viernes, 2 de abril de 2010

Viernes Santo

Gritos y silencios (2 de abril, Viernes Santo)

Al escuchar la pasión llama la atención la cantidad de personajes que aparecen. Todos nos invitan a identificarnos y ocupar su lugar (traidores, negadores, cómplices, dolientes, cirineos, verónicas, etc). Y sorprende el murmullo de fondo. Se percibe un contraste: unos gritan. Otros (los menos) permanecen en silencio. En las pasiones actuales en las que tantas veces estamos sumergidos, sucede igual. Unos gritan. Otros callan. Gritan furibundos los cómplices de Judas. Grita rabioso y vengativo Pedro en el Huerto; grita herido y entre lágrimas junto al fuego y el gallo. Vocean los soldados. Se exalta el pueblo: ¡Crucifícale, crucifícale, nosotros ya tenemos rey! Gritan los sacerdotes, que ven mermada su autoridad y poderío. Grita la cobardía de Pilato mientras se calla burguesmente. Gritan los espectadores del camino. Gritan iracundos los ladrones compañeros de patíbulo.

Asustan los gritos. Y uno se siente impotente ante ellos. Cuántos siguen extendiéndose en el mundo. Los de los poderosos, cobardes, traidores. Los vengativos, los que disparan armas, los que condenan, los que exaltan al pueblo. Los que con fuerza quieren vender sus planes. Los que imponen sus ideas. Cuántos gritos en los hospitales, en los países pobres. Cuántos en guerras fratricidas. Cuántos en parlamentos y en países desarrollados. Cuántos gritos en cuántos corazones. Tal vez, si nos escuchamos, hasta nuestro interior grita consternado…

Gritos. Y silencio. Calla el justo. “No abría la boca”. “No gritará, no voceará, no alzará su voz en las plazas”... Calla en el huerto de la traición. Calla y no se defiende ante Pilato. Calla ante el pueblo. Calla en el camino. Y pronuncia levemente el nombre de su padre en la Cruz. Jesús calla y salva. Nos salva el amor y el silencio…

Calla María. Y calla el discípulo. Se limitan a acoger, a estrenar comunidad y familia. Y calla Dios. El que está presente en toda la escena. El que abarca todas las escenas y episodios de lo humano. Y sigue callando Dios. Tanto que a veces nos torturan sus silencios. Porque Dios calla y en su silencio salva. Calla y salva.

Hagamos silencio adentro, y dejemos obrar a Dios. Sabemos que a Él corresponde la última palabra. La definitiva. Y dejemos que en su silencio acalle nuestros gritos. Y nos salve.

“Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”
(Lam 3, 26)

Viernes Santo
Oficio de la Pasión del Señor
Isaías 52,13-53,12
Sal 30
Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan 18,1-19,42

jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo

Triunfar (1 de abril, Jueves Santo)

Una noche de triunfo Jesús se reunió con los suyos. Los había querido mucho hasta aquel momento. A ellos, una panda de pescadores y pecadores. A ellos, sí, pero también a otros. En aquella cena pesaba el recuerdo de cojos y ciegos, de viudas y publicanos queridos, de pecadores visitados por la misericordia, de leprosos curados, de hombres y mujeres amados de una manera especial; de leyes abrogadas a favor de la misericordia y la ternura. Era una cena especial; era la cena del triunfo.

Reconozco que me gusta esa palabra: triunfar. Reconozco que odio terriblemente la otra, fracaso. En esta vida, o triunfas o fracasas. Y por nada quiero fracasar. Aspiro a triunfar en el trabajo, en mis relaciones. Es hermoso mirarse al espejo y decírselo: enhorabuena, triunfador. Quien no triunfa no existe. Queda eliminado del juego. O el triunfo o la sangre.

En esta tarde Jesús nos enseña una manera diferente de triunfar en la vida. Aquel que había llegado tan lejos, que estaba a punto de librar su última y apoteósica batalla en la tierra… “Se quitó el manto, se ciño la toalla y se dispuso a lavarles los pies”. Todo previsto como un buen guerrero excepto el final. Y aquí nos quedamos sin palabras. He aquí un triunfador. Para los suyos perdió la guerra. No están los tiempos para amar. Es lo mismo que dicen en tantos ambientes sociales de nuestra época. Lo que nos dice el corazón cuando corremos su suerte.

