miércoles, 6 de enero de 2010

La hermosura infinita de tu gloria


Señor, tú que en este día
revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles,
por medio de una estrella,
concédenos a los que ya te conocemos por la fe
poder contemplar un día,
cara  a cara,
la hermosura infinita de tu gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios,
por los siglos de los siglos.

martes, 5 de enero de 2010

Carta de los Reyes Magos (6 de enero, Epifanía)


Queridos amigos:

No es muy normal que sean los Reyes Magos quienes escriban cartas a los hombres, más bien soléis hacerlo al revés. Pero estamos ya un poco cansados de que se nos trate como a autoridades que legitiman el lujo y el derroche de unos pocos en esta tierra. Queremos que nos conozcáis como hombres de fe, como creyentes. Queremos compartir con vosotros la experiencia que tuvimos en una noche de nuestra vida, cómo se cruzó por nuestros caminos y descubrimos la luz verdadera, la oscuridad sin fin.


No somos unos seres extraños y misteriosos como la tradición nos ha presentado. Ni reyes (sino unos hombres sencillos), ni magos, ni brujos, ni nada por el estilo. Éramos paganos, eso sí, pero inquietos, buscadores. Nadie nos había hablado de Dios ni de sus planes, y la religiosidad que se nos vendía no nos gustaba: era poco humana, fría y lejana, llena de preceptos y sacrificios vacíos, que seguía dividiendo la realidad entre buenos y malos, y casualmente siempre a los hombres nos tocaba el peor papel.... Seguíamos buscando. Oteábamos el horizonte cada día. Y soñábamos. Y vigilábamos en la noche. Lo investigábamos todo hasta encontrar el modo de saciar nuestro interior.


Fue una noche cuando Dios nos salió al encuentro. Entonces no sabíamos que era Él. Una estrella, una señal de luz en medio de tantas tinieblas, imperceptible casi, nos puso sobre la pista. Ahora a esa estrella la llaman signos de los tiempos: Los signos de los hombres y mujeres que esperan y luchan, que no se conforman. La Historia que, al avanzar, inquieta e invita a tomar partido. Los signos de la vida frente a los de la muerte que, desgraciadamente, suelen brillar con más fuerza. Sí, fue un signo luminoso de vida los que nos puso en camino.

Y lo dejamos todo allí mismo, y nos embarcamos en la trepidante aventura de buscar, sin parar, el origen de aquella luz, de rastrear la vida que se nos estaba dando. A nuestro alrededor los hombres seguían inventando sagas de dioses, que no servían más que para justificar a los poderosos, y continuar con la injusticia y el vacío de siempre. Aquella luz era especial, nos sedujo, nos fascinó. ¡Probablemente siempre había estado allí y nunca la habíamos visto! Es hermoso mirar hacia el cielo para descubrirle lo que tiene de nuevo. ¡El cielo está cuajado de estrellas, de luces de vida! También vuestro mundo, aunque no lo creáis o no le prestéis atención, está plagado de signos de vida que emergen en la noche. ¡Y todos ellos son signos de Dios, mensajeros de su gloria, chispas de su buena noticia!

No fue fácil el camino. A veces creíamos que éramos unos locos utópicos, y que no íbamos a llegar a ninguna parte. Caminábamos sin rumbo fijo, por lugares desconocidos y desérticos; no teníamos más hogar que la intemperie, y más techo que aquel cielo repleto de estrellas que se iban multiplicando y que nos iban conduciendo a un lugar fascinante. Fue una remota aldea en un remoto país nuestro destino. En las afueras, para ser exactos, en una casa de pobres. Un niño frágil y pequeño que luchaba por soportar aquel frío nocturno e invernal. Jamás hemos visto tanta luz como en su rostro. En el suyo, en el de sus padres, ¡toda la estancia brillaba ante nuestros ojos!

Y allí lo comprendimos todo. Dejamos de mirar al cielo, porque el cielo estaba ya a nuestros pies. El Dios al que buscábamos arriba, el Dios humano, amigo de los hombres, dador de sentido y de vida a la pobre realidad terrena. Estaba con nosotros, aquí abajo. El era la luz. Era el amor más grande, capaz de romper todos los esquemas humanos. ¡La vida entera estaba prendida en aquella criatura! ¡Había merecido la pena nuestro camino!

