viernes, 10 de noviembre de 2017

La mesa de la Palabra: Renacer




Renacer

El profesor Elzo, que con acierto nos ha ilustrado en numerosas ocasiones sobre la adolescencia y juventud españolas, sus expresiones y demandas, estigmas y aportes; que nunca rehusó afrontar desde su atalaya sociológica no pocas aristas de la cotidianidad vasca y publicó notables estudios sobre religión y familia en nuestra sociedad, acaba de entregarnos una atrevida provocación en forma de libro que, a buen seguro, sorprenderá a quien se acerque a sus páginas con espíritu sereno. Sorpresa, sí, porque desde la madurez personal y académica del hoy emérito catedrático de Deusto nos llega una propuesta fresca y saturada de innovador futuro.

Si superamos el clericalismo, si dejamos de mirar hacia atrás, si no nos humilla el constatar la irrelevancia social de la institución eclesial, nos espera la edad de oro del cristianismo, de otro cristianismo distinto al presente, de otro modo innovador de ser cristiano. El autor apuesta por vivir nuestra creencia en la sociedad plural y secular, donde trabajaremos de distinta forma el proyecto del reino de Dios con todas las personas de buena voluntad, creyentes o no. Nunca como hoy ha estado la Iglesia católica tan alejada del poder político, como no ha estado tan extendida por todo el orbe. Desde esta base el profesor Elzo perfila su retadora intuición. Aboga por una Iglesia que en sus decisiones entienda que no es la única depositaria de la verdad, por tanto abierta, flexible y siempre en diálogo sin complejo alguno con la realidad circundante y con otras creencias e instituciones que, como ella, se ocupan en buscar sentido a nuestra vida y en edificar una convivencia más solidaria poniendo en el asador de nuestro quehacer creyente toda la fibra humana posible.

Editado en San Pablo, con el rótulo de Morir para renacer y con un subtítulo revelador, Otra Iglesia posible en la era global y plural, es un libro que nos anima a caer en la cuenta que la edad de oro de nuestra fe está por venir, y ese futuro está en nuestras manos. La lectura de estas páginas nos desgranan esta lúcida sugerencia de un buen conocedor de la Iglesia y sociedad españolas.

Fr. Jesús Duque OP.


domingo, 5 de noviembre de 2017

La mesa de la Palabra: Oferta




Oferta

En las redes sociales es usual discurrir por ellas y esperar que lo reflejado en tal medio sea compartido o suscite likes positivos e incluso sea comentado en pauta tan abierta como sorprendente. Parece existir una norma no escrita según la cual las redes sociales no están solo para uno ser espectador sino también para que en ellas consten las propias ofertas, las personales aportaciones e incluso, tremenda realidad, no pocas parcelas de intimidad personal sin pudor alguno.

¿Qué ofrece hoy, qué puede ofrecer, el grupo de creyentes en Jesús de Nazaret, sea en redes o en el entramado de su existencia diaria? ¿Qué vivencias compartimos con nuestros coetáneos que sean singulares aportes de nuestro modo de fecundar la existencia y de testificar nuestra esperanza? ¿De qué terapia disponemos los cristianos para sobrevivir en los tiempos difíciles que nos han correspondido ilusionar?

A pesar de los gemidos evidentes de nuestro mundo, los cristianos nos sentimos capacitados, por la gracia de Dios, para brindar a nuestro mundo una alegría serena lo suficientemente honda como para informar todos los momentos de la vida incluso los más tristes y oscuros. Una alegría que no sabe de modas y ni mucho menos es un eslogan ni parte de una campaña de imagen. Alegría que sabe a oración y silencio, alegría que se viste de discreción porque Dios no siempre grita, él es especialista en hablarnos en el silencio y en los contextos deshumanizados con los que nuestro mundo se presenta. Alegría que mejora nuestra historia y nos indica que quienes nos rodean no son ni rivales ni competidores, sino hermanos, y esperanzados amigos. Y necesitados, además, de la fuerza del evangelio de Cristo Jesús.  



Fr. Jesús Duque OP. 

 
 

sábado, 28 de octubre de 2017

La mesa de la Palabra: Rostro



Rostro

Uno de los hilos de oro que recorren toda la historia humana lo identificamos como el mantenido empeño de buscar el rostro de Dios; sobrados ejemplos de este empuje los encontramos en los salmos que nos hablan con elocuencia del brillo especial de nuestro rostro cuando Dios nos mira y nos salva; esta luz la advertimos también en toda la experiencia espiritual de las comunidades creyentes de todas las religiones. Y no faltan autores que indican que el rostro humano es el espejo de la imagen de Dios, pues con esa primera intención fuimos creados.

Estamos en la generación del facebook, en la que nuestros rostros cambian a merced de la demanda de los demás porque no se siente cómoda en los límites de una identidad supuesta o esperada por los demás. Cambiamos de perfil y de imagen con frecuencia, como si nos aburriera nuestra externa identidad. No en balde el selfie es uno de los iconos propios de estos tiempos, pues nos permite mostrarnos al gusto variable de cada instante, con la compañía y el escenario que gustemos.

La fe en Jesús de Nazaret y en su evangelio, no obstante, nos indica  que, en todo tiempo, incluso ahora por descontado, somos y seremos más incluso de lo que imaginamos, trascendemos nuestra propia imagen querida o impuesta, porque el amor incondicional de un Dios que siempre ejerce de Padre bueno con todos sus hijos nos habilita para vivir y ser como tales; pues ver su rostro es caer en la cuenta de que nos alumbra la mejor luz, superior a cualquier imagen de facebook. Desde el evangelio, compartido en la comunidad de hermanos, nos hacemos el selfie de hermanos, buscadores del rostro de Dios, nuestra insuperable imagen.



Fr. Jesús Duque OP.