lunes, 9 de octubre de 2017

Comienzo de curso de la Fraternidad laical Sto. Domingo de Scala Coeli y P. Posadas



     El pasado día 7 el Convento de Santo Domingo de Scala Coeli de los padres dominicos en Córdoba nos acogió para dar comienzo en este curso a nuestras reuniones de Fraternidad, con las expectativas de que sea aún más especial que los anteriores, por diversos motivos.

     En primer lugar, por el día que comenzamos, nada más y nada menos que en la festividad de la Virgen del Rosario, nuestra Madre en su advocación más dominicana. A ella fue dirigida nuestra primera oración del curso, para que nos siga acompañando y protegiendo.

      Otro motivo de alegría era que se cumplían los primeros cinco años de las promesas perpetuas de ocho hermanos de nuestra Fraternidad, lo cual suponía también, aparte de una gran satisfacción, un acicate para continuar en nuestra labor dominicana de oración, estudio y predicación, de “contemplar y dar lo contemplado”.
     
  Desde el punto de vista de previsiones va a ser un curso también especial de preparación para una persona que nos va a acompañar para conocernos y discernir si este carisma laical dominicano es lo que está buscando en su camino espiritual, y también de acompañamiento de cinco hermanas que al comienzo del próximo curso cumplirán los tres años de sus promesas temporales y les corresponderá prestar, si así lo consideran, sus promesas perpetuas.

       Y por último, también va a ser un curso en el que vamos a tener muy presente a uno de los titulares de nuestra Fraternidad, el beato P. Posadas, ya que, también al principio del curso que viene, se cumplirá el 200 aniversario de su beatificación. Es nuestro propósito realizar un camino interior de mayor conocimiento personal y espiritual de esta figura cordobesa muy querida por el pueblo en su época y del que podemos obtener grandes enseñanzas, para después darlas a conocer también a todos los cordobeses de nuestro tiempo.

     Y, todo lo anterior, sin olvidar nuestros momentos de oración, de estudio y formación, y de relación con los hermanos de las demás Fraternidades laicales de la provincia de Hispania, haciendo especial hincapié en las más próximas, y con los miembros en Córdoba de las demás ramas de nuestra Familia Dominicana.
Antonio-Jesús Rodríguez Hernández
Fraternidad laical Santo Domingo de Scala Coeli y P. Posadas

domingo, 8 de octubre de 2017

La mesa de la Palabra: Los reginaldos



Los reginaldos

Con los ecos de Santa María del Rosario, la advocación mariana de los hermanos predicadores, resonando aun en el corazón, es bueno evocar al inglés Chesterton cuando escribía sobre lo que Jesús de Nazaret ocultaba en todas sus tareas salvadoras con nosotros: su inmensa y limpia alegría. No solo Domingo de Guzmán prodigaba gestos de franca alegría con sus hermanos, en particular con la juventud de uno y otro sexo, pues entendía que la vida había que celebrarla y la predicación del evangelio debía vencer la tristeza e ignorancia de las gentes. Con estos antecedentes, el bueno de fray Reginaldo de Orleans, en los últimos momentos de su vida, nos dejó dicho que no perdiéramos el tiempo en ponderar su acertada decisión de hacerse fraile dominico, porque había vivido como fraile dominico de una manera tan feliz, tan extraordinariamente a gusto, que su vida de fraile carecía de mérito.

La celebración de la vida, incluso con sus teclas negras cual piano, nos pide a los predicadores que la Palabra predicada la vivamos y bebamos como vino nuevo para curar heridas, robustecer esperanzas, ejercer de quitapesares en el día a día, operar cual bálsamo que lima aristas y olvida amarguras. Que predicamos, hermanos reginaldos, la buena noticia de Jesús de Nazaret, no fastos ni efemérides históricas. Que formamos parte de un manojo de hombres y mujeres que han hecho del evangelio vida y alegría y, cuando fue preciso, supieron ser voz de humanidad y consuelo, de denuncia y superación. Aunque experimentemos, como nuestros antepasados, el malestar de la incomprensión incluso de algunos sectores de la Iglesia, no nos queda más remedio que dejar que Dios viva en nosotros para que nuestro mundo sienta a este Dios, puro amor. Que no nos olvidemos de vivir la fuerza que viene de la Palabra, el torrente de vida que la misma Palabra conlleva y acertemos a servirla con alegría, sensibilidad con los tormentos de hoy y confianza en su fecundidad. Sin mérito alguno, porque como dominicos nos sentimos muy a gusto, como el bueno de fr. Reginaldo de Orleans.