Jesús triunfó aunque aparentemente fracasara. Y la lección no puede ser más clara. Los que aman triunfan. Los que no aman, fracasan. Ese es el dogma que desde aquella noche de Nisán circula por la tierra, el dogma que nos salva. Sí, nos salva el amor, el servicio y la entrega. No hay más triunfo que ese. Lo demás es mentira. Lo demás (el poder, la violencia o la agresividad, el odio, la competencia o el falso amor propio) ahoga y esclaviza. Solo nos salva amar, inclinarnos, arrodillarnos ante los pequeños y amarles sin medida. Y así sabemos y confesamos que quien ama triunfa siempre.

Jueves Santo
Misa en la Cena del Señor
Éxodo 12. 1-8. 11-14
Sal 115
1 Corintios 11, 23-26
Juan 13, 1-15

miércoles, 31 de marzo de 2010

Esperadme, sólo tardo tres días

Hora Santa ante el Monumento
Santo Domingo de Scala Coeli
1 de abril de 2010, Jueves Santo

CANTO

El hombre:
Todos los años llego hasta tus plantas en estas horas de silencio y luto
y te pregunto, Cristo, por tu sangre
y por mi sangre de hombre derramada.
Hace ya dos mil años que te fuiste
y aún seguimos solos.
Aún seguimos
entre agrios barrotes de silencio,
sin comprender, sin entender la sangre.
Vivimos omo ríos que caminan sin hacerse preguntas,
dejándose correr, como las horas, sobre la piel del mundo.
Cantamos y reímos. Logramos olvidarnos
del horror de estar vivos
y el mundo termina pareciéndonos una gloriosa fábula.
Hasta que
un día llega, terco,
el dolor con todas sus preguntas desenvainadas y nos agarra por las solapas,
y nos zarandea,
y nos obliga a responder, y grita
que todo esto tiene que tener un por qué,
que no es posible que el dolor de los hombres sea una flor marchita.

Mira,
hoy estuve en una casa de dulces inocentes, torpes muñecos de carne interminada,
almas que se quedaron a mitad de camino, seres que bautizamos «deficientes»
para no aterrarnos demasiado.
Y hoy he visto sus ojos que taladran el mundo con miradas idiotas y terribles
como una espantosa acusación contra alguien.
Sus inocentes manos tartamudas,
sus cuerpos atrofiados, sus sonrisas insulsas, sus pobres dulces bocas desmadradas.
¿Por qué?, gritan sus ojos.
¿Por qué?, aúllan sus manos.
¿Por qué?, chilla su cuerpo.
¿Por qué?, ululan todos los rincones de su santa existencia.

Pero aún es más amarga la segunda pregunta:
¿Para qué todo esto?
¿Fecunda algo este dolor, o solamente es una estéril esterilidad?
¿Riegas acaso algún jardín celeste con el llanto del hombre?
¿Necesitan tus gloriosos parterres de azucenas
del estiércol del hombre corrompiéndose?
Responde, oh Dios, ahora que es de noche en mi alma y que mi fe vacila,
ahora que ser hombre se me ha hecho cuesta arriba
y llego, como un pobre mendigo cargado de preguntas, a tus plantas.

Voz de Dios
No tengo más respuestas que las que os di en mi Hijo.
Estudiad bien su carne. Aprendeos su cuerpo.
Tal vez allí encontréis el porqué de las cosas.

Hombre
Pues responde tú, Cristo. Tú, que vives aún más cerca del hombre;
tú, que puedes hablar nuestro lenguaje.
Dinos el porqué y el para qué de nuestros llantos.

Cristo
No tengo más palabras que mi vida, ni traigo más respuesta que mi sangre.
Yo también viví lleno de preguntas
y más que rociaros de razones
preferí sepultarme en vuestro llanto, ser uno más, arder en apariencia estéril,
caer como el abono en los surcos del mundo y morirme sin entrever el fruto.
Así, ni nadie logra entender sus dolores podrá decir, al menos, que no los vivió solo... ¡como los viví yo!