Nos quedamos allí, ¡cómo no! Y nos empapamos de aquella luz, y nos dejamos transparentar por ella. Y descubrimos la luminosidad del mundo entero. Y nos hicimos sencillos y nos desprendimos de todo cuanto llevábamos, lo presente y lo futuro. Nada era tan valioso como aquel hallazgo. ¿Qué más podíamos pedir, si ya lo habíamos encontrado todo? (aunque la tradición diga que fuimos nosotros los que le obsequiamos con extrañas e inútiles ofrendas...): él nos llenó la vida, nos la cambió, nos hizo los seres más ricos en todo el universo.

Pero pronto abandonamos aquel lugar: sentimos la necesidad vital de contar a todos nuestra experiencia, de volver a nuestra tierra, con nuestra gente, que andaba metida en mil problemas, dilucidando aún las odiseas de mil dioses, que no podían hacer nada por ellos. Habíamos visto al Señor, habíamos descubierto el sentido de la vida y de las cosas, nos llenamos de fuerzas y esperanzas, de ilusión y de ganas por hacer una realidad nueva. Perdiéndolo todo lo alcanzamos todo. Todo un cielo repleto de estrellas se nos abrió, de noche y de día, en nuestro mundo. Un cielo que brillaba con fuerza entre los más pobres, los más marginados, los más solos. En los rostros de los niños esperanzados, de las madres que se desviven, de los hombres y mujeres que viven con ilusión a pesar de todo, de los jóvenes que sueñan y esperan...


Los cristianos de hoy habéis perdido la luz: ¡No sois luminosos ni brilláis! ¡Os habéis vuelto opacos y oscuros! La Luz es Cristo, el mismo que a diario os visita de modos insospechados, que os transmite su brillo y calor, que os enciende el alma. ¡Volved a él continuamente para llenaros de su fuerza! Permitidle que cure vuestras cegueras y os haga ver. Y después, cuando os inunde su claridad, convertíos vosotros en estrella para los demás. Sed puntos de luz en vuestras familias, en vuestros pueblos. Reflejad esa luz que habéis recibido y que os ha llenado.

Ya lo veis: mirar a las estrellas no es cosa de niños. Es cosa de sabios. Soñar, sorprenderse, buscar, esperar, imaginar con ingenuidad y expectación. Es principio para ponerse en camino y encontrarse con el Dios que nos sale al encuentro constantemente, en lo más pequeño y escondido. No somos tan raros como nos pintan: encontramos la luz y quisimos regalarla a raudales. Porque la luz que no se saca, se pierde y se apaga. Esa es nuestra razón de ser, y esa debe de ser la vuestra, siempre: regalar la luz a los otros.

Es de noche. Mientras todos duermen y descansan, ¿te animas a salir y mirar las estrellas?

Con cariño: Melchor, Gaspar y Baltasar.
Fr. Javier Garzón                                                                                                                                                Epifanía del Señor
Isaías 60, 1-6
Sal 71
Efesios 3, 2-3a. 5-6
Mateo 2, 1-12

lunes, 4 de enero de 2010

Tu Palabra vino desde el trono real


Cuando un silencio sereno lo envolvía todo,
al mediar la noche su carrera,
tu Palabra todopoderosa,
como implacable guerrero,
saltó del cielo,
desde el trono real,
a un país condenado.
(Sab 18, 14-15)

domingo, 3 de enero de 2010

"Como sello sobre tu corazón"


De una Carta sobre la veneración del nombre divino de Jesús
del beato Enrique Seuze, dominico (año 1615)


El omnipotente y eterno Dios pide al alma pura que lo ponga como un sello sobre su corazón. Del mismo modo el que ama sinceramente a Dios debe conservar siempre en los labios de su alma ciertas imágenes o sentencias que muevan e inflamen su corazón en el amor a Dios.

