Misterio: La Asunción de María
“Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. (Pío XII).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
 Quinto Misterio: La Coronación de Nuestra Señora
“Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”. (Ap. 12, 1).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.

Oración a María

El Señor ha estado grande, a Jesús resucitó.
Con María, sus hermanos entendieron qué pasó.
Como el viento que da vida, el Espíritu sopló,
y aquella fe incierta en firmeza se cambió.

Gloria al Señor, es nuestra esperanza,
y con María se hace vida su Palabra.
Gloria al Señor, porque en el silencio guardó
la fe sencilla y grande con amor.

Pues sus ojos se abrieron y también su corazón,
la tristeza fue alegría, fue su gozo el dolor.
Esperando con María se llenaron del Señor,
porque Dios está presente si está limpio el corazón.

 Nuestro tiempo es tiempo nuevo, cada vez que sale el sol,
 y escuchamos su Palabra, fuerza viva de su amor.
Que disipa las tinieblas y aleja del temor.

Se hacen fuertes nuestras manos con la Madre del Señor.


Libro sobre María:


“ESPOSA DEL ESPIRITU SANTO”
Autor:  Josemaría Monforte
Editorial: EUNSA



María en la música:

"PENTECOSTES: dones y frutos del Espíritu Santo". Ixcis


sábado, 30 de mayo de 2020

María, mujer de relación interpersonal

María, mujer de relación interpersonal: La Visitación de María a su prima Santa Isabel 

El 31 de mayo de 1999, la Visitación de la Virgen María, entré en el Monasterio de la Santa Cruz en Vitoria-Gasteiz. Allí, las dominicas contemplativas me acogieron con gran alegría, pues era una posible vocación… De eso hace veintiún años, y aquí sigo.
Elegí una fecha clave para un SÍ importante: Ella, María, no podía faltar en ese momento tan señalado de mi vida.
Precisamente, en este año, ese día cae en la Solemnidad de Pentecostés, pero conviene recordar que la Virgen también estuvo en Pentecostés (de eso no hay duda). 
En este texto de Lc 1, 39-59, María nos deja boquiabiertos: la sencilla, la humilde, la que parece que no dice nada, nos hace un gran regalo, una oración incomparable a nuestro Padre Dios, el Magníficat.
Si en algún momento de nuestras vidas sufrimos un shock superior a nuestras fuerzas, en este canto de María encontramos un remedio eficaz. 
Hace unos años, en medio de una crisis muy fuerte, cuando creía que no sería capaz de levantar cabeza, ante una situación acaecida por mi debilidad, que en palabras de San Pablo es como un aguijón que no puedes arrancar, un sacerdote me invitó, después de confesar mi pecado, a hincar mi rodilla y rezar con el Magníficat. De pronto, sentí un alivio en mi interior. Ella estaba ahí, rompiendo la soledad que se había instalado en mi corazón, pues participaba de mi sufrimiento.
En estos tiempos, parece que todos andamos pendientes del whatsapp, a ver quién nos dice algo, huyendo de estar solos. Nos olvidamos de que nuestra Madre siempre está esperando que la llamemos; quizás, si se entera de lo que nos pasa, correrá presurosa, como lo hizo para visitar a su prima Isabel. ¿Os es que, acaso, infravaloramos a nuestras madres?
Ya cansa escuchar hablar del Rosario como una oración de papagayos, una oración trasnochada o de monjas (“monjitas”, como dicen algunos). Pues sí, somos unas papagayas contemplativas (¡está de moda ser animalista!). Lo somos porque nos sentimos agradecidas, bendecidas, alegres, necesitadas de la intercesión de nuestra Madre.
Para algunas personas, el hecho de que María engendrara a su Hijo por obra del Espíritu Santo no es muy creíble. Yo, con respeto, me acerco a todos ellos y les pregunto: “¿Acaso es creíble que un virus, invisible, “el tal COVID-19”, nos haya llevado a esta situación límite e incluso que haya otros muchos que ya ni siquiera pueden contarlo? Hay muchos más misterios de lo que pensamos a nuestro alrededor.
Demos gracias a Dios por haber creado a esta criatura tan como nosotros y a la cual nos podemos parecer pues no ha firmado ningún copyright. 
Precisamente hoy, al rezar los misterios gozosos, ELLA ES NUESTRO MAGNIFICAT, “NUESTRA ALABANZA PLENA A DIOS”, NUESTRA MADRE.
Sor Carmela Fernández Salmerón, OP




