sábado, 23 de noviembre de 2013

Diálogos desde Scala Coeli: Atreverse a estar alegres


Basta con abrir un periódico o conectar la televisión o la radio para que un torrente de noticias trágicas nos invada:  guerras, marginación, injusticia, pobreza, xenofobia y racismo,  intolerancia y fanatismos,  paro, droga …

Y nuestra reacción, a veces, es la de no querer ver o le echamos la culpa a instancias superiores o nos sentimos impotentes.

Ante todo esto nos preguntamos: ¿es posible la alegría?. Más aún, ¿es honesto alegrarse al lado de tanto dolor?, ¿no se convierte entonces en una burla y en un modo de arriar la conciencia por parte de los satisfechos? ¿no hay alternativa entre la  amargura y la frivolidad?




Y, sin embargo, no se puede vivir sin alegría. La alegría es fuerza para vivir. Sin pensamientos positivos no hay esperanza ni energía para el cambio. Sin alegría el dolor tiene la última palabra y nos destroza sin remedio. La alegría nos da solidez interior para no volver la cara ante el sufrimiento de los demás. Por eso la alegría hace posible la solidaridad. La alegría es el mejor regalo que podemos transmitir al que no la tiene, pues le aportamos fuerza para vivir, esperar y amar.


¿De dónde surge la alegría?¿cuál es su fuente? Frecuentemente pensamos que la alegría nos viene de fuera de nosotros mismos, de no tener preocupaciones o limitaciones y enfermedades, de montárselo divertido, de no tomarse nada en serio y pasar de todo, de tener una vida de película; pero curiosamente la alegría no depende de lo que nos suceda, sino de cómo vivimos lo que nos sucede. Un mismo acontecimiento puede llenar de alegría a una persona y dejar triste o indiferente a otra. Una situación conflictiva puede ayudarnos a madurar, mientras que una vida donde no haya conflictos puede retrasar nuestra madurez.

La alegría brota de nuestro interior. Para que nazca es preciso tener una confianza básica en que lo positivo es más grande y más fuerte que lo negativo; que merece la pena luchar por lo bueno y lo verdadero; que cada vida humana tiene sentido y merece dignidad y respeto.

Los cristianos fundamentamos esa confianza básica en Dios que es Padre. Él ha optado por nosotros, es nuestro origen, nuestra meta y nuestro compañero de camino. Él es la mano que nos sostiene y el techo que nos cobija.

Esta confianza básica permite acercarse al dolor y al sufrimiento sin desesperación. Nos empuja a la solidaridad activa y a la lucha por el bien de los demás, porque sabemos que merece la pena y es eficaz nuestro esfuerzo en favor de los otros, y que –gracias a muchos hombre y mujeres que han esperado contra toda esperanza- nuestra historia ha ido avanzando en cota de humanidad.

Hemos de atrevernos a estar alegres. Supone una decisión valiente y decidida contra la apatía y el desánimo. Atreverse a mirar lo positivo, lo bello, lo verdadero, lo bueno que hay en nosotros y en lo que nos rodea, aunque esté mezclado con aspectos negativos. Atreverse a trabajar por lo que hace humana nuestra vida. Atreverse a compartir la alegría y el gozo. Atreverse a confiar en el Padre.

El apóstol Pablo nos anima a atrevernos a la alegría: “estad siempre alegres en el Señor, os lo repito estad alegres; que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca, no os agobiéis por nada, en lo que sea presentad ante Dios vuestras peticiones con esa oración y esa súplica que concluye en acción de gracias: así la paz de Dios que supera todo razonar custodiará vuestros pensamientos y vuestra mente mediante Cristo Jesús”.

P. Francisco-José Rodríguez Fassio