viernes, 16 de marzo de 2018

La mesa de la Palabra: Signos



Signos

Desde Juan XXIII y, sobre todo, Gaudium et Spes, el esquema XIII del Concilio Vaticano II, pertenece al común lenguaje teológico la expresión signo de los tiempos. Ya Jesús alude a los mismos cuando reprocha a los fariseos que aciertan al descifrar las señales atmosféricas y climáticas y no advierten los signos de los tiempos mesiánicos, entre otras el de Jonás.

¿Y para qué estos signos hoy? Para comprender en profundidad qué flecha sigue nuestra historia humana, para poner de relieve cuáles son las demandas más serias de cada momento del devenir humano, tan indigente del amor de Dios. Signos que es preciso sean procesados a la luz de la fe y con la inspiración del Espíritu para descubrir o, al menos, atisbar indicadores de la presencia del reino de Dios aquí y ahora.

No existe un protocolo que dicte qué cosas son signos y cuáles no; por eso, y a sabiendas de que cada uno tiene su propio catálogo, indico los que, desde este modesto rincón, son indicadores del proyecto de Dios entre nosotros. Así, la sensibilidad en no pocas comunidades ante el dolor inmenso de los siete años del conflicto de Siria, geografía que ve crecer a sus niños entre bombardeos e innumerables carencias y crueldades; la conciencia que ha emergido en Europa, no en sus mandatarios, de ver convertido el Mediterráneo en mar de dolor y muerte por mor de la migración; los cinco años del Papa Francisco, al que por la gracia de Dios, toda persona de buena voluntad entiende y agradece su lenguaje misericorde; la necesidad emergente en no pocas comunidades cristianas de priorizar el ser testigos del amor de Dios antes que saber todas las doctrinas y ritos; la inmensa bondad de una sencilla mujer que nos ha transmitido la fuerza de la vida en medio de la trágica pérdida de su hijo y ha ejemplificado de modo admirable la bienaventuranza de los limpios de corazón. ¡Ojalá el Espíritu consolide entre nosotros la generosidad del reino que atisbamos en estos signos, y en otros muchos, de nuestro tiempo!
  

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Fr. Jesús Duque OP.

sábado, 10 de marzo de 2018

La mesa de la Palabra: Elocuente silencio




Elocuente silencio

El jubileo 800 de la Orden de Predicadores fue ocasión para que viera la luz la obra editada por Edibesa Ve y predica (subtitulada La predicación dominicana en los siglos XIII y XXI), nacida de la pluma y el corazón de fr. Felicísimo Martínez OP., (el mismo que en este año comenta Evangelio 2018 de la Editorial San Pablo); en este mismo lugar, el antedicho fraile dominico publica ahora Palabra y silencio, con el intencionado subtítulo de Dios y sobre Dios que, según confesión propia, es parcial continuación de la primera sobre la predicación.


Desde este rincón, recomiendo la lectura reposada de estas páginas recién publicadas. Nos pone desnudos ante nuestra fe desnuda, comprende nuestras diversas y contradictorias reacciones cuando decimos que Dios se calla ante nuestro mal y el del mundo y en los momentos en los que nos es más necesario, nos aporta materiales para la reflexión cuando el silencio de Dios nos deja mudos y sin reacción, denuncia nuestras trampas en el lenguaje cuando nos da por hablar de Dios, o nuestros inveterados defectos cuando decimos saber escuchar a Dios que nos habla en su Palabra encarnada. Dignas de resaltar son las páginas en las que este mutismo de Dios es un reto para el creyente que se encuentra con una prueba a superar, cuando es de noche. Silencio creyente, personal y obediente como no fácil respuesta al mutismo de Dios, cual Jesús de Nazaret en la cruz.
   
Páginas por las que desfilan declaraciones creyentes, actitudes ante el misterio, compromisos de fidelidad, reflexiones de necesaria teología, gestos de confianza amorosa en un Dios que no se desdice de ninguno de sus hijos, fuerza del Espíritu que avala nuestra poca fe si bien ésta sentida, sufrida y testimonial. Y, por lo mismo, profundos pensares que nos sugieren cómo nos habla Dios y qué clase de gramática vivencial conjuga el Padre para darnos a conocer, y saborear, lo mejor de su cariño hacia todos nosotros: su Hijo, nuestra historia y nuestro corazón. Lean, pues, oren y crean.

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Fr. Jesús Duque OP. 

 

sábado, 3 de marzo de 2018

La mesa de la Palabra: Servir solidez



Servir solidez

No faltan quienes, ante el vértigo de los cambios tan numerosos como rápidos que se operan en nuestro mundo, denominan a nuestra sociedad moderna como sociedad líquida, queriendo significar así que las condiciones contextuales en las que nos movemos cambian antes que nuestras formas de actuar se consoliden en unos hábitos y rutinas determinados. Inmediata consecuencia: que nuestra sociedad no puede mantener su perfil ni su rumbo de forma consistente durante mucho tiempo. Lo mediato: perder el norte, vaciar de fuerza normativa la cultura e incluso nuestro modo de vida, fascinación por lo que no te hace pensar y se digiere, por epidérmico, con peligrosa facilidad. Si esto fuera poco, los logros individuales por mor del trabajo y el esfuerzo no se consolidan en bienes duraderos, porque todo está convulso, pues lo que ayer era pasivo pasa a ser activo en un lapso de tiempo reducido; las capacidades y destrezas derivan, a su vez, en incapacidades obsoletas que abonan, en el mejor de los casos, perplejidad ante la vida cuando no una actitud de anomia que resta valor a todo lo que a uno le rodea.

En este medio hay que predicar el evangelio de Jesús de Nazaret; confiando más en la fuerza de la Palabra que en las propias estrategias pastorales que, por demás, bueno es que brinden siempre a la persona solidez de valores, confianza en su personal proyecto, apertura a la construcción de un nosotros comprometido y estimulante. La cultura moderna seguirá con su genuina liquidez, con las aguas movedizas que marean a la humanidad, pero el creyente, de la mano del Maestro, debe servir a la no fácil tarea de recuperar un perfil humano sólido y esperanzador capaz de apertura a los demás y, sobre todo, al Otro por excelencia. Éste Otro gusta ser buscado y servido en todo ser humano que nos acompaña en el camino de la vida. Vale la pena que nuestra vida sea menos líquida y más sólida con aportes que dan fuerza a nuestro corazón, campo donde se siembra la Palabra.

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Fr. Jesús Duque OP.