MISTERIOS GOZOSOS

Primer misterio: La Encarnación del Hijo de Dios
“Alégrate, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.(Lc. 1,  20. 30-31).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
 Segundo Misterio: La Visitación de María a Isabel
“María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.” (Lc. 1, 39-40).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
Tercer Misterio: El Nacimiento de Jesús
“Mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.(Lc. 2, y 7).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
 Cuarto Misterio: La Presentación de Jesús en el Templo
“Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén  para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor. Simeón lo tomó en brazos y dijo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador”. (Lc. 2, 22-40).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.
 Quinto Misterio: El Niño Jesús perdido y hallado en el templo
“Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, y cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres”. (Lc 2, 41-43).
Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.

Oración a María

Oh, María, Madre de Dios y Madre nuestra:
Enséñanos a aceptar la voluntad de Dios,
con el Espíritu de la Anunciación.
Visítanos en nuestras necesidades,
como visitaste a Isabel.
Engéndranos a la gracia,
como engendraste a Jesús en la carne.
Preséntanos a Dios Padre,
como hijos de Él e hijos tuyos.
Haz que nos perdamos un tiempo, cada día,
en comunicarnos con Dios, para que,
a ejemplo de tu Hijo, Jesús,
tengamos, como alimento, dejar que Dios
pueda actuar su providencial plan de salvación
sobre cada uno de nosotros. Amén.

(Ricardo Cuadrado Tapia, OP)


Libro sobre María:

“¡BIENAVENTURADA!”
Editorial: BAC


María en la música:

"MARÍA, PEQUEÑA MARÍA". Kiko Argüello



viernes, 29 de mayo de 2020

María: Rosa Mística

Rosa Mística
He seguido con sumo interés cuanto se ha dicho en el blog durante este mes de Mayo, mes de María. Interesantísimas comunicaciones sobre la predicación de la Virgen María, lo que ha significado y sigue significando para la Orden y sobre todo como modelo de predicación.
Hace unos días recibí un mensaje de Pilar Moreno, de Sevilla, que me decía que “cualquiera de los títulos que dedicamos a María en la letanía del Rosario, sirven para dirigirnos a ella en cualquier circunstancia”. Se refería a un lienzo del siglo XVII que se encuentra en este convento de Santo Domingo de Scala Coeli, de estilo barroco, que tiene nombre: la Virgen de la Antigua, advocación extendida por muchísimos lugares de la geografía española y por América. El lienzo es copia del existente en la Catedral de Sevilla. Se representa a la Virgen con el niño en el brazo izquierdo y una rosa en la mano derecha: “Rosa Mística”, nos dice la tradición.
 Con esta expresión también ella quiso predicar con este símbolo de la rosa, con su total entrega y generosidad, esparciendo fragancia también entre las espinas, tanto en Nazaret, en Belén, en Judea, en Egipto, como en Jerusalén y el Monte Calvario. Ella supo mejor que nadie, lo que posteriormente la Orden Dominicana se pondría como lema para una verdadera predicación: “Contemplar y lo contemplado darlo a los demás”
 La grandeza de María radica en su humildad. Ella no tuvo lo más llamativo, lo que más nos gusta a los humanos, sobresalir. Pero sí poseyó lo más importante: Creer, esperar, amar, respetar, convivir y comprender. ¿No será todo esto que vivió María lo que la sociedad de hoy necesita, incluso en la situación de esta pandemia? En vez de tanto activismo por tener y tanta soberbia para ser más. Y qué raquítico es nuestro afán de inquietud por ser.
Por otra parte, María nos está también predicando hoy que, en nuestra vida de cada día, lo divino lo podemos transformar en humano, y lo humano, en divino. ¿O es que no estamos haciendo algo divino cuando practicamos la solidaridad, la hospitalidad, la convivencia, la tolerancia, la honradez, la humildad y la comprensión, como lo hizo ella?
En estos momentos que estamos viviendo parece que no hay muchos motivos  para vivir esperanzados, nos viene bien mirarnos en María, cuya vida ha sido dinamizada por la alegría y la esperanza.
Ella mira el pasado, la historia de Israel, y no se fija en las dificultades por las que pasó, ni en los muchos pecados con los que se alejaron de Dios. La esperanza no tiene su fundamento en el pueblo caminante. Lo que María contempla en la historia del pueblo es la huella que Dios ha dejado en él. Ha estado presente en cada momento a través de su misericordia y de su auxilio, como nos dejó dicho en su cántico del Magníficat: “Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… Auxilia a Israel su siervo, como lo había prometido a nuestros padres”
Es preciso que nosotros aprendamos a mirar la vida como María, para que seamos capaces de ver el paso de Dios por ella. De ese modo se convertirá en historia de salvación, donde lo bueno que nos haya ocurrido y los momentos negativos que hayamos vivido, son integrados y asumidos.
Por otro lado, la esperanza en el futuro puede más en María que el realismo del presente. Ella se encontraba en una situación compleja con un embarazo difícil de explicar. Pero no teme, porque se sabe acogida de la mano de Dios.
                                            Fr. Mariano del Prado del Prado, OP