Hombre
¿Solo, Señor? ¡Si viviste estrujado,
empujado, arrastrado, arrebatado por la muchedumbre!
¡Si en tus horas más íntimas te ciñeron los doce!
¡Si hasta en la cruz te dieron ladrones compañeros!

SILENCIO

Cristo
Nadie ha vivido nunca tan solo como yo.
Las gentes caminaban a mi lado, pero no me entendían. Los doce me querían,
pero jamás supieron a quién daban su amor.
Recostaban, incluso, su cabeza en mi pecho,
pero sólo escuchaban latir mi corazón.
Recuerdo aquella noche, aquel terrible jueves en que yo quise darles mi carne a dentelladas
y en que ellos me miraron asustados y atónitos
como se mira desde la playa un barco que se hundiera en el mar.
No es que no me entendieran. Es que les aterraba la idea de entender
y elegían el quedarse en su playa tranquila a hundirse en mi locura.
Era... terrible, ¿sabes? Comprender que has nacido para salvar al hombre
y ver que te abandona precisamente «porque» vas a salvarle, «cuando» vas a salvarle.
Me miraban, me miraban, temían comprender.
Y sólo Judas se atrevió a creer seriamente en mi muerte... para empujarme a ella.
¡El, sí, me acompañó… traidoramente! ¿Esto es ser hombre...?, dime.

Hombre
Pero..., Señor, tal vez es que tú eras demasiado para ellos,
como lo sigues siendo para mí.
Eras... demasiado Dios, no un hombre como ellos.
A veces me pregunto si fuiste hombre de veras
o si toda tu historia solamente
fue un poco de morfina para calmar mí llanto.
Dímelo ahora, antes de que la muerte
llegue hasta tus orillas y te amordace para siempre.
¿Tú fuiste un hombre o solamente un sueño enorme disfrazado de humano?

Cristo
Yo no «fui» un hombre.
«Soy» un hombre. Es distinto. Yo tuve y tengo carne como tú.
No es que yo me vistiera de hombre para estar con vosotros,
lo mismo que se visten de mineros unas horas obispos y ministros
que luego volverán a sus palacios y despachos.
Yo asumí entera la condición humana,
tan hombre como tú, tan verdadero.
Yo tuve hambre como tú, sed como tú, cansancio;
yo conocí la soledad y el miedo,
supe lo que es luchar por los que amas sin que ellos te entiendan,
conocí la belleza de estar vivo,
el milagro del sol, la maravilla del agua.
No me gustó morir: estaba muy bien entre vosotros.
Yo me tragué la muerte como se traga un vaso de ricino
sólo porque vosotros necesitabais vida.
CANTO

María
Yo lo sé bien.
Soy el mejor testigo, pues yo le tuve dentro,
yo le sentí crecer en mis entrañas
y salió de mi carne y de mi sangre.
Aquel día,
cuando el ángel habló,
yo creí que sería diferente,
que Dios se encarnaría igual que una montaña,
pues ¿acaso podría Dios caber dentro de mí?
¡Tuve miedo! ¡Me estallaría dentro!
¡Le soñaba creciendo allá en mi seno,
como un gigante que me desbordaría!
Pero... fue igual que todos, tierno y niño,
diminuto y de goma, con lágrimas y hambre.
Yo sabía que aquella dulce «cosa» entre mis manos era el creador del mundo,
mas sabía también que moriría si yo no le acercaba su boquita a mi pecho.
Hoy... le he visto subiendo camino del Calvario
y he vuelto a preguntarme si todo no es un sueño.
Mas yo sé que su carne traspasada sigue siendo la carne que yo traje
y que él repartiría entre los hombres.

Hombre
Esto aún lo entiendo menos:
¿cómo es posible que tu carne muera
y que, veinte siglos después, alguien nos diga que podemos comerte y devorarte?

