Retiro de laicos dominicos en Scala Coeli
La necesidad de la vuelta a
nuestras raíces de la conversión, la oración misericordiosa y apostólica y la
predicación para la salvación de las almas, por parte de las fraternidades
laicales dominicanas, ha sido el hilo conductor del retiro para dominicos seglares
celebrado este pasado fin de semana en Santo Domingo de Scala Coeli, Córdoba,
dirigido por Fr. José Antonio Segovia, OP.
Durante estos tres días, 25
hermanos de las fraternidades laicales de Santo Domingo de Henares, de Baena;
San Martín de Porres, de Madrid; Santa
Catalina de Siena, de Sevilla; Amigos de Dios, de Bormujos; y Santo Domingo de Scala
Coeli y P. Posadas, de Córdoba, hemos compartido reflexiones, diálogos y
celebraciones en torno a “La oración apostólica: vínculo y compromiso”.
En sus reflexiones, Fr. José
Antonio Segovia, aprovechando además que en este año 2023 se cumplen y vamos a
celebrar el 600 aniversario de la fundación de Scala Coeli por San Álvaro de
Córdoba, nos ha mostrado cómo este convento fue la cuna de la reforma de la
Orden Dominicana en España. Desde su fundación, Scala Coeli fue y sigue siendo
actualmente una Casa de Oración y Conversión, un retornar a las fuentes que
están en Cristo crucificado, como así señala San Pablo en su primera carta a
los corintios: “nosotros predicamos a Cristo Crucificado”. San Álvaro siguió el
lema dominicano de “hablar con Dios para hablar de Dios”; contemplar y dar lo
contemplado, llevando al prójimo la Salvación experimentada en la contemplación
de Cristo.
En otro momento, el P. Segovia se
preguntaba en voz alta ¿para qué sirve rezar?, ya que, en una sociedad como la
actual, donde se acepta como criterio casi único la eficacia , el rendimiento y
la producción no es extraño que surja la pregunta por la utilidad y eficacia de
la oración. Pero, seguidamente, aportaba varias respuestas: la oración es
eficaz porque nos hace más creyentes y humanos, nos abre los oídos del corazón
para escuchar con más sinceridad a Dios, va limpiando nuestros criterios y
nuestra conducta de aquello que nos impide ser hermanos, alienta nuestro vivir
diario, reanima nuestra esperanza, fortalece nuestra debilidad y alivia nuestro
cansancio.

Y, desde el carisma dominicano,
la oración surge en Santo Domingo como una relación apostólica y
misericordiosa, motivada por las necesidades y la contemplación del drama
humano en sus múltiples manifestaciones, sintiendo dichas necesidades como una
herida. El paso de la contemplación a la súplica constituye una dimensión
original que Domingo cultiva en su vida de oración. Ella expresa, sin duda, su
talante compasivo.
Y esa misión de la “salvación de
las almas” es la que hoy también continúan todos los miembros de la familia
dominicana, en sus diversas ramas, a través de los medios que le son propios a
la Orden: la predicación, la oración, el estudio y la vida fraterna.
Pero, ¿qué significa en el
lenguaje y análisis vital actual el término “salvación de las almas”? Para
encontrar una respuesta lo más correcta posible es preciso tener en cuenta y
hacer memoria de la personalidad de Santo Domingo y de sus experiencias
históricas. La salvación de las almas que él coloca como objetivo último de su
labor apostólica y de la Orden por él fundada se refiere al hombre integral y
comprende también la salvación de este hombre en el más acá histórico. Es el
hombre concreto de carne y hueso el que debe ser salvado.
Una obra de misericordia es “orar
por todos”. Esto invita a vivir la oración, no sólo como una experiencia de
amor de Dios, sino como un servicio de amor a los seres humanos. Algunos
piensan que orar y obrar son cosas contradictorias, creen que en lugar de orar
por otro, mejor sería ayudarle y poner personalmente manos a la obrar para
mejorar su situación. Pero la oración por los otros es algo más que una
alternativa a la acción. Amar al otro y orar por él son dos caras de la misma
moneda. Sin oración la acción es a menudo ciega. Pero también se puede decir
que la oración puede ser una coartada para rehuir el compromiso personal.
Entonces nuestra oración pierde su valor. Luchar y contemplar son las dos caras
de la misma moneda.
Pero hay más: la oración produce
un efecto que nos resulta imposible describir. Oramos porque confiamos en que
Dios escucha nuestra oración y en que Dios puede ayudar al otro. Pero sabemos
que con nuestra oración no podemos forzar a Dios a que actúe como queremos.
Debemos dejar siempre a Dios la última palabra sobre su modo de reaccionar a
nuestra oración.

Finalmente, el P. Segovia
reflexionó sobre la oración como vínculo y compromiso que expresamos en el lema
de la Orden de Predicadores: “alabar, bendecir y predicar”. “Orar”, alabando:
puesto que el esfuerzo humano puede conseguir muy poco sin la ayuda de Dios, lo
más importante para un predicador es ser una persona de oración. “Convivir”,
bendiciendo: con un estilo de vida sencillo luchamos por estar abiertos y
ofrecer nuestro apoyo a todo aquel que necesita ser acogido, predicando desde
nuestra vida comunitaria. Y “evangelizar” predicando con la propia vida:
proclamar la verdad del Evangelio en toda su integridad, con tal claridad que
permita al que escucha considerar todo bajo la luz de Jesús. Los dominicos a lo
largo de nuestras vidas, estudiamos y meditamos la Palabra de Dios, con el fin
de interpretar los signos de los tiempos y predicar de la forma más apropiada a
la sociedad contemporánea.
Como punto final a las
reflexiones del fin de semana, fr. José Antonio Segovia, nos relacionó la diez
actitudes necesarias para mantener vivo el espíritu de Santo Domingo:
misericordia y pobreza; oración apostólica; itinerancia interior y exterior; estudio
de la Verdad; testimonio de vida; entrega hasta la muerte; libertad,
responsabilidad y creatividad; humildad, promesas y cuidado mutuo.
Hemos de destacar que, además de
las reflexiones propias del P. Segovia, realizamos y tuvimos diversos diálogos
en grupos y al completo, así como diversas oraciones y eucaristía en la
Capilla.
En definitiva, un retiro que ha
supuesto la vuelta a la normalidad de los encuentros de los laicos dominicos en
Scala Coeli y que esperamos seguir repitiendo, recomendando si así fuere
posible duplicarlos o buscar la mejor forma de ampliarlos para poder dar
oportunidad a otros hermanos a que asistan a los mismos.
Antonio-Jesús
Rodríguez Hernández, OP