Efectivamente, la perfección suma en esta vida consiste en que con la mayor frecuencia nos acordemos de Dios, que nuestro corazón suspire frecuentemente por él, hablemos continuamente de él, fijemos sus palabras en nuestra mente; todo lo hagamos por él y todo lo omitamos por él y, finalmente, en nadie esperemos, ni tras de nadie andemos, sino tras de él. Nuestros ojos lo deben mirar con todo amor, nuestros oídos deben acoger sus consejos, el corazón, los sentidos y el alma toda lo abrazarán con amor. Cuando lo hayamos ofendido nos reconciliaremos con él por la oración. Cuando nos someta a prueba, lo soportaremos con placidez; cuando se nos oculte, lo buscaremos sin cesar hasta que lo encontremos: y una vez hallado, lo retendremos dignamente.

Ya caminemos, ya estemos parados, ya bebamos, ya comamos, esta joya preciosísima del nombre de Jesús debe estar siempre impresa en nuestro pecho. Cuando no nos sea posible hacer otra cosa, que, al menos con la mirada, lo fijemos en nuestra alma.

Tengamos su nombre dulcísimo siempre en boca y de día debemos acordarnos tan intensamente de él que, cuando durmamos, lo soñemos y podamos decir con el Profeta: « Oh Dios eterno, oh dulcísima Sabiduría, qué buena eres para los que te buscan y sólo a ti desean. » (Lm 3, 25)

Este es, por tanto, el mejor ejercicio de todos porque, efectivamente, la oración continua es como la corona de todos los demás ejercicios y hacia ella como a su propio fin tienden todos ellos. ¿Qué otra cosa se hace en el cielo sino contemplar, amar y alabar?

Por tanto, cuanto más amablemente grabemos en nuestros corazones a Dios nuestro Señor, eterna Sabiduría, y cuanto más frecuentemente la contemplemos y la abracemos en nuestro corazón, con tanta mayor suavidad ella nos abrazará en esta vida y en la futura.

3 de enero, el Santísimo Nombre de Jesús



El amor que sintieron ya los cristianos de los primeros siglos hacia el nombre del Señor Jesús, Salvador, según nos consta por los escritores apostólicos y por la tradición, y, que no sólo informó sus vidas sino que los llevó hasta confesar públicamente su fe y padecer el martirio por esta causa, fue adquiriendo un mayor desarrollo con el correr de lo, tiempos. En la tradición de la Iglesia oriental se desarrolle en íntima relación con la espiritualidad monástica llamada «hesicástica» (contemplación imperturbable). En occidente en cambio, la devoción al nombre de Jesús se presenta bajo determinadas formas de devoción popular y en conexión siempre con el ciclo de las celebraciones de la Navidad. A partir del siglo XII adquirió gran auge por el influjo sobre todo de los monasterios en donde esta devoción tuvo una característica especial en su fervor.


En nuestra Orden ya desde sus orígenes se enumeran muchos hermanos que profesaron amor muy particular al « dulcísimo nombre del Salvador ». Esto se comprueba en que el papa Gregorio X, poco después de la celebración de! segundo concilio de Lyon (1274), encomendó a los frailes Predicadores la promoción de la alabanza y veneración del santísimo nombre de Jesús, siendo el beato Juan de Vercelli (+1283), Maestro entonces de la Orden, uno de los que con más ardor se dedicó a esa promoción.

Esta dedicación apostólica se vio reforzada a la vez cor nuevas formas de espiritualidad de los franciscanos y se incrementó en el s. XIV con preclaras formas de predicación y escritos espirituales, entre los que se cuentan especialmente los del beato Enrique Seuze (+ 1366), con la predicación de san Bernardino de Siena (+ 1444) y al mismo tiempo con la difusión de las Hermandades del Santísimo Nombre: precisamente en la fundación de ellas nuestra Orden trabajó incansablemente a lo largo de los siglos por encargo de los Sumos Pontífices, especialmente a partir de Pío IV (1559-1565 juntamente con las cofradías del Santo Rosario.

A partir del siglo XIV se dan ya formularios litúrgico propios, si bien solamente en siglos sucesivos pasan a la liturgia, y así, concretamente, los franciscanos lo harán en e año 1530; a finales del siglo XVII los dominicos; en el calendario romano para toda la Iglesia en 1721 ya existía en la liturgia la celebración de la Circuncisión del Señor (día 1 de enero), en la cual se aludía principalmente a la imposición del nombre de Jesús. Últimamente en el nuevo misal romano esta festividad cedió el puesto a la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, en la cual se conmemora también de modo principalísimo la imposición del nombre de Jesús.

sábado, 2 de enero de 2010

Recuperar a Jesús (3 de enero)


Los creyentes tenemos múltiples y muy diversas imágenes de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.