Cristo
Tampoco yo lo entiendo. Yo «lo sé».
Cuando estuve en la tierra
muchas veces me pregunté a mí mismo
si tendría derecho a volverme a mi cielo dejando en la estacada a mis hermanos.
¿Cómo dejarles solos y morirme? ¿Cómo resucitar y abandonaros?
Un día
cogí un pan y, de repente,
pensé que el pan tenía más suerte que yo mismo:
él estaría siempre en vuestras mesas, por él trabajaríais, estaría en vosotros,
en las manos, en la boca, en el cuerpo. ¡Tuve envidia del pan!
Y pensé que podría quedarme entre vosotros, por él, con él y en él,
a través de su miga y su corteza.

Hombre
Pero ¿cómo podrían entenderlo los hombres?

Cristo
Es que no lo entendieron. Recuerdo que aquel jueves,
cuando por vez primera se lo anuncié a los doce,
se quedaron atónitos, convulsos, aterrados.
¿Es que se ha vuelto loco?, se decían.
Los doce vivían ya en el miedo, ya les olía a muerte mi mirada
y pensaban que, al morir yo, caerían las columnas del orbe.
Los doce me querían,
pero no me entendieron nunca. ¿Cómo podría caber yo en sus cabezas?
Tomé el pan y les dije: «Esto es mi carne», y tendieron las manos temblorosos,
tocaban aquel pan, lo remiraban, lo llevaban a la boca aún temblando,
lo masticaban cuidadosamente queriendo allí encontrar el sabor del misterio.
¡Y después me explicaron que les sabía a sangre!
Era yo.
Soy yo, el que cada día se ofrece en los altares.
SILENCIO

María
¡Ah, si el hombre supiera que lo puede tener dentro del alma
como lo tuve yo dentro del seno!
Pero hace falta tanto amor para entender que ni yo misma lo entendí del todo.

Cristo
No hace falta entender. Nunca se entiende. Ya basta con amar.
El corazón -ya lo sabéis- tiene en esto razones que nunca aclararán los silogismos.
¿Creéis tal vez que yo hubiera muerto aquel viernes si sólo llego a usar la inteligencia?

Hombre
¿Y el premio del amor fue aquella muerte?

Cristo
Los hombres pagan siempre así a los que aman.
Y suelen añadir el triste precio de la traición.

Hombre
Señor, tú hiciste al hombre. Tú fabricaste el barro que nos forma.
¿De qué te extraña ahora que nuestro barro manche?

Cristo
Es que yo me esperaba
la incomprensión, pero no las traiciones,
o esperé, cuando menos, traiciones menos burdas, menos groseras.
Vuelvo
a ver los sucios labios de quien me llama amigo para mejor venderme.
Oigo el triste tintinear de las monedas,
veo su mirada de chivo que se acerca a besarme
y me pregunto aún cómo pudo reunir tanto engaño.

Hombre

Pero tú bien sabías que vendría esa hora. Tú le llamaste «hijo de la perdición».

Cristo
¿Crees acaso que él era distinto? ¿Crees que tú no habrías traicionado?
Aún guardo en mi mejilla la huella de aquel beso: es el beso del hombre,
de «todos» mis hermanos. En él besasteis todos, todos mentisteis,
todos traicionasteis, todos seguís besándome y vendiéndome.
En todas vuestras manos quedan rastros de las treinta monedas
y aún se os nota el gesto de traidores cuando tenéis dinero en vuestras manos.
Es cierto: lo tocáis como besándolo, como adorándolo, como si fuera el único Dios en quien creéis de veras.

Hombre
Eso no es cierto. ¡Algunos intentamos defenderte!

