lunes, 16 de diciembre de 2013

Diálogos desde Scala Coeli: Oración para pedir el buen humor


A muchos cristianos les cuesta rezar porque creen que se trata de repetir cansinamente una serie de fórmulas hechas. Sienten una separación entre lo que dicen y sus sentimientos y preocupaciones diarias. Les gustaría hablar con Dios de sus asuntos cotidianos, más sencillos, más simplemente, con sus palabras.

Hoy les proponemos la oración de Santo Tomás Moro, un hombre que supo orar con sencillez, con realismo, con alegría e incluso con sentido del humor.

Tomás Moro fue canciller de Inglaterra, intelectual de fama europea, casado dos veces y padre de familia, era reconocida su fama de juez honrado y valiente, en defensa de los intereses de los más humildes.

Por no aceptar el divorcio del rey Enrique VIII y su declaración como cabeza de la Iglesia fue ajusticiado el 7 de julio de 1535 en Londres. Suya es una plegaria singular, una oración para pedir buen humor:

 Señor, dame una buena digestión,
y también algo que digerir.
Concédeme la salud del cuerpo,
y el sentido común necesario
para conservarla lo mejor posible.
Concédeme, Señor, un alma santa
que no pierda nunca de vista lo que es bueno y puro,
que no se asuste al mirar el pecado,
sino que encuentre el modo
de volver a poner todo en orden.
Concédeme un alma
que no conozca el aburrimiento,
que no sea quejica, que ande siempre entre suspiros y lamentaciones.
No permitas que me preocupe demasiado de mí mismo,
ni que me conceda demasiada importancia.
Dios mío, concédeme, el sentido del humor,
la gracia de comprender las bromas,
para que saboree un poco la felicidad de la vida
y sepa transmitírsela a los demás.
Amén.

Tomás Moro, seglar comprometido y realista, sabía de la importancia de la salud y la responsabilidad que tenemos que mantenerla frente a los excesos, si queremos poder vivir, trabajar y amar. No andar obsesionados por hacer nuestros los criterios estéticos que nos imponen sin tener en cuenta nuestras características personales. Tampoco despreciar la atención a la salud y agredir el propio cuerpo y la propia mente.

Era consciente de que el pecado es un mal pero que, a veces, es el miedo al pecado cometido el que nos paraliza para enfrentarnos con él, reconocerlo, pedir perdón y corregir el error. Es bueno sentirse responsable del mal cometido para buscar remedio, pero un sentido de culpabilidad que angustia y paraliza en el escrúpulo sin buscar el perdón nos vuelve enfermos.

Le importa su estado de ánimo, mostrarse alegre o triste influye en nosotros y en nuestra manera de relacionarnos. La persona quejumbrosa, siempre triste y lastimera, se amarga y amarga a los demás.

Se daba cuenta de que el egoismo nace de darse demasiada importancia, de creer que nosotros o nuestros asuntos son el centro del mundo y de que en consecuencia vivir en constante preocupación por uno mismo sin relativizar sanamente.

Y, sobre todo, notaba la necesidad del sentido del humor, de la gracia y de las bromas para saborear la felicidad y así poder hacer felices a los demás.

Tomás Moro –que supo morir por el evangelio y la fidelidad a su conciencia- pedía ser sana y alegremente humano.


Nosotros también podemos orar de este modo, desde esas pequeñas cosas que nos permiten ver la vida como don del Padre Dios, que quiere lo mejor para nosotros. Buscando su fuerza y su alegría para enfrentarnos a la tristeza y al dolor. Sin encerrarnos en nosotros mismos o en nuestros problemas, sino abriéndonos a la comunicación y a la solidaridad. Sabiendo que pase lo que pase estamos en buenas manos.


P. Francisco-José Rodríguez Fassio