Todas estas imágenes que nos hacemos de Dios son imperfectas y deficientes, y hemos de purificarlas una y otra vez a lo largo de la vida. No lo hemos de olvidar nunca. El evangelio de Juan nos recuerda de manera rotunda una convicción que atraviesa toda la tradición bíblica: «A Dios no lo ha visto nadie jamás».

Los teólogos hablamos mucho de Dios, casi siempre demasiado; parece que lo sabemos todo de él: en realidad, ningún teólogo ha visto a Dios. Lo mismo sucede con los predicadores y dirigentes religiosos; hablan con seguridad casi absoluta; parece que en su interior no hay dudas de ningún género: en realidad, ninguno de ellos ha visto a Dios.

Entonces, ¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar de manera grave su misterio santo? El mismo evangelio de Juan nos recuerda la convicción que sustenta toda la fe cristiana en Dios. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es «quien lo ha dado a conocer». En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.


Dios nos ha dicho cómo es encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas y fórmulas teológicas sublimes sino en la vida entrañable de Jesús, en su comportamiento y su mensaje, en su entrega hasta la muerte y en su resurrección. Para aproximarnos a Dios hemos de acercarnos al hombre en el que él sale a nuestro encuentro.

Siempre que el cristianismo ignora a Jesús o lo olvida, corre el riesgo de alejarse del Dios verdadero y de sustituirlo por imágenes distorsionadas que desfiguran su rostro y nos impiden colaborar en su proyecto de construir un mundo nuevo más liberado, justo y fraterno. Por eso es tan urgente recuperar la humanidad de Jesús.

No basta con confesar a Jesucristo de manera teórica o doctrinal. Todos necesitamos conocer a Jesús desde un acercamiento más concreto y vital a los evangelios, sintonizar con su proyecto, dejarnos animar por su espíritu, entrar en su relación con el Padre, seguirlo de cerca día a día. Ésta es la tarea apasionante de una comunidad que vive hoy purificando su fe. Quien conoce y sigue a Jesús va disfrutando cada vez más de la bondad insondable de Dios.

Domingo II después de Navidad
Eclesiástico 24, 1-2. 8-12
Sal 147
Efesios 1, 3-6. 15-18
Juan 1, 1-18
José A. Pagola

Dominicas en Baena

Programan diversas actividades para celebrar los 500 años de presencia dominica en Baena



Este año se celebra el quinto centenario de la fundación del convento de dominicas de Madre de Dios. La priora, sor María Pilar, presentó las actividades programadas que comienzan con la misa de apertura el próximo día 10. En abril habrá una serie de conferencias de padres dominicos; en mayo, el santo rosario, y en agosto, una procesión de Santo Domingo a las diversas iglesias de Baena. En septiembre se expondrán en el claustro fotografías que muestran la historia del convento, y en octubre, el cardenal Herranz Casado acudirá a la clausura. El concejal de Cultura, José Tarifa, mostró el apoyo municipal.

Diario Córdoba, 2 enero 2010

Nuestros deseos para el Año Nuevo


Que seas feliz contigo mismo, que te aceptes y seas aceptado,
que estés en paz contigo y la transmitas,
paz en tu mente y en tu corazón.

Que seas feliz en tu familia, cada vez os sintáis más unidos y creativos.

Que seas feliz en tu trabajo, que den fruto tus tareas y proyectos.

Que seas feliz en la justicia,
respetando y defendiendo los derechos de los demás,
respetando y valorando a los demás.

Que seas feliz en la generosidad,
dando y compartiendo,
ayudando y sirviendo, viviendo la solidaridad.

Que seas feliz en el perdón, una vez y otra,
superando resentimientos y deseos de venganza.

Que seas feliz en la paciencia,
afirmándote y creciendo en las dificultades, aceptando los fracasos.

Que seas feliz en la humildad,
reconociendo tus valores como don,
renunciando al comparativo y alegrándote con los méritos de los otros,
sin permitirte sentimientos de envidia.