Cristo
Sí, con la espada,
Con algo aún más terrible que el dinero.
No supisteis amarme, no supisteis siquiera velar conmigo un poco,
ayudarme a rezar unos minutos.
Sólo supisteis golpear, golpearos los unos a los otros, ofrecerme, grotescos,
el tributo de una oreja cortada.
Durante largos meses os expliqué la bienaventuranza de los pacíficos,
no a manejar las armas;
os invité a quereros, no a mataros; os hablé de la cruz, no del cuchillo;
y ahora lleváis la cruz sobre los pechos como una dulce joya, como un triste amuleto,
o la ponéis -¡valientes!- en las empuñaduras de la espada.
Donde yo puse amor, ponéis vosotros
dinero, traición y violencia,
la trinidad del hombre, el reverso de Dios,
el triple rostro de Satanás:
dinero, traición y violencia.
¿Entenderéis ahora
por qué fue necesario que descendiera un ángel?
Antes de que llegaran las espinas, el martillo y los clavos,
mucho antes de la cruz y la lanza,
mucho antes de Pilato y Herodes,
antes del odio frío de los fríos romanos, ya estaba mi alma triturada y muerta
por las manos traidoras de mis doce traidores.
Siempre fue así:
el verdadero dolor viene de dentro,
las más graves traiciones las preparan los tuyos.

Hombre
¿Y cómo pudiste soportarlo?

Cristo
Me costó, no lo creas.
En el huerto yo tuve miedo como tienen miedo
cuando llega la hora de morir todos los hombres.
Temblé. Sangré. Mendigué a mi Padre que pasara esa muerte. Me gustaba la vida.
Ya te he dicho.

Hombre
Me alegra que lo digas. Me consuela saber que tú también tuviste miedo
y que estabas contento, como yo, de estar vivo.
Aquí -¿sabes?- estamos atados a la muerte, nos golpea
con cada ser querido que se marcha,
y cada día sentimos que las horas se nos vuelan
como un árbol que fuera deshojándose.

Cristo
Yo también lo sentí. Y aquella noche cuando di el primer paso hacía la muerte
pensé que os serviría de consuelo saber que también Dios pasó ese trago.
Y saber que detrás vendrá el domingo.

CANTO

Hombre
Pero ¿por qué el dolor?
Veo tu carne flagelada, veo tu sangre resbalando,
veo tu espalda arada y removida,
veo tus dulces ojos de cordero aterrado, veo tus pobres manos maniatadas,
y me pregunto si no pudo ser todo más fácil y sencillo.

Cristo
Era necesario, ¿comprendes?
Yo sabía muy bien que tantos hombres sufrirían después de tantos modos:
los mordiscos del cáncer,
el espanto de la carne abrasada,
el infinito hastío de los escayolados,
la muerte violenta y asesina,
el hijo subnormal y la ceguera,
el hambre, la incultura, la miseria,
el desamor y el paro, la soledad de los jamás amados,
los muertos en el seno de su madre, los traicionados por los más queridos.
¿Y podría quedarme yo más corto?

María
Yo sufría también, aunque de lejos,
porque el ángel que vino el primer día se marchó para siempre
y quedé sola con mi fe, pero a oscuras y entre espadas.
Sufrí la soledad de no entenderle nunca del todo,
tener un hijo que te desborda siempre
y saber que a la hora de amar te quedas corta.
Yo vi crecer en torno de tu obra los lobos, la incomprensión, el odio, las envidias,
la hipocresía de los supuestamente religiosos.
Cuando el viernes llegó ya lo esperaba.
Te vi subir camino del Calvario
y entendí que era el mismo camino
por el que había subido todos aquellos años.

Hombre
Yo no he subido nunca.
Mas hoy me gustaría acompañarte, ir a tu lado en el dolor, decirte,
ya que no supe amarte, que, como la Verónica, quiero enjugar tu sangre,
caminar tras tus pasos con mis penas.
Porque ahora entiendo que tal vez no es estéril nuestro llanto,
que tal vez él sostiene el universo, al volverse en tus manos redención.

