Santa Catalina de Ricci, O.P.
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| Imagen de Santa Catalina de Ricci en la Iglesia de Santo Domingo de Scala Coeli - Córdoba |
Nace de noble familia en 1522 y recibe el nombre de Alejandrina
(Sandrina). Ya de muy niña, huérfana de madre, tenía una gran pasión por
Cristo crucificado. A los doce años entra en el monasterio de San
Vicente de las Hermanas de la tercera regla del santo Padre Domingo en
la ciuda de Prato (Florencia).Llena del fuego del Espíritu Santo, buscando incansablemente la
gloria del Señor, promovió la reforma de la vida regular, inspirada
especialmente por fray Jerónimo Savonarola, a quien veneraba con
agradecido afecto. Su amor la pasión del Señor la llevó a componer con
versículos la sagrada Escritura una meditación reposada sobre los
sufrimientos de Cristo, que los libros corales dominicanos han transmitido
y que se canta cada viernes de cuaresma. Tuvo gran amistad con
san Carlos Borromeo, san Felipe Neri, san Pío V y santa María Magdalena
de' Pazzi. De ella se conserva un abundante epistolario. Murió en Prato
el 2 febrero de 1590. Fue beatificada por Clemente XII el 23 noviembre
de 1732 y canonizada por Benedicto XIV el 29 junio de 1746.
Su único afán fue amar a Dios y servirlo, muy especialmente, en la
ayuda incondicional al prójimo, comenzando por sus hermanas de
comunidad; a ellas procuró todo tipo de bien espiritual y temporal.
Cuando alguna enfermaba, la visitaba de día y de noche, consolándola y
haciendo el buen oficio de madre.Tenía un gran dominio de sí misma, y así era afable en el trato con
las hermanas; escuchaba pacientemente, corregía con gran bondad y
compasión, amando a las personas y odiando los vicios. Defendía
valientemente los intereses y derechos de su monasterio, y promovió
cuanto pudo su progreso; durante su mandato se construyó una nueva
iglesia.
Fue muy consciente de la problemática que afectaba a la Iglesia y a
la sociedad de su tiempo, y hasta se ofreció como víctima expiatoria
para conseguir un remedio, en particular, para alcanzar la unidad de fe
gravemente desgarrada. Su gran recurso era la oración y la penitencia.
Oración
Oh Dios, que hiciste brillar
a la virgen santa Catalina
por la contemplación de la pasión de tu Hijo;
concédenos, por su intercesión,
que, meditando con devoción estos misterios,
merezcamos alcanzar el fruto de la santidad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.