Que seas feliz en la fe, metiendo a Dios en tu vida
o poniendo tu vida en sus manos, confiando en Él más que en ti.

Que seas feliz en la esperanza,
esperando en Dios contra toda esperanza,
superando desengaños e impaciencias.

Que seas feliz en Dios, fuente de todo amor.
Que Dios te sonría siempre y te tenga en las palmas de sus manos,
y que tú te dejes hacer, te dejes querer. Amén.

viernes, 1 de enero de 2010

Un nuevo año (1 de enero)


Nos hemos deseado feliz año. ¿Se quedará sólo en deseo? Muchos lo han empezado con supersticiones de diferente tipo. Los no supersticiosos con incertidumbre, ¿será mejor que el pasado? ¿Será un buen año? Los más inteligentes ya lo saben: será lo que uno quiera que sea. Somos sembradores, cultivadores de nuestro propio año, independientemente de cómo nos venga el tiempo. Por eso hoy es el día de la paz: ¿hay algo mejor que nos podamos desear? No la paz que es ausencia de guerras, sino ese estado natural del alma y de la vida entera… Que Dios te conceda la paz, la suya…


Y mientras nos deseamos feliz año, y vinculamos la paz como el mejor tesoro que sólo puede venir de Dios, hoy nos fijamos en las lecturas, regalos de comienzo de año que Dios nos hace. Moisés y Aarón buscan, y encuentran paz; Pablo expresa que Dios buscó tiempo y encontró el nuestro, el mejor, la plenitud; los pastores buscan y encuentran a un Niño. Dios nos regala para este año la capacidad, la oportunidad de buscarlo, y la seguridad de que vamos a encontrarlo. Quizás ya hemos recorrido ese camino, y hemos tenido buenas experiencias. Él nos da la oportunidad de seguir buscándolo, de volver a hacerlo como si fuera la primera vez… sencillamente porque está deseando ser encontrado. Buscar y encontrar, pero no cualquier cosa: a Dios, la plenitud de lo humano que se nos regala en este tiempo y en signos humanos.

El Dios que pide ser encontrado mientras Israel va por el desierto es el Señor de la paz, el que hace brillar su rostro sobre quienes le buscan, el que “se fija en ti” y “te concede su favor…” El Dios misericordioso, nuestra paz definitiva, el que bendice y protege… ¿Quién en este mundo lo puede hacer igual? ¿Qué anuncio hay en TV que nos de todo esto?

El Dios de Pablo es del ahora. “Cuando llegó la plenitud de los tiempos”, ¿cuándo es? Hoy mismo. Hoy, en este tiempo crítico para muchos. En el hoy de mi vida (no en el mañana que quién sabe...). Hoy Dios está tocando a tu puerta, deseoso de ser encontrado. Y lo hace por signos humanos, frágiles, pequeños… nacido de mujer, por su ternura, humanidad, compasión, delicadeza, capacidad de alegría… hoy.

El Dios de los pastores, ese que se les había prometido, se deja encontrar en la debilidad de lo humano, envuelto en pañales, frágil, débil, necesitado… Dios suele salirnos al encuentro por esos caminos, los más destartalados y frágiles… pero los pastores, los más brutos, supieron reconocerlo, no cambiaron la mirada. Mientras María, la mujer que supo buscar y encontrar, iba guardando en el arca del alma, para darle vueltas a la obra de Dios en lo humano.

Un año nuevo. ¡Qué bien que vamos con él! ¡Qué bien que nos da la oportunidad de seguir buscándolo para encontrarlo nuevo, mejor, más real, más humano! ¡Qué bien que él es nuestra paz, y que no hay mejor paz que la suya, su palabra, su reino! ¡Qué bien que nos regala tiempo para invertirlo en su búsqueda! ¡Qué bien que volvemos a empezar!
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Números 6, 22-27
Sal 66
Gálatas 4, 4-7
Lucas 2, 16-21

El Señor te bendiga



"El Señor te bendiga y te guarde;
te muestre su faz y tenga misericordia de ti.
Vuelva a ti su rostro y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, hermano;
el Señor te bendiga, hermana".

(Bendición del Hermano Francisco)