Cristo
Eso es, hijo mío. Comienzas a entender. Ningún dolor se pierde.
Vuestro llanto y el mío, «nuestro» llanto es la sal que conserva el universo.
¿Sabes? Hay en el mundo tanta semilla de corrupción
que es necesario un poco de dolor de contrapeso,
un poco de redención que restablezca el equilibrio.
El dolor no es un sueño, ni un invento sádico. No existiría si no hubiera pecado.
Por el odio y la envidia sufrí los latigazos,
por las crueles guerras se desgarró mi carne,
la frialdad y el sucio dinero araron mis espaldas.
Los verdugos no eran unos monstruos sacados del infierno, eras tú,
fuiste tú, «eres» tú, son tus manos las que aún hoy me flagelan.
¿Y preguntas por qué el dolor y para qué tu llanto?
¿Lo preguntas y siembras cada día esa fruta maldita del odio,
que sabes que germinará muerte?
Ea, hijo: déjate de preguntas, toma tu cruz conmigo
y construyamos juntos la redención,
como una casa grande y feliz para todos.

Hombre
Sí, voy a cargar con mi dolor a cuestas y subiré a tu lado por la vida
compartiendo mi cruz con mis hermanos, compartiendo sus cruces con la mía.
Atame, si necesario fuera.
Atame a ti con irrompibles lazos, átame bien, y oblígame a ser su Cirineo.

Cristo
¿Mi Cirineo? Más bien de tus hermanos. Son ellos quienes te necesitan,
quienes, a derecha e izquierda, no pueden con sus cruces,
y buscan alguien que les eche una mano.
Yo tengo aún fuerzas para cargar entero el universo.
Que es más grande mi amor que vuestros odios.
Y es mayor mi esperanza que mi muerte.
Ea, vamos: la multitud en el Calvario espera.

SILENCIO

Hombre
Siento, Señor, vergüenza
al ver la humanidad que en esta hora te rodea. ¿Somos así los hombres?
Hoy vuelvo a ver sus rostros:
el de Judas, amarillo de envidia y avaricia, los sayones crueles y vulgares,
los soldados incrédulos y fríos, sacerdotes hipócritas,
las mujeres llorando inútilmente, la multitud curiosa e insensible,
los cobardes apóstoles,
el mismo Cirineo que os ayuda a la fuerza. ¡Qué infinita montaña de torpeza!
¿Cómo pudiste, Cristo, soportarles, soportarnos?

Cristo
No estaban allí. Yo estuve solo. Subí solo a la cruz. Entré solo en la muerte.
Los que me condenaban no sabían a quién estaban condenando.
Los que me insultaban estaban escupiendo al vacío.
Los que me golpeaban, golpeaban al aire.
Nadie sabía, nadie sospechaba lo que estaba ocurriendo.
Moría Dios, giraba la página del mundo
y quienes lo vivían
se agitaban a favor o en contra como hormigas con palitos.
Pues ni los asesinos sabían lo que estaban matando,
ni entienden los verdugos la mano que atraviesan.
Yo incliné la cabeza, entré en la muerte.
Tal vez, al otro lado, encontrara la verdadera humanidad.

Hombre
Pero, Señor, tú eras la verdadera humanidad; tú, el único hombre completo.

María
Es verdad. De mí dicen que soy la Inmaculada, mas sólo soy su espejo.
Dicen que en mis entrañas se centra la ternura, pero sólo son santas porque él estuvo en ellas.
Dicen que soy la madre de todos los dolores, pero él los vivió, uno por uno.

Hombre
Yo nada tengo que ofrecerte, Cristo.
Y, sin embargo, déjame que a tu lado ponga mi cruz también.
Déjame que yo sea hoy el ladrón tercero,
déjame que mi sangre se mezcla con la tuya.
No permitas que nunca desde mi cruz blasfeme o que crea baldío este tiempo que piso.
Deja que no malgaste mi dolor ni mis horas,
déjame que descubra que tu muerte es mi vida.

María
Y a mí dame tu cuerpo antes de que se enfríe.
Ya no puedo guardarlo otra vez en mi seno,
ni puedo acariciarte como al niño que fuiste.
Pero, aunque muerto, quiero tenerte entre mis brazos
para que no te sientas tan solo y desvalido.
¡Si yo pudiera darte al menos mi pureza
para que descubrieras cuán útil fue tu muerte!
¡Para que nunca pienses que tu vida fue estéril,
para que al menos tengas buen recuerdo del hombre!