MISTERIOS DOLOROSOS

Primer misterio: La oración en Getsemaní

“Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a los discípulos y les dijo: Ya podéis dormir y descansar.” (Mt 26, 43-45).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.

Segundo Misterio: La Flagelación de Jesús

“Pilato dijo a los judíos: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Volvieron a gritar: A ese no, a Barrabás. El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. (Jn. 18, 39-40 y 19,1).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.

Tercer Misterio: La coronación de espinas

“Los soldados desnudaron a Jesús y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante Él la rodilla, se burlaron de Él diciendo: ¡Salve, rey de los judíos!.” (Mt. 27, 28-29).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.

Cuarto Misterio: Jesús con la Cruz a cuestas

“El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación –para nosotros- es fuerza de Dios”.(1Cor. 1, 18).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.

Quinto Misterio: La crucifixión y muerte de Jesús

“Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”.  (Lc.23, 34 y 43).

Padrenuestro, 10 avemarías, Gloria.


Oración a María

Oh Virgen gloriosa y bendita.
Madre de Dios y Madre de la iglesia,
bendita en tus misterios y tus glorias,
y bendita en tu poder intercesor sobre los hombres.

Con esquema de rosas te predicó Santo Domingo,
en ese ramo fresco del Rosario.
Y hoy en esta primavera de mayo y de jardines,
te aclamamos, rendidos...

Madre de Dios, enséñanos a Dios, tú que le diste nuestra figura,
enséñanos la iglesia, tú que fuiste su primera verdad,
enséñanos la dignidad del ser humano, tú, Inmaculada,
la dignidad del hombre hecho a tu imagen,
la del varón, tú que engendraste al Nuevo Adán, el primogénito,
la dignidad de la mujer, tú Nueva Eva, respetada y querida por José,

Enséñanos cómo tratar al emigrante, tú que huiste a Egipto,
cómo ser dignos y ser pobres,
tú que cantaste la suerte del pobre en el Magnificat,
cómo querer al enfermo y al anciano,
cómo esperar la muerte y cómo tratar los miedos y terrores,
cómo preparar el destino de mi alma y de mi cuerpo,
tú que tienes cuerpo y alma en estado glorioso...

En este mayo pujante de vida y de promesas,
tú, belleza incorruptible, flor de flores,
enséñanos a ser de Dios para ser nuestros,
a creer, amar, esperar, para ser enteramente humanos,
a ser cristianos, comunitaria, eclesialmente,
a ser ciudadanos despiertos, serviciales...

Y en este mundo que es único y de todos,
enséñanos la paz, don de Dios, cosecha de evangelio,
lección de ángeles, herencia de hijos, triunfo de hermanos,
¡Oh Virgen gloriosa y bendita!

Miguel Iribertegui Eraso, O.P.



Libro sobre María:

“LA BELLEZA DE MARÍA. Ensayo de teología estética
Autor:  Miguel Iribertegui  Eraso, OP
Editorial: San Esteban - Edibesa