Fr. Jesús Duque OP. 

sábado, 7 de octubre de 2017

Festividad de la Virgen del Rosario






La fiesta de Nuestra Señora del Rosario fue instituida por el Papa dominico san Pío V el 7 de Octubre, aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la Batalla naval de Lepanto (1571), atribuida a la Madre de Dios, invocada por la oración del rosario. La celebración de este día es una invitación para todos a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.

Según la tradición, la Madre de Dios, en persona, le enseñó a Santo Domingo de Guzmán a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.

¿Por qué esta sencilla oración es tan querida para los dominicos? Quizás porque en el corazón de nuestra tradición teológica persiste una aspiración a la sencillez. Santo Tomás de Aquino decía que no podemos comprender a Dios porque Dios es esencialmente sencillo. Su sencillez supera todas nuestras concepciones. Estudiamos, afrontamos problemas teológicos, ponemos a prueba nuestros espíritus, con el fin de acercar el misterio de quien es total sencillez. Debemos ir más allá de la complejidad para llegar a la sencillez.

Cada "Avemaría" evoca el viaje individual que cada uno de nosotros debe hacer, del nacimiento a la muerte. Está marcado por el ritmo biológico de toda vida humana. El señala los tres únicos momentos de nuestra vida de los cuales podemos estar absolutamente seguros: hemos nacido, vivimos ahora y moriremos un día. El comienzo, el principio de toda vida humana, la concepción en el seno maternal. El ahora nos sitúa en el momento en que nosotros pedimos a María sus oraciones. Tiene en cuenta la muerte, nuestra muerte. Es una oración increíblemente física. Está marcada por el inevitable drama corporal de todo ser humano que ha nacido y debe morir.

Se han comparado los misterios del Rosario a la Suma Teológica de Santo Tomás. Cuentan, a su manera, cómo todo viene de Dios y todo vuelve a Dios ya que cada misterio del Rosario forma parte de un único misterio, el de nuestra Redención. "Llevar nuevamente todas las cosas bajo un solo Señor, el Cristo, tanto los seres terrestres como los celestes"(Ef.1,10).

Se podría, pues, decir que cada "Avemaría" representa una vida individual, con su historia entera de la vida a la muerte. Pero todas estas "Avemarías" están ensartadas en una historia más amplia, la de la Redención. Tenemos necesidad de dos dimensiones, una historia a dos niveles. Necesito dar forma y sentido a mi vida, a la historia de mi carne y de mi sangre, con mis fracasos y mis éxitos. Si no hay lugar para mi historia individual, me perderé en la historia de la humanidad ya que Cristo me dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Tengo necesidad de este Avemaría individual, mi pequeño drama personal, para hacer frente a mi pequeña muerte personal. Mi muerte no significa, quizá, gran cosa para la humanidad, pero para mi será más bien importante.

Es verdad que rezando el Rosario no se piensa siempre en Dios: Se puede continuar durante horas sin el menor pensamiento. Pero uno está sencillamente ahí y dice sus oraciones. Y esto también puede ser bueno. Cuando recitamos el Rosario, celebramos que el señor está verdaderamente con nosotros. Estamos en su presencia. Repetimos las palabras del ángel: "El Señor está contigo". Es una oración de la presencia de Dios.

No tratemos, pues, de pensar en Dios mientras rezamos el Rosario. Al contrario, saboreemos las palabras del ángel dirigidas a cada uno de nosotros: "El Señor está contigo". Nosotros repetimos continuamente las mismas palabras con la exuberancia vital e inagotable de los hijos de Dios que se alegran de la Buena Nueva.

(Extractos de la conferencia de Fray Timothy Radcliffe, OP.,
en la 90ª Peregrinación del Rosario)