Hombre
Déjame que yo vende con besos tus heridas,
que te unja la carne con nuestro pobre aceite,
que quite con cuidado tu corona de espinas,
que sepa amarte muerto, ya que no supe vivo.
Duerme ahora y descansa, Señor.
Duerme y confía en que el mundo será mejor cuando tú vuelvas.
Yo sé que volverás,
que tú no puedes morir del todo.

Voz de Jesús
Así es. Esperadme. Sólo tardo tres días.
Ya os dije que no estaba muy a gusto en la muerte.
Volveré a la vida porque soy inmortal y os haré inmortales.
No os quedéis llorando sobre mi cuerpo muerto.
La esperanza que tengo preparada el domingo
es más alta y más ancha que la más ancha muerte.
Y los que ahora en el mundo
ascendéis el Calvario de vuestras propias vidas recordad,
al hacerlo, que yo vencí a la muerte. Y que vuelvo.
Estoy volviendo. Vuelvo.
Estoy llegando. Y tengo
suficiente resurrección para todos vosotros.

CANTO FINAL

Permanecer

(Tríptico para Semana Santa)
Jueves Santo
Van pasando lentamente los años. La incertidumbre ante el porvenir nos apesadumbra. La costumbre nos incita a la rutina. Nos desmoraliza el no ver resultados en nosotros mismos, en los demás, en nuestro mundo… Pero, nos sorprende, como cumbre de todas las comidas de Jesús, un momento inédito. Él nos invita y nos conduce a la sala del encuentro. Y allí nos preguntamos: ¿Cuál es mi sitio? ¿Adónde nos lleva tanta actividad, tanto estrés, tantas fuerzas empleadas, baldías?

Nos conduce al reposo de sus palabras, de su amor, que es su misma Persona: “Venid conmigo a solas y descansad”. Es el momento de la intimidad, de la absoluta confianza, de la apertura del corazón.

En su presencia se vislumbra más claramente nuestra fragilidad. Y por eso, necesitamos alimentar la amistad, encender los ánimos, saciar la sed con el vino del encuentro. Sólo el amor fraterno nos libera de tantos engaños como nos rodean, pues sólo el amor es digno de fe. En su Rostro contemplamos todos los rostros de la comunidad. Escuchándole, sentimos que nuestro corazón se transforma y es entonces cuando nos revela nuestra más profunda intimidad.

Y cuando nos lava los pies, descubrimos que es más fácil dar algo de lo que nos sobra que dejarse querer, dejarse abrazar, vivir en cada momento la gratitud por el regalo que nos ofrece el día a día. Y entendemos que tenemos que descentrarnos para entrar en nosotros mismos y en el misterio de la vida. Sólo entonces le descubrimos, le reconocemos y le gustamos al partir el pan, en la cena “que nos recrea y enamora”. Cuando nos dejamos lavar y renovar por Él, en el abrazo que recibimos y ofrecemos, gratuito, cálido, amoroso.

Viernes Santo
El amor se desliza a tientas entre la oscuridad que nos rodea, en el propio corazón. Sembrar con lágrimas amargas sin esperar la cosecha. Recoger, a veces, donde no sembramos. Es el misterio de la entrega sin esperar respuesta, desde la gratuidad.

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(Miguel A. Mesa)

domingo, 28 de marzo de 2010

Romeros

Al comienzo de esta Santa Semana nos regalamos con otro vídeo de nuestro amigo Félix, mientras peregrinamos hacia el Dios que prepara su Pascua para nosotros.

viernes, 26 de marzo de 2010

Via Crucis VI: Gracias por tu entrega

(Via Crucis para niños)
Jesús, vamos a recorrer contigo las estaciones de tu agonía y tu muerte. Vamos a pasar un poco de tiempo contigo, renovando el sacrificio que nos dio la vida. Por ese sacrificio tuyo en la Cruz somos cristianos, y hemos recibido las gracias de Dios. Por ese sacrificio tuyo hemos sido salvados. Ayúdanos a comprender un poco mejor, a amar un poco más, para que después de meditar sobre estas quince estaciones de tu Vocación salvadora, nosotros mismos nos decidamos a dar algo más de nosotros. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús, condenado a muerte
Estás totalmente solo. Ningún amigo te ayuda. Nadie va a defenderte. Has gastado toda tu vida ayudando a los demás, haciendo milagros, curando y haciendo favores a todos. Y ahora te van a matar. Cuando yo soy acusado por algo que no he hecho, ayúdame a recordar lo que Tú hiciste por mí, cómo aceptaste las acusaciones y no te quejaste.
Oh Dios, muchas veces la gente no parece entenderme. Saltan a conclusiones y me gritan por algo que no he hecho, o no tenía intención de hacer. Ayúdame a aceptar los errores de los demás como Tú aceptas los errores que yo cometo en mi vida. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús acepta su Cruz
En el momento en que cargas con la Cruz sobre tus hombros, ya sabes con seguridad que no te la quitarán hasta que te encuentres clavado en ella en el monte Calvario. Pero la aceptas igual. La cruz son todos los problemas, y los problemas nadie los quiere. La cruz no es nada dulce, pero es algo que forma parte de nuestra vida humana. No creo que te pueda prometer que buscaré la cruz a lo largo de mi vida, pero lo que sí te prometo es que intentaré llevarla cuando me la envíes Tú.
Oh Dios, mis problemas les suelen parecer pequeños a muchas personas, pero Tú sabes que no son pequeños para mí. Estas cruces no son fáciles de llevar, pero cuando esté a punto de quejarme de ellas, ayúdame a recordar a Cristo y su Cruz.

jueves, 25 de marzo de 2010

Elegir la luz que menos brilla (28 de marzo, Domingo de Ramos)

El Jesús del Domingo de Ramos es peculiar. Nos ubicamos. “Cuando faltan tres días para la gran fiesta anual de la Pascua…” hay en Jerusalén dos procesiones paralelas: La de Pilatos con su séquito, que procedente de Cesarea Marítima viene a pasar los días de Pascua y congraciarse con su pueblo. Se considera Señor, “hijo de Dios”, salvador, vinculado a los dioses. Viene rodeado de grandes tropas y soldados. Su séquito impone, espanta, asusta. Se hace temer. Pocas décadas antes, en una de esas procesiones se ordenó la muerte de dos mil galileos. La otra llega por la puerta del sur: un galileo humilde, montado en un asno. El Reino de Dios, anunciado con maneras vergonzantes y aclamado por una comitiva ridícula.

Ambos tienen un proyecto que viene de lo alto. El poder frente al amor; lo lúcido frente a lo ridículo: ese es el plan de Pilatos. Jesús, un hombre descalzo, entra en la ciudad sabiendo cuál es el futuro que le espera. Trae un proyecto al que teme renunciar, que defenderá: glorificar al Padre amando hasta el extremo.  En este día se pone en juego la verdad sobre Jesús. Sólo la verdad puede hacernos libres, decía él mismo. Podemos hacer su radiografía:

Jesús se sabe en manos de su Padre, dependiendo de Él. Es una relación de absoluta confianza, de total pertenencia, de vinculación. No es su plan (que quizás fuese más cómodo) sino el plan de su Padre y Creador. Quiere honrarlo, glorificarlo. Dios es más Dios cuando el hombre ama y comparte amor. El amor llevado hasta el límite a través del servicio es la fuente inagotable de libertad. Es el misterio de la tierra transfigurada, vinculada, que alcanza su razón de ser. “Nadie nos podrá quitar nuestra alegría”. El trigo que muriendo se hace más fecundo…

En estos momentos de nuestra vida, ¿qué vale? ¿Qué nos convence y qué elegimos? ¿La procesión de los romanos o la de los pequeños? ¿A cuál nos gustaría ir de invitados? En cada paso que damos elegimos y empeñamos nuestra vida. Que en estos días la vinculemos más y mejor con la de Cristo.

Domingo de Ramos (C)
Lucas 19, 28-40 (Procesión)
Isaías 50, 4-7
Sal 21
Filipenses 2, 6-11
Pasión según san Lucas 